A las 8:48 del lunes pasado mi amigo Javier se suicidó.
La primera imagen que vino a mi mente, cuando escuché la noticia, fue la luz del amanecer difundida a través del ventanal de su departamento en el piso doce. No puedo creer que en esa mañana luminosa se haya levantado a las siete y media, haya desayunado café con leche, tostadas con manteca, se afeitara, lavara su cara, encendiera la televisión para ver el programa de Bonelli, se pusiera una camisa blanca, una corbata, pantalón de vestir, zapatos lustrados y luego se colgara de una soga.
Los peritos cuentan una historia aterradora. Primero probó poniendo la soga en la ducha. Puso un banquito al que luego pateó. Cuando hizo esto, la ducha se desprendió de la pared y él cayó al piso. Se fisuró el brazo izquierdo y se rompió la nariz. Así, sangrante y maltratado, caminó unos metros y volvió a colgar la soga alrededor de la lámpara del comedor. Corrió la mesa, se paró sobre una silla y la pateó. Estuvo colgado quince minutos con la tráquea sofocada, pero sin perder la conciencia. La soga se desató y él cayó al piso dándose un fuerte golpe en la cara, rompiéndose aun más la nariz ya rota. Respiró con dificultad durante veinte minutos más. Quizás trató de moverse o de llamar a alguien, porque apareció a un metro y medio de la lámpara, cerca del teléfono. En el piso, antes de morir, se orinó y defecó.
La muerte de una persona joven provoca en sus conocidos, lejanos y cercanos, un misticismo inusual. Javier murió en Buenos Aires, a ochocientos kilómetros de mi vida. No lo pude ayudar. Nunca sabré por qué una persona que jamás ha pensado en la muerte decide que hoy es el día. Hoy, justo hoy, después de este café y no antes. Con la convicción de ir hasta el final, de no desistir en el primer intento. Una persona que –entiéndase bien- hace unos minutos sólo pensaba en el tránsito de la mañana fría en Buenos Aires, en el olor a limpio de la camisa blanca, en el brillo de los zapatos seguramente nuevos. Éste Javier que hace unos minutos coló la leche y untó las tostadas, no parece el mismo que, minutos después, insistió en rematarse, buscándole una macabra revancha a la soga.
“La mente es muy frágil”, me dijo un psicólogo que trabaja en Tribunales. “Todo el tiempo nos llegan denuncias de personas aparentemente sanas, jóvenes, con proyectos de vida, que se matan sin preaviso. Yo no sé qué pasa por las cabezas; sólo sé que el cambio es muy repentino; da la sensación de que nos podría pasar a todos en cualquier momento y sin motivo. Así como algunos de un día para el otro dejan a su mujer o renuncian a su trabajo, otros se quitan la vida. La diferencia es que, cuando uno se separa de su mujer, lo piensa durante meses y va dejando indicios: le comenta a un amigo, hace pequeños boicots en su matrimonio, no tiene relaciones... Y si deja el trabajo, lo más probable es que tenga otro en vista. Pero con los suicidios es algo inesperado e impredecible. Es un clic, inmediato, sin reflexión. Se ejecuta con saña, como si se despertara una furia incontenible contra uno mismo. Si uno lo piensa bien, no es diferente de los casos en los cuales un padre ejemplar mata a toda su familia.”
“Pero con los jóvenes ocurre algo especial. Cuando una persona joven se suicida, al poco tiempo se convierte en mito. Todo el mundo empieza contar historias retorcidas e inverosímiles acerca de su alma. La mayoría de esas historias son parte de la elaboración del duelo: los familiares directos sienten una “presencia”; escuchan su respiración o su voz; huelen repentinamente el aroma de su perfume. Hasta aquí, es la tristeza insoportable que provoca alucinaciones. Pero también aparecen otras historias que son inexplicables.”
El psicólogo no se equivocó.
El viernes pasado mi amigo Diego soñó con él. Lo soñó en una tarde de verano que habían compartido hacía muchísimos años en el parque de Mayo jugando al fútbol.
El jueves la hija de tres años de un amigo dijo haber visto un angelito en su habitación. El angelito, según la niña, se llamaba Javier.
El mismo lunes a las 8:48 mi prima Lucrecia, ex novia de Javier, se despertó llorando porque alguien le había tocado la pierna y se había despedido para siempre. Muchos minutos después todavía estaba convencida de que no había sido un sueño.
El jueves recibí un mensaje en el contestador telefónico. Era Javier. Estaba muy contento y me decía que el fin de semana largo venía a Bahía Blanca.
Revisé la hora y el día del mensaje: jueves, cuatro treinta y dos de la madrugada. Pensé que, quizás, el día y la hora del contestador estaban desfasados; que quizás Javier me había mandado el mensaje el domingo o el mismo lunes antes de matarse y que se había perdido en el éter de alguna manera, para quedar registrado en la madrugada del jueves. Algunas veces me ha pasado una cosa así.
Pero la duda no viene por la fecha del mensaje sino por su contenido. “Hola, Jorge, soy Javier, el javi… El viernes estoy en Bahía… Qué pena que no te encuentro. Che, puto divino: leí tu blog. Me encantó ‘el factor campana’. ¿Existe Nereo Rodríguez? Un abrazo. Andá poniendo las mollejas en la parrilla. Un beso”
Algo muy extraño ha ocurrido. Javier se suicidó el lunes por la mañana y yo escribí “El Factor Campana” el lunes a la noche. Lo publiqué en este mismo blog el martes por la madrugada, tal como pueden comprobarlo los lectores viendo el encabezado del post siguiente.
Alguna vez pensé que la muerte y la teoría de la relatividad tenían algo que ver, y eso daría un poco de claridad a las historias inexplicables. La muerte produce la alteración de muchas relaciones espaciotemporales. Javier, en su tiempo, alcanzó a leer mi post. Luego se suicidó. En mi tiempo, y en el de los que quedamos vivos, él se mató el lunes. “El factor campana”, una vez puesto en la red, ya no pertenece sólo a mi tiempo sino a los tiempos de todos los lectores y de la misma red. Así como la luz de las estrellas que veo hoy fue emitida hace millones de años, cualquier acción se dispara hacia todos los tiempos posibles (porque no hay un tiempo absoluto). Lo que publicas hoy, lo leen en China ayer. Pero tu ayer no es el ayer de los chinos; para ellos tu ayer es mañana.
Quizás en su tiempo, Javier todavía no se suicidó. Quizás lea este post y deje de estar muerto.
lunes, 21 de agosto de 2006
martes, 15 de agosto de 2006
Factor Campana
Habitualmente me cruzo con personas que no quieren hablar conmigo y que, cada vez que pueden, evitan saludarme. Los entiendo.
Pero hace poco me ocurrió algo más molesto que de costumbre.
Yo caminaba por los pasillos de la Universidad y un ya famoso profesor de economía, cuyo mítico nombre es Nereo Rodríguez, se cruzó conmigo, apretó los dientes en una mueca de desagrado y dijo, muy bajito: “otra vez este hijo de puta”. Mientras caminaba me miró con cierta perplejidad, como si mi presencia allí –para nada insólita- fuese una incongruencia imperdonable, una nefasta contingencia. Me sentí bastante mal. El profesor Nereo Rodríguez es una eminencia y tiene fama de ser un genio en matemática social. Casi no lo conozco personalmente. Mi única breve conversación con él fue en una reunión de camaradería, en la cual compartimos una botella de vino junto a otros invitados. Lamenté que se sintiera tan defraudado por esa única charla en la cual lo único que nos dijimos directamente fue “buenas noches”.
Comenté este pequeño y macabro suceso a mi mujer, mis amigos y colegas. Todos ellos se mostraron sorprendidos y en el fondo sospechan que yo tuve alguna culpa, o que ese insulto no iba dirigido a mí. “Hay dos opciones: o hiciste algo muy malo sin querer, o este tipo está confundido”, me dijo un amigo. Lo primero me pareció muy probable; lo segundo imposible: Nereo Rodríguez es una de las mentes más lúcidas que tiene la universidad.
A los pocos días me llegó un mail con su nombre. “DE: Dr. Nereo Rodríguez. ASUNTO: campana universal”. Pensé que era un anuncio de campanas para cocina, disimulado bajo el nombre de un remitente conocido. Pero no. El mail era del dr. Rodríguez, y contenía todo el alivio que necesitaba aunque su respuesta fue insólita e inquietante. Hago un resumen del cuerpo del texto, porque tenía largas fórmulas matemáticas y complicados juegos teóricos para mí incomprensibles.
“Estimado lic. Mux
Usted me conoce sólo de vista. Nos cruzamos unas pocas veces. Pero créame que yo lo conozco muy bien.
Tanto usted como muchos de sus colegas piensan que mi vida gira en torno a la universidad. Eso no es cierto. Me dediqué a la matemática social, sí, pero mi interés no es académico.
Hace unos años inventé un programa que predice determinados sucesos a partir de variables matemáticas. Lo llamé MASP: sigla de “matemática social aplicada”. Las variables matemáticas representan coordenadas espaciotemporales. Usted puede introducir los datos que representan un día y una hora determinados (por ejemplo, el Día del Niño a las seis de la tarde), un lugar (por ejemplo, un shopping), una cantidad de personas (cinco mil), algunas variables más finas que requieren de datos específicos, y la máquina puede calcular cuál será el comportamiento de cada uno de los presentes.
Un programa así podría ser de inmensa utilidad para calcular ventas o prever accidentes. Tanto mi equipo de investigación como yo estuvimos muy entusiasmados con este proyecto. Sin embargo, ninguna de las empresas del mundo, ya sean estatales o privadas, se interesó por él. Para colmo, la universidad nos retiró el apoyo financiero porque consideró que nuestro trabajo carecía de interés.
Estuve bastante furioso por unos meses hasta que uno de mis discípulos me propuso la parte en la que usted interviene.
“¿Por qué no calculamos asaltos?”, me dijo mi alumno hace más de dos años.
Así fue que planeamos el robo al banco Río de Acasusso.
Hicimos el detalle perfecto con el MASP y se lo vendimos a un grupo de ingenieros y técnicos que querían convertirse en delincuentes. El robo, como usted sabe, fue considerado uno de los más espectaculares en la historia de la criminología argentina. Los resultados, claro, no fueron los esperados porque ellos no tuvieron en cuenta el factor campana y porque no se apegaron a nuestras predicciones.
No fue el único delito que planeamos.
Después de este, planeamos tres robos más:
- en el banco Provincia de la sucursal Retiro en Buenos Aires.
- en una joyería en Mar del Plata.
- en el Banco Libanés de Bahía Blanca.
Cada vez que hacemos un plan para cometer un delito, yo me ocupo no sólo de cierta logística específica, sino también de estudiar la complicada aritmética conformada por el lugar del hecho, nuestra llegada, las personas que están presentes en el lugar, el tiempo que tardaremos en apoderarnos de lo que queremos, la manera de escapar y las calles posibles por las que podremos hacerlo. En todos los casos, yo tomo los datos de manera pormenorizada y los cargo en el MASP. La computadora me devuelve una serie de números que interpreto para saber de manera estimada cómo se van a conjugar todos los factores.
Entre los muchos factores hay un grado de incertidumbre al que hemos llamado ‘factor campana’.
El factor campana es un número extra que surge de la combinación de todos los datos y debe leerse de la siguiente manera: hay un índice de elementos incontrolables en la operación. Ese índice se muestra en forma de coordenadas. Las coordenadas dicen que, si en tal lugar y en tal hora hay algo o alguien presente, el plan será desbaratado. A veces una paloma ubicada en la cornisa del banco puede hacernos destruir un plan minucioso. Otras veces una persona que llora, un ciego, un auto verde que pase justo en ese instante, dejan fuera del juego a una trama delictiva compleja y cuidadosa.
Descubrimos que en los tres desfalcos que habíamos planeado, usted estaba en el preciso momento y lugar que dictaba el factor campana. Usted, sin saberlo, iba a desbaratar nuestros propósitos. Quizás iba a ser el testigo clave; quizás le iba a dar un infarto y aparecerían ambulancias que complicarían nuestra situación; quizás usted dejaba caer un cigarrillo mal apagado e iniciaba una explosión justo cuando llegamos nosotros para hacer el asalto. Cuando quisimos asaltar el banco en Retiro, usted estaba de paseo por Buenos Aires, con su mujer, y fue justo el factor campana colocándose por más de media hora frente al banco, mirando vaya a saber qué particularidad arquitectónica. En Mar del Plata, usted le compró a su mujer un anillo de oro. Esa situación (la compra a esa hora, de ese preciso anillo) era el factor campana de nuestro desfalco a la joyería. En Bahía Blanca, cuando quisimos asaltar el Banco Libanés, el factor campana era la presencia de cierta persona en el pasillo de la universidad. Y fue justo ahí que yo me lo crucé y murmuré “otra vez este hijo de puta”.
Se preguntará por qué no tratamos de eliminarlo, ya que tenemos tantos datos sobre usted. Es muy sencillo: porque usted es el factor campana de cualquier propósito que tengamos. Si el plan es eliminarlo a usted, el factor campana (que es usted) malogrará nuestro propósito.
Pocas veces nos hemos encontrado con personas como usted que son factor campana universal: cada vez que planeemos algo, usted estará interfiriendo nuestros planes de manera involuntaria.
¿Por qué le cuento esto? Porque, ya que no podemos luchar contra su presencia impertinente, quizás usted acepte colaborar con nosotros. Nos ayudaría mucho si, después de cargar los datos en el MASP, yo pudiera mandarle un mail advirtiéndole qué debe evitar para no convertirse en nuestro factor campana. Si usted acepta, le estaremos muy agradecidos y lo vamos a recompensar. Pero si no acepta, no podemos hacer nada.”
(Días después de recibir este mail, alguien me comentó que el profesor Nereo Rodríguez, en realidad, jamás se dedicó a crear programas de computación. Quizás este mail fue una complicada y retorcida fantasía para justificar su actitud en el pasillo cuando se cruzó conmigo. Lo que me produce enormes sospechas es que yo jamás le compré un anillo de oro a mi mujer en Mar del Plata)
Pero hace poco me ocurrió algo más molesto que de costumbre.
Yo caminaba por los pasillos de la Universidad y un ya famoso profesor de economía, cuyo mítico nombre es Nereo Rodríguez, se cruzó conmigo, apretó los dientes en una mueca de desagrado y dijo, muy bajito: “otra vez este hijo de puta”. Mientras caminaba me miró con cierta perplejidad, como si mi presencia allí –para nada insólita- fuese una incongruencia imperdonable, una nefasta contingencia. Me sentí bastante mal. El profesor Nereo Rodríguez es una eminencia y tiene fama de ser un genio en matemática social. Casi no lo conozco personalmente. Mi única breve conversación con él fue en una reunión de camaradería, en la cual compartimos una botella de vino junto a otros invitados. Lamenté que se sintiera tan defraudado por esa única charla en la cual lo único que nos dijimos directamente fue “buenas noches”.
Comenté este pequeño y macabro suceso a mi mujer, mis amigos y colegas. Todos ellos se mostraron sorprendidos y en el fondo sospechan que yo tuve alguna culpa, o que ese insulto no iba dirigido a mí. “Hay dos opciones: o hiciste algo muy malo sin querer, o este tipo está confundido”, me dijo un amigo. Lo primero me pareció muy probable; lo segundo imposible: Nereo Rodríguez es una de las mentes más lúcidas que tiene la universidad.
A los pocos días me llegó un mail con su nombre. “DE: Dr. Nereo Rodríguez. ASUNTO: campana universal”. Pensé que era un anuncio de campanas para cocina, disimulado bajo el nombre de un remitente conocido. Pero no. El mail era del dr. Rodríguez, y contenía todo el alivio que necesitaba aunque su respuesta fue insólita e inquietante. Hago un resumen del cuerpo del texto, porque tenía largas fórmulas matemáticas y complicados juegos teóricos para mí incomprensibles.
“Estimado lic. Mux
Usted me conoce sólo de vista. Nos cruzamos unas pocas veces. Pero créame que yo lo conozco muy bien.
Tanto usted como muchos de sus colegas piensan que mi vida gira en torno a la universidad. Eso no es cierto. Me dediqué a la matemática social, sí, pero mi interés no es académico.
Hace unos años inventé un programa que predice determinados sucesos a partir de variables matemáticas. Lo llamé MASP: sigla de “matemática social aplicada”. Las variables matemáticas representan coordenadas espaciotemporales. Usted puede introducir los datos que representan un día y una hora determinados (por ejemplo, el Día del Niño a las seis de la tarde), un lugar (por ejemplo, un shopping), una cantidad de personas (cinco mil), algunas variables más finas que requieren de datos específicos, y la máquina puede calcular cuál será el comportamiento de cada uno de los presentes.
Un programa así podría ser de inmensa utilidad para calcular ventas o prever accidentes. Tanto mi equipo de investigación como yo estuvimos muy entusiasmados con este proyecto. Sin embargo, ninguna de las empresas del mundo, ya sean estatales o privadas, se interesó por él. Para colmo, la universidad nos retiró el apoyo financiero porque consideró que nuestro trabajo carecía de interés.
Estuve bastante furioso por unos meses hasta que uno de mis discípulos me propuso la parte en la que usted interviene.
“¿Por qué no calculamos asaltos?”, me dijo mi alumno hace más de dos años.
Así fue que planeamos el robo al banco Río de Acasusso.
Hicimos el detalle perfecto con el MASP y se lo vendimos a un grupo de ingenieros y técnicos que querían convertirse en delincuentes. El robo, como usted sabe, fue considerado uno de los más espectaculares en la historia de la criminología argentina. Los resultados, claro, no fueron los esperados porque ellos no tuvieron en cuenta el factor campana y porque no se apegaron a nuestras predicciones.
No fue el único delito que planeamos.
Después de este, planeamos tres robos más:
- en el banco Provincia de la sucursal Retiro en Buenos Aires.
- en una joyería en Mar del Plata.
- en el Banco Libanés de Bahía Blanca.
Cada vez que hacemos un plan para cometer un delito, yo me ocupo no sólo de cierta logística específica, sino también de estudiar la complicada aritmética conformada por el lugar del hecho, nuestra llegada, las personas que están presentes en el lugar, el tiempo que tardaremos en apoderarnos de lo que queremos, la manera de escapar y las calles posibles por las que podremos hacerlo. En todos los casos, yo tomo los datos de manera pormenorizada y los cargo en el MASP. La computadora me devuelve una serie de números que interpreto para saber de manera estimada cómo se van a conjugar todos los factores.
Entre los muchos factores hay un grado de incertidumbre al que hemos llamado ‘factor campana’.
El factor campana es un número extra que surge de la combinación de todos los datos y debe leerse de la siguiente manera: hay un índice de elementos incontrolables en la operación. Ese índice se muestra en forma de coordenadas. Las coordenadas dicen que, si en tal lugar y en tal hora hay algo o alguien presente, el plan será desbaratado. A veces una paloma ubicada en la cornisa del banco puede hacernos destruir un plan minucioso. Otras veces una persona que llora, un ciego, un auto verde que pase justo en ese instante, dejan fuera del juego a una trama delictiva compleja y cuidadosa.
Descubrimos que en los tres desfalcos que habíamos planeado, usted estaba en el preciso momento y lugar que dictaba el factor campana. Usted, sin saberlo, iba a desbaratar nuestros propósitos. Quizás iba a ser el testigo clave; quizás le iba a dar un infarto y aparecerían ambulancias que complicarían nuestra situación; quizás usted dejaba caer un cigarrillo mal apagado e iniciaba una explosión justo cuando llegamos nosotros para hacer el asalto. Cuando quisimos asaltar el banco en Retiro, usted estaba de paseo por Buenos Aires, con su mujer, y fue justo el factor campana colocándose por más de media hora frente al banco, mirando vaya a saber qué particularidad arquitectónica. En Mar del Plata, usted le compró a su mujer un anillo de oro. Esa situación (la compra a esa hora, de ese preciso anillo) era el factor campana de nuestro desfalco a la joyería. En Bahía Blanca, cuando quisimos asaltar el Banco Libanés, el factor campana era la presencia de cierta persona en el pasillo de la universidad. Y fue justo ahí que yo me lo crucé y murmuré “otra vez este hijo de puta”.
Se preguntará por qué no tratamos de eliminarlo, ya que tenemos tantos datos sobre usted. Es muy sencillo: porque usted es el factor campana de cualquier propósito que tengamos. Si el plan es eliminarlo a usted, el factor campana (que es usted) malogrará nuestro propósito.
Pocas veces nos hemos encontrado con personas como usted que son factor campana universal: cada vez que planeemos algo, usted estará interfiriendo nuestros planes de manera involuntaria.
¿Por qué le cuento esto? Porque, ya que no podemos luchar contra su presencia impertinente, quizás usted acepte colaborar con nosotros. Nos ayudaría mucho si, después de cargar los datos en el MASP, yo pudiera mandarle un mail advirtiéndole qué debe evitar para no convertirse en nuestro factor campana. Si usted acepta, le estaremos muy agradecidos y lo vamos a recompensar. Pero si no acepta, no podemos hacer nada.”
(Días después de recibir este mail, alguien me comentó que el profesor Nereo Rodríguez, en realidad, jamás se dedicó a crear programas de computación. Quizás este mail fue una complicada y retorcida fantasía para justificar su actitud en el pasillo cuando se cruzó conmigo. Lo que me produce enormes sospechas es que yo jamás le compré un anillo de oro a mi mujer en Mar del Plata)
martes, 8 de agosto de 2006
Tereneter

El mejor recuerdo de mi vida es un recuerdo falso.
Es una tarde de verano, tal vez febrero, con el sol disimulado y amortiguado por las madreselvas del patio de la casa de Mirta. Hay sillas de madera, una mesa grande con una amplia sombrilla. Hay té helado. Estamos todos los integrantes. Todos somos jóvenes, o eternos. Nicolás lee un poema revelador y Mirta, quien ha estado dormida, se despierta. La noche nunca llega.
El mejor recuerdo de mi vida es la fusión de unos pocos recuerdos, algunos sueños y muchos deseos. Lo único cierto (lo único que de verdad es parte de un recuerdo y no una fantasía) es que, en ciertas épocas de mi vida, el tiempo se detenía y la noche nunca llegaba, o nunca se iba.
Lo otro que quizás sea cierto es que Mirta, quien hace no muchos días falleció, coordinaba nuestros encuentros de taller literario los martes a la tarde. Laura, Melina, Gladys, Marta, Nicolás, Máximo y yo éramos integrantes estables de estas reuniones en las que escribíamos poco y especulábamos mucho, en particular sobre la relación entre el lenguaje, el pensamiento y el mundo. A veces se sumaban otras personas. A veces éramos sólo Mirta y yo.
Durante casi cinco años nos reunimos en la casa de Mirta. Si hacía calor, íbamos al patio de madreselvas y tomábamos té helado hasta la madrugada. Si hacía frío, estábamos en el living con sillones de algarrobo, estufa a leña y capuccinos. Esas reuniones, que eran casi perfectas (al menos en mis recuerdos iluminados por la fantasía y la nostalgia) se terminaron algún día impreciso, hace muchos años. Los integrantes del taller se dispersaron por el mundo y de algunos de ellos sólo sé que tal vez estén vivos. En todo caso ya no importa.
Laura tuvo una hija y se fue a La Plata (o viceversa). Melina salió a bailar tango por todo el mundo. Gladys se casó. Marta se fue lejos a estudiar antropología. Nicolás simplemente dejó de ir. Máximo murió al tropezarse con una piedra mientras corría ensangrentado para escapar de un perro que ya le había arrancado los testículos y parte de la ingle.
Nicolás era (es) el más talentoso del grupo. No sólo cada martes nos sorprendía y cautivaba con lo que había escrito durante la semana; también nos traía reveladoras teorías metafísicas y fascinantes experimentos mentales. Dominaba a la perfección el infinito universo de lo imaginario. No es casual que en mi ficticio recuerdo perfecto él estuviera leyendo un poema.
Una de sus ocupaciones era Tereneter. Una vez había escrito:
“TERENETER: Su nombre es una fusión de terra nec terra, voz latina que significa ‘Tierra y no tierra’. Tereneter es un mundo mental al que se accede mediante una secuencia de pensamientos.”
La hipótesis de Nicolás era que se llega a Tereneter si uno imagina ciertos objetos; si los imagina con cierta vivacidad y en determinada sucesión. Por ejemplo, la imagen de una lámpara, un arco iris, un árbol de avellanas en primavera, una caja de vino, una mesa de algarrobo, podrían ser la llave de Tereneter. “El reino de lo imaginario se maneja con reglas objetivas y claras. El asunto es encontrar esas reglas”, decía él en alguna de las reuniones. Tereneter, entonces, no era un mundo de fantasía; era una hipótesis de trabajo. “Una vez que estamos en Tereneter ya no somos dueños de imaginar lo que sea, porque el mundo de lo imaginario se nos impone como si fuera una realidad objetiva. En otras palabras, en Tereneter estaremos como en un sueño, en el cual las cosas que ocurren son imaginarias, pero de todos modos no son producto de nuestra voluntad y fluyen de un modo preciso y definido.”
“Mucha gente – decía Nicolás – confunde mundo imaginario con mundo ficticio. No todo lo que imaginas es una libre creación tuya. Hay mundos imaginarios que nos imponen sus propias imágenes”
Pasamos muchas tardes en el taller tratando de encontrar la llave de Tereneter. Proponíamos secuencias aleatorias de palabras y luego tratábamos de imaginar su significado. “árbol, pan, libro, oro”. Si no lográbamos entrar a Tereneter podía ser o bien porque no estábamos imaginando las palabras correctas, o bien porque no las imaginábamos con la suficiente fuerza. “Imaginar bien un árbol es pensar en cada una de sus ramas, en el último otoño que pasó, en la semilla que fue ese árbol, en el aroma de la savia, en el viento que mueve sus hojas, en los insectos que viven en su corteza… El árbol imaginado debe ser más real que cualquiera de los árboles del mundo”
Una noche de tormenta, días después de la terrible muerte de Máximo, Nicolás me llamó y me dijo que había encontrado la llave a Tereneter. “Estuvimos equivocados; no hay que pensar en palabras sueltas sino en imágenes muy complicadas que no pueden traducirse a un solo vocablo”. Me dio ejemplos imprecisos (recuerdo uno: “la mañana escalope y el cielo con arreboles verdes y tierra húmeda flotando en las nubes caballos siena, miríadas de viento”) y luego me decía “eso para que te des una idea, porque ni siquiera es exactamente así”. Estaba muy agitado. “Estuve con Máximo en Tereneter”, me dijo. Cortó. En las sucesivas reuniones del taller no volvimos a hablar del tema, entre otras cosas porque estábamos bastante sensibilizados con lo que le había ocurrido a Máximo.
Años después, ya cuando los integrantes del taller nos habíamos dispersado por el mundo, le pregunté a Nicolás qué había pasado con Tereneter. “Fue un sueño, nada más”, me dijo. No le creí.
No hace mucho, en una espantosa noche de viento invernal, traté de repasar algunas de las secuencias que practicábamos durante el taller. Traté de elaborar imágenes muy complicadas y finalmente ocurrió algo inesperado. Fabulosamente inesperado.
Después de imaginar un castillo de cristal sumergido en un mar de agua verde, después de que miles de burbujas brillantes cayeran sobre él, mi mente dejó de esforzarse y el resto de ese mundo imaginario vino a mí como si lo estuviera viendo. Ya no era dueño de imaginar lo que quería; cada objeto que aparecía a mi mente era una sorpresa. Aparecieron, sin que yo los llamara, unos animales alados de cristal que flotaban sobre un fondo de nubes verdes. Me rodearon y dijeron cinco palabras casi inaudibles: “una casa de azahares perfumados”. Un segundo después desaparecieron y volví a la oscuridad de la noche de viento.
Al día siguiente llamé a Nicolás y le dije, tratando de imitar el susurro de los animales fantásticos: “una casa de azahares perfumados”. Me cortó y me dijo que no lo moleste más.
Durante días traté de imaginar una casa de azahares perfumados y, después de un paciente trabajo, volvió a aparecer ante mí ese cielo verde (cielo sin tierra, cielo apenas limitado por una discontinua marejada de nubes multicolores) y las criaturas de cristal aparecieron una vez más y me llevaron a un lugar que en mi mente aparecía como el gineceo del mundo de combustión intrauterino. Otra vez se cortó la imaginación. Ya no volví a llamar a Nicolás.
Cuando uno imagina una clave correcta, después aparecen los elementos para seguir accediendo a niveles más profundos. Las claves pueden ser infinitas; yo accedí a una de ellas y luego los seres de Terenter me condujeron a otras claves. Pude haber seguido sus pistas, o pude haber abandonado antes. Si uno está cansado, o si la imaginación es deficiente, no se llega. O se llega a universos imaginarios horribles.
Seguramente Nicolás se encontró con Máximo en Tereneter. Seguramente abrió la llave de espantosas criaturas que lo acosan desde adentro de un mundo imaginario. Quizás, si uno avanza en las claves para ingresar a Tereneter, el mundo imaginario realiza una invasión en el mundo real, y ya cada cosa que uno imagine (por ejemplo, la pizza que se está a punto de almorzar) sea puntapié para que la propia imaginación sea raptada por los seres de Tereneter. Quizás ante la mínima imagen mental, el mínimo recuerdo, se abran las puertas de Tereneter y cualquier imagen desemboque en un despliegue insoportable de vivacidad, belleza y terror.
El mejor recuerdo de mi vida, el falso recuerdo, con el sol disimulado y amortiguado por las madreselvas del patio de la casa de Mirta, en el que Nicolás lee un poema revelador, no es un recuerdo. Tengo la sospecha de que esa imagen perfecta, cuya perfección compartiríamos todos los integrantes del taller, haya sido quizás una imagen que, desde Tereneter, me han enviado Nicolás o Máximo. Sospecho que el poema perfecto que lee Nicolás en esa imagen es una clave y, si descubro qué dice exactamente (el recuerdo es un poco difuso) me podré encontrar con todos ellos en esa tarde de febrero en la que seremos jóvenes y eternos.
miércoles, 2 de agosto de 2006
Jamás confíes en dos gallegos si hay tormenta.

Hace ocho días me quedé sin gas en casa. Hubo una pérdida en el departamento del fondo y la compañía de gas nos cortó el servicio a todos los que, por compartir un pasillo, recibimos gas del mismo caño maestro. Nos dicen que hay que cambiar la instalación de gas completa.
Enseguida se hizo una reunión improvisada en la casa de Julio, mi vecino más cercano. Se decidió pedir varios presupuestos para saber cuánto va a costar este trabajo. Parece que es exageradamente caro y que va a llevar un largo tiempo. Algunos de los que estaban en esa reunión están peleados entre sí por viejas diferencias absurdas. A Julio le molesta que Llanos deje crecer un árbol de palta que da justo a su patio, porque, según Julio “ese árbol de mierda jamás dio una sola palta y vieras el ruido que hacen las hojas cuando hay viento: no te dejan vivir”.
Hace una semana que nos quedamos sin gas y hoy, en el día octavo, no tenemos avances en eso. Hemos visto varios presupuestos. No se ponen de acuerdo entre vecinos y algunos quieren escuchar otras campanas. Mientras tanto el invierno es crudo y arrasador. Ahora mismo me estoy calentando con la garrafa que me prestó Graciela. La historia de esa garrafa me interesa más que esta pequeña desgracia doméstica.
Cuando Graciela se enteró de esta situación, me dijo que fuera a buscar la garrafa a su casa. Ella vive en una zona alejada, con calles de tierra, mal iluminada y catalogada como ‘área suburbana peligrosa’. “Gracias, me arreglo con la estufa de cuarzo y con la garrafita para camping”, le dije. “Y con el microondas me caliento el café con leche”. Mi vida estaba resuelta.
El domingo me levanto a las cinco de la tarde y la estufa de cuarzo hace un chispazo y deja de andar. No tengo ya medios con qué calentarme y afuera está lloviendo. De todos mis amigos, Diego es el único que tiene auto así que lo llamo para que me lleve a buscar la garrafa. “Claro, no hay problema”, me dice.
Para cuando Diego llega a mi casa con su Citroen marrón, ya es de noche y la lluvia cae envuelta en paños de viento negro y furioso. Yo tengo los pies y las manos helados. Le convido un café con leche pero él tiene apuro. “Vamos, que me esperan en casa para preparar un pollo al disco”, me dice. Son las siete y media de la tarde.
Ingresamos al barrio por la calle Pedro Pico. Yo estoy convencido de que Graciela vive en la calle Pueyrredón al 2400, pero cuando llegamos a esa esquina a medias urbanizada, descubro que el paisaje no me es familiar y su casa no está allí. Y yo sé cómo es su casa. Seguimos andando. Estamos dando vueltas entre las calles Espeche y 25 de mayo para ver si el cuadro conformado por cielo negro, lluvia, casas y baldíos me suena conocido. Nada. En la esquina de Espeche y 14 de julio se revienta una cubierta. Diego se ríe. “Ahora sí estamos listos”, dice. Nos quedamos unos minutos adentro del coche, en silencio, mirando la lluvia y esperando a tomar una decisión. Se me ocurre que la casa de Graciela no puede estar muy lejos, así que le propongo a Diego que él se quede en el auto y yo voy a buscar ayuda. Acepta.
La lluvia es tan torrencial que, en una trayectoria de apenas diez metros a partir del lugar donde estamos varados, ya estoy completamente empapado. Eso y las manos y pies fríos. Camino por las veredas de barro a lo largo de cinco cuadras, en zigzag y sin una estrategia definida. Estoy esperando que, por milagro, aparezca ante mis ojos la casa que estoy buscando. El milagro se hace realidad. No era Pueyrredón al 2400, era Luiggi 2670. Desde adentro alguien abre la puerta antes de que toque timbre.
“¡Mirá cómo estás!”, me dice Germán, el marido de Graciela. “¡Te vas a morir de una pulmonía!”. Graciela me ofrece una toalla y Germán me presta su pantalón de gimnasia, medias, unas zapatillas, una camiseta y varios pulóveres. Después de un té bien caliente, les cuento que mi amigo está a algunas cuadras de allí, varado, en medio de la lluvia. “Vamos a buscarlo”, dice Germán.
Lo guié a través del diluvio helado –esta vez nos empapamos los dos, a pesar de un paraguas que de antemano se veía bastante inútil- y llegamos hasta 25 de mayo y 14 de julio. El citroen estaba allí, pero mi amigo Diego no. “Este boludo no habrá salido a buscar ayuda por su cuenta”, dije. El auto estaba cerrado con llave (prueba inequívoca de que se había ido por propia voluntad) y la situación no daba para esperar mojándonos a que llegara. Volvimos a la casa de Germán y Graciela. A pesar de que estábamos totalmente mojados, ya no alcanzaba para que me prestaran ropa una vez más. Me saqué la ropa nuevamente empapada y me puse la que originalmente había traído. Graciela la había puesto sobre el calefactor: seguía mojada pero al menos calentita. Me invitaron a cenar y a dormir en el sofá. Mis opciones no eran demasiadas. Acepté.
Aun llovía a la mañana siguiente.
Graciela no tenía teléfono, así que no podía comunicarme con Diego mientras estuviera en su casa. La lluvia era, ahora, una fina y fría garúa. Podía arriesgarme a salir una vez más; al menos hasta un quiosco para pedir un taxi. Eso fue lo que hice y volví a mi departamento con la garrafa en el baúl del coche. El taxista me cobró catorce pesos con ochenta, cifra que no estaba en mis cálculos iniciales y que me pareció escandalosa.
Ese mismo día lo llamo a Diego. “¿Adónde fuiste anoche? No estabas en el auto.” Se rió. “Pensé que te ibas a perder como un boludo,- me dijo - así que salí yo también. Golpeé la puerta de la casa más cercana. No me vas a creer”- seguía riéndose, pero su risa era nerviosa.
“Toqué en una casita mal hecha en la que vi luz. Les pedí el teléfono. Me atendieron dos tipos que hablaban en gallego y me invitaron a pasar. 'En la sala de estar está el teléfono', me dijo uno de ellos. Me condujeron por un pasillo sin revoque y en medio de pilas de diarios viejos. Se veía una mugre impresionante, y los tipos eran desagradables y gritones. Yo les decía que vos habías ido a buscar una garrafa y ellos me corregían: ‘¡Una bombona!, ¡Una bombona! ¡Menudo borracho!’. Mis palabras les causaban una gracia enorme. Uno de ellos me dijo: ‘Tengo una rueda de Citroën, si te hace falta, tío’. Le dije que sí, que así arreglaba el coche y me iba. ‘Pero nada es gratis, ¿eh?’.
“En la sala de estar (si es que eso era una sala de estar) había una cámara como de las que usan en los canales de televisión y una computadora apoyada sobre una mesa casi destruida. Y no había ningún teléfono. ‘Si quieres salir de acá con el culo sano, tienes que hacernos un trabajito’.
“Lo resumo: la cámara era una webcam de altísima calidad y yo tenía que hacer stripteases cada quince o veinte minutos para (según lo que decían ellos) un servicio de sexo en vivo que se difundía principalmente en España. Me obligaron a masturbarme varias veces, sentado sobre un colchón frente a la cámara y gimiendo ante cada prenda que me quitaba. Ponían de fondo la música de ‘Bombón Asesino’. Eso me divertía mucho. Yo no veía lo que pasaba en la computadora (el monitor estaba de espaldas a la cámara hacia la cual yo tenía que actuar); bien podía estar apagada y bien pudiera ser que yo estaba dando ese patético espectáculo sólo frente a los dos gallegos y nadie más. En realidad, decir que me obligaron es una mentira; yo sabía que me podía ir cuando quisiera pero es que afuera no se podía estar y adentro estaba calentito. Y no te olvides de que estaba medio desnudo. A eso de las dos de la mañana me dieron la rueda lista para el coche, ropa limpia y nueva, y me pagaron cincuenta pesos. Cuando me iba, me invitaron a tomar unos vinos. ‘Tengo aquí una garrafa llena, chaval, quédate con nosotros’. Se reían mucho y no entendía por qué. Igual me fui sin aceptarles el vino”
lunes, 31 de julio de 2006
Cielo vacío

Tengo que apurarme para postear este texto.
El asunto es así: si Dios existe, no debería permitir que este texto sea difundido porque cuestiono su propia existencia en términos en los cuales, a mi juicio, se vería comprometido si no realiza una intervención milagrosa para despejar esas dudas. Si él no sale en defensa de su propia existencia, entonces mis razones para dudar son totalmente válidas.
El juego que propongo es el siguiente:
Si Dios existe, entonces no debería permitir que se publique este texto por ningún medio.
Si Dios no existe, no me impedirá publicarlo (porque no puede sentirse ofendido)
Si usted no es Dios y está leyendo esto, significa que Dios no existe, o no tiene los atributos que le asigna la tradición judeocristiana.
(Hay algo de prestidigitación en este razonamiento; pero me resulta extrañamente fascinante. Espero que Dios lo apruebe)
Lo que sigue a continuación es una lista de las razones por las cuales se me hace muy difícil creer que Dios tenga las características que la tradición le ha asignado.
No discuto mitos bíblicos, ni opiniones de la Iglesia sino, basándome en la naturaleza divina del dios cristiano, doy algunas razones por las cuales la existencia de un ser omnipresente, perfecto, infinitamente bueno, sabio e inteligente me resulta difícil de sostener.
Tampoco digo, para continuar justificando mi herejía, que Dios no exista: sólo me parece que no tiene las características tradicionales y que, si existiera, debería ser muy distinto a como lo imaginamos.
1. Las funciones vitales pueden ser mantenidas mucho mejor en cuerpos de silicio que en nuestros frágiles cuerpos hechos de carbono. Si estuviéramos hechos de silicio viviríamos más (podríamos cambiarnos las piezas que no funcionan), no cometeríamos tantos errores de cálculo y podríamos dedicarnos mucho mejor a hacer el bien en el mundo. En otras palabras, si fuéramos de silicio seríamos mucho más libres. Dios, necesariamente, debería saber esto. Sin embargo, prefirió hacernos de carne, a sabiendas de que un cerebro de carbono apenas puede realizar las reacciones eléctricas y químicas que serían necesarias para pensar con fluidez, y que un cuerpo de silicio respondería mejor que uno de carne. O Dios no es tan inteligente, o no tiene propósitos claros para nosotros, o es verdad eso de que estamos siendo castigados todo el tiempo por el pecado de un hombre perfecto original. Quizás Adán era de silicio y Dios lo convirtió en carne después de haber comido la manzana. (De todos modos: ¿por qué se vería tentado a comer una manzana un hombre de silicio?)
2. Las personas se mueren cuando Dios decide que deben morir. Si esto es cierto, ¿debemos pensar que los asesinos son, necesariamente ejecutores de un plan divino? ¿Por qué toda muerte es violenta y no tenemos un “dispositivo para morir” en nuestro propio cuerpo (dispositivo que puede ser accionado por Dios cuando él lo decida y no por un homicida)? ¿Las guerras y las epidemias son, entonces, planeadas por Dios para llevarse al cielo o al infierno un gran número de personas?
3. Hay un plan divino para el universo. Pero hoy sabemos que la entropía, que aumenta cada vez más, parece poner en problemas a esta hipótesis: el universo terminará en la oscuridad absoluta, sin energía ni movimiento, durante un tiempo infinito. Ya sabemos que, dentro de quinientos mil millones de años, sólo existirán las sombras y la quietud. ¿Es esta la obra de un ser inteligente e infinitamente poderoso, o mas bien la obra de un artesano inhábil que dejó su creación librada a un destino fatal?
4. Dios es un ser infinitamente bueno, pero nosotros (siendo finitos) podemos imaginar universos mucho mejores que este que fue creado por Dios (suponiendo que Dios quisiera el bien para sus criaturas).
5. Una clásica perplejidad sin respuesta satisfactoria hasta el momento: ¿Por qué Dios, siendo perfecto, crea un universo imperfecto? ¿No debería heredar cada criatura la propiedad de la perfección?
6. Dios es inoperante. Si algo anda evidentemente mal, él no interviene para modificarlo. Dios es aquel que todo lo permite, siempre y cuando no se violen las leyes físicas (inescrutables) que ha dejado a este mundo. En otras palabras, como entendían los epicúreos, Dios dejó la materia, algunas reglas y luego se desentendió. (Cada tanto, dicen algunos, Dios interviene haciendo milagros. Pero su intervención tiene tan poco peso que me sorprende para un ser omnipotente: permite injustas muertes masivas, pero hace llorar sangre a una estatua de yeso)
7. Si nuestros genes fueron creados por Dios, y él decide cuándo un niño va a nacer con problemas genéticos, cuándo a alguien se le va a desatar un cáncer o cuáles personas tendrán ojos claros o pelo negro, ¿cómo permitió que nosotros influyéramos en su decisión, modificando los genes a nuestro gusto? ¿Por qué no dejó esa variable como un misterio divino, en lugar de ponerlo tan al alcance de nuestra tecnología? ¿No entorpecemos el propósito divino si hacemos vivir a una persona hasta los setenta cuando, por culpa de sus genes defectuosos, debía morir a los quince por una fibrosis quística?
8. ¿Por qué los psicofármacos, una simple aspirina o el tipo de comida que hayamos almorzado cambian la química de nuestro cerebro y, con ello, las decisiones de nuestro espíritu?
9. Si somos los preferidos de su creación, ¿para qué creó un universo tan vasto y tan inhóspito, y nos confinó a este minúsculo grano de arena que es la Tierra?
10. ¿Por qué Dios me permite dudar de su existencia y dar argumentos para ello? Este escrito, ¿no debería desaparecer inmediatamente antes de que fuera difundido? ¿No es la sola duda una inconsistencia muy grande en el plan divino?
Quiero analizar tres frases horribles que he escuchado de boca de algunos cristianos.
a) “Dios aprieta pero no ahorca”. Lo metafórico de esta frase me trae una imagen espantosa: Dios con los brazos alrededor del cuello de una persona, apretándola mucho como en un juego macabro, especulando con que no se va a morir, porque él sabe (como el mejor de los médicos) hasta dónde apretar. Esta frase, además de autocompasiva, es totalmente falsa; Dios aprieta todo el tiempo y a veces ahorca. En otras palabras: a veces, Dios pone obstáculos que no pueden ser superados. Una enfermedad larga e irreversible; la huída ante un león que nos atrapa, la salida de un túnel oscuro al final del cual una cáscara de banana provoca que nos quebremos el cuello. Cualquier muerte estúpida es la horca divina.
b) “Dios se lleva junto a él a las buenas personas cuando son jóvenes” (es la contracara de “yerba mala nunca muere”). Una vez más, otra de esas frases que, en lugar de celebrar la gloria de Dios y su infinita bondad, lo pintan como un ser macabro que pone trampas a la gente buena para llevársela junto a él. Si una persona es buena y piadosa, no importa: por más que acomode la alacena con esmero, Dios empujará un frasco para que caiga en su cabeza. O le pondrá un tumor maligno que reaparecerá después de cada operación exitosa. O le hará reventar el hígado. O se la llevará después de un luctuoso accidente de tránsito, junto con toda su familia ya que estamos. Moraleja: si quieres garantizarte una vida larga en este mundo, haz todo el mal posible.
c) “Dios ayuda a los que se ayudan”. Interpretémosla: cada vez que pones buena voluntad, Dios dispone las cosas para que sucedan. Pero si fuera así, bastaría con tener buena voluntad y llevar a cabo las acciones adecuadas para que las cosas del mundo se encarrilasen. Y sabemos que eso no ocurre. Incluso, Dios suele ayudar a aquellos que no se ayudan y que no deberían merecer ningún tipo de ayuda: el asesino que, por azar (¿una mano divina?), jamás es descubierto. Un ejemplo aun más elocuente: los imperios multinacionales que cuentan con todos los recursos económicos y políticos para someter a poblaciones enteras: aun sin que se lo propongan, ellos tienen un poder sobre el mundo que supera a cualquier esfuerzo de la buena voluntad.
lunes, 24 de julio de 2006
El invitado de lujo
Durante meses me han venido invitando a las reuniones del Clan Alimenti, y siempre me he negado a asistir. Un amigo mío, Esteban, me dio el mail de esta asociación que, según decía, se reúne todos los viernes a la noche para cenar opulentas y extravagantes comidas, beber vinos y champagnes imposibles de conseguir en Argentina, y jugar a novedosos y sofisticados juegos de mesa. Con total ingenuidad, me contacté con ellos después de llenar un formulario virtual, y me mandaron un correo con la dirección, los días y horarios de reunión, las actividades y el pago de la cuota (anual). Me pareció demasiado caro, así que no volví a responderles el correo.
Pero, como ocurre con toda actividad en la red, ellos siguieron insistiendo mandándome mails semanales. Uno de ellos me llamó mucho la atención, así que reproduzco literalmente parte de su contenido:
Señor Mux, nos alegramos de que ya esté hastiado de su vida. Desde hace tres meses, en nuestras reuniones hablamos de usted como si fuera un miembro de nuestro clan. Sólo le falta tomar la decisión y acercarse.
El mensaje me pareció oscuramente imperativo, y por un momento temí que se tratara de una secta. Sin embargo, a los dos o tres días me llegó un sobre firmado por el señor Alberto Alimenti, presidente del Clan, quien en términos llanos me hablaba de su comunidad lúdico – sófica y me invitaba a una reunión de prueba, sin pagar la cuota. De hecho, junto con ese sobre, me mandaba una membresía plastificada, firmada por él mismo, válida para una sola reunión.
Cuando me encontré con Esteban (el amigo que me había dado la dirección de este clan), le comenté los resultados de mi mail, y él me dijo, asombrado, que a pesar de que él mismo había enviado sus datos, nunca lo habían llamado. Conmigo estaban insistiendo demasiado.
Uno de esos viernes de enero, en los cuales hace demasiado calor, las actividades importantes se pueden postergar y los amigos y parientes están de vacaciones, decidí ir a la reunión del Clan. Era en un pueblito cercano llamado Grunbein, en el cual hay unas pocas casitas y, curiosa e incongruentemente, cuatro enormes mansiones coloniales con forma de castillo. La reunión se hacía en uno de esos castillos y, por lo que supe más tarde, todas las semanas se hacía en un castillo diferente.
Eran las siete y media de la tarde, hacía calor y todavía faltaba mucho para el anochecer. El castillo estaba rodeado por una inmensa verja negra. Toqué el portero y una voz me preguntó el nombre y el apellido. Cuando lo dije, se escuchó la vibración de la puerta. Empujé y entré. Sobre el porche me estaba esperando una persona vestida de traje, con camisa blanca y moño, quien con una sonrisa me pidió la membresía. Se la entregué. A cambio, me ofreció una copa de un champagne helado y exquisito. Me invitó a entrar y sentarme.
El castillo, por dentro, era una casa antigua de dos plantas, pintada con tonalidades verde oscuro y sepia, y adornada con antigüedades y cuadros del siglo diecinueve. Había sillones por todas partes (incluso en los pasillos).“Pase al salón principal, señor Mux”, me dijo con voz firme el hombre de traje.
En el salón principal había una mesa enorme y la iluminación mortecina del atardecer era reforzada por las treinta lamparitas de una gigantesca araña de cobre. Alrededor de la mesa había quince o veinte personas. El aire acondicionado hacía muy agradable el ambiente y, para mi aun más grata sorpresa, ninguno de los presentes fumaba.“Bienvenido, señor Mux, nos alegramos de verlo”, me dijo uno de los hombres, vestido de manera informal pero elegante, que estaba ocupando una de las cabeceras. Era el señor Alimenti.
De inmediato, Alimenti me presentó a todos los que lo acompañaban. Previo a eso, hizo una presentación exaltada de mí y de mis virtudes como docente, como escritor y como disc jockey. Aunque exageraba mucho, me sorprendió que tuviera un conocimiento tan completo de mis trabajos.
Después de las presentaciones, me mostró lo que hacían. En ese preciso instante jugaban a algo que ellos llamaban “golf de mesa”. No fue muy claro para mostrarme las reglas y yo estaba bastante distraído mirando los rostros de los presentes como para escucharlo. Sólo puedo decir que en nada se parecía al golf y que se jugaba con naipes y figuras sobre un papel en el cual iban modificando datos con lápices de colores. A cada rato pasaban los mozos con bandejas de canapés y copas con bebidas. “Jorge, servite lo que quieras o pedí, que estamos para servirte”
Yo me quedé cerca del señor Alimenti, viendo el desarrollo del juego y sirviéndome exquisitas confituras saladas que tenían mucho caviar y roquefort. Un hombre, anciano, que estaba a mi lado me contaba que él había sido empresario de la construcción y tuvo que dejar el trabajo por una enfermedad. En algún momento se decidió que una señora (de más de sesenta años y con un colgante que tenía una cruz enorme) había ganado y todos, después de un aplauso, dejaron de jugar. “La cena está servida”, anunció uno de los mozos.
La cena era en un salón cuya disposición de muebles y decorado lo convertían en idéntico a la sala de juegos. Todos me trataban con una suavidad y gentileza especiales, como si yo fuera una eminencia. Esto, en lugar de envanecerme, me hacía sentir muy incómodo. Los platos eran de una porcelana fina, con dibujos chinos en azul (cada plato, supe después, tenía un dibujo diferente) y los cubiertos de metal (quizás plata) tenían talladuras y molduras muy complejas. Como cena, trajeron una enorme bandeja con pavo y papines andinos, regado con una salsa de naranja, limón y menta. El champagne seguía siendo la bebida oficial.
Durante la cena conversamos sobre política, filosofía, literatura y juegos. Les expuse algunas de mis hipótesis sobre cada uno de esos puntos y ellos acogieron mis opiniones con sumo interés. Después del pavo trajeron helado casero con crema chantilly y salsa caliente de moras. Una vez que terminamos con el postre, nos invitaron a la sala de juegos.
Ya eran las once de la noche. Alimenti me explicó las reglas del juego que estaban por jugar.
En la mesa había espejos y pequeños dispositivos que emitían un láser parecido al de los llaveros. “El juego consiste en ordenar los espejos de manera tal que el láser pegue en el Rey. Es un ajedrez con láser y espejos. El rey es ese de allá” – me señalaba una pieza opaca que estaba en el borde de la mesa. “Cada equipo tiene que ordenar los espejos de manera que el láser le pegue al rey enemigo. No vale apuntar al rey directamente; el láser tiene que pasar por todos los espejos”.
Estuvimos jugando hasta las cuatro de la mañana, elaborando complicadas operaciones para calcular la trayectoria del láser rebotando a través de los espejos. Nuestro equipo ganó y, con ello, me gané una membresía para el viernes siguiente.
Cuando me fui de allí, a eso de las cuatro y media, el señor Alimenti me dijo “espero que vuelvas, ha sido un placer que compartas esta reunión con nosotros”. Uno de ellos me llevó a mi casa en un auto negro impecable y antiguo. Yo estaba sumamente feliz.
Durante la semana siguiente le conté mi experiencia a Esteban. Pero, como suelen hacer los buenos amigos, destruyó toda mi alegría a partir de una revelación inquietante.
“Cuidado con estos tipos”, me dijo. “El Clan Alimenti es una subsede de la agrupación internacional contra el cáncer”. Le pregunté qué tenía que ver el cáncer con estas reuniones. “Todos los que estaban ahí tienen una enfermedad de diagnóstico impreciso. Ellos dicen que es un tipo especial de cáncer, pero en realidad no se sabe. Han formado un clan místico para luchar contra su enfermedad. Piensan que es un cáncer inmaterial inducido por brujería o por fuerzas cósmicas negativas”
Aunque todavía no le creía, continué preguntando. “¿Por qué me invitaron a mí? ¿Yo también tengo cáncer?”
La respuesta que me dio, a continuación, la voy a reproducir lo más fielmente que pueda porque a mí todavía me parece increíble.
“Vos no tenés nada. Lo que pasa es que ellos, basándose en una teoría mística que involucra energías mentales y campos magnéticos paralelos, creen que hay personas cuya sola presencia sirve para contrarrestar la enfermedad. Han hecho algunos cálculos curiosos y, sobre la base de datos de tu primera respuesta por mail, dedujeron que vos eras quien ellos estaban esperando. Vos eras el invitado de lujo, por ese motivo”. Y continuó. “Pero no todos están de acuerdo con eso; algunos dicen que para curarse hay que comerse al invitado de lujo”.
Pero, como ocurre con toda actividad en la red, ellos siguieron insistiendo mandándome mails semanales. Uno de ellos me llamó mucho la atención, así que reproduzco literalmente parte de su contenido:
Señor Mux, nos alegramos de que ya esté hastiado de su vida. Desde hace tres meses, en nuestras reuniones hablamos de usted como si fuera un miembro de nuestro clan. Sólo le falta tomar la decisión y acercarse.
El mensaje me pareció oscuramente imperativo, y por un momento temí que se tratara de una secta. Sin embargo, a los dos o tres días me llegó un sobre firmado por el señor Alberto Alimenti, presidente del Clan, quien en términos llanos me hablaba de su comunidad lúdico – sófica y me invitaba a una reunión de prueba, sin pagar la cuota. De hecho, junto con ese sobre, me mandaba una membresía plastificada, firmada por él mismo, válida para una sola reunión.
Cuando me encontré con Esteban (el amigo que me había dado la dirección de este clan), le comenté los resultados de mi mail, y él me dijo, asombrado, que a pesar de que él mismo había enviado sus datos, nunca lo habían llamado. Conmigo estaban insistiendo demasiado.
Uno de esos viernes de enero, en los cuales hace demasiado calor, las actividades importantes se pueden postergar y los amigos y parientes están de vacaciones, decidí ir a la reunión del Clan. Era en un pueblito cercano llamado Grunbein, en el cual hay unas pocas casitas y, curiosa e incongruentemente, cuatro enormes mansiones coloniales con forma de castillo. La reunión se hacía en uno de esos castillos y, por lo que supe más tarde, todas las semanas se hacía en un castillo diferente.
Eran las siete y media de la tarde, hacía calor y todavía faltaba mucho para el anochecer. El castillo estaba rodeado por una inmensa verja negra. Toqué el portero y una voz me preguntó el nombre y el apellido. Cuando lo dije, se escuchó la vibración de la puerta. Empujé y entré. Sobre el porche me estaba esperando una persona vestida de traje, con camisa blanca y moño, quien con una sonrisa me pidió la membresía. Se la entregué. A cambio, me ofreció una copa de un champagne helado y exquisito. Me invitó a entrar y sentarme.
El castillo, por dentro, era una casa antigua de dos plantas, pintada con tonalidades verde oscuro y sepia, y adornada con antigüedades y cuadros del siglo diecinueve. Había sillones por todas partes (incluso en los pasillos).“Pase al salón principal, señor Mux”, me dijo con voz firme el hombre de traje.
En el salón principal había una mesa enorme y la iluminación mortecina del atardecer era reforzada por las treinta lamparitas de una gigantesca araña de cobre. Alrededor de la mesa había quince o veinte personas. El aire acondicionado hacía muy agradable el ambiente y, para mi aun más grata sorpresa, ninguno de los presentes fumaba.“Bienvenido, señor Mux, nos alegramos de verlo”, me dijo uno de los hombres, vestido de manera informal pero elegante, que estaba ocupando una de las cabeceras. Era el señor Alimenti.
De inmediato, Alimenti me presentó a todos los que lo acompañaban. Previo a eso, hizo una presentación exaltada de mí y de mis virtudes como docente, como escritor y como disc jockey. Aunque exageraba mucho, me sorprendió que tuviera un conocimiento tan completo de mis trabajos.
Después de las presentaciones, me mostró lo que hacían. En ese preciso instante jugaban a algo que ellos llamaban “golf de mesa”. No fue muy claro para mostrarme las reglas y yo estaba bastante distraído mirando los rostros de los presentes como para escucharlo. Sólo puedo decir que en nada se parecía al golf y que se jugaba con naipes y figuras sobre un papel en el cual iban modificando datos con lápices de colores. A cada rato pasaban los mozos con bandejas de canapés y copas con bebidas. “Jorge, servite lo que quieras o pedí, que estamos para servirte”
Yo me quedé cerca del señor Alimenti, viendo el desarrollo del juego y sirviéndome exquisitas confituras saladas que tenían mucho caviar y roquefort. Un hombre, anciano, que estaba a mi lado me contaba que él había sido empresario de la construcción y tuvo que dejar el trabajo por una enfermedad. En algún momento se decidió que una señora (de más de sesenta años y con un colgante que tenía una cruz enorme) había ganado y todos, después de un aplauso, dejaron de jugar. “La cena está servida”, anunció uno de los mozos.
La cena era en un salón cuya disposición de muebles y decorado lo convertían en idéntico a la sala de juegos. Todos me trataban con una suavidad y gentileza especiales, como si yo fuera una eminencia. Esto, en lugar de envanecerme, me hacía sentir muy incómodo. Los platos eran de una porcelana fina, con dibujos chinos en azul (cada plato, supe después, tenía un dibujo diferente) y los cubiertos de metal (quizás plata) tenían talladuras y molduras muy complejas. Como cena, trajeron una enorme bandeja con pavo y papines andinos, regado con una salsa de naranja, limón y menta. El champagne seguía siendo la bebida oficial.
Durante la cena conversamos sobre política, filosofía, literatura y juegos. Les expuse algunas de mis hipótesis sobre cada uno de esos puntos y ellos acogieron mis opiniones con sumo interés. Después del pavo trajeron helado casero con crema chantilly y salsa caliente de moras. Una vez que terminamos con el postre, nos invitaron a la sala de juegos.
Ya eran las once de la noche. Alimenti me explicó las reglas del juego que estaban por jugar.
En la mesa había espejos y pequeños dispositivos que emitían un láser parecido al de los llaveros. “El juego consiste en ordenar los espejos de manera tal que el láser pegue en el Rey. Es un ajedrez con láser y espejos. El rey es ese de allá” – me señalaba una pieza opaca que estaba en el borde de la mesa. “Cada equipo tiene que ordenar los espejos de manera que el láser le pegue al rey enemigo. No vale apuntar al rey directamente; el láser tiene que pasar por todos los espejos”.
Estuvimos jugando hasta las cuatro de la mañana, elaborando complicadas operaciones para calcular la trayectoria del láser rebotando a través de los espejos. Nuestro equipo ganó y, con ello, me gané una membresía para el viernes siguiente.
Cuando me fui de allí, a eso de las cuatro y media, el señor Alimenti me dijo “espero que vuelvas, ha sido un placer que compartas esta reunión con nosotros”. Uno de ellos me llevó a mi casa en un auto negro impecable y antiguo. Yo estaba sumamente feliz.
Durante la semana siguiente le conté mi experiencia a Esteban. Pero, como suelen hacer los buenos amigos, destruyó toda mi alegría a partir de una revelación inquietante.
“Cuidado con estos tipos”, me dijo. “El Clan Alimenti es una subsede de la agrupación internacional contra el cáncer”. Le pregunté qué tenía que ver el cáncer con estas reuniones. “Todos los que estaban ahí tienen una enfermedad de diagnóstico impreciso. Ellos dicen que es un tipo especial de cáncer, pero en realidad no se sabe. Han formado un clan místico para luchar contra su enfermedad. Piensan que es un cáncer inmaterial inducido por brujería o por fuerzas cósmicas negativas”
Aunque todavía no le creía, continué preguntando. “¿Por qué me invitaron a mí? ¿Yo también tengo cáncer?”
La respuesta que me dio, a continuación, la voy a reproducir lo más fielmente que pueda porque a mí todavía me parece increíble.
“Vos no tenés nada. Lo que pasa es que ellos, basándose en una teoría mística que involucra energías mentales y campos magnéticos paralelos, creen que hay personas cuya sola presencia sirve para contrarrestar la enfermedad. Han hecho algunos cálculos curiosos y, sobre la base de datos de tu primera respuesta por mail, dedujeron que vos eras quien ellos estaban esperando. Vos eras el invitado de lujo, por ese motivo”. Y continuó. “Pero no todos están de acuerdo con eso; algunos dicen que para curarse hay que comerse al invitado de lujo”.
lunes, 17 de julio de 2006
El camión bombero
De chico el barrio se dividía por quioscos. Estaba el quiosco “de acá enfrente”, el “de acá al lado”, el “de acá a la vuelta”, el del “talego” (el viejito que, en lugar de “hasta luego” pronunciaba un alargado “taleeeeeego”), y el quiosco “de al lado de la iglesia”. Las topologías se convertían en nombres propios. Si alguno de mis amigos se mudaba, pongamos por caso, al lado del quiosco “de acá a la vuelta”, de todos modos seguiría llamando a su quiosco vecino “el quiosco de acá a la vuelta”, y al resto de los quioscos de acuerdo a la topología inicialmente aprendida. Una vez establecidos los “aquí” y los “allá”, se convertían, para nosotros, en términos absolutos.
Durante los años ochenta (época en la que fui infante) cada quiosco era diferente. No se conseguía gaseosas en todos (y, si se conseguía, era Gini, nunca Pepsi o Coca); tampoco todos tenían los mismos chocolates o caramelos, y definitivamente los helados no eran para cualquiera. No era costumbre abrir los días domingo ni durante la hora de la siesta.
El quiosco “de al lado de la iglesia” cobró para mi un especial interés en el verano del 83. Mi amigo Fernando había conseguido la antorcha en un paquete de figuritas comprado precisamente allí, a fines de diciembre. La antorcha era la figurita imposible de un álbum del Cuerpo Humano. Sabíamos que ese era un acontecimiento único; los quiosqueros, –especie malentretenida y perversa- en su tiempo libre, que es mucho, abren los paquetes con vapor; sacan las figuritas importantes y luego vuelven a cerrarlos con plasticola. Era fácil imaginar al Talego calentando la pava, poniendo paquete tras paquete a la luz del vapor para robarnos la antorcha, con el propósito de regalársela a sus nietos o, peor aun, de extorsionar a alguien con su deseo de obtenerla. Sabíamos que el Talego se entregaba a esa práctica macabra porque, según decían, era chileno.
Pero el quiosquero de al lado de la iglesia no había sucumbido a esa tentación. Nuestra mente de ocho años lo imaginó emparentado con la divinidad, por su cercanía con el templo de María. Aunque, a juzgar por su apariencia, era más parecido al diablo o a alguno de sus demonios. El quiosquero de al lado de la iglesia era muy flaco, extrañamente contrahecho, petiso y su rostro hacía acordar al hombre lobo. Sus manos parecían garras, y por debajo de la manga se adivinaba que tenía mucho pelo. Como el hombre lobo. También era muy malhumorado: si le pedían un chupetín de frutilla, él decía “el que agarre”; metía la mano al azar en la batea y nos daba cualquiera. Era casado (con una mujer muy parecida a él) y tenía dos hijos, una niña y un niño, que iban a la misma escuela que Fernando y yo, aunque a grados diferentes. Toda su familia era horrible, contrahecha, con dientes muy grandes y mal vestida. A nosotros nos parecía obvio que, si un quiosquero tenía hijos, iba a hacer todo lo posible por conseguirles la antorcha. Pero este curioso hombre lobo no tenía piedad con sus hijos y le entregaba la antorcha a cualquiera, por azar, como Dios manda. Pensé que ese quiosquero era, en realidad, un hombre lobo o un emisario infernal que trataba de redimirse evitando ciertas tentaciones (como la de abrir paquetes de figuritas con vapor), porque Dios lo vigilaba muy de cerca, desde la Inmaculado Corazón de María que tenía al lado.
Durante los primeros días de enero del 83, el hombre lobo comenzó a traer barriletes de river y de boca. Su quiosco era oscuro y tenía olor a humedad, pero él marcaba la diferencia con los juguetes: era el único que traía lo que realmente nos importaba a precios que nuestros padres consideraban convenientes. En pocos días todos teníamos un barrilete de náilon con los colores de nuestro equipo. A mediados de enero, trajo los primeros yoyóes y Fernando no tardó en comprar uno. Recuerdo cómo era el primero que tuve, un par de días después que Fernando: de caño; pintado de colores psicodélicos y con un sonido espacial cuando giraba.
El treinta y uno de enero, día de mi cumpleaños, fui con mi abuela Lita a elegir mi regalo. Yo hacía mi fiesta al día siguiente, que era sábado. Mi abuela me dijo: “elegí lo que quieras, yo mañana te lo compro”. Había un espectacular camión de bomberos que costaba muchísimo porque era a fricción. El hombre lobo lo apartó para envolverlo y mi abuela dijo: “mañana lo vengo a buscar”.
A la mañana siguiente, con el corazón galopando, fui con mi abuela Lita, de la mano, a buscar el camión bombero. Cuando el hombre lobo lo había probado, con el girar de las ruedas se movían unas campanitas que le daban un espectacular sonido. Tenía escaleras que se desplegaban. La noche anterior no había podido dormir, porque cumplía nueve años, porque el sábado era mi fiestita y porque ese camión increíble iba a ser mío.
Sorpresa: el quiosco estaba cerrado. La persiana verde y picada de óxido tenía un cartelito miserable, hecho a mano, a último momento, con papel de cuaderno a rayas: “cerrado por vacaciones”. Enseguida entendí que ese hombre lobo no era divino, sino maligno y que había jugado con mi ansiedad y, lo que me parecía mucho peor, con la buena fe de Lita. “menos mal que ayer no le di un centavo”, repetía mi abuela, mientras caminábamos hacia otro quiosco donde me compraría un juguete maravilloso del que ya no me acuerdo.
Mi fiesta fue inolvidable. Vinieron mis compañeros, mis amigos y mis primos. Todos trajeron regalos, que era el derecho de admisión. Hubo coca cola, chizitos, papas fritas y unas deliciosas salchichas de copetín que sólo se comen cuando hay cumpleaños. Anduvimos en bicicleta por toda la manzana, por el jardín, y a la noche nos quedamos hasta tarde jugando a la mancha escondida. Mi papá abrió una sidra y nos dejó tomar un sorbo a mí y a mi hermano.
Los primeros días de febrero estuve esperando que el hombre lobo volviera, abriera su quiosco y mi abuela fuera, conmigo de la mano, a recriminarle su falta de ética. Yo, por un lado, temía que, si el hombre lobo era un ser infernal, le trajera alguna maldición o directamente le hincara esos colmillos espantosos que le sobresalían de la mandíbula. Y por otro lado, como no creía en las maldiciones, pensaba que el pobre quiosquero iba a sentirse tan mal que me regalaría el camión bombero.
Pasó todo febrero y el cartel de “cerrado por vacaciones” seguía allí. En marzo el cartel había desaparecido, pero las persianas siguieron bajas. Cuando empezaron las clases, los dos niños lobo, hijos del quiosquero, no aparecieron por la escuela. Para el mes de abril, las persianas del quiosco estaban cubiertas de polvo.
La abuela de Fernando sabía la verdad desde febrero. Yo me enteré una fría tarde de mayo en la que mi deseo por el camión bombero ya se había apagado. “¿No sabías?”, me dijo, “Se fueron para Mar del Plata en el falcon, el primero de febrero. A cincuenta kilómetros de acá chocaron y se mataron los cuatro”
Durante los años ochenta (época en la que fui infante) cada quiosco era diferente. No se conseguía gaseosas en todos (y, si se conseguía, era Gini, nunca Pepsi o Coca); tampoco todos tenían los mismos chocolates o caramelos, y definitivamente los helados no eran para cualquiera. No era costumbre abrir los días domingo ni durante la hora de la siesta.
El quiosco “de al lado de la iglesia” cobró para mi un especial interés en el verano del 83. Mi amigo Fernando había conseguido la antorcha en un paquete de figuritas comprado precisamente allí, a fines de diciembre. La antorcha era la figurita imposible de un álbum del Cuerpo Humano. Sabíamos que ese era un acontecimiento único; los quiosqueros, –especie malentretenida y perversa- en su tiempo libre, que es mucho, abren los paquetes con vapor; sacan las figuritas importantes y luego vuelven a cerrarlos con plasticola. Era fácil imaginar al Talego calentando la pava, poniendo paquete tras paquete a la luz del vapor para robarnos la antorcha, con el propósito de regalársela a sus nietos o, peor aun, de extorsionar a alguien con su deseo de obtenerla. Sabíamos que el Talego se entregaba a esa práctica macabra porque, según decían, era chileno.
Pero el quiosquero de al lado de la iglesia no había sucumbido a esa tentación. Nuestra mente de ocho años lo imaginó emparentado con la divinidad, por su cercanía con el templo de María. Aunque, a juzgar por su apariencia, era más parecido al diablo o a alguno de sus demonios. El quiosquero de al lado de la iglesia era muy flaco, extrañamente contrahecho, petiso y su rostro hacía acordar al hombre lobo. Sus manos parecían garras, y por debajo de la manga se adivinaba que tenía mucho pelo. Como el hombre lobo. También era muy malhumorado: si le pedían un chupetín de frutilla, él decía “el que agarre”; metía la mano al azar en la batea y nos daba cualquiera. Era casado (con una mujer muy parecida a él) y tenía dos hijos, una niña y un niño, que iban a la misma escuela que Fernando y yo, aunque a grados diferentes. Toda su familia era horrible, contrahecha, con dientes muy grandes y mal vestida. A nosotros nos parecía obvio que, si un quiosquero tenía hijos, iba a hacer todo lo posible por conseguirles la antorcha. Pero este curioso hombre lobo no tenía piedad con sus hijos y le entregaba la antorcha a cualquiera, por azar, como Dios manda. Pensé que ese quiosquero era, en realidad, un hombre lobo o un emisario infernal que trataba de redimirse evitando ciertas tentaciones (como la de abrir paquetes de figuritas con vapor), porque Dios lo vigilaba muy de cerca, desde la Inmaculado Corazón de María que tenía al lado.
Durante los primeros días de enero del 83, el hombre lobo comenzó a traer barriletes de river y de boca. Su quiosco era oscuro y tenía olor a humedad, pero él marcaba la diferencia con los juguetes: era el único que traía lo que realmente nos importaba a precios que nuestros padres consideraban convenientes. En pocos días todos teníamos un barrilete de náilon con los colores de nuestro equipo. A mediados de enero, trajo los primeros yoyóes y Fernando no tardó en comprar uno. Recuerdo cómo era el primero que tuve, un par de días después que Fernando: de caño; pintado de colores psicodélicos y con un sonido espacial cuando giraba.
El treinta y uno de enero, día de mi cumpleaños, fui con mi abuela Lita a elegir mi regalo. Yo hacía mi fiesta al día siguiente, que era sábado. Mi abuela me dijo: “elegí lo que quieras, yo mañana te lo compro”. Había un espectacular camión de bomberos que costaba muchísimo porque era a fricción. El hombre lobo lo apartó para envolverlo y mi abuela dijo: “mañana lo vengo a buscar”.
A la mañana siguiente, con el corazón galopando, fui con mi abuela Lita, de la mano, a buscar el camión bombero. Cuando el hombre lobo lo había probado, con el girar de las ruedas se movían unas campanitas que le daban un espectacular sonido. Tenía escaleras que se desplegaban. La noche anterior no había podido dormir, porque cumplía nueve años, porque el sábado era mi fiestita y porque ese camión increíble iba a ser mío.
Sorpresa: el quiosco estaba cerrado. La persiana verde y picada de óxido tenía un cartelito miserable, hecho a mano, a último momento, con papel de cuaderno a rayas: “cerrado por vacaciones”. Enseguida entendí que ese hombre lobo no era divino, sino maligno y que había jugado con mi ansiedad y, lo que me parecía mucho peor, con la buena fe de Lita. “menos mal que ayer no le di un centavo”, repetía mi abuela, mientras caminábamos hacia otro quiosco donde me compraría un juguete maravilloso del que ya no me acuerdo.
Mi fiesta fue inolvidable. Vinieron mis compañeros, mis amigos y mis primos. Todos trajeron regalos, que era el derecho de admisión. Hubo coca cola, chizitos, papas fritas y unas deliciosas salchichas de copetín que sólo se comen cuando hay cumpleaños. Anduvimos en bicicleta por toda la manzana, por el jardín, y a la noche nos quedamos hasta tarde jugando a la mancha escondida. Mi papá abrió una sidra y nos dejó tomar un sorbo a mí y a mi hermano.
Los primeros días de febrero estuve esperando que el hombre lobo volviera, abriera su quiosco y mi abuela fuera, conmigo de la mano, a recriminarle su falta de ética. Yo, por un lado, temía que, si el hombre lobo era un ser infernal, le trajera alguna maldición o directamente le hincara esos colmillos espantosos que le sobresalían de la mandíbula. Y por otro lado, como no creía en las maldiciones, pensaba que el pobre quiosquero iba a sentirse tan mal que me regalaría el camión bombero.
Pasó todo febrero y el cartel de “cerrado por vacaciones” seguía allí. En marzo el cartel había desaparecido, pero las persianas siguieron bajas. Cuando empezaron las clases, los dos niños lobo, hijos del quiosquero, no aparecieron por la escuela. Para el mes de abril, las persianas del quiosco estaban cubiertas de polvo.
La abuela de Fernando sabía la verdad desde febrero. Yo me enteré una fría tarde de mayo en la que mi deseo por el camión bombero ya se había apagado. “¿No sabías?”, me dijo, “Se fueron para Mar del Plata en el falcon, el primero de febrero. A cincuenta kilómetros de acá chocaron y se mataron los cuatro”
martes, 11 de julio de 2006
El día de todas las glorias
Hace muchos meses me llamó Muiños y me dijo: “Jorge, queremos que vengas para nuestra fiesta del nueve de julio al mediodía”. Le dije que no sabía, que tenía trabajo la noche anterior y que iba a ser muy complicado para mí aceptar el compromiso. “Si no nos ponés la música vos, no hacemos la fiesta”, remató para convencerme. Acepté.
Mi trabajo como disc jockey ambulante me permite conocer lugares y personas que de otro modo serían inaccesibles. Muiños, por ejemplo, es el asador de una sociedad de fomento ubicada en un barrio alejado, quien al menos una vez por año me llama para los eventos de su institución. No lo veo en ninguna otra circunstancia y no tengo noticia de esa sociedad de fomento excepto cuando él me llama. Muiños es además mozo y entrenador de fútbol. Y su nombre es Muñoz. Cuando me habló por teléfono yo no recordaba su rostro.
No me dio detalles de la fiesta. En realidad no volvimos a comunicarnos hasta el mismo nueve de julio. “Llevá el himno nacional y efectos de luces. Y no te olvides de los pasodobles”, me encomendó. Eso fue todo.
Cuando llegué al salón ese nueve de julio a las once descubrí que iba a ser una fiesta muy especial. Había colgadas banderas enormes y las paredes estaban cubiertas con cientos de fotos en blanco y negro. Las fotos mostraban infinitas generaciones de equipos de fútbol de un mismo club. Un enorme póster se destacaba entre los adornos: una gigantografía con la tapa de El Gráfico, año 1941; en la foto un joven que viste la casaca de Boca y una leyenda a un costado: “José Peppino Borrelo, el crack”. Una pequeña multitud de ancianas (muy ancianas) que habían llegado temprano, a través de las fotos deducían parentescos y recordaban relaciones pretéritas. Las tres enormes tortas me indicaban que era el 78º aniversario del club Sixto Laspiur. Al costado de las tortas había unos souvenires que recuerdan el mundial Argentina ’78.
Mientras yo acomodo los bafles y los amplificadores, las señoras preguntan por mi trabajo y me cuentan la historia del club. “El año pasado nos quisieron quitar las canchitas para construir un barrio”, dice una de ellas. “Pero salimos a la calle con esa bandera (me señalaba una que decía ‘sin potreros no hay crack’) y ganamos”. Entusiasmada, otra anciana agrega: “le ganamos al intendente y a los hijos de puta de los concejales”. “Yo hace treinta y ocho años que trabajo para el club y esto es mi vida: si me lo quitan me muero”, dice la primera de ellas. Me cuentan el esfuerzo que hacen para mantener con vida a una institución que consiste en canchitas sin cerco en medio de un descampado que parece tierra de nadie: una de ellas cose los números sobre las remeras donadas; otra de ellas prepara el chocolate caliente para los torneos. Otra presta apoyo psicológico a los chicos. Otra pide donaciones para los trofeos y los botines. Muiños, quien en este momento está preparando el asado, es uno de los entrenadores. Ninguno cobra un centavo. Sus palabras me traen a la memoria la película “Luna de Avellaneda”, y con ella evoco cualquier contienda romántica en la cual el barrio actúa como una unidad política y momentáneamente le gana espacio a algún inexorable interés económico. Hasta aquí el relato me provoca una sonrisa de compasión. Conecto los cables; enchufo las luces y pienso que pronto esta institución va a desaparecer; cuando las abuelitas mueran, el recuerdo de esa continuidad de esfuerzos, alegrías y angustias desaparecerá con ellas. Las banderas del club dicen “desde 1928 y para siempre”. El “para siempre” me suena a un “hasta siempre”, es decir: a una de esas frases que se pronuncian cuando la suerte está echada. La mañana está soleada y fría. Los invitados van llegando y se reconocen en las fotos antiguas. Me pregunto para qué traje las luces de colores si el sol se cuela por todas las ventanas. Una señora me cuenta que conoció a Evita cuando vino a Bahía Blanca. "Vino a mi casilla de chapas. Si la vieras, qué sencilla que era... Usaba alpargatas"
Todos llegan con una escarapela argentina y una cinta con los colores del club: verde, blanco y rojo. Como la bandera italiana. Y justo hoy juegan la final Italia y Francia. A la una y media están todos los invitados: más de cien ancianos y unos pocos niños. Para mi sorpresa, ponen una pantalla gigante y me dicen: “vamos a ver la final acá”. Muchos de los ancianos son italianos o hijos de italianos, así que ya sabemos cuál va a ser el favorito.
La llegada de uno de los ancianos provoca una ovación. Un viejito con pulóver amarillo, peinado a la gomina y mostachos muy arreglados. “Es Peppino Borrelo, el del póster”, me indica un invitado. La gente se acerca, le pide autógrafos y quiere sacarse fotos con él. “¿Vos sabés lo que es ser tapa del Gráfico en los años 40? Tenés que ser un grande de verdad”, dice otro. Alguien agrega: “cuando se eligieron los mejores jugadores de todos los tiempos, Peppino salió cuarto”. Estamos ante una leyenda.
Viene el asado: chorizo, morcilla, vacío, tira… Se acerca las tres de la tarde y está todo listo para ver la final. Se enciende la pantalla gigante, conectan el sonido a los bafles y todos palpitamos el último encuentro del Mundial. Fueron tres horas intensas y emocionantes. Gana Italia por penales y los abuelos lloran de alegría. Aprovecho la ocasión y les pongo la canción del mundial de Italia ’90: “une state italiano”. Traen la sidra para el brindis y cortan las tortas. Antes, por supuesto, le cantan el feliz cumpleaños al club y se encienden bengalas. Luego viene el himno nacional. Un minuto después pasan un video con la historia de la institución: reportajes, imágenes, música, fotos. El video no es sentimentalista, pero resulta muy emotivo.
Está oscureciendo rápidamente y hace frío aunque las estufas siguen encendidas. Hay un clima de relajada melancolía. Cuando el señor Peppino Borrelo se retira, me dicen que pida un aplauso por el micrófono. En ese momento entendí la síntesis de todo ese día. El crack, de más de ochenta, desaparece con una reverencia. Pienso por un instante en los souvenires que están al lado de las tortas: dos manos sosteniendo un balón, como el logo del mundial de Argentina ’78. La historia se construye con simetrías: los 78 años de un club de viejitos italianos se asocian así con el año del triunfo argentino, en el mismo día en que Italia gana su tetracampeonato y la independencia argentina cumple 190 años. Un día de muchas melancólicas glorias, glorias hechas de recuerdos y de trofeos. Un domingo como tal vez hace 190 años lo imaginó algún prócer anónimo.
Cuando todo termina y sólo quedamos unos pocos, Muiños me comunica su secreta esperanza de que ese día Argentina iba a llegar a la final. “Sabés lo que hubiera sido esto”, me dice. “Estaríamos saltando acá, de joda, hasta mañana”. Desarmo el equipo, llamo al taxiflet y cargo los bártulos. El frío de la temprana noche es desgarrador; un frío que parece vaticinar otras u otros finales.
i. Cuando llego a mi casa me comunican que falleció una de las personas a quien más quise; mi gran amiga y tutora intelectual Mirta. Es por eso que no ganó Argentina; porque tal vez Alguien supo que en el mismo día no puede convivir la desbordante alegría de ganar el mundial con la infinita tristeza de perder para siempre a una persona querida.
ii. Este es el poema de un souvenir que repartían durante el postre. Se titula “Epopeya 2005”, año en el que el club batalló contra la municipalidad para que no le quiten las tierras. En el souvenir, al lado del escudo rojo, blanco y verde, aparece la figura de San Jorge.
Y cuando pase el tiempo…/ Nunca, pero nunca… / Nos des por muertos…/ Nos des por vencidos…/ Desde algún rinconcito / algún loco va a saltar / y va a recordar los momentos / vividos en este lugar. / Y va a defender este terrunio (sic) / lleno de piedras, pero / más lleno de gloria. / La gloria de un barrio. / La del Noroeste, cuna de tantos / grandes. Nunca nos subestimen. / Laspiur fue y será aun más grande / por los siglos de los siglos. / Laspiur: Desde 1928 y para siempre.
iii. "Este viejo hijo de puta tiene ochenta y pico de años y jugó en el arco para el lado de los casados. Se atajó todas; no les pudimos ganar. Tenías que verlo cómo se tiraba al piso, cómo volaba... Yo tengo treinta y tres años y ahora me duele todo" (El camarógrafo, hablando de Peppino en el partido 'casados vs. solteros' que habían disputado horas antes de la fiesta)
Mi trabajo como disc jockey ambulante me permite conocer lugares y personas que de otro modo serían inaccesibles. Muiños, por ejemplo, es el asador de una sociedad de fomento ubicada en un barrio alejado, quien al menos una vez por año me llama para los eventos de su institución. No lo veo en ninguna otra circunstancia y no tengo noticia de esa sociedad de fomento excepto cuando él me llama. Muiños es además mozo y entrenador de fútbol. Y su nombre es Muñoz. Cuando me habló por teléfono yo no recordaba su rostro.
No me dio detalles de la fiesta. En realidad no volvimos a comunicarnos hasta el mismo nueve de julio. “Llevá el himno nacional y efectos de luces. Y no te olvides de los pasodobles”, me encomendó. Eso fue todo.
Cuando llegué al salón ese nueve de julio a las once descubrí que iba a ser una fiesta muy especial. Había colgadas banderas enormes y las paredes estaban cubiertas con cientos de fotos en blanco y negro. Las fotos mostraban infinitas generaciones de equipos de fútbol de un mismo club. Un enorme póster se destacaba entre los adornos: una gigantografía con la tapa de El Gráfico, año 1941; en la foto un joven que viste la casaca de Boca y una leyenda a un costado: “José Peppino Borrelo, el crack”. Una pequeña multitud de ancianas (muy ancianas) que habían llegado temprano, a través de las fotos deducían parentescos y recordaban relaciones pretéritas. Las tres enormes tortas me indicaban que era el 78º aniversario del club Sixto Laspiur. Al costado de las tortas había unos souvenires que recuerdan el mundial Argentina ’78.
Mientras yo acomodo los bafles y los amplificadores, las señoras preguntan por mi trabajo y me cuentan la historia del club. “El año pasado nos quisieron quitar las canchitas para construir un barrio”, dice una de ellas. “Pero salimos a la calle con esa bandera (me señalaba una que decía ‘sin potreros no hay crack’) y ganamos”. Entusiasmada, otra anciana agrega: “le ganamos al intendente y a los hijos de puta de los concejales”. “Yo hace treinta y ocho años que trabajo para el club y esto es mi vida: si me lo quitan me muero”, dice la primera de ellas. Me cuentan el esfuerzo que hacen para mantener con vida a una institución que consiste en canchitas sin cerco en medio de un descampado que parece tierra de nadie: una de ellas cose los números sobre las remeras donadas; otra de ellas prepara el chocolate caliente para los torneos. Otra presta apoyo psicológico a los chicos. Otra pide donaciones para los trofeos y los botines. Muiños, quien en este momento está preparando el asado, es uno de los entrenadores. Ninguno cobra un centavo. Sus palabras me traen a la memoria la película “Luna de Avellaneda”, y con ella evoco cualquier contienda romántica en la cual el barrio actúa como una unidad política y momentáneamente le gana espacio a algún inexorable interés económico. Hasta aquí el relato me provoca una sonrisa de compasión. Conecto los cables; enchufo las luces y pienso que pronto esta institución va a desaparecer; cuando las abuelitas mueran, el recuerdo de esa continuidad de esfuerzos, alegrías y angustias desaparecerá con ellas. Las banderas del club dicen “desde 1928 y para siempre”. El “para siempre” me suena a un “hasta siempre”, es decir: a una de esas frases que se pronuncian cuando la suerte está echada. La mañana está soleada y fría. Los invitados van llegando y se reconocen en las fotos antiguas. Me pregunto para qué traje las luces de colores si el sol se cuela por todas las ventanas. Una señora me cuenta que conoció a Evita cuando vino a Bahía Blanca. "Vino a mi casilla de chapas. Si la vieras, qué sencilla que era... Usaba alpargatas"
Todos llegan con una escarapela argentina y una cinta con los colores del club: verde, blanco y rojo. Como la bandera italiana. Y justo hoy juegan la final Italia y Francia. A la una y media están todos los invitados: más de cien ancianos y unos pocos niños. Para mi sorpresa, ponen una pantalla gigante y me dicen: “vamos a ver la final acá”. Muchos de los ancianos son italianos o hijos de italianos, así que ya sabemos cuál va a ser el favorito.
La llegada de uno de los ancianos provoca una ovación. Un viejito con pulóver amarillo, peinado a la gomina y mostachos muy arreglados. “Es Peppino Borrelo, el del póster”, me indica un invitado. La gente se acerca, le pide autógrafos y quiere sacarse fotos con él. “¿Vos sabés lo que es ser tapa del Gráfico en los años 40? Tenés que ser un grande de verdad”, dice otro. Alguien agrega: “cuando se eligieron los mejores jugadores de todos los tiempos, Peppino salió cuarto”. Estamos ante una leyenda.
Viene el asado: chorizo, morcilla, vacío, tira… Se acerca las tres de la tarde y está todo listo para ver la final. Se enciende la pantalla gigante, conectan el sonido a los bafles y todos palpitamos el último encuentro del Mundial. Fueron tres horas intensas y emocionantes. Gana Italia por penales y los abuelos lloran de alegría. Aprovecho la ocasión y les pongo la canción del mundial de Italia ’90: “une state italiano”. Traen la sidra para el brindis y cortan las tortas. Antes, por supuesto, le cantan el feliz cumpleaños al club y se encienden bengalas. Luego viene el himno nacional. Un minuto después pasan un video con la historia de la institución: reportajes, imágenes, música, fotos. El video no es sentimentalista, pero resulta muy emotivo.
Está oscureciendo rápidamente y hace frío aunque las estufas siguen encendidas. Hay un clima de relajada melancolía. Cuando el señor Peppino Borrelo se retira, me dicen que pida un aplauso por el micrófono. En ese momento entendí la síntesis de todo ese día. El crack, de más de ochenta, desaparece con una reverencia. Pienso por un instante en los souvenires que están al lado de las tortas: dos manos sosteniendo un balón, como el logo del mundial de Argentina ’78. La historia se construye con simetrías: los 78 años de un club de viejitos italianos se asocian así con el año del triunfo argentino, en el mismo día en que Italia gana su tetracampeonato y la independencia argentina cumple 190 años. Un día de muchas melancólicas glorias, glorias hechas de recuerdos y de trofeos. Un domingo como tal vez hace 190 años lo imaginó algún prócer anónimo.
Cuando todo termina y sólo quedamos unos pocos, Muiños me comunica su secreta esperanza de que ese día Argentina iba a llegar a la final. “Sabés lo que hubiera sido esto”, me dice. “Estaríamos saltando acá, de joda, hasta mañana”. Desarmo el equipo, llamo al taxiflet y cargo los bártulos. El frío de la temprana noche es desgarrador; un frío que parece vaticinar otras u otros finales.
i. Cuando llego a mi casa me comunican que falleció una de las personas a quien más quise; mi gran amiga y tutora intelectual Mirta. Es por eso que no ganó Argentina; porque tal vez Alguien supo que en el mismo día no puede convivir la desbordante alegría de ganar el mundial con la infinita tristeza de perder para siempre a una persona querida.
ii. Este es el poema de un souvenir que repartían durante el postre. Se titula “Epopeya 2005”, año en el que el club batalló contra la municipalidad para que no le quiten las tierras. En el souvenir, al lado del escudo rojo, blanco y verde, aparece la figura de San Jorge.
Y cuando pase el tiempo…/ Nunca, pero nunca… / Nos des por muertos…/ Nos des por vencidos…/ Desde algún rinconcito / algún loco va a saltar / y va a recordar los momentos / vividos en este lugar. / Y va a defender este terrunio (sic) / lleno de piedras, pero / más lleno de gloria. / La gloria de un barrio. / La del Noroeste, cuna de tantos / grandes. Nunca nos subestimen. / Laspiur fue y será aun más grande / por los siglos de los siglos. / Laspiur: Desde 1928 y para siempre.
iii. "Este viejo hijo de puta tiene ochenta y pico de años y jugó en el arco para el lado de los casados. Se atajó todas; no les pudimos ganar. Tenías que verlo cómo se tiraba al piso, cómo volaba... Yo tengo treinta y tres años y ahora me duele todo" (El camarógrafo, hablando de Peppino en el partido 'casados vs. solteros' que habían disputado horas antes de la fiesta)
martes, 4 de julio de 2006
Aventuras oníricas
He aquí siete relatos que corresponden a las imágenes y a las narrativas que interpreté a partir de algunos sueños:
1. Estoy escapando de embarcaciones con explosivos que mi manada y yo hemos construido para hacerlas explotar frente a las costas de las manadas enemigas. Pero una lluvia inesperada y un viento en contra hacen que las embarcaciones vuelvan hacia nuestra isla. Somos monos gibones. Uno de mis congéneres peludos me hostiga con golpes y pataditas todo el tiempo. Bajo la lluvia esto es especialmente molesto. No hay dónde guarecerse y todos estamos un poco confundidos por las explosiones. En algún momento descubro que yo soy Platón, el filósofo griego, y que el mono que me hostiga es Aristóteles, discípulo de Platón. Le comunico mi descubrimiento para que sepa que yo soy su maestro y para que, con ese conocimiento, logremos entablar la amigable relación maestro - alumno. Él no parece asombrarse y continúa hostigándome, golpeándome con una hoja de palmera y tirándome cascotes. Luego alguien nos trae la comida favorita de Aristóteles: una araña gigante.
(Soñado en marzo de 2006)
2. Estoy con Irma en Pehuen Co, una villa marítima, en una casa que alquilamos. La casa tiene dos partes: una con techo y otra, a pocas cuadras, sin techo, en la cual está la cocina. Cuando voy a desayunar reparo en ese detalle de que la cocina está muy lejos del resto de la casa, y que si llueve no se puede preparar el café con leche. Me imagino que alguien podría robarnos los enseres de la cocina, si quisiera, porque esa parte de la casa además de no tener techo da directamente hacia la vereda. La mañana es hermosa y recién está amaneciendo. Al rato pienso que no hay de qué preocuparse porque en Pehuen Co la gente no roba cosas ajenas y casi nunca llueve.
Desayuno y vuelvo a la parte techada de la casa, que en el fondo tiene un patio. Allí, en el patio, encuentro un gato muy pequeño al que, si le miro el rostro de cerca, tiene la forma de un rinoceronte. Irma me dice algo acerca de ese animal; según lo que ella me explica (ella viene del sur y sabe muchas cosas sobre la naturaleza) es un pequeño rinoceronte. Al rato aparece otro gatito con cara de jirafa. Es un hermano del anterior. Entiendo que todos los animales primero nacen como cachorros de gato con un rostro inadecuado, y luego, cuando crecen, se transforman en el animal que indica su rostro.
(Soñado en marzo de 2006)
3. Estoy en Buenos Aires con Irma. La peatonal Lavalle desemboca en una especie de ciudadela a medias urbanizada y con calles de tierra. Alguien, dentro de una casa de esa ciudadela está construyendo un misil nuclear y los servicios de inteligencia de Estados Unidos, división Marines Superarmas, está tratando de encontrar el lugar justo desde donde va a ser lanzado el ataque. Yo descubro por casualidad la casa donde un hombre en un taller mecánico tiene preparado el misil. Sé que si los servicios de Inteligencia saben que yo he descubierto lo que ellos buscan, voy a estar en problemas. Sigo caminando hondamente preocupado.
Más allá de la ciudadela hay un desierto de barro lleno de cangrejos. Los porteños nunca se acercan a ese lugar, en el cual hay criaturas de oro inmortales. Yo llego al límite entre la ciudadela y el desierto de barro y me encuentro con uno de los inmortales (es Titi, compañero del secundario y amigo) quien me pide que lo acompañe y que recuerde esos tiempos en los que yo también era inmortal como él. A lo lejos se ven otras criaturas doradas que me saludan amigablemente. En el desierto es siempre de día y el barro está caliente y burbujeante.
(Soñado en marzo de 2006)
4. Estoy en mi casa. Mi casa no es mi casa; es una enorme casa chorizo con un primer piso con balcones que dan hacia un patio central. Parece una escuela vieja. A ese primer piso casi nunca accedo porque hay habitaciones que hablan de personas muertas (una de ellas tiene todo el mobiliario de mi bisabuela) y porque las telas de araña (y las arañas) abundan.
Pero hoy es un día especial. Viene un fin de semana largo y mi padre se va pasar unas mini vacaciones en las sierras. Entonces mis amigos, mis primos y el abogado (¿) se quedan en casa sin que yo los invite. El hecho de que no esté mi papá y el fin de semana largo son razones suficientes para que ellos se instalen y hagan su vida en mi casa.
Cuando me quiero acostar en una de las habitaciones, algunos de mis forzados invitados hacen un ruido espantoso. Están haciendo una fiesta en el patio central y en algunas de las habitaciones. Yo tengo que pasarles música. A eso de las siete de la mañana, cuando me voy a acostar, mi primo Gustavo se pone a cocinar el desayuno en mi habitación y tanto él como el abogado me recriminan que no me haya acostado temprano, que ya es hora de levantarse, no de dormir. Trato de sobrevivir despierto y en algún momento huyo con mi padre a través de una calle que es una casa de venta de electrodomésticos en la que hay que pasar atravesando (y rompiendo) un alambre tejido, aunque si se tiene la habilidad suficiente, se puede pasar a través de los agujeritos del tejido.
(Soñado en mayo de 2006)
5. Se me quema la campera.
(Soñado en junio de 2006)
6. Mi padre y mi hermano me pasan a buscar para ir al circo. Es un circo famoso por sus payasos. Los payasos tienen una música especial: música de payasos, ligeramente terrorífica. Como chirridos con eco que retumban a lo lejos. Es de noche, hace frío y se hace tarde. Yo no encuentro la ropa para ponerme y la función está por empezar. Pero parece que, con nuestro retraso, hemos provocado que el mismo espectáculo se retrase. Mientras busco la ropa escucho que mi viejo dice, nervioso: “apurate, Jorge, que ya vienen”. Estoy sutilmente horrorizado porque la musiquita – chirrido de los payasos se escucha furiosa, cada vez más cerca de mi casa. Los payasos, hartos porque no llegamos a horario, abandonaron su espectáculo multitudinario para venir a buscarnos, y seguramente están apiñados como vacas pintarrajeadas en la puerta de adelante, allí, al fondo del pasillo oscuro y con su musiquita taladrante y macabra.
(Soñado en Junio de 2006)
7. Pasa un tren que en lugar de vagones trae cabezas. El tren recorre el perímetro de toda la ciudad y se va para La Pampa, que es una ciudad en la que siempre hace frío y hay festivales cerca de un río, en los que suele cantar Marco Antonio Solís. Le pregunto a Irma cuál es la locomotora y me dice: “es la segunda cabeza”. La segunda cabeza es, en realidad, un vagón a través de cuyas ventanas se ve el dibujo de una cabeza. Es la cara de Lionel Messi. Me entero de que el tren lleva algo así como el alma de ciertas personas (algunas famosas) y que, cuando esas personas quieren viajar por mi ciudad o hacia La Pampa, simplemente se suben a su vagón – cabeza. Mientras ellos no viajan, el tren anda solo haciendo su recorrido sin pasajeros ni conductor. Se verá la contradicción: un vagón es, a su vez, un vagón y una cabeza. Le pregunto a Irma cuál es el combustible con el que anda esa maquinaria de carne y hierros. Irma me dice: “Las cabezas comen el pasto de al lado de las vías” (Este es un sueño que voy a tener alguna de estas noches de julio de 2006)
1. Estoy escapando de embarcaciones con explosivos que mi manada y yo hemos construido para hacerlas explotar frente a las costas de las manadas enemigas. Pero una lluvia inesperada y un viento en contra hacen que las embarcaciones vuelvan hacia nuestra isla. Somos monos gibones. Uno de mis congéneres peludos me hostiga con golpes y pataditas todo el tiempo. Bajo la lluvia esto es especialmente molesto. No hay dónde guarecerse y todos estamos un poco confundidos por las explosiones. En algún momento descubro que yo soy Platón, el filósofo griego, y que el mono que me hostiga es Aristóteles, discípulo de Platón. Le comunico mi descubrimiento para que sepa que yo soy su maestro y para que, con ese conocimiento, logremos entablar la amigable relación maestro - alumno. Él no parece asombrarse y continúa hostigándome, golpeándome con una hoja de palmera y tirándome cascotes. Luego alguien nos trae la comida favorita de Aristóteles: una araña gigante.
(Soñado en marzo de 2006)
2. Estoy con Irma en Pehuen Co, una villa marítima, en una casa que alquilamos. La casa tiene dos partes: una con techo y otra, a pocas cuadras, sin techo, en la cual está la cocina. Cuando voy a desayunar reparo en ese detalle de que la cocina está muy lejos del resto de la casa, y que si llueve no se puede preparar el café con leche. Me imagino que alguien podría robarnos los enseres de la cocina, si quisiera, porque esa parte de la casa además de no tener techo da directamente hacia la vereda. La mañana es hermosa y recién está amaneciendo. Al rato pienso que no hay de qué preocuparse porque en Pehuen Co la gente no roba cosas ajenas y casi nunca llueve.
Desayuno y vuelvo a la parte techada de la casa, que en el fondo tiene un patio. Allí, en el patio, encuentro un gato muy pequeño al que, si le miro el rostro de cerca, tiene la forma de un rinoceronte. Irma me dice algo acerca de ese animal; según lo que ella me explica (ella viene del sur y sabe muchas cosas sobre la naturaleza) es un pequeño rinoceronte. Al rato aparece otro gatito con cara de jirafa. Es un hermano del anterior. Entiendo que todos los animales primero nacen como cachorros de gato con un rostro inadecuado, y luego, cuando crecen, se transforman en el animal que indica su rostro.
(Soñado en marzo de 2006)
3. Estoy en Buenos Aires con Irma. La peatonal Lavalle desemboca en una especie de ciudadela a medias urbanizada y con calles de tierra. Alguien, dentro de una casa de esa ciudadela está construyendo un misil nuclear y los servicios de inteligencia de Estados Unidos, división Marines Superarmas, está tratando de encontrar el lugar justo desde donde va a ser lanzado el ataque. Yo descubro por casualidad la casa donde un hombre en un taller mecánico tiene preparado el misil. Sé que si los servicios de Inteligencia saben que yo he descubierto lo que ellos buscan, voy a estar en problemas. Sigo caminando hondamente preocupado.
Más allá de la ciudadela hay un desierto de barro lleno de cangrejos. Los porteños nunca se acercan a ese lugar, en el cual hay criaturas de oro inmortales. Yo llego al límite entre la ciudadela y el desierto de barro y me encuentro con uno de los inmortales (es Titi, compañero del secundario y amigo) quien me pide que lo acompañe y que recuerde esos tiempos en los que yo también era inmortal como él. A lo lejos se ven otras criaturas doradas que me saludan amigablemente. En el desierto es siempre de día y el barro está caliente y burbujeante.
(Soñado en marzo de 2006)
4. Estoy en mi casa. Mi casa no es mi casa; es una enorme casa chorizo con un primer piso con balcones que dan hacia un patio central. Parece una escuela vieja. A ese primer piso casi nunca accedo porque hay habitaciones que hablan de personas muertas (una de ellas tiene todo el mobiliario de mi bisabuela) y porque las telas de araña (y las arañas) abundan.
Pero hoy es un día especial. Viene un fin de semana largo y mi padre se va pasar unas mini vacaciones en las sierras. Entonces mis amigos, mis primos y el abogado (¿) se quedan en casa sin que yo los invite. El hecho de que no esté mi papá y el fin de semana largo son razones suficientes para que ellos se instalen y hagan su vida en mi casa.
Cuando me quiero acostar en una de las habitaciones, algunos de mis forzados invitados hacen un ruido espantoso. Están haciendo una fiesta en el patio central y en algunas de las habitaciones. Yo tengo que pasarles música. A eso de las siete de la mañana, cuando me voy a acostar, mi primo Gustavo se pone a cocinar el desayuno en mi habitación y tanto él como el abogado me recriminan que no me haya acostado temprano, que ya es hora de levantarse, no de dormir. Trato de sobrevivir despierto y en algún momento huyo con mi padre a través de una calle que es una casa de venta de electrodomésticos en la que hay que pasar atravesando (y rompiendo) un alambre tejido, aunque si se tiene la habilidad suficiente, se puede pasar a través de los agujeritos del tejido.
(Soñado en mayo de 2006)
5. Se me quema la campera.
(Soñado en junio de 2006)
6. Mi padre y mi hermano me pasan a buscar para ir al circo. Es un circo famoso por sus payasos. Los payasos tienen una música especial: música de payasos, ligeramente terrorífica. Como chirridos con eco que retumban a lo lejos. Es de noche, hace frío y se hace tarde. Yo no encuentro la ropa para ponerme y la función está por empezar. Pero parece que, con nuestro retraso, hemos provocado que el mismo espectáculo se retrase. Mientras busco la ropa escucho que mi viejo dice, nervioso: “apurate, Jorge, que ya vienen”. Estoy sutilmente horrorizado porque la musiquita – chirrido de los payasos se escucha furiosa, cada vez más cerca de mi casa. Los payasos, hartos porque no llegamos a horario, abandonaron su espectáculo multitudinario para venir a buscarnos, y seguramente están apiñados como vacas pintarrajeadas en la puerta de adelante, allí, al fondo del pasillo oscuro y con su musiquita taladrante y macabra.
(Soñado en Junio de 2006)
7. Pasa un tren que en lugar de vagones trae cabezas. El tren recorre el perímetro de toda la ciudad y se va para La Pampa, que es una ciudad en la que siempre hace frío y hay festivales cerca de un río, en los que suele cantar Marco Antonio Solís. Le pregunto a Irma cuál es la locomotora y me dice: “es la segunda cabeza”. La segunda cabeza es, en realidad, un vagón a través de cuyas ventanas se ve el dibujo de una cabeza. Es la cara de Lionel Messi. Me entero de que el tren lleva algo así como el alma de ciertas personas (algunas famosas) y que, cuando esas personas quieren viajar por mi ciudad o hacia La Pampa, simplemente se suben a su vagón – cabeza. Mientras ellos no viajan, el tren anda solo haciendo su recorrido sin pasajeros ni conductor. Se verá la contradicción: un vagón es, a su vez, un vagón y una cabeza. Le pregunto a Irma cuál es el combustible con el que anda esa maquinaria de carne y hierros. Irma me dice: “Las cabezas comen el pasto de al lado de las vías” (Este es un sueño que voy a tener alguna de estas noches de julio de 2006)
martes, 27 de junio de 2006
El tiempo y el pozo
1
¿Qué estará ocurriendo, en este mismo instante, en la Nebulosa de Orión?
Esta pregunta –dicen los físicos relativistas- no tiene sentido. La simultaneidad de dos hechos en lugares diferentes no existe. Cada objeto en cada lugar del universo está en su propio espacio y – de manera correlativa – en su propio tiempo. Los 1600 años luz que nos separan de la nebulosa de Orión distorsionan la supuesta “simultaneidad” de los acontecimientos. El único ahora que existe es este en el que imagino la simultaneidad de lo que ocurre en Orión. Pero, la verdad, todo lo que ocurra en esa nebulosa estará transcurriendo en otro ahora.
Esto que vale para acontecimientos que están a 1600 años luz, también vale para nuestra propia casa. El otro que nos mira por la ventana vive en su propio tiempo y ocupa un espacio singularísimo. Tenemos razón cuando creemos que quienes viven lejos también envejecen a otro ritmo y cuentan los años con los días más largos o más breves que nosotros.
Para viajar en el tiempo, entonces, basta con que dos objetos muy disímiles y que han estado jugando con leyes físicas muy diferentes, entren en contacto. La conjunción de un reloj con una pila doble A, y un pulóver de lana, recién tejido, cargado con estática pueden hacer que una persona determinada (que sea sensible a este tipo de conjunciones) viaje en el tiempo unos segundos, unos minutos o quizás un par de horas. Dos platos de polenta, un tuco bien cargado, una cuchara de madera, una araña reptando bajo la mesa y un hombre desnudo, si entran en una determinada conjunción (que involucra factores cuánticos incalculables) pueden hacer que una aguja del costurero viaje dos o tres segundos en el tiempo. Por eso desaparecen los objetos pequeños y ya nadie los encuentra: porque hay arañas y porque a algunos hombres les da por pasear desnudos por nuestra casa, o por su propio club nudista.
2
Alberto Álvarez tuvo la desgracia de viajar involuntariamente en el tiempo. Él no se preguntaba por la simultaneidad de acontecimientos diferentes, y desconocía a conciencia toda teoría sobre el tiempo y el espacio excepto la ordinaria: el tiempo pasa; algunos lugares quedan lejos. Quizás ese desconocimiento fue la piedra de toque, el desajuste cuántico necesario (no olvidemos que nuestros pensamientos involucran factores cuánticos) para lograr la conjunción.
Alberto es (era) trabajador de la construcción. Un lunes a la mañana, después de un domingo de descanso y una lluvia intensa, descubrió que en el fondo del edificio donde trabajaba –cuyos cimientos recién estaban siendo emplazados- había aparecido un pozo ciego. Del pozo se desprendía un fuerte olor a amoníaco, como si el infierno hubiese abierto una compuerta aprovechando la impunidad del domingo solitario y lluvioso. Alberto estaba solo; eran las siete y media de la mañana de una oscura y helada madrugada de junio. Tal vez en media hora llegarían los capataces y el resto de los obreros.
Los pozos ciegos representaban una macabra fascinación para Alberto. Su infancia la había pasado con su familia en aquella precaria casita frente al arroyo, en cuyo patio aparecían repentinos agujeros de profundidad eterna. Un pozo ciego no estaba la noche anterior; pero hoy está aquí y para siempre, mudo y profundísimo. En su mente de cinco años esos pozos eran túneles cavados durante la noche por enanos invisibles o por los dientudos del arroyo que pescaba en verano junto a su padre. Un día de esos en los que, después de una lluvia, habían aparecido pozos ciegos por todos lados, sus dos hermanos gemelos desaparecieron mientras caminaban hacia el arroyo. Al poco tiempo lo que quedaba de su familia se mudó. Su madre, destrozada, nunca superó la pérdida de Joaquín y Julián, y apenas sobrevivió lo suficiente para ver que Alberto cumplía los dieciocho años. Su padre todavía vive.
Los pozos que Alberto conocía de su infancia tenían olor a barro podrido o a pasto recién cortado. Eran redondos; parecían una boca abierta que grita una “o” inarticulada. Ya adulto, hacía años que no se encontraba con un pozo ciego, y éste era muy distinto a todos los conocidos. El fuerte olor a amoníaco y un ligero sonido cósmico, como el de infinitas voces gimiendo a lo lejos, a una distancia sideral, lo sedujeron como un canto de sirena.
3
Los capataces quizás dirían a su familia que Alberto había caído al pozo. A pesar de las tareas de rescate no encontraron el cuerpo. En realidad Alberto no había caído; sólo había entrado en el radio de acción de las distorsiones cuánticas. Apenas a tres centímetros del borde del pozo, escuchando las emanaciones y oliendo la indescifrable música, Alberto fue el ingrediente necesario para lograr la Conjunción entre el pozo, el olor a amoníaco y las voces que emanaban desde otras distorsiones espacio – temporales, y viajó en el tiempo hacia atrás. Apareció muy entrada la noche, cerca de un galpón en una zona suburbana. Su ropa había cambiado y no tardaría en darse cuenta de que ya no tenía el mismo cuerpo ni el mismo rostro: pocas horas después descubriría, con el mayor de los horrores, que había retrocedido en el tiempo treinta y dos años, y que ya no era él mismo, sino su propio padre.
Alberto no era hombre de barajar teorías metafísicas, pero al instante comprendió que su cuerpo, su tiempo y su vida quizás seguían transcurriendo con normalidad en el año 2006. Sin embargo, su mente (o algo de su mente) había viajado hacia el año 1974, cuando él mismo junto con sus hermanos Joaquín y Julián, estaban por nacer. Era espectador de todo lo que hacía –y pensaba- su padre.
Durante seis años estuvo preso en su mente.
¿Quién era su padre? De la conciencia para afuera (lo único que conocía Alberto hasta ese momento) era un hombre tranquilo, trabajador –también era albañil-, amigo del vino y de los asados, irascible después de una jornada laboral, cariñoso con su mujer y sus hijos, y fanático de Racing. Su horrible nombre era Nepomuseno Álvarez.
De la conciencia para adentro, Alberto estaba descubriendo que su padre tenía pensamientos tortuosos, que en sus horas de trabajo bebía mucho y trabajaba poco, que golpeaba a su mujer (su madre) y que tenía relaciones con su cuñada (su tía). Alberto vivía todas las emociones de Nepomuseno sin poder intervenir. Como un espectador pasivo encerrado en una sala de cine en la que proyectan la vida completa de otra persona.
Descubrió, también, que Nepomuseno odiaba a su mujer (su madre) porque iba a tener trillizos y porque él no podría mantener una familia numerosa. Este odio venía acompañado de imágenes morbosas, de espantosas culpas y remordimientos que desembocaban en un odio visceral por el Destino y el Universo, encarnados en la figura de su propio padre (el abuelo de Alberto). En ese momento entendió todo lo que después iba a suceder y de lo cual iba a ser el involuntario espectador.
4
Durante esos años en los que estuvo preso en la conciencia de su padre vivió, desde otro punto de vista, su propio nacimiento y el de sus hermanos, la alegría de Nepomuseno mezclada con una espantosa y negativa ansiedad, su propia alegría –la de Alberto niño- mirando a los ojos a su padre, mientras le decía “vamos a pescar dientudos al arroyo”, y sin saber que su propio yo – el de Alberto grande – estaba preso detrás de los ojos de Nepomuseno. También vivió (convivió) el deseo de su padre por su tía; el asco y el erotismo de acostarse con su propia madre; su estado (el de Alberto encerrado en otra mente) era una fusión entre sus propias percepciones y las de Nepomuseno: vivía los pensamientos, sensaciones y dolores de ambos. Pero su padre tenía una intensidad en el dolor, una fuerza en los pensamientos y una capacidad para imaginar cosas horribles que Alberto Encerrado dejó de pensar y de sentir. Tanto fue así que su propio yo comenzó a apagarse, desgastado por los retorcidos y torturados vericuetos de la conciencia paterna.
Llegó la mañana de los pozos ciegos; de los muchos túneles abiertos en el silencio de la noche cerca del arroyo. La mañana en la que Joaquín y Julián desaparecerían. La mañana por la que ya desde cinco años atrás hubiera querido gritar. Alberto Encerrado ya lo sabía: su padre iba a matar a Joaquín y Julián. Pero ahora Alberto sabía muchas cosas más: Nepomuseno no quería matar, específicamente, a Joaquín y a Julián. Su padre quería matar a (al menos) dos de sus hijos, fueran quienes fueran. Alberto se vio a sí mismo, corriendo, junto a sus hermanos, con alegría cerca del arroyo bordeado de barro y de cuevas enormes. Su padre tomó un martillo y, cuando uno de los niños se apartó del camino, arrojó a los otros dos a algunos de los innumerables pozos ciegos, aprovechando el barro resbaladizo. Uno de ellos se resistió y, tapándole la boca, le dio un golpe en el cuello con el martillo. No hubo sangre ni gritos.
Pero había ocurrido un error: no habían muerto Joaquín y Julián, sino Joaquín y Alberto. Es decir, él mismo había muerto a la edad de cinco años. Comenzó a gritar sin boca. Gritó tanto que se escapó de allí y fue a parar al cuerpo moribundo del Alberto de cinco años, cayendo sin fondo en el vacío oscuro y definitivo.
Hay infinitos finales para esta historia, consecuentes con innumerables distorsiones cronotópicas provocadas por la distorsión inicial. De esos infinitos finales hemos elegido estos cuatro:
i. Alberto piensa que, maten a quien maten, ese no es él. Vuelve al año 2006 y es rescatado desde adentro del pozo. En el hospital, mientras se recupera, su mujer le dice: me alegro de que estés vivo, Joaquín. (Nota: su mujer también puede decir: me alegro de que estés vivo, Julián)
ii. Nunca encuentran a Alberto; en cambio, después de una interminable búsqueda de ocho días, encuentran en el pozo, a una profundidad de mil seiscientos metros a un niño de cinco años que entre lágrimas balbucea que su padre lo quiere matar.
iii. Alberto sigue retrocediendo en el tiempo, de a treinta y dos años; alojándose como un inquilino usurpador en la mente de sus antepasados varones: su abuelo, su bisabuelo, su tatarabuelo, el perro de su tatara – tatarabuelo, una hormiga, una piedra, todas las vacas del mundo…
iii. Nunca encuentran a Alberto. En cambio, tras una interminable búsqueda de ocho días los rescatistas aparecen en la Nebulosa de Orión, mil seiscientos años después.
¿Qué estará ocurriendo, en este mismo instante, en la Nebulosa de Orión?
Esta pregunta –dicen los físicos relativistas- no tiene sentido. La simultaneidad de dos hechos en lugares diferentes no existe. Cada objeto en cada lugar del universo está en su propio espacio y – de manera correlativa – en su propio tiempo. Los 1600 años luz que nos separan de la nebulosa de Orión distorsionan la supuesta “simultaneidad” de los acontecimientos. El único ahora que existe es este en el que imagino la simultaneidad de lo que ocurre en Orión. Pero, la verdad, todo lo que ocurra en esa nebulosa estará transcurriendo en otro ahora.
Esto que vale para acontecimientos que están a 1600 años luz, también vale para nuestra propia casa. El otro que nos mira por la ventana vive en su propio tiempo y ocupa un espacio singularísimo. Tenemos razón cuando creemos que quienes viven lejos también envejecen a otro ritmo y cuentan los años con los días más largos o más breves que nosotros.
Para viajar en el tiempo, entonces, basta con que dos objetos muy disímiles y que han estado jugando con leyes físicas muy diferentes, entren en contacto. La conjunción de un reloj con una pila doble A, y un pulóver de lana, recién tejido, cargado con estática pueden hacer que una persona determinada (que sea sensible a este tipo de conjunciones) viaje en el tiempo unos segundos, unos minutos o quizás un par de horas. Dos platos de polenta, un tuco bien cargado, una cuchara de madera, una araña reptando bajo la mesa y un hombre desnudo, si entran en una determinada conjunción (que involucra factores cuánticos incalculables) pueden hacer que una aguja del costurero viaje dos o tres segundos en el tiempo. Por eso desaparecen los objetos pequeños y ya nadie los encuentra: porque hay arañas y porque a algunos hombres les da por pasear desnudos por nuestra casa, o por su propio club nudista.
2
Alberto Álvarez tuvo la desgracia de viajar involuntariamente en el tiempo. Él no se preguntaba por la simultaneidad de acontecimientos diferentes, y desconocía a conciencia toda teoría sobre el tiempo y el espacio excepto la ordinaria: el tiempo pasa; algunos lugares quedan lejos. Quizás ese desconocimiento fue la piedra de toque, el desajuste cuántico necesario (no olvidemos que nuestros pensamientos involucran factores cuánticos) para lograr la conjunción.
Alberto es (era) trabajador de la construcción. Un lunes a la mañana, después de un domingo de descanso y una lluvia intensa, descubrió que en el fondo del edificio donde trabajaba –cuyos cimientos recién estaban siendo emplazados- había aparecido un pozo ciego. Del pozo se desprendía un fuerte olor a amoníaco, como si el infierno hubiese abierto una compuerta aprovechando la impunidad del domingo solitario y lluvioso. Alberto estaba solo; eran las siete y media de la mañana de una oscura y helada madrugada de junio. Tal vez en media hora llegarían los capataces y el resto de los obreros.
Los pozos ciegos representaban una macabra fascinación para Alberto. Su infancia la había pasado con su familia en aquella precaria casita frente al arroyo, en cuyo patio aparecían repentinos agujeros de profundidad eterna. Un pozo ciego no estaba la noche anterior; pero hoy está aquí y para siempre, mudo y profundísimo. En su mente de cinco años esos pozos eran túneles cavados durante la noche por enanos invisibles o por los dientudos del arroyo que pescaba en verano junto a su padre. Un día de esos en los que, después de una lluvia, habían aparecido pozos ciegos por todos lados, sus dos hermanos gemelos desaparecieron mientras caminaban hacia el arroyo. Al poco tiempo lo que quedaba de su familia se mudó. Su madre, destrozada, nunca superó la pérdida de Joaquín y Julián, y apenas sobrevivió lo suficiente para ver que Alberto cumplía los dieciocho años. Su padre todavía vive.
Los pozos que Alberto conocía de su infancia tenían olor a barro podrido o a pasto recién cortado. Eran redondos; parecían una boca abierta que grita una “o” inarticulada. Ya adulto, hacía años que no se encontraba con un pozo ciego, y éste era muy distinto a todos los conocidos. El fuerte olor a amoníaco y un ligero sonido cósmico, como el de infinitas voces gimiendo a lo lejos, a una distancia sideral, lo sedujeron como un canto de sirena.
3
Los capataces quizás dirían a su familia que Alberto había caído al pozo. A pesar de las tareas de rescate no encontraron el cuerpo. En realidad Alberto no había caído; sólo había entrado en el radio de acción de las distorsiones cuánticas. Apenas a tres centímetros del borde del pozo, escuchando las emanaciones y oliendo la indescifrable música, Alberto fue el ingrediente necesario para lograr la Conjunción entre el pozo, el olor a amoníaco y las voces que emanaban desde otras distorsiones espacio – temporales, y viajó en el tiempo hacia atrás. Apareció muy entrada la noche, cerca de un galpón en una zona suburbana. Su ropa había cambiado y no tardaría en darse cuenta de que ya no tenía el mismo cuerpo ni el mismo rostro: pocas horas después descubriría, con el mayor de los horrores, que había retrocedido en el tiempo treinta y dos años, y que ya no era él mismo, sino su propio padre.
Alberto no era hombre de barajar teorías metafísicas, pero al instante comprendió que su cuerpo, su tiempo y su vida quizás seguían transcurriendo con normalidad en el año 2006. Sin embargo, su mente (o algo de su mente) había viajado hacia el año 1974, cuando él mismo junto con sus hermanos Joaquín y Julián, estaban por nacer. Era espectador de todo lo que hacía –y pensaba- su padre.
Durante seis años estuvo preso en su mente.
¿Quién era su padre? De la conciencia para afuera (lo único que conocía Alberto hasta ese momento) era un hombre tranquilo, trabajador –también era albañil-, amigo del vino y de los asados, irascible después de una jornada laboral, cariñoso con su mujer y sus hijos, y fanático de Racing. Su horrible nombre era Nepomuseno Álvarez.
De la conciencia para adentro, Alberto estaba descubriendo que su padre tenía pensamientos tortuosos, que en sus horas de trabajo bebía mucho y trabajaba poco, que golpeaba a su mujer (su madre) y que tenía relaciones con su cuñada (su tía). Alberto vivía todas las emociones de Nepomuseno sin poder intervenir. Como un espectador pasivo encerrado en una sala de cine en la que proyectan la vida completa de otra persona.
Descubrió, también, que Nepomuseno odiaba a su mujer (su madre) porque iba a tener trillizos y porque él no podría mantener una familia numerosa. Este odio venía acompañado de imágenes morbosas, de espantosas culpas y remordimientos que desembocaban en un odio visceral por el Destino y el Universo, encarnados en la figura de su propio padre (el abuelo de Alberto). En ese momento entendió todo lo que después iba a suceder y de lo cual iba a ser el involuntario espectador.
4
Durante esos años en los que estuvo preso en la conciencia de su padre vivió, desde otro punto de vista, su propio nacimiento y el de sus hermanos, la alegría de Nepomuseno mezclada con una espantosa y negativa ansiedad, su propia alegría –la de Alberto niño- mirando a los ojos a su padre, mientras le decía “vamos a pescar dientudos al arroyo”, y sin saber que su propio yo – el de Alberto grande – estaba preso detrás de los ojos de Nepomuseno. También vivió (convivió) el deseo de su padre por su tía; el asco y el erotismo de acostarse con su propia madre; su estado (el de Alberto encerrado en otra mente) era una fusión entre sus propias percepciones y las de Nepomuseno: vivía los pensamientos, sensaciones y dolores de ambos. Pero su padre tenía una intensidad en el dolor, una fuerza en los pensamientos y una capacidad para imaginar cosas horribles que Alberto Encerrado dejó de pensar y de sentir. Tanto fue así que su propio yo comenzó a apagarse, desgastado por los retorcidos y torturados vericuetos de la conciencia paterna.
Llegó la mañana de los pozos ciegos; de los muchos túneles abiertos en el silencio de la noche cerca del arroyo. La mañana en la que Joaquín y Julián desaparecerían. La mañana por la que ya desde cinco años atrás hubiera querido gritar. Alberto Encerrado ya lo sabía: su padre iba a matar a Joaquín y Julián. Pero ahora Alberto sabía muchas cosas más: Nepomuseno no quería matar, específicamente, a Joaquín y a Julián. Su padre quería matar a (al menos) dos de sus hijos, fueran quienes fueran. Alberto se vio a sí mismo, corriendo, junto a sus hermanos, con alegría cerca del arroyo bordeado de barro y de cuevas enormes. Su padre tomó un martillo y, cuando uno de los niños se apartó del camino, arrojó a los otros dos a algunos de los innumerables pozos ciegos, aprovechando el barro resbaladizo. Uno de ellos se resistió y, tapándole la boca, le dio un golpe en el cuello con el martillo. No hubo sangre ni gritos.
Pero había ocurrido un error: no habían muerto Joaquín y Julián, sino Joaquín y Alberto. Es decir, él mismo había muerto a la edad de cinco años. Comenzó a gritar sin boca. Gritó tanto que se escapó de allí y fue a parar al cuerpo moribundo del Alberto de cinco años, cayendo sin fondo en el vacío oscuro y definitivo.
Hay infinitos finales para esta historia, consecuentes con innumerables distorsiones cronotópicas provocadas por la distorsión inicial. De esos infinitos finales hemos elegido estos cuatro:
i. Alberto piensa que, maten a quien maten, ese no es él. Vuelve al año 2006 y es rescatado desde adentro del pozo. En el hospital, mientras se recupera, su mujer le dice: me alegro de que estés vivo, Joaquín. (Nota: su mujer también puede decir: me alegro de que estés vivo, Julián)
ii. Nunca encuentran a Alberto; en cambio, después de una interminable búsqueda de ocho días, encuentran en el pozo, a una profundidad de mil seiscientos metros a un niño de cinco años que entre lágrimas balbucea que su padre lo quiere matar.
iii. Alberto sigue retrocediendo en el tiempo, de a treinta y dos años; alojándose como un inquilino usurpador en la mente de sus antepasados varones: su abuelo, su bisabuelo, su tatarabuelo, el perro de su tatara – tatarabuelo, una hormiga, una piedra, todas las vacas del mundo…
iii. Nunca encuentran a Alberto. En cambio, tras una interminable búsqueda de ocho días los rescatistas aparecen en la Nebulosa de Orión, mil seiscientos años después.
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