martes, 28 de agosto de 2007

Un compañero brillante

En el tercer año de mi secundario llegó a la escuela un muchacho serio, sobriamente vestido y con anteojos. Su aparición en el curso no fue del todo bienvenida por muchos motivos: siempre estaba limpio; usaba pulóveres de escote en “v”, su inteligencia superaba con creces al promedio, rara vez decía una palabra fuera de lugar, jugaba bien al fútbol y nuestras compañeras de aula le prestaban cada vez más atención. Personalmente, lo que me molestó fue la repentina sombra que proyectó sobre mí. En la patética autoimagen que guardaba de mí mismo, me preciaba de ser estudioso y, a veces, ingenioso. Odié que la llegada imprevista de un brillante desconocido pudiera oscurecer el paciente y poco fructífero trabajo de construcción de mi autoestima. El nombre de este malvenido era, y sigue siendo, Javier Weichmann.

La primera vez que Javier Weichmann nos sorprendió de verdad (ya nos había dado sorpresas con vertiginosos cálculos matemáticos) fue a mediados de tercer año, cuando la profesora de física pidió que hiciéramos una maqueta para ejemplificar el movimiento uniforme o algo por el estilo. Esta vez, casi todos hicimos una clásica réplica del péndulo con cartones, plasticola y cadenitas de cortina de carnicería; aparatos primitivos que cumplían bastamente su función y cuya estética dejaba mucho que desear. El día en que había que presentar el producto acabado, Javier trajo tres pesados bolsos. Dentro de ellos tenía la maqueta, hecha en tres partes que se ensamblaban. Su trabajo no era un torpe ensayo de colegial; era el producto de un estudiado proyecto de ingeniería.

La maqueta –que llamó la atención de autoridades escolares, inspectores de provincia y medios televisivos - consistía en una enorme plataforma metálica cuya estructura funcional parecía una mezcla de un dominó con un flipper, aunque de hecho era más complejo que ambos. La plataforma tenía poleas y motores internos –como un flipper-, pero en la superficie tenía ríos de agua coloreada que empujaban bolitas japonesas distribuidas a través de deltas, por los cuales accionaban pequeñas palancas que encendían luces y leds formando una figura o escribiendo palabras.

Cuando uno tiene quince años y siente que la envidia lo corroe, no puede reprimir las palabras inadecuadas. “Pero esto no ejemplifica los casos de movimiento rectilíneo”, dije como al pasar. Como fingiendo indiferencia. Sin embargo se entendió enseguida lo que pasaba por mi cabeza. Todos supieron –incluso yo mismo- que mi ego se estaba desbarrancando hasta niveles insospechados. Desde ese momento, y hasta hace una semana, mi caída fue definitiva.

Javier Weichmann nos asombró día y noche con su talento para la física, la química, las matemáticas y la contabilidad. Los profesores le preguntaban por qué había elegido un bachillerato contable, pues parecía evidente que él se hubiera sentido más a gusto en una escuela técnica. “En la técnica me aburría”, contestaba con la parquedad propia de quien es íntimamente sincero y, a la vez, conoce con claridad sus objetivos.

Fue una suerte que Javier no se destacara (o no quisiera destacarse) en literatura y redacción de textos. Si así hubiera sido, es probable que yo hoy me sintiese amedrentado al momento de escribir.

A pesar de mi interminable sentimiento de inferioridad, Javier siempre fue un buen compañero. Hasta el punto en que, en quinto año, nos convertimos casi en amigos. Gracias a esa cuasi amistad, pude conocer su casa y su forma de vida. Su padre era el dueño de una conocida relojería de la ciudad. Su madre había fallecido cuando él, hijo único, tenía doce años. Javier estaba en su casa, solo, durante gran parte del día. La vivienda, de dos dormitorios, pequeña y desordenada, tenía un enorme taller en el fondo. Un taller equipado con toda clase de instrumentos: desde aparatos y repuestos de mecánica automotriz, hasta un horno para fusión de vidrio. Allí pasaba Javier sus horas, leyendo libros excesivamente técnicos y corroborando las hipótesis nacidas de sus lecturas con la construcción de modelos. Dos o tres veces estuve observando lo que hacía, en silencio, después de salir de la escuela. Vi cómo diseñaba un plano para mejorar ciertas estructuras aerodinámicas y una especie de juego que se aprovechaba de las absurdas propiedades de las partículas cuánticas.

Cuando finalizamos el secundario, yo comencé a estudiar filosofía en la universidad del sur, y Javier se inscribió en dos carreras: licenciatura en física y licenciatura en matemática. Durante el primer año lo perdí de vista: entre las horas en el taller y el intenso material de estudio, no le quedaba tiempo para visitar a amigos y conocidos. Sin embargo tuve noticias de él: los profesores se dieron cuenta, en el primer año, de que Javier era un genio cuyas capacidades superaban ampliamente las expectativas de una licenciatura. En segundo año, le sugirieron adelantar materias. Así, ya en tercero había concluido las dos carreras, y en ambas hizo promedio récord (en matemática, en realidad, compartió el record con otro cuyo promedio también había sido de diez).

Mientras yo cursaba normalmente mis materias en filosofía, Javier ya había conseguido una beca para trabajar en el instituto Balseiro. El Conicet también le había puesto el ojo y lo tenía becado para trabajar en Alemania e Inglaterra. En los últimos tres años Javier había aprendido a la perfección el inglés (que ya dominaba muy bien durante la secundaria), el alemán, el francés, el italiano, el polaco y el danés. Además de latín y griego, que había aprendido en su casa gracias a la lectura de obras clásicas y un par de libros sobre gramática.

Desde el momento en que Javier se fue por el mundo yo no volví a tener noticias. Seguramente participaba de un proyecto científico sumamente complicado, en Oxford o Cambridge, rodeado de genios venidos desde todo el mundo. Quizás, si buscaba algún trabajo suyo o una noticia en internet, encontraría. Pero mi pereza (y la tranquilidad maligna de saber que un tipo tan luminoso no estaba cerca de mí, haciendo aun más pequeño mi pálido fulgor de luciérnaga) se encargó de olvidarlo.

Hace una semana lo vi.

Fue una circunstancia tan insólita, tan banal y absurda que por un largo rato me costó entender a quién tenía frente a mi.

Un hombre desgarbado, mal vestido y con el pelo revuelto me detuvo en la calle, la tarde del miércoles 22 de agosto. “Eh, José ¿no te acordás de mí?”, me dijo. Lo miré largos segundos y por fin supe que era él. “No soy José, soy Jorge… no te reconocí… Ahora no usás lentes”, le dije. Abrió los brazos esperando el estrujón de los amigos que no se vieron por mucho tiempo. Yo jamás lo sentí como un amigo o, en todo caso, nunca pensé que un eventual reencuentro mereciera un abrazo. Y me pareció extraño de su parte que requiriera una demostración de afecto tan marcada.

- Qué hacés, che – me preguntó. Balbucée brevemente dos o tres hechos imprecisos de mi vida y luego pregunté cómo estaba.

- Aquí andamio – dijo, usando una expresión coloquial impensada en su vocabulario.

- ¿Qué estás haciendo por la ciudad? ¿No estabas en el extranjero? -pregunté.

En ese momento hizo un gesto de pesadez (o tristeza, no lo sé) y dijo un “Uuuuuuuh” muy largo. Me hizo sospechar que estaba drogado o borracho. Ese encuentro incongruente me molestaba y quería volver a casa, pero ese “Uuuuh” parecía el preludio de una historia larga y cansina.

- Ya no estoy más con la ciencia y esas cosas, viste… - dijo, dando vida la afirmación más insólita que podía escuchar de su boca. – Cuando me fui al extranjero entendí que todo está equivocado, chabón, todo anda para atrás…

Sus ademanes eran los de otra persona: hablaba como un adolescente y alargaba las vocales finales: “para atráaaaas”. Pensé que había sufrido algún accidente que le hubiera alterado el cerebro. Y no estaba tan equivocado:

- Cuando llegué al Instituto empecé a trabajar en el diseño de… Mirá, ahora ni me acuerdo lo que hacía. Era algo con unos paneles en miniatura o algo así.

Hizo una pausa y se quedó mirándome fijo, como divertido.

- En ese tiempo conocí la palabra del Señor.

Nunca había querido escapar de una conversación más que en ese momento.

- En serio, José. Conocí un grupo que me reveló la palabra y ahí por fin entendí un montón de cosas de este mundo y del otro. Eso de la ciencia no tiene nada que ver. Olvidate. Todas las teorías son herejías demoníacas, no hay que hacerles caso.

Pensé que la charla iba a continuar por un tiempo indefinido o –peor- que esa parodia del Javier Weichmann que yo había conocido quisiera continuar la conversación en mi casa. Pero unos pasos detrás de él había un muchacho joven y de rasgos indios a quien yo no le había prestado atención, que se acercó y le dijo:

- Cinco minutos más, hermano Weichmann.

Javier asintió y el muchacho volvió a su lugar, unos pasos detrás de él.

- Él es mi tirano personal –comentó. – Fue designado por los pastores para que no me extravíe de mi senda. Sólo tengo quince minutos para conversar contigo, querido hermano José, y mostrarte que soy un ejemplo de lo que Dios hace en los hombres cuando aceptan su palabra. Te voy a decir lo único que, humildemente, te puede convencer: cuando estudiás seriamente la física cuántica (de la cual ya casi nada me acuerdo), se te aparece Dios. – hizo una cruz con sus dedos y le dio un beso – Posta.

Pasaron los cinco minutos que había anunciado el Tirano y ambos se fueron, después de otro abrazo de despedida.

Volví a mi casa confundido, malhumorado y más cansado que antes. ¿Qué había pasado? ¿Por qué un genio como Javier había abandonado el leit motiv de su vida y había adquirido esa personalidad lisiada, atiborrada de una metafísica chillona y viciada de lugares comunes?

Pensé que, como ocurre a veces con quienes son demasiado exigentes consigo mismos, había sufrido un “vuelco”, una consecuencia natural de su intelecto profundamente inquisitivo. Pensé que ese “vuelco” le había provocado una distorsión enorme acerca de sus objetivos e intereses. Pensé que, en una situación de profunda crisis existencial, un perverso grupo de religiosos lo habían seducido con una propuesta banal, blanda como una banana pisada y carente de todo fundamento más allá de las continuas apelaciones al libro sagrado.

Durante el fin de semana encontré algo desconcertante: según un dudoso artículo en internet, una persona de quien no se decía el nombre estuvo a punto de hacer descubrimientos revolucionarios sobre la energía a finales del año 2000. Parece que sus investigaciones lo absorbieron tanto que, en algún momento, se detuvo con temor frente a algo que consideró una revelación divina. “Más allá de los cuantos está Dios. Y en Dios está todo. Allí está la Energía Infinita, pero no nos pertenece.” Esas fueron sus palabras. Palabras que el Javier que yo conocía jamás hubiera dicho.

Sin embargo encontré otras versiones. Una nota vincula este hecho con otro más banal pero no menos terrorífico: los descubrimientos de un equipo de investigadores del Instituto Balseiro podían poner en peligro el estatus de las empresas de energía del mundo. Por eso, indujeron a los miembros del equipo a tener ciertas alucinaciones; les envenenaron ligeramente la comida y los adoctrinaron con supuestos maestros religiosos. De ese modo, los apartaron definitivamente de las investigaciones.

Ninguno de los artículos me convenció. Quizás, porque tanto las revelaciones como las conspiraciones son las historias más simples que alguien puede elaborar para mentirse a sí mismo.

Yo sospecho otras dos cosas:

Una: el sujeto extraño y sin anteojos que me crucé no era Javier Weichmann. Era alguien muy parecido que, a su vez, me confundió con otra persona. De ahí cierta imprecisión en su vocabulario.

Dos: el sujeto era Javier Weichmann y, sin revelaciones ni conspiraciones, un día se cansó de todo y decidió buscar la palabra divina.

Hay una hipótesis que no me atrevo a poner sobre el tapete, porque me parece profundamente inverosímil.

Si de verdad Javier vio a Dios mientras hacía investigaciones cuánticas (qué absurdo suena ese condicional), tal revelación pudo haber provocado varias distorsiones a nivel macroscópico. Una distorsión posible es la siguiente: Javier Weichmann se habría desdoblado en varios avatares. Uno de esos avatares tenía serios problemas neurológicos y volvió a Argentina totalmente imbuido de un barato misticismo. Ese avatar recuerda el pasado en común con su original, pero no lo recuerda muy bien. No sabe qué hacía en el pasado; apenas recuerda las investigaciones sobre “algo cuántico”. Ni siquiera conoce mi nombre, porque no es él mismo, sino otro el que cursó conmigo y el que hizo las investigaciones. Mientras tanto, el Javier Original estará en Europa haciendo increíbles adelantos en física aplicada.

Me alegra mucho de que esta última hipótesis sea tan absurda, porque mi ego no soportaría que fuera verdad.

martes, 21 de agosto de 2007

La denuncia

Mi viejo trabaja tomando denuncias en los tribunales de Bahía Blanca. Básicamente, los denunciantes llegan a la fiscalía, relatan sus problemas y él las reproduce punto por punto en un papel, tipiando en una anticuada máquina de escribir. Cuando el relato del denunciante cumple con ciertos requisitos, la denuncia es transferida a los fiscales del área y ellos se encargan de hacer las investigaciones. Cuando el relato no cumple con los estándares, hay dos destinos posibles. Si mi padre evalúa que, desde el punto de vista legal, no hay delito, entonces todo el relato del denunciante va a parar al tacho de basura. El otro destino es más prometedor: el papel es escondido en una carpeta cuya etiqueta dice: “inspiraciones para hacer cuentos”.

Para mi viejo el problema no es decidir si la denuncia es pertinente o no lo es; su verdadera clasificación está en “es un cuento” o “es otra cosa”. Por eso escucha a los denunciantes más con un interés de psicólogo que de burócrata judicial. Cuando una denunciante dice, por ejemplo, “mi concubino anoche violó a mi hija”, él a veces interrumpe con preguntas como “¿Es su concubino una persona que habitualmente cree que la vida no tiene sentido?”, o “¿usted tuvo la ligera sospecha de que él era capaz de hacer esto desde el preciso instante en que lo conoció? Si la respuesta es afirmativa, ¿qué motivó esa sospecha? ¿El hecho de que él mirara programas de turismo carretera? ¿Un hobby raro que trató de ocultar? ¿Sus repetidas afirmaciones de que los gatos son seres demoníacos?”. El denunciante puede tener varias reacciones. A veces, siente que le toman el pelo, se levanta y se va gritando que la justicia es un desastre –lo cual, por otra parte, no deja de ser cierto. A veces se siente contenido y cómodo con las preguntas que apuntan al contexto psicológico del hecho, y él mismo da detalles precisos y escabrosos. Muchos denunciantes en realidad sólo buscan a alguien que los escuche, y se encuentran con que el señor Mux es capaz de prestarle su oído durante horas, sin cobrarles un centavo.

Cuando mi padre intuye que el relato irá a parar a la carpeta “inspiración para cuentos”, su interés por los detalles se vuelve obsesivo y el texto de la denuncia deja de ser una exposición fría y objetiva para convertirse en una fábula de misterio. “María sospecha que ese hombre, al que conoció una madrugada a partir de un confuso incidente con gatos, maullidos horribles y fuego (incidente en el cual él afirmó que ‘a los gatos los trae el demonio’); ese hombre de cejas pobladas y sonrisa irónica que ahora vivía con ella; precisamente ese, había violado a su hija. Sin embargo la hija, de diecinueve años, insiste en que no fue así. María no se atreve a sospechar que, en realidad, su concubino y su hija mantienen una relación sentimental desde hace un par de años. Prefiere mantener la hipótesis de la violación para que su autoestima no se vea tan profundamente vulnerada; le gustaría hacer el papel de madre que ayuda a su hija en una situación límite, en vez de renegar de ella. Por todo lo que María calla, puedo conjeturar que la hija supuestamente violada hace poco tuvo un bebé cuyo inequívoco padre es el concubino de María, y María nunca lo ha aceptado como nieto; es más: todos fingen que es hijo de María y hermano de la hija de María.”

No es mi intención robarle a mi padre las “inspiraciones para cuentos”, aun cuando sé que él jamás se sentará, seriamente, a elaborar una narración a partir de esas denuncias. No. Mi intención es contar una denuncia en particular.

El 14 de agosto llegó un hombre a la fiscalía a denunciar que le estaban haciendo un paciente trabajo psicológico para inducirlo al suicidio. Decía que, en realidad, él no quería matarse. Que tenía un apego muy grande por la vida. Que amaba su trabajo y su familia e incluso a sus mascotas. No bebía ni se drogaba. Pero, según relataba, un grupo de personas (él los llamó "guiñapos pseudoilustrados") le decían palabras que lo incitaban a realizar un viaje al más allá. “Y qué quiere que haga”, dijo “uno no es de fierro. El otro día casi me mato delante de mis hijos. Yo estaba cortando la carne para el asado y me dije ‘¿por qué, en lugar de hacer el asadito, no me clavo el cuchillo?’. Estuve a punto de hacerlo; incluso tengo un pequeño corte en el pecho. Mire”. El hombre se desabotonó la camisa y dejó ver algo que parecía un arañazo o un raspón. “Mi mujer me sacó el cuchillo en el momento justo, y me dijo: tenés que hacer la denuncia”.

“Por eso vengo. Porque hay alguien que me quiere suicidar, y lo tienen que agarrar para que no me suicide del todo. Y como yo debe haber muchos más”

Mi viejo, con la certeza de que ese relato iría a parar a la carpeta etiquetada, le preguntó al hombre: ¿cómo sabe que lo quieren inducir al suicidio? ¿qué pruebas tiene? ¿sabe quién es?.


-Claro que sé quién es. -dijo el denunciante- Es el profesor Jorge Mux.

La respuesta, por supuesto, no podía dejar de sorprenderlo.

-¿Jorge Mux?

-Sí – dijo el denunciante sin sospechar- Eme, ú, equis. Jorge Mux.

-¿Cómo sabe que fue él? ¿Tiene pruebas? – insistió mi padre.

- Claro que las tengo. Él es profesor de filosofía. En primer lugar, algunos alumnos suyos se suicidaron. Eso ya daría para sospechar. En segundo lugar, él recomendaba la lectura del Fedón de Platón, una obra en la que Sócrates relata las ventajas de la muerte por encima de la vida. En tercer lugar, una de las frases que suele repetir en sus clases es “la vida es una pasión inútil”, de Sartre. Y en cuarto lugar, están los elocuentes escritos.

En este punto, el denunciante sacó de un maletín unos papeles impresos con dos relatos de Monstruos y Berenjenas (El Club del mal matarse y no morir , Un Lector del Más Allá) , algunas palabras de Exonario (joncada, buletanasia, inconscidio) y un par de entradas de ¿Qué estás buscando? (cómo matarse sin morir, cómo matarse)

Mi padre estaba sorprendido, pero trató de aparentar indiferencia. El denunciante comenzó a explicar. “Estos son los textos que más directamente alientan el suicidio. Sin embargo, todo lo que escribe este personaje tiene que ver con la muerte, con lo monstruoso y con la posibilidad de evadirse del mundo. Y cada vez que releo incluso aquellos trabajos que parecen más inocentes, encuentro que en el fondo apuntan a una misma cosa: a mostrar que la vida es horrible y sin sentido, lo que en última instancia conduce al suicidio. Además, no trabaja solo. Él es el cabecilla de esta especie de secta, uno de cuyos epicentros está en Bahía Blanca, pero tiene contactos en Rosario y en otras partes del mundo. De hecho, si usted revisa los comentarios en sus páginas web, se dará cuenta de que sus seguidores son siempre los mismos.”

En la prolongada denuncia aparecieron los nombres de los bloggers The Bugquien aparentemente es el cabecilla de una sucursal sectaria en Rosario-, Iota, Karmelo Restelli, Mantis, Igor, Gabrielaa, Luciano Sabattini, Tunicia, Laura Berra, Malena Oxum (de quien el denunciante hizo una referencia por el parecido entre “Mux” y “Oxum”) e incluso Podeti. Todos, involucrados en la compulsión suicida de esta persona.

¿Cuál es el nombre de este denunciante para mí desconocido?: Esteban Gorrer.

Esteban Gorrer fue el personaje de algunos relatos de este mismo blog. Fue una triple sorpresa enterarme de que existía, que vivía en Bahía Blanca y que se estaba volviendo loco gracias a lo que escribo o lo que digo en mis clases.

Y este juego de identidades recursivas, de traspasos entre la ficción y la realidad, se llevó a cabo de modo magistral en esa denuncia. Mi padre se llama también Jorge Mux. Esteban Gorrer estaba denunciando ante Jorge Mux, que Jorge Mux lo quería inducir al suicidio. Esteban Gorrer es un personaje de ficción de Jorge Mux (hijo). Jorge Mux (padre) recopila denuncias para convertirlas en ficciones. Y Esteban Gorrer, obsesionado con mis palabras, seguramente leerá esta historia. Mi padre, Jorge Mux, ha generado un doble en la realidad (yo, que también soy Jorge Mux); Esteban Gorrer tiene un doble en la ficción, ideado por Jorge Mux. El Gorrer de la realidad piensa que Jorge Mux (hijo) quiere quitarlo de este mundo, y para eso hace una denuncia ante Jorge Mux (padre). Por mi parte, estoy algo preocupado por la reacción violenta que pudiera tener un lector psicópata.

Lo único que se me ocurre es pedirle al señor Gorrer (quien, sin duda, va a leer este post) que no se suicide. Qusiera aclararle que en ningún momento quise sugerir una cosa así. Si lo he hecho, le pido disculpas. Mi ruego es inútil, porque seguramente Gorrer encontrará en él, por contraste, una excusa para decir que lo aliento a matarse. Si fuera así, le pediría que trate de vengarse creando un blog con historias de ficción en las cuales un personaje llamado Jorge Mux es cabecilla de una secta suicida. Y que por favor, no involucre a los comentaristas ni a otros bloggers. Excepto, quizás, a uno de ellos que se lo tiene bien merecido.

Nota: un comentario en “El club del mal matarse y no morir” bien pudo haber sido escrito, precisamente, por Esteban Gorrer. Véanlo aquí. Busquen el comentario de “Anónimo” que está escrito en mayúsculas.

martes, 14 de agosto de 2007

Deutrofibia

En mis últimos viajes al futuro conocí una tormenta de agua sutil que caía desde cúbicas nubes verdes y cuadradas. Conocí un asteroide de células cancerosas que se había venido acercando a la Tierra hasta entrar en órbita con ella, girando casi a ras del suelo y poniendo en peligro todo a su paso. Conocí los sabores que mi lengua encontraría en una manzana si mi cerebro fuera de silicio. Conocí mesetas y tundras infestadas de pequeños robots salvajes: especies de silicio mutadas, autorreproducidas, que reptaban arrastrando su panza de plástico y llenaban el silencio de los arbustos con silbidos de altoparlante. Conocí un pequeño robot salvaje que mutaba hasta que su cuerpo se parecía a mi rostro. Conocí el Autologo: una voz de infinitas modulaciones que surge de la nada, que canta, cuenta historias, noticias viejas y pensamientos de gente muerta: una ligera vibración de aire que habla sin cansancio y que lleva su voz al vaivén del viento. Conocí personas que seguían al Autologo en su carrera etérea, creyendo que las palabras surgidas de la nada son un mensaje divino o una voz objetivada de su propia conciencia. Conocí a un hermano gemelo que tendré en el futuro. Conocí que mi madre, muerta en el año 2005, hará tortas fritas una tarde lluviosa del año 2145. Conocí que las ciudades del siglo XXII están hechas de un material reluciente como el cristal.

De todos los pasmosos sucesos del futuro, a mí me maravilló el más simple: el rostro melancólico, la piel perfecta y la mirada ausente y esquiva de algunas mujeres de fines del siglo XXII.

Ante cada uno de los breves, casuales y fugaces encuentros con una de estas mujeres, sentía una dolorosa atracción seguida de un terror breve pero profundo. A veces, sin saber que me iba a cruzar con una de ellas, algo en mí se activaba y comenzaba la adrenalina. Entonces, a los pocos metros –como si mi cuerpo pudiera anticiparse a los sucesos- aparecía alguna.

Durante varios días posteriores a la visión de esas mujeres, sentí una enorme opresión en el pecho cada vez que recordaba sus rostros. Tenían algo perturbador: con sólo verlas una vez, se hacía imposible olvidarlas. Pensé: es una suerte que jamás, ninguna de ellas, me hubiese mirado o dirigido la palabra. Si la sola visión de su rostro bastaba para que mi memoria retuviese sus detalles, creo que el recuerdo de su voz o su mirada escudriñándome me habrían matado.

Hasta aquí, pareciera que esas mujeres tenían la intensa virtud de enamorar. Pero en realidad, a pesar de su belleza innegable, me causaban una enorme repugnancia y el recuerdo –recurrente, obsesivo - de su mirada ausente aparecía una y otra vez, convirtiéndose en un repentino visitante indeseado.

Tuve la sospecha de que se trataba de robots, pero mi guía –en aquel viaje me acompañó otro viajero, Esteban Gorrer- me dijo al oído, apartándome:

- Son eófibas. No te acerques demasiado ni las mires a los ojos.

Después de un largo paseo en silencio, nos sentamos en un inmenso parque de césped transparente y me explicó qué ocurría con esas mujeres, a las cuales él parecía ser inmune:

Durante la tercera década del siglo XXI, comenzó el programa Deutrofibia. Esa palabra significa aproximadamente “segunda juventud”. El programa deutrofibia consistió en un tratamiento al que se podían someter los niños y las mujeres embarazadas, y cuyo éxito no se podía predecir con exactitud.

¿Qué se esperaba de ese tratamiento? Quienes lo recibieran, o los hijos de quienes lo habían recibido, iban a tener una segunda juventud.

Sus vidas transcurrirían normalmente. A los sesenta años, sin embargo, les crecería nuevo cabello; aumentarían la masa muscular y los niveles de testosterona (en los hombres) o estrógeno (en las mujeres). Las mujeres volverían a tener menstruación y podrían tener hijos. Paralelamente, comenzaría un proceso de regeneración de neuronas. A los setenta años, volverían a crecer los dientes. Para cuando la persona cumpliera ochenta años, el proceso de rejuvenecimiento habrá sido completo y la persona luciría, en todos sus aspectos, igual que a los veinticinco. La segunda juventud duraría aproximadamente hasta los ciento cuarenta años. A esa edad, el cuerpo envejecería rápidamente y en menos de una semana sobrevendría la muerte. A menos, claro, que para esa época se encontrara algún método de prolongar la deutrofibia.

Por supuesto, estas eran las expectativas más optimistas que, como podrás imaginar, no se cumplieron.

Los que participaron del proyecto tuvieron diversos destinos.

Algunos de ellos, al llegar a los sesenta años, simplemente envejecieron y murieron naturalmente. El tratamiento, en estas personas, no ejerció ningún efecto.

Otros recibieron algunos de sus efectos, pero no todos: volvían a tener dientes, o cabello, o una inexplicable energía, pero en su aspecto general seguían envejeciendo hasta morir a una edad promedio natural.

Otros, -la mayoría- recibieron las peores consecuencias. El tratamiento les hizo efecto, pero de manera negativa. A los sesenta años, algunos comenzaban a experimentar enfermedades degenerativas o deformidades. Lo más común era el cáncer, pero también hubo enfermedades nuevas y curiosas. Hubo ancianos a los que les crecía el cabello o los dientes sin control, a velocidades macroscópicamente perceptibles. De más está decir que estos rara vez vivían más allá de los setenta años.

Hubo un minúsculo grupo de personas que tuvieron todos los síntomas positivos de la deutrofibia, excepto uno: no vivieron ciento cuarenta años, sino apenas ochenta. Morían en el preciso momento en que se completaba todo lo que el tratamiento había prometido.

Existió incluso un grupo, aun más pequeño, de personas que sufrieron mutaciones y, literalmente, dejaron de ser humanos para convertirse en nuevas especies de animales. En la mayoría de los casos, no sobrevivían mucho tiempo después de la mutación, aunque hubo uno –realmente excepcional-, el caso de John Walker Ripley, quien se convirtió en un pez alado de agua salada con capacidad para reproducirse a través de las hembras de algunas especies de pejerreyes. Por causa de esa mutación, ahora existen los riplerreyes, que poseen alas con las que hacen pequeños vuelos a ras del agua, y pueden aprender a hablar.

Las terribles mujeres con las que nos hemos cruzado son una consecuencia del tratamiento deutrofibia. Son una consecuencia no del todo indeseada, pero escalofriante.

Este grupo sólo está conformado por mujeres –sólo mujeres-potencialmente inmortales. Por eso se las llama “eófibas”, que quiere decir “eternamente joven”. Llevan más de ciento ochenta años de vida y su rejuvenecimiento es continuo. No hay indicios de desgaste en los efectos del tratamiento. Su piel es cada día más suave y su belleza se acentúa año tras año. Incluso sus feromonas se vuelven más enloquecedoras para los hombres. Sin embargo, en sus ojos se puede ver un cansancio infinito por la vida.

Ahora bien, si te acercas demasiado a ellas es inevitable que te sientas encantado; sus feromonas son como el canto de las Sirenas. Son seres cuyo cuerpo está diseñado para generar una atracción incontenible. Pero por desgracia ellas tienen una repugnancia sobrehumana por todo lo que tenga que ver con el amor y el sexo. Hasta el punto de que, si un hombre insiste con su cortejo, pueden llegar a asesinarlo. Ocurre que, aunque sus cuerpos son perfectamente atractivos, por su cabeza sólo se cruzan los pensamientos de una abuelita ancianísima, de una ancianidad a la que ningún hombre ha llegado. En esa ignota ancianidad de ciento ochenta años sólo hay lugar para dos cosas: el ruego de que la dejen en paz y la furia asesina para los que no cumplen con su ruego.

sábado, 4 de agosto de 2007

Una señal de vida

El martes pasado debería haber publicado y no pude hacerlo. Es posible que esta semana tampoco pueda.
Simplemente quería avisar eso.
Nos vemos pronto y gracias por pasar.

martes, 24 de julio de 2007

¡No puede ser! (repítase cuatro veces)

El 11 de septiembre de 1998, a la madrugada, descubrí, a través de un intrincado vericueto, que soy peor que un asesino, que un violador, que un estafador y que un necio. Todos ellos juntos

Que el lector no se engañe: los dos sucesos horribles que voy a contar ahora, son sólo el preludio del tercero, mucho más nefasto e incomprensible. El tercer suceso fue la inesperada respuesta que di a la capciosa pregunta cómo reaccionarías en una situación límite. Sobre todo, si la situación límite la está viviendo otro. Espero que los lectores me juzguen con mucha menos piedad con la que yo mismo me juzgué durante estos años.

1. El primer suceso.

La noche del 10 de septiembre de 1998 mi amigo Daniel cumplía años. Como sus padres habían viajado -dejándole la enorme casa para hacer lo que quisiera- y él era afecto a las grandes fiestas, montamos un complejo equipo de iluminación y sonido para que cada habitación se convirtiera en una pista de baile. Daniel, un par de amigos y yo estuvimos toda la tarde preparando la ambientación y comprando el alcohol. Porque en la fiesta sólo iba a haber bebidas alcohólicas y baile: ni un canapé, ni una torta con velitas, ni un vaso de Coca Cola.

Debo aclarar que el año 1998 fue el más horrible de mi vida. Después de esa noche entendí que había llegado al fondo del espanto. Durante ese año pasaba largas horas con Daniel y sus amigos, entre asados y juegos de mesa. Ninguno de los nosotros trabajaba y casi no estudiábamos; nuestra vida se había convertido en una sucesión de pasatiempos egoístas, insomnios compartidos con TEG, videojuegos, truco y cervezas heladas. La noche y el día eran idénticos; comíamos a cualquier hora y nos escapábamos de toda posible obligación familiar o laboral. En mi recuerdo, todos los días de ese año fueron grises, fríos, llenos de ansiedad y tensa monotonía.

Los amigos de Daniel no eran amigos míos. Ese es un punto importante del relato. Los amigos de Daniel eran personas violentas, con oscuras aficiones, con vidas que tambaleaban entre el delito y la locura, que aparecían una tarde o una noche agitados y con mirada perdida, como si estuvieran escapando de algo. Muchos de ellos no tenían nombre; se los conocía por apodos de connotaciones inciertas. Se asomaban sin previo aviso por la puerta del quincho, se llenaban el estómago de alcohol y se tiraban sobre un sillón a roncar. Recuerdo puntualmente un hecho de ese año: un asado en el quincho de la gigantesca casa de Daniel, mientras tres o cuatro sus amigos se trenzaban en una discusión ruidosa y sin sentido acerca de la belleza de los travestis. En ese momento El Tucumano encontró divertido arrojar cuchillos y tenedores a los polemistas, poniendo fin a la charla e inaugurando una peligrosa velada de risas beodas con proyectiles. Me escondí debajo de la mesa y salí del quincho, parapetándome con las sillas. La diversión terminó cuando a uno de ellos se le quemó un ojo por porque le habían lanzado una enorme brasa. Quisieron apagar la brasa –que había quedado incrustada en su rostro- con un vaso de cerveza.

Pero claro, todavía no podía saber que yo era peor que todos ellos.

La noche del 10 de septiembre los invitados llegaron a las 23 horas. Inesperadamente fue una fiesta muy tranquila. Como la música ocupaba casi todos los rincones de la casa, y había mujeres desconocidas, los vándalos infernales no encontraron ocasión para volverse violentos ni para armar absurdas discusiones. Eso sí: una hora después habían tomado tal profusión y variedad de bebidas que muchos de ellos estaban tirados, casi inmóviles, en el único lugar de la casa silencioso y bien iluminado: la cocina.

Eran seis o siete, sentaditos panza arriba, desafiándose unos a otros para ver quién se ponía de pie y sacaba otra cerveza de la heladera. El silencio no podía durar mucho; fue cuestión de segundos para que comenzara una conversación sobre travestis, chistes negros o armas. Alex comentó que se había comprado un arma nueva. Quinco le pidió que se la mostrara. Alex la fue a buscar al auto. Lo que sigue el lector lo puede imaginar, pero vamos a reconstruirlo no sólo de acuerdo a cómo me lo contaron, sino también de acuerdo a lo que pude presenciar.

El arma estaba descargada. Este dato es importante; no tenía bala en la recámara ni nada de eso. Quinco la miró y se la pasó a los otros. Después de pasar de mano en mano, volvió a su dueño y él la dejó colgada en un perchero. Todo esto me lo contaron después.

En algún momento fui al baño que estaba al lado de la cocina. Mientras me lavaba las manos escuché una pequeña explosión, como un chasquido metálico. Después de eso, gritos desgarrados. “¿Están jugando con petardos?”, pensé.

Cuando salí del baño, un muchacho (¿Será posible? No recuerdo su apodo, ni su rostro) que no pertenecía a ese grupo, que había entrado por casualidad a la cocina, que nada más llegó a la fiesta para acompañar a su hermana, estaba tirado en el piso con su cabeza reventada contra el horno. Sólo retuve una fugaz e increíble imagen: Quinco gimiendo con el arma entre sus manos, frente a este chico-sin-nombre y sin cabeza; rodeado de pústulas blancas –seguramente cerebro- desperdigadas por la cocina como un licuado de banana hecho con la licuadora destapada.

Después de eso, la música se detuvo y comenzó un periplo de gritos, llamados telefónicos y llantos desesperados. Mientras Daniel, enfurecido, rompía los adornos de la casa gritando “te dije que no trajeras armas acá, pelotudo”, El Tucumano trataba de reanimar a quien estaba evidentemente muerto. Quinco, por otra parte, tomó de un tirón tres litros de vino, para que cobrara fuerza la hipótesis (después corroborada) de un accidente entre borrachos.

Lo peor de esta historia todavía no había ocurrido.

2. El segundo suceso.

Un par de horas después todos estábamos en la comisaría, esperando para declarar. La casa se cerró abruptamente; fajaron la zona y la policía forense dictó el acta de defunción de la víctima. Esta víctima de la que no puedo recordar su nombre; a quien yo había visto sólo dos o tres veces antes de la fiesta por visitas ocasionales y breves. Llamémoslo R.

Ahora venía el proceso más delicado. Quizás lo peor: avisarle a los padres de R que su hijo de veintidós años había muerto en una inocente fiesta de cumpleaños. Después, claro, descubriríamos que eso tampoco era lo más malo que podía pasar.

Mientras esperábamos para declarar, aparecieron los padres. A nosotros, los testigos e invitados de la fiesta, nos habían puesto en una especie de pasillo con butacas. Por ahí, por ese pasillo, venían desfilando ambos padres, avejentados, desalentados, con la certeza de que un llamado de la policía a la madrugada no era buena señal. Nos miraban y no hacían preguntas. Supongo que nuestro rostro delataba una tragedia. El comisario los hizo pasar y los atendió en una sala a puerta cerrada, tratando de simular cierta flema, cierto aire de “todo está bien”. A pesar de la puerta, escuchábamos todo. El padre comenzó a gritar: “¿Para qué nos llamaron? ¿Qué le pasó a mi hijo?”. El comisario no pudo decir palabras más desatinadas: “Cálmese, señor. Ahora está viniendo un psicólogo y le va a explicar”. Si hacía falta un psicólogo, había ocurrido algo terrible. La madre de R se puso a llorar dando alaridos. El comisario bajó el volumen de la voz, pero todavía podíamos oírlo a través de la puerta vidriada: su hijo murió. En ese momento el padre repitió a los gritos (esto no lo olvido) “No puede ser. No puede ser. No puede ser. No puede ser”. Cuatro veces. Su hijo murió de un disparo. “Ay, un disparo”, dijo la madre.

Para muchos de los presentes, eso fue lo más horrible que les pasó en la vida: presenciar cuando a otro le dan una noticia malísima. Peor incluso que perder a un amigo; peor que ver el cadáver con el cerebro destruido. Peor que haber traído un arma a la fiesta.

Pero en verdad, todo lo que pasaba fue empequeñecido por mi intervención.

3. El tercer suceso.

Cuando el padre repitió “No puede ser”, comencé a reírme. Al tercer “no puede ser” me doblaba de la risa; el cuarto “no puede ser” fue el colmo; fue un paroxismo incontenible. Y, el “ay, un disparo” de la madre fue la frutilla del postre. Creo que nunca (o casi nunca) me reí tanto como en ese momento. Me salían las lágrimas. Los padres de R salieron de la salita, destruidos por la noticia, con paso lento y cansado. Yo tuve que contenerme, pero no pude. Me di vuelta, simulando un llanto repentino, pero para todos quedó bien claro que a mí me ocurría otra cosa. No sé si los padres se dieron cuenta; de todos modos se habrán enterado por terceros de mi infinita maldad.

4. Después.

Han pasado unos cuantos años de este fatídico cumpleaños. Ninguno de los integrantes de ese nefasto grupo volvió a reunirse ni siquiera para un partido de truco. A Daniel lo seguí viendo un tiempo; quizás fue el único que no se vio tan afectado.

Recalco esto: quizás fue el único que no se vio tan afectado por mi actitud.

Porque del accidente, de la muerte, del arma en la fiesta; de todo eso se hizo un duelo colectivo que, aunque no sea equivalente a sanar una herida, con el paso del tiempo deja de hacer ruido. Sin embargo, cuando recuerdan de lo que yo fui capaz, sienten una indignación y un dolor incontenibles. Sé que muchos de ellos querrían que yo hubiese sido el muerto. Sé que su desprecio para conmigo se agiganta con los años, aunque (absurdamente) disminuya el odio que sienten por quien introdujo un arma en la fiesta. Mi risa fue más humillante que una bala.

Durante largo tiempo me arrepentí de esa actitud; me convencí incluso de que esa fue una muestra gratis de toda la maldad que llevo dentro, pero que, en una circunstancia parecida, iba a saber controlarme.

Me equivoqué.

Ayer mi esposa tuvo que operarse del pie. Una operación sencilla.

Mientras yo estaba en sala de espera, aguardando los detalles de la operación, los enfermeros salieron corriendo del quirófano. Empujaban una camilla. En la camilla, había un chico de siete u ocho años que gritaba horrorizado. La madre corría junto a los enfermeros, llorando y acariciando al chico.

Y una vez más me tenté.

Al poco rato, otros enfermeros que venían en dirección contraria bajaban a un muerto. Los familiares venían gimiendo de una manera bastante aterradora.

No hace falta que repita cuál fue mi reacción.

Ahora que soy más grande, que soy un adulto con responsabilidades, con una vida aparentemente encaminada, sigo guardando en mí al bufón más despreciable; al horrible agorero que se mofa de la desgracia ajena. Que espera lo peor de los demás para mostrar su desprecio.

Por favor, no tengan piedad de mi.

lunes, 16 de julio de 2007

Atavismos del futuro (2)


[Este texto es la continuación de "Atavismos del futuro"; no es del todo inteligible si previamente no se leyó el anterior]

Segunda parte: el master pávico

Durante el siglo veintitrés, la tecnología cibernética se hace cada vez más precisa y más pequeña. Los microbots son como pequeñas e invisibles plagas de insectos (insectos artificiales, insectos de metal) que vuelan en el aire. A principios del siglo veintitrés, esos microbots tienen el tamaño de un cuanto de materia y ya no necesariamente están controlados por un ordenador. De hecho, se reproducen por sí mismos. Son más pequeños que un átomo. Y pueden combinarse para formar casi cualquier cuerpo: pueden configurar la estructura del átomo de oxígeno y convertirse en aire respirable. Pueden convertirse en cafetera, en mujer sensual o en un clon del planeta Júpiter. Si un ordenador los induce a combinarse de determinada manera, ellos lo hacen. Algunos robots ingenieros pueden, con su voz, obligarlos a obedecer y acomodarse de una u otra forma. De esa manera, un ingeniero puede pedirle a una serie de microbots que se conviertan en un implante para tu cerebro. Así, gracias a las vibraciones que induce un robot ingeniero, tendrás un cerebro implantado formado por una miríada de microbots. Sencillo, ¿verdad?


Supongamos que ya tienes todo lo necesariao para la visión polaroide: los explantes y los implantes. ¿Qué ves? Ves todo en un ángulo de trescientos sesenta grados. Ves detrás de tu cabeza, ves tu cabeza, ves lo que ven tus ojos y ves lo que ven miles de ojos a cientos de kilómetros por encima de tu cabeza.
Tu visión polaroide se coordinará con la visión de un satélite omnisciente. El satélite es una cámara consciente que ve todo lo que ocurre en la superficie de la Tierra y todo lo que ocurre en el sistema solar y en el sistema de Próxima Centauri. Tendrás la visión simultánea de todo aquello a lo que la cámara tiene acceso. Es como ver a la vez todos los canales de cable, desde la perspectiva de todos y cada uno de los actores de cada filme o documental, y desde todos los ángulos posibles. Es un áleph que te muestra lo que ocurre en simultáneo. Lo que ves –todo lo que es posible ver- lo ven todos los hombres, todos los robots, todos los ingenieros, todos los ordenadores fijos y todos los proto.


Ahora te voy a contar algo sobre la naturaleza de la luz.


Estás acostumbrado a que la luz tenga una fuente. En tu época, los objetos son iluminados por lámparas o por el sol. En el año 2250, si tienes visión polaroide, los mismos microbots te inducen una imagen mental de los objetos que te rodean, aun en plena oscuridad. Ni siquiera te hace falta abrir los ojos; en uno de los cerebros artificiales que te habrá implantado el ingeniero cuántico, tendrás almacenada toda la información de las cosas que te rodean, con una vivacidad y detalle que superan millones de veces a la de tus ojos actuales. Tendrás la sensación de que las cosas son iridiscentes; es decir: emiten su propia luz. Todos los objetos del mundo y de fuera de él, están iluminados desde todos los ángulos posibles. Incluso en su estructura microscópica. Lo que debes hacer, en todo caso, es pensar las imágenes que están alojadas en tu cerebro artificial y ya lo estás viendo. ¿Quieres encontrarte con un amigo y deseas saber si él está en Marte? No debes llamarlo; busca en tu cerebro implantado, trata de localizar la imagen de tu amigo y verás si está allí o no. Los descubrimientos y las búsquedas no se hacen a través de sistemas explantados, sino a través del escudriñamiento del propio cerebro. Si quieres conocer París, por ejemplo, la imagen de la torre Eiffel que tienes alojada en tu mente es mucho más perfecta que el hecho de estar allí observando la torre. El turismo consiste en un turismo mental: te sientas y buscas en tu mente cómo es tal o cual lugar.
Ahora bien, Jorge Mux. En el año 2007 llevas ese nombre y esa identidad, pero siempre tuviste la sospecha de que algo extraño ocurría en tu cabeza.


Debes saber algo: el yo que serás tú en el año 2253, no es este yo que es en el año 2007. Serás otro yo, muy superior a ese. Muy superior a cualquier yo humano. Serás este yo que te está hablando. En cierto modo, esta información es redundante, porque estoy hablando conmigo mismo.

Te dije que los masterbots pueden inducir a la materia para que cobre una determinada forma. Te dije que estos masterbots pueden, gracias a un tipo especial de vibraciones, generar átomos y estructuras a partir de los cuantos.
Pues bien: uno de estos masterbots combinó los cuantos de materia de una manera como jamás se había hecho. Inventó nuevos tipos de materia: los pavios.
Los pavios son una nueva generación de entes. No tienen estructura atómica y no se comportan como los objetos materiales. De hecho, como se encuentran a frecuencias muy diferentes de cualquier objeto, pueden atravesarlos como si fueran fantasmas. Pueden romper el tiempo y el espacio, porque no están sometidos a sus leyes. El pavio no ocupa espacio, pero está en todas partes. No se modifica con el tiempo, pero está en todos los tiempos. No tiene colores, no posee una forma física determinada (una forma clásicamente física); es una sustancia etérea que navega en una especie de para- universo.

El pavio nació gracias a que un masterbot indujo vibración en los cuantos. Lo que nosotros hemos construido es un masterbot pávico: un ser que pueda redireccionar al pavio y convertirlo en otro tipo de materia, muy superior al pavio y al átomo.

Ese masterbot pávico, señor Jorge Mux, eres tú.

Un masterbot pávico no está atado al tiempo o al espacio, pero se manifiesta en algún tiempo y en algún espacio determinados. El momento y lugar en que nuestro masterbot pávico decidió manifestarse fue en tu persona, Jorge Mux. Es decir, entre el 31 de enero de 1974 –tu fecha de nacimiento- y el 16 de septiembre de 2031 –tu fecha de defunción.

Cada pensamiento, cada movimiento, cada cosa que haces en tu vida, genera una vibración cuántica en el futuro; una vibración que está en consonancia con el pavio. Todo en tu vida tiene significado; toda tu existencia es un código transuniversal.
Por eso te estoy contando esto: porque, al enterarte de lo que provocas en el futuro, te estoy induciendo a que provoques aun más cosas. Te estoy induciendo a que provoques determinadas cosas, porque yo sé lo que vas a hacer cuando te enteres de esto.

¿Para qué te hablé del futuro, si morirás de cáncer en el año 2031?

Bien, tú, como masterbot pávico te volverás a manifestar en el año 2253. En ese año, aparecerás siendo Jorge Mux, ya adulto, como si vinieras de la nada, pero con todos los recuerdos y la identidad intacta. Será una continuación de tu vida. Recordarás haber muerto. Entenderás que has revivido y que te has vuelto a manifestar. Te recogeremos, te daremos todo el soporte necesario para llevar una vida humana y de a poco los masterbots te irán transformando para que te conviertas en mí. Yo soy el producto de tu identidad descarnada; soy la contracara pávica de tu existencia. Yo vivo tu vida desde afuera del tiempo; soy una especie de súper entidad trascendental.


Y mi nombre sigue siendo Jorge Mux.

domingo, 8 de julio de 2007

Atavismos del futuro

Primera parte: q-iridiconoide unitexal, catoptrótica, anacatoptrótica, opacita y anafractal.


Siempre pensé que yo no era de este tiempo. Siempre supuse que mi identidad no es esta, sino otra. No soy Jorge Mux, sino algún otro ser (o una multitud de seres) que, desde un tiempo muy posterior, decidieron
que yo sea esto que soy. Mi sospecha está fundada en los sueños lúcidos y las visiones de un futuro lejano que me han acompañado desde muy pequeño. Como si algo en mí guardara la reminiscencia de un recuerdo desmesurado; un recuerdo que supera la capacidad imaginativa de mi propia memoria.
Siempre supe que este Jorge Mux es el retazo de otro (quizás con ot
ro nombre y sin duda con otra forma) que existirá en la segunda mitad del siglo veintitrés. Ya no quiero seguir andando por el mundo sin saber lo que hice en el futuro.
Anoche tuve la confirmación. El primer sueño lúcido revelador. No un remiendo, no una sugerencia: fue una comunicación directa.
Ese ser colosal (y ahora lo sé: no humano) que seré yo en el futuro, mucho después de que me haya muerto, me comunicó vía revelación telepática transtemporal por qué tengo estas premoniciones tan certeras. Por qué me despierto a la madrugada con el deseo de batir mis enérgicas y grandiosas alas de metal. Por qué me enfermo de tristeza al no poder encontrar a mis hermanos de pavio líquido, sin saber siquiera qué es el pavio ni a qué hermandad me refiero. Por qué recuerdo con
alegría un juego abstracto, con esferas de éter rosado, en una ciudad colosal de rascacielos que se perdían más allá de las nubes.
Ayer me llegó una revelación. Fue como un preparativo para el año 2253. En la noche del sábado 7 de julio de 2007, me revelé a mí mismo (desde el año 2253) una serie de descripciones para cuando regrese al futuro. Las descripciones me llegaron como un golpe intuitivo; simplemente supe esto que voy a contar. Lo supe sin palabras. Lo que voy a describir a continuación es, en realidad, un desglose ciertamente imperfecto de esa revelación perfecta.

He aquí la descripción cuyo carácter era meramente pedagógico: servía de preparativo para cuando yo vuelva al año 2253.

Soy yo mismo. Soy más yo que nunca. Soy yo mismo.

Me estoy esperando, desdoblado en ti, en el año 2253.

Te diré lo que debes saber para cuando llegues. Será un momento de mucha confusión para ti, porque será un enorme cambio. Esto es lo importante: los robots cuánticos que están flotando en la atmósfera (y que ya son parte de ella) te instalarán un implante. Ni siquiera te darás cuenta; sólo notarás que la percepción del mundo cambiará de manera sustancial. Vas a ser un novato en el futuro, así que más te vale ir un poco prevenido.

Existen los implantes y los explantes. Un implante es –como su nombre l
o indica- un sistema o una serie de objetos aislados que se introducen en tu cuerpo o en tu psiquis. Un explante, en cambio, es un nuevo órgano externo o una nueva terminal para tu cuerpo. Para que entiendas la analogía: un reloj pulsera de tu época es un explante, lo mismo que un teléfono celular o un automóvil. Imagina ahora que los explantes te acompañan a todas partes y que no sólo sirven para transportarte o decirte la hora: imagina que un explante está allí presente para llevarte, eligiendo el mejor camino para llegar adonde quieras. Imagina, también, que el explante genera una burbuja virtual alrededor de ti, en la cual no puede entrar absolutamente nada dañino. Es como un poderoso escudo que te protege y te transporta.

El primer explante que recibes a
utomáticamente es el de la vista multifocal. Tú tienes dos ojos. Los dos ojos te dan cierta percepción de la profundidad. Ahora imagina que, en lugar de dos, tienes cien mil ojos. Cien mil, que están ubicados en muchos lugares más allá de tu cara. Cien mil ojos, ubicados en fila, uno al lado del otro, miles de kilómetros arriba y a los costados de tu cuerpo. Puedes ver todo desde una perspectiva que jamás habías visto. Puedes verte a ti mismo viendo el entorno. Como si te acompañaran cien mil cámaras. A este explante lo llamamos la visión polaroide. Pues bien, imagina que acompañas el explante de la visión polaroide con un implante cuántico que consiste en ver muchos colores y texturas que usualmente son invisibles. Puedes distinguir, por ejemplo, la estructura molecular de un cristal. Puedes ver una gama de colores –antes para ti invisibles- entre el rojo y el amarillo.

Pero también puede ser que no estés mentalmente preparado para todo ello. Sería como darle sofisticadas herramientas a un mono. Los cerebros humanos de la primera mitad del siglo veintiuno no tienen implantes. Por eso, no poseen la inervación necesaria para recibir determinados estímulos, como la visión de la majestuosa gama de colores efebónicos. Entonces será necesario que un ingeniero bot te implante
, una configuración de cuantos de materia que sirvan como un anexo de tu cerebro. El ingeniero bot no hace cirugías: sólo utiliza su voz. La voz de ese ingeniero cuántico provoca unas pequeñas vibraciones que inducen un determinado orden en la estructura de los átomos. Yo no espero que entiendas todo, desde luego. De todas maneras, decir “implante cuántico”, “ingeniero cuántico” o “estructura atómica” suena a anacrónico. En el año 2250 (y mucho antes) el término “cuántico” se ha vuelto tan amplio que ya dejó de tener un significado preciso. Debes saber que sólo utilizo la palabra “cuántico” para referirme a algo de lo cual puedas entender por analogía, pero para ser un poco más exacto debería decir “q - iridiconoide unitexal” en algunas de sus variantes catoptrótica, anacatoptrótica, opacita y anafractal. No quiero multiplicar las palabras desconocidas porque, de todos modos, no podrías entender su significado.

Todos estos implantes y explantes ocurrirán de golpe, apenas caigas en el año 2253. Te despertarás de la muerte con este arsenal sensorial y con muchas cosas más.


[Este relato continúa; en unos días aparecerá El Master Pávico, la segunda y última parte de esta alucinación del futuro]

jueves, 28 de junio de 2007

Un año de monstruos

Hace exactamente un año se publicaba el primer texto de Monstruos y Berenjenas, el cual pueden encontrar al final (o al principio) de todo, o bien pulsando aquí.

Este blog marca un antes y un después en mi vida.

Hubo una larga época, antes de que existiera internet, en la cual yo escribía mucho. El destino de esos escritos fue un desprolijo cajón y el olvido. Irma, mi mujer, siempre me alentó a seguir escribiendo (y por eso le sigo agradeciendo). Yo no encontraba ningún estímulo en rellenar ese cajón, así que postergué la escritura por tiempo indefinido.

Hace poco más de un año atrás, Karmelo Restelli -consagrado escritor y periodista- me insistía con una arenga amigable y convincente: "
¿no tenés dos horas por semana para escribir algo?" Él parecía convencido de que mi participación en la red podía depararme satisfacciones impensadas. Además, ya tenía una buena razón para escribir: el destino de mis textos no sería guardarlos y olvidarlos, sino dejarlos en la red para que otros lo lean. Gracias a su insistencia reservé tiempo para escribir y publicar una historia una vez por semana. Aunque no siempre pude cumplir con esa regularidad, tomé como un trabajo el ejercicio de escribir.

Karmelo se equivocó en esto: el tiempo que me demanda el mundo blog es mucho mayor que dos horas semanales. La vida en la red se ha convertido, para mí, en una de las ocupaciones más importantes. El 20 de noviembre comencé a publicar Exonario gracias a una idea mínima y fructífera: generar palabras a partir de combinaciones con raíces latinas y griegas o a partir de cierta musicalidad de los sonidos, o a partir de ciertos campos semánticos que todavía no tenían nombre. En ese tiempo conocí al increíble The Bug y a fines de enero iniciamos ¿Qué estás buscando? Este último blog ha sido el más exitoso desde muchos puntos de vista: apenas iniciado, fue linkeado por Podeti (blogger de Clarín) y hace poco superó las cincuenta mil visitas. Pero lo más importante fue que representó un auténtico, divertido y fructífero trabajo en colaboración entre dos personas que jamás se han visto el rostro. Entre The Bug y yo hay ochocientos kilómetros de distancia. Él vive en Rosario y yo en Bahía Blanca. A pesar de que jamás compartimos un espacio físico en común, siento que lo conozco de toda la vida como a un amigo. Es una sensación extraña y deliciosa.

Monstruos y Berenjenas es, de mis tres blogs, el que menos visitas recibe; el que tiene el peor diseño, el menos linkeado, el que tiene los textos más largos y el que publica con menos frecuencia. Sin embargo, es aquel en el cual más tiempo invierto. La construcción de una historia puede demandar semanas, y no siempre arribar a buen puerto. Los textos de este blog forman parte de mis obsesiones: el inimaginable futuro lejano, mi infancia, la confirmación continua de que el mundo es, a la vez, fantástico y horrible, las paradojas fácticas, las formas de inteligencia foráneas o artificiales, y los objetos de la metafísica.

Cuando iba a comenzar con este blog, no sabía muy bien qué línea tomar. Al principio, iba a ser una sucesión de ensayos intimistas, en los que expondría una reflexión sobre mi vida o mis obsesiones. Aquí está el texto que iba a ser la primera de esas reflexiones y que no fue publicado. Finalmente, decidí no seguir esa línea. (Ver Monstruos y Berenjenas bis, un blog fantasma creado sólo para alojar a ese post fundador)

Les agradezco a todos por este año; a todos los que alguna vez estuvieron de pasada y no leyeron, a los que siguen viniendo y a los que vendrán.

sábado, 23 de junio de 2007

Los muertos van deprisa

(Carta de la condesa Dolingen de Gratz, fallecida en el año 1801 y convertida en hematófaga; vista durante las noches frías y despejadas de invierno en la región de Bukovina, Rumania)

Llevo tres semanas sin comer y mis fuerzas aun no han disminuido. No hay hombres ni animales por aquí, a esta altura del año. La noche es una neblina de viento blanco, de nieves delirantes, de helados pies descalzos, de aullidos enloquecedores que excitan mis oxidados sentidos. Los Cárpatos son el único benevolente refugio para esta seca, prolongada e impaciente espera. Las cuevas de puntiagudas rocas, donde permanecemos silenciosos y ansiosos, nos protegen de la luz diurna y de las eternas tormentas.

Sigo esperando sangre viva. A veces busco el cuello lívido y hediondo de alguno de mis amantes con la esperanza, siempre frustrada, de encontrar el olor de la sangre fresca. Aunque todo en él es pútrido, igual lo muerdo; le succiono y le vacío sus venas resecas; sus arterias que tienen tres semanas de indigencia. No se resisten. Se dejan morder y morir miles de veces en mis brazos y aúllan enloquecidos hasta que todas las fuerzas se escapan de sus cuerpos corrompidos.

Algunos podemos leer la mente de las incrédulas e ingenuas víctimas que a veces merodean por las montañas. Incluso somos capaces de inducirles deseos y pensamientos. Otros, pueden adivinar el futuro. Los más poderosos son capaces de convertirse en murciélagos, serpientes y lobos. Los que ocupan el sitial en la jerarquía, adquieren la forma de seres demoníacos y mitológicos de poder incalculable. Pero nuestra fuerza está supeditada al continuo y carnal contacto con la sangre, y a la jerarquía de hematófagos.

Yo fui mordida por Drakul en 1801, un hematófago poderoso, bello e inteligente que conocía el arte del zoomorfismo y el dominio de las mareas. Por eso también soy fuerte, porque heredé parte de la fuerza de mi victimario. Aunque no puedo cambiar mi forma humanoide, sí puedo nublar la vista de los hombres e infundirles un deseo viril y poderoso. Soy un monstruo de sensualidad que aparece en las noches, llamándolos por su nombre e invitándolos a la fiesta más exquisita de todas: la majestuosa gala en la que se convertirán en uno más de mis eternos amantes. La gala elegante de volverse inmortal bailando conmigo en la oscuridad de la luna.

Pero mis amantes, hematófagos, convertidos en inmortales gracias a mi sed, no heredan mi fuerza. Son más débiles; incapaces de volar, de oler a grandes distancias o de escudriñar pensamientos. Y si ellos, débiles, convierten en hematófagos a otros hombres, estos últimos serán mucho más débiles y menos inteligentes. Esta cadena de debilidad, imbecilidad y hambre no se detendría nunca, de no ser porque los más débiles son simples zombies, que deambulan sin propósito y sin destino; no buscan sangre, no buscan perdurar: viven una muerte animada ciega y errante. A estos hay que sacrificarlos. Por suerte los humanos se encargan rápido de ellos, quienes ni siquiera se enteran de que han vuelto a morir.

A veces hay efectos paradójicos en las mordidas: a veces no matan, pero hacen perder la memoria a la víctima, o le generan un ferviente deseo de convertirse a una religión, o se ven fuertemente inducidos al lesbianismo.

En circunstancias normales, si un hematófago muerde tres veces a una persona, la convierte en hematófago. Para las miserables y desesperadas vidas de las sociedades humanas, el mordido ha muerto. Ha muerto y es peligroso, porque vendrá en las noches (nunca de día, nunca cuando llueve, nunca si no hay luna, nunca si hay ajo recién cortado) a morderlos e infectarlos. La infección sólo se cura con la muerte. Y la muerte sólo se produce por el contacto con la plata y con el oro. Un hematófago que no come, que no se alimenta de sangre fresca puede permanecer quieto y en suspenso por toda la eternidad. Su letargo es en realidad una acumulación de fuerzas, de odio y de sueños helados y hermosos. La noche en que huele la pisada de un animal o de un campesino, o escucha sus pensamientos, se despierta y ataca. A veces su desesperación es tan grande que va a buscar su presa a un pueblo. Pero los pueblos siempre son peligrosos.

Los hematófagos no podemos organizarnos. Perdemos gran parte de nuestra inteligencia al morir. Lo que queda, lo que somos, es fruto de la sangre que robamos. Un muerto no escucha a otro muerto; sólo escucha su deseo, su odio y su dolor. Por eso no salimos en grupo a tomar el mundo. Por eso no nos alejamos de esta hermosa región de los Cárpatos, de estas montañas abruptas, áridas y alucinantes a cuyas cumbres rara vez llega el brillo del sol o la fuerza de algún aventurero. Por eso no buscamos a cualquiera para alimentarnos: preferimos científicos y artistas; preferimos nobles, hombres y mujeres de alta alcurnia, porque por momentos adquirimos su inteligencia, su forma exquisita de ver el mundo y el entusiasmo por organizarnos, por hacer política entre hematófagos. Pero abundan los campesinos y los gitanos, que sólo son sangre de entretenimiento. Sangre para calmar a los lobos, para saciar la sed, para no estallar de odio y voracidad.

Cualquier objeto de plata o de oro nos vuelve vulnerables, sea una cruz, una medalla o una moneda. Pero una cruz de hierro o de madera son totalmente impotentes. Mucho me hacen reír –y me enfurecen- los cándidos catoliquitos que se acercan envalentonados, blandiendo con ingenua fe una mínima crucecita de cristal o de carey, creyendo que el poder de Dios está de su lado. A esos no sólo les quito la sangre; también les devoro las piernas y los brazos para que, cuando despierten de la muerte ya siendo vampiros, no puedan jamás moverse.

Hace tres semanas mordí al doctor Van Helsing, el famoso médico, vampirólogo y escritor. Por eso ahora tengo esta repentina necesidad de escribir y de analizar cada pequeño suceso de mi muerte: soy Van Helsing. En parte soy el matador de Drakul. En parte soy quien estudió toda su vida la conexión entre la locura y el vampirismo. Por eso ahora puedo aprovecharme de su fuerza y de la inteligencia que corría por sus venas: he pensado un sistema para raptar niños, criarlos en nuestras cuevas sin morderlos, aparearlos en la edad reproductiva, hacerlos tener hijos y bebernos la sangre de sus hijos. Un criadero humano. También diseñé una modificación genética para hacer hombres – sangre: humanos sin huesos, con una proporción de glóbulos rojos tres veces mayor. Pensé en alguna técnica para que las mujeres tengan de a quince o veinte hijos a la vez: así hay más para repartirnos. Pensé en una manera de racionalizar las mordidas: nunca, o casi nunca, morder tres veces a la misma persona, porque la estaríamos convirtiendo en uno de los nuestros. Y, una vez que es hematófago y pertenece a nuestro bando, es competencia. No queremos aumentar nuestro número sino nuestro poder.

Pero estos pensamientos lúcidos, escritos a la luz de una vela en la cueva, se desvanecerán en unos días, cuando el Efecto Van Helsing desaparezca de mí. Entonces seré, una vez más, la sensual e insaciable Condesa cuyo único e infalible poder consiste en saber tu nombre sin que me lo digas.

domingo, 17 de junio de 2007

Un buscador de pesadillas

No recuerdo una sola época en la que haya podido dormir bien. El signo distintivo de mi vida fue, y sigue siendo, el desorden en el sueño. Un desorden desmañado y enrarecido, como las tripas de un animal muerto.

Hubo días en los que fui la persona más insomne del mundo.

La palabra insomnio no deja traslucir todos los matices y padecimientos ocultos entre las sábanas y la madrugada. Nunca es un simple no dormir: el insomnio es la conciencia estirándose más allá de sus límites, adentrándose como un ciego sin bastón en horas prohibidas. Es el yo resistiendo entre la neblina de la noche y la anestesia de la inconsciencia. Resistiendo, también, a la muerte final y definitiva. En la noche insomne la razón teje pensamientos desesperados; elabora distorsionadas proyecciones de los días futuros (en los cuales cualquier pequeño y lejano problema se convierte en una preocupación sofocante y actual), y lleva el exacto recuento de los segundos con los ojos abiertos en la oscuridad: “han pasado dos horas”, “dos horas y dos minutos”, “dos horas, dos minutos, quince segundos”. Cuando el sueño no llega, se piensan todos los pensamientos, se escuchan todos los ruidos y se sienten todos los dolores. No hay estado de vigilia en el que se esté más despierto: el insomnio es siempre exaltado; siempre hiperbólico. Siempre silenciosamente involuntario. Es curioso que el sueño llega cuando uno se olvida de su insomnio: la cura del mal es la indiferencia, el hastío de repasar los mismos pensamientos y de temer los mismos temores. El abatido aburrimiento de oírse respirar una y otra vez.

Todo eso, a veces.

Porque no siempre es así.

A veces, el sueño llega sin problemas; la conciencia se distiende y se entrega al olvido. Pero sólo para atacar con toda la furia un par de horas después. Dormir plácido, despertar de golpe, sin motivo y ya no poder, nunca más en la interminable noche, volver al sueño. Encender la luz y mirar el reloj: sólo ha pasado media hora. Media hora desde el cansancio feliz que prometía una noche sin interrupciones, y esta sacudida repentina del ahora- aquí- yo, sin entender por qué una parte de uno mismo se traiciona y se desobedece.

Los insomnios son incurables.

No hay té de valeriana, sexo desenfrenado, lectura aburrida, maratón nocturna ni leche tibia que lo destruya. No hay melatoninas ni zopiclonas; no funcionan los mejores consejos ni las estrategias más ocurrentes. No sirve engañarlo cerrando los ojos, quedándose inmóvil, dejando de respirar o muriéndose. De hecho, durante un insomnio se corre el riesgo de no morir nunca más.

A veces leo mis insomnios.

Si no llego a dormirme, creo que algo en mí trata de protegerme. Como si una parte de mi yo (una parte benévola; una especie de “ángel – yo”) me estuviera diciendo: no voy a permitir que te duermas porque tu inconsciente te está preparando algo terrible. ¡No le des oportunidad! El insomnio, en esos casos, es una lucha entre demonios que disputan los límites entre el mundo de hierro de la vigilia, y el plástico universo onírico. Es un insomnio benéfico, que me acaricia tendiendo su sudorosa mano de madre desquiciada.

Otras veces, cuando me despierto de golpe, creo que hay algo apremiante que sólo yo puedo hacer. Creo que, mientras soñaba, vino a mí la imagen de algo que dejé pendiente –peligrosamente pendiente- y que ahora no la puedo recordar. Es un despertar urgido, cargado de energías que no encuentran cómo canalizarse, y que pueden tomar dos caminos: desvanecerse hasta volver a la inconsciencia. O envalentonarse hasta encontrar un tortuoso por qué; pueden doblegarme hasta hacerme levantar; pueden hacerme examinar papeles, revisar mails, buscar desperfectos en la casa o en mi cuerpo. Incluso, pueden hacerme llamar por teléfono a parientes dormidos y exigirles, entre lágrimas, una confesión importante que me estuvieron ocultando por décadas.

Es un insomnio angustiante y cargado de culpas.

Por suerte en algún momento la conciencia se detiene, se muere repentinamente sin registro; se desvincula de sí misma hundiéndose en un largo bostezo. En ese momento, entonces, comienza la mejor parte de la velada onírica: los maremotos de horribles pesadillas.

A esa parte de mi vida la disfruto como el único solaz entre insomnio e insomnio.

martes, 5 de junio de 2007

Sueños lúcidos del futuro

A fines de enero recibí este mail de Ayelén:

"Hola Jorge.

Anoche tuve mi primer recuerdo consciente sobre el futuro.

"Te escribo para contarte una sorprendente conversación acerca del tiempo que tuve anoche con una persona que conocí, porque de alguna forma me hizo acordar a algunos posteos de tu blog, de hecho, creo que el tema del tiempo es bastante recurrente en tus escritos, y no podía dejar de compartirlo.

"El muchacho en cuestión se llama Héctor, y es estudiante de física de cuarto año.

"Hace aproximadamente un año, escuché un comentario acerca de que tres alumnos de la universidad habían sido becados para emprender un proyecto que consistía en estudiar el tiempo. No supe más detalles al respecto, ni quienes eran, ni en qué carrera estaban, ni nada. Apenas lo vi a este tal Héctor, sospeché que él era uno de los integrantes de este proyecto, junto a un estudiante de física y otro de antropología.

"Comenzamos a charlar, y su propia convicción, así como la apasionada obsesión con el tema del tiempo (alimentada por el resto de lo que estábamos allí presentes) ayudaron a que me convenciera de lo que decía. Finalmente tuve que preguntarle si era parte del proyecto, y efectivamente era así. Enseguida me dio una explicación a lo que me había pasado: acababa de tener un recuerdo sobre el futuro. Me hablo sobre un libro que trata este tema del tiempo, y me contó lo que le ocurrió a Dune, su autor, que le sirvió de disparador para que comenzara a investigar al respecto:

Una noche este hombre soñó que en un terrible accidente morían 50 personas. A la mañana siguiente leyó en el diario la noticia, y se quedo impresionado, creyendo que su sueño había predicho el futuro. Pero en una segunda mirada, más atento, se dio cuenta de que el titular no hablaba de 50 personas, sino de 500.

Este Dune es, según palabras de hector, un gran físico escéptico, con lo cual quiso decir que es un hombre que profesa una gran desconfianza hacia los llamados fenómenos parapsicológicos. Entonces decidió realizar un investigación científica y filosófica acerca de estos asuntos. Los resultados de su investigación están reunidos en un libro cuyo titulo no anoté, pero básicamente este señor, cuestionando el carácter lineal del tiempo, intenta dar una explicación “científica” de ciertos fenómenos mentales llamados “paranormales”, como pueden ser las premoniciones por ejemplo, y por medio de esta explicación logra desligar de estos fenómenos la idea de determinismo. De este modo, según Dune, cuando una persona tiene acceso a un “hecho futuro”, no esta accediendo a un estado de cosas que deba ocurrir inexorablemente, sino a un recuerdo propio de una experiencia futura. Por eso, según cuenta la anécdota, el autor no soñó con los 500 muertos, sino con 50, cifra que el percibió en un primer momento.

Por supuesto esta charla derivó en el tema de los sueños, ya que según Dune, el sueño es un estado bastante propicio para tener recuerdos futuros. En ese contexto Héctor nos estuvo revelando ciertas técnicas que se pueden implementar para lograr sueños lúcidos, pero este mail ya se hizo muy largo, (al menos así lo percibo en este momento, que lo estoy escribiendo en Word con fuente 18)

Hasta aquí el mail.

Cuando pude contactarme con Ayelén, le pregunté por esas técnicas de sueño lúcido que mencionó en el mail. Su respuesta (también por mail) fue bastante desconcertante:

No sé de qué técnicas me hablás, pero anoche tuve un sueño en el cual supuestamente yo te mandaba un mail hablando sobre ese tema.

Cuando le mostré el mail inicial, me dijo que le sonaba familiar. “Como si lo hubiera escrito yo”. Al poco tiempo se encontró por primera vez con Héctor, el estudiante de física.

domingo, 20 de mayo de 2007

Concurso Exonario


Para festejar los seis meses de EXONARIO, los invitamos a participar de un CONCURSO "CREA TU PROPIA PALABRA"

¿Por qué el lenguaje, muchas veces, limita nuestra capacidad de expresión?
¿Por qué hay cosas que no pueden decirse?

Simplemente, porque no nos atrevemos a buscar nuestra propia palabra, o a darle nuestro nombre a campos semánticos que todavía no lo tienen.

El concurso es el desafío de esa búsqueda.

Bases del concurso aquí.

domingo, 13 de mayo de 2007

Los caminos de una memoria de silicio

En la tercera década del siglo veintidós cada rincón de la Tierra y una buena parte del cielo estarán habitados por personas. Los cien mil millones de hombres del planeta se habrán repartido entre las ciudades empotradas y las urbes flotantes. Una pequeña cantidad de personas se ha mudado a Marte, a la Luna y al único satélite performable de Júpiter, Europa. Sin embargo la proporción de humanos que viven en las colonias extraterrestres todavía es mínima.
Los diseños urbanos son confiados a empresas de ingeniería artificial (comandadas por clonbots ingenieros) que se encargan de adaptar un terreno para convertirlo en ciudad, y de desmantelar una ciudad vieja para hacer una nueva. A veces por un cálculo demasiado riguroso, se desmantela una ciudad completa para hacer una modificación mínima y en apariencia irrelevante. A veces, las ciudades se desploman sin que los ingenieros artificiales reparen en ellas. La burocracia de gestión política ha sido transferida a los precisos e insobornables clonbots ingenieros, quienes a pesar de su ética transparente y sus cerebros de silicio, en la práctica parecen ser tan ineficientes como sus pares humanos.


Gracias al descubrimiento de la tecnología hover (anti-gravedad), se pueden construir ciudades flotantes. Cuando ya no hay más espacio en la tierra, se puede hacer flotar una masa de suelo del tamaño de un barrio. Se la hace orbitar a la altura de las nubes más altas, a cinco mil metros. Luego se la performa para que crezcan sinfitos: especies de vegetales sintéticos que en un corto tiempo generan oxígeno y otros gases en grandes cantidades. Una vez performado, se proyecta un diseño urbano en el terreno, y finalmente es habitado por una nueva colonia de personas.

Las primeras ciudades flotantes se mantenían fijas en un lugar del cielo, tapando la luz del sol en toda la zona que estaba debajo de ellas. Ahora, para evitar esto, todas las ciudades flotantes giran en dirección inversa a la rotación de la Tierra. A veces, dos ciudades flotantes orbitan tan cerca una de otra, que los habitantes de ambas se visitan utilizando sólo una escalera y un traje hover.



Sin embargo la población humana sigue creciendo. Se espera que en diez años, el número de habitantes se haya duplicado, y que nuevamente se duplique al cabo de veinte años. Según las proyecciones, si hubiera que construir lugares habitables para todas estas personas, el cielo se cubriría por completo de ciudades flotantes y ya no quedarían resquicios para la luz del sol.


Entonces los ingenieros urbanos diseñaron un paliativo prometedor: el MDVVH, Multi Dimensional Virtua Versatil Home, conocido también como “caseta multidimensional”.

La caseta multidimensional es un cubo metálico con una única puerta, sin ventanas, del tamaño de una habitación pequeña. A las personas sin casa se les asigna una caseta y una llave. La llave es un código para construir virtualmente una casa completa dentro de la caseta. En pocas palabras: en un lugar reducido, una casa enorme.

¿Cómo funcionan los MDVVH?

Suponga que usted adquiere uno. Compra la llave de un departamento de dos dormitorios, con comedor, baño, cocina y patio. Cuando usted entra a la caseta, lo primero que ve es el comedor. Allí lo decora con todos los objetos que le plazcan: para eso, debe informar a la compañía de ingenieros urbanos con qué desea cargar las paredes y qué mobiliario desea tener. Usted elige las sillas, la mesa y otras comodidades. Si no le gustan el color o el diseño, simplemente pide un código diferente.

Esta caseta multidimensional no tiene varios ambientes simultáneos, sino sucesivos: si usted está en el comedor y desea pasar al baño, cuando llega al baño el comedor desaparece. Toda la información del comedor, queda guardada en una infinita memoria virtual. Ahora sólo hay baño. Si sale del baño y va hacia la habitación, entonces el baño desaparece. Basta con que retroceda unos pasos para que todo lo desaparecido se reconstruya. Incluso, si usted dejó agua calentando en una hornalla, y luego se dirige al baño -con lo cual la cocina desaparece-, cuando vuelva a la cocina el agua estará más caliente que cuando la dejó. Los procesos que usted desató siguen su curso en el tiempo normal.


Ir de una habitación a otra quiere decir: destruir virtualmente un ambiente y obligar a los procesadores clonbots a que construyan otro. Caminar por la casa es destruir, construir y reconstruir.


Si uno desea más habitaciones, todo lo que debe hacer es pedir un código para ampliar la casa. Entonces, en algún lugar de la casa aparece una puerta que antes no estaba. A veces, cuando muchas personas desean realizar un evento para el cual necesitan de un salón enorme, lo que hacen es ceder el código de sus habitaciones por diez o doce horas –lo que dure el evento- y así generar un salón virtual cuya superficie será la suma de la superficie de las habitaciones cedidas.


Sin embargo, esta tecnología causó problemas de difícil solución y algunas paradojas metafísicas.

Las personas habitantes de las casetas multidimensionales deben vivir solas y no pueden recibir visitas. Si el anfitrión recibe, supongamos, a un amigo en el comedor y luego desea ir al baño, el comedor desaparece y ambos están en el baño. Lo mismo ocurre con cada ambiente: si uno se va de la habitación en la que estaba, obliga a que el otro también salga de ella. Esto se solucionó dándoles llaves con códigos a cada visitante. Cada persona que tuviera el código de un ambiente de la casa, podía hacer que ese ambiente coexistiera en simultáneo con otro: el dueño de casa podía estar en el baño, mientras el invitado podía tomar té en la cocina.

Cuando se popularizó la primera generación de MDVVH, las personas comenzaron a quejarse de que los objetos que dejaban en un lugar, a veces desaparecían. Por ejemplo, una persona está sentada en el sofá en su living. Va al baño, y al volver al living el sofá ha desaparecido. Por errores en los códigos de reconstrucción, a veces los ambientes no se generaban exactamente como habían sido dejados. Algunas veces tenían diferencias enormes e incluso macabras. Un grupo de personas de la Hover Philadelphia se quejaba de que, cada día, todos los adornos de su comedor eran reemplazados por imágenes de sus propios habitantes mientras eran degollados.
Las dificultades más sorprendentes y maravillosas involucraron paradojas virtuales.

Veamos dos casos:

a) Una persona entra a su casa de dos habitaciones. En un pasillo, ha aparecido una puerta que antes no estaba y que él no ha solicitado. Entra. Hay una habitación más. La habitación parece diseñada por un niño. El dueño de casa quiere cambiarle los códigos, pero no tiene acceso. Días después, esta puerta –y la habitación detrás de ella- desaparece. A este fenómeno se lo llama “ambiente fantasma”.

b) Una persona entra a su casa. Cuando quiere acceder a la cocina, no puede abrir la puerta. El código no le permite acceder. Intenta varias veces y no hay caso. Espera varios minutos y lo intenta una vez más. Finalmente, abre la puerta. Del otro lado, ya no hay una cocina. La puerta, ahora, da al interior de un castillo gigante, transparente y luminoso, con escaleras de cristal y ascensores hover que se desplazan en todas direcciones. El castillo tiene infinitas puertas, todas las cuales dan al mismo lugar. El inquilino intenta volver a la puerta por la cual entró, pero ahora esta puerta también da al castillo. El complejísimo programa virtual ha generado un bucle. El ambiente fantasma se ha tragado a la persona, quien no puede salir de ese castillo ubicado en ningún lugar.
A veces, algunas víctimas estuvieron días y días abriendo puertas con la esperanza de que alguna los condujera de vuelta a su casa. En algunos casos, gracias a un azar increíble, volvían. En otros, aparecían en los MDVVH de otras personas. En el peor de los casos, morían de cansancio o de hambre, abriendo puertas que conducían al mismo lugar, o a lugares igualmente insólitos, maravillosos y utópicos. Tenemos noticia de los ambientes fantasma más extraños: pasillos infinitos de metal, con una alfombra pegajosa; parques con hamacas y calesitas solitarias que se mueven muy despacio, como si un viento en cámara lenta los agitara; habitaciones titánicas llenas de pájaros luminosos, bosques de burbujas verdes brillantes; toboganes de hielo en el cielo que desembocan en un vórtice de nubes color fucsia; espacios vacíos y ciegos en los que sólo hay sonidos como de órgano o de voces o llantos de perros; ciudades desmanteladas, solitarias y oscuras que son tragadas y vomitadas por una eterna tormenta gris que cubre el cielo como un huracán; estrellas que se desploman sobre sí mismas y se convierten en agujeros negros, personas muertas que custodian un bastión en una ciudad onírica dentro de una flor de harina en un universo líquido, personas que se encuentran a sí mismas encontrándose a sí mismas en un lugar de la casa que antes no existía.

La explicación de estos errores ofrece dos alternativas básicas: las complejas operaciones de la memoria virtual en la cual se guarda la información de todos los MDVVH, a veces colapsa, o se enreda a sí misma y genera estos productos monstruosos. La otra explicación –conectada en parte con la primera- es: los ambiente fantasma son el inconsciente de los clonbots.

En esta última hipótesis, mucho más fascinante que la anterior, se supone que los circuitos de silicio generan una descarga eléctrica residual que, en algunos casos, puede ser interpretada como información virtual. Todo proceso informático en las mentes de los clonbots y las centrales, es un proceso eléctrico. Ese proceso eléctrico genera un residuo eléctrico que, si lo interpreta un receptor, puede convertirse en una nueva información. Si pensamos en los cerebros de silicio de todos los clonbots y de las centrales tecnoinformáticas del mundo, las descargas eléctricas residuales formarían un gigantesco sistema virtual paralelo. La persona que se encuentra perdida en un ambiente fantasma está, en realidad, asistiendo al desenlace de una infinita cadena de descargas eléctricas involuntarias, que han seguido un circuito alternativo y aleatorio, generando una información que, como una bola de nieve, se alimenta a sí misma. Se trata de un proceso totalmente incontrolable e inconsciente.

En el año 2140 llega el principio de una solución global para los residuos eléctricos. Se construyen clonbots electropsicólogos. Estos clonbots son activados cuando una persona reporta algo extraño en la MDVVH, y lo que hacen es reencauzar el caudal de energía que hace aparecer habitaciones fantasma.

Sin embargo, las casetas fueron abandonadas en el año 2147 cuando, por un desperfecto inexplicable, doscientos ochenta mil millones de personas fueron “tragadas” por una habitación fantasma, y ya nunca se supo de ellos.

Algunos sociólogos especulan con que ese desperfecto fue, en realidad, el frío y calculado alivio que los clonbots encontraron para el exceso de población.