miércoles, 23 de abril de 2008

Un oráculo modesto

Una noche de mayo del año mil novecientos noventa y tres se destruyó mi mundo por completo, de manera irreversible y para siempre. Demolido, apisonado, desangrado, machacado. Para siempre y sin remedio. Y al día siguiente volvió a construirse hasta en el mínimo detalle.

En ese entonces yo tenía diecinueve años, estaba en el segundo año de la carrera de filosofía, y me sentía orgulloso porque unos meses atrás había conseguido novia. Una novia de verdad, de esas que son para besar, llevar de la mano y presentar a la familia.

Con esa novia de verdad viví todas las experiencias importantes del amor: la espera interminable a la salida del Instituto donde ella estudiaba, la necesidad de escaparme de la clase para encontrarla y compartir un helado o una caminata nocturna de la mano sin rumbo por lugares peligrosos, la curiosa pasión de los celos, la risa cómplice de a dos al ver pasar un pelado con el ceño fruncido que se parecía a una persona a la que le tomábamos el pelo, proyectos de viajes, cenas en familia, tardes aburridas de chinchón y mate, la ternura infinita al asistir a una perra que tenía cría en la calle, la emoción y el alivio de saber que ella estaba, que era real, que existía. Era una de esas novias por las que un hombre renuncia –por un tiempo- a salidas con amigos y comienza pensar en un proyecto definido y menos solitario.

El lector ya podrá ir sospechando cuál es el acontecimiento irreversible del que hablé al principio. No mantengamos este falso suspenso: Irma, mi novia, había quedado embarazada.

No lo supimos por un test de embarazo, sino por múltiples y hoscos indicios corporales, uno de los cuales era el evidente retraso en la menstruación. Ella tenía periodos irregulares, pero ya llevaba casi dos meses desde su última regla. Cada día de esos dos meses fue un ahogo eterno y sordo. Ninguno de los dos podía dormir. Yo llegaba a su casa con la esperanza de que me dijera: “ya está, hoy me vino”. Pero cada vez que tocaba el timbre, sabía que esa noticia liberadora no había llegado. Mientras esperaba que Irma abriera la puerta, escuchaba sus pasos del otro lado, deducía –por la demora en abrir o por la rigidez de su caminar- que las novedades no se habían presentado.

Una pareja sensata no daría tantas vueltas y se compraría un test de embarazo. Sin embargo, nosotros teníamos terror de enfrentar la realidad y, por eso, no nos animábamos a tentar a la certeza definitiva. El cóctel de adrenalina, insomnio e inapetencia que nos generaba ese suspenso nos parecía mucho más tolerable que la concluyente prueba de embarazo: porque la duda todavía deja espacio para el no. Era como recibir un regalo y no abrirlo nunca.

Sin embargo, no fue por el embarazo que, finalmente, ella tuvo que hacerse un test. Durante esos días oscuros – literalmente oscuros: de un crudo otoño, con tormentas y viento frío- Irma comenzó a sentir un insoportable dolor abdominal. No contábamos con obra social ni dinero, así que fuimos al hospital y, gracias a las influencias de un par de amigos, le hicieron rápidamente una tomografía.

Ninguna breve descripción del hospital, ni de esa noche en la cual estuvimos esperando a que nos atendiera una doctora de guardia, puede expresar el húmedo terror que sentíamos. La sala de espera estaba casi a oscuras. A nuestro alrededor había muchas mujeres embarazadas. Mujeres pobres, que traían niños pequeños envueltos en mantas andrajosas y que estaban por dar a luz o que necesitaban hacerse un control urgente por algún problema durante el embarazo. La espera de la ginecóloga de guardia iba a durar muchas horas.

El hospital quedaba lejos de nuestras casas, y ninguno de los dos tenía dinero, ni vehículos, ni teléfono. No habíamos cenado y –se podía prever por el llanto de los niños pequeños sumado a nuestro nerviosismo- no íbamos a poder dormir. “Voy a mi casa y te traigo algo de cenar”, le dije a Irma. Aceptó. En ese momento eran las diez y media de la noche, y la lluvia había amainado bastante.

Caminé todas las cuadras de calles sin luz, solo, mal dormido y con hambre. Llegué a casa. Mi padre estaba mirando un programa de televisión. Un programa de día de semana, de rutina nocturna, de sobremesa. Su mundo continuaba igual que siempre, mientras el mío era arrebatado por una incipiente e indefensa criatura que me exigiría cuidados para toda la vida. En ese momento me di cuenta de que las cosas terribles son aun más crueles porque el resto del mundo sigue su marcha indiferente.

Le comenté a mi padre lo que había pasado. “Está embarazada, Jorge”, me dijo, sin dejar de ver el programa. “A esta edad, tener un hijo es cagarse la vida”. Fue poco lo que pude comer. Hice un paquetito con algunas porciones de tarta y emprendí el viaje caminando, de vuelta, hacia el pavoroso hospital.

Cuando está por ocurrir algo terrible, algunas personas toman decisiones tajantes y definitivas. Yo tiendo a escapar. Tiendo a perderme en un recuerdo o en alguna actividad de esas que sirven para desconectarse del mundo. En la trayectoria hacia el hospital encontré una casa de videojuegos. Tenía una única moneda de veinticinco, así que compré una ficha. La deposité en una maquinita que me gustaba.

El juego consistía en un personaje, visto desde arriba, que adquiría habilidades, herramientas y armas para avanzar de nivel. Yo ya dominaba bastante bien las técnicas para matar a los monstruos y casi nada me sorprendía. Excepto un par de cosas.

Cada cual encuentra sus oráculos donde puede, con las escasas chances de predicción que le ofrecela porción de realidad que le toca ver. Ese juego, esa noche, en ese lugar, fue mi oráculo.

Para que un oráculo funcione, hay que hacer una pregunta. La pregunta que le hice al juego fue: “¿Está embarazada Irma?”. La respuesta la iba a encontrar en uno de los pocos capítulos del juego librados al azar: la selección de armas. Cuando se mataba a un enemigo, en determinado lugar, aparecía un arma. El arma podía ser “FLAME” o “SUPERBALL”. Pero sólo podía saberse qué era el arma cuando uno la levantaba del suelo. No antes. Con esos raros elementos yo había construido mi oráculo: si el arma era “FLAME”, Irma estaba embarazada. Si el arma era “SUPERBALL”, no. La respuesta del oráculo reforzó aun más mis temores: levanté el arma del suelo y resultó ser “FLAME”. Demasiados indicios en mi destino.

El juego se terminó y volví a la calle. El cielo estaba rojizo y ahora, la lluvia había cedido su lugar al viento, que traía un tibio aroma de agua y tierra húmeda y me recordaba a la playa. Cuando llegué al hospital, la noticia –que yo ya sabía de antemano gracias a mi oráculo- estaba confirmada:

- Me vio la doctora, Jorge. Vio la ecografía. Estoy embarazada.

Así me lo dijo Irma de entrada. Luego me contó los detalles. La doctora de guardia hacía entrar de a dos o tres embarazadas; las maltrataba; a algunas les decía “no terminaste de parir uno y ya fabricaste otro”. A todas les daba el mismo diagnóstico, de mala manera y casi sin mirar la ecografía: “Queridas, si cogen sin forro, ¿qué creen que les puede pasar?”. La doctora no respondía preguntas, ni reconfortaba, ni recetaba. Estaba convencida de que la crueldad y el enojo eran los únicos medios para comunicarse con esos despojos humanos que eran las pacientes. Irma quiso preguntarle por los dolores en el abdomen, y la mujer dijo: “El embarazo es sufrimiento y dolor, querida, no es joda”. Mientras estábamos en la sala e Irma me contaba esto, la doctora salió de su consultorio y dijo con una leve sonrisa y voz pausada: “Habría que coserles la concha para que dejen de parir"

Irma se puso a llorar. Nos quedamos abrazados, los dos, en la sala de espera, con una noticia que acababa de destrozar nuestras vidas. Ninguno de los dos tenía casa ni trabajo, y ni lejanamente existía la posibilidad de conseguir cualquiera de los dos.

Después del llanto y la desazón, sin embargo, decidimos tomar una medida. Como no nos había gustado el trato de la doctora, esperamos a que cambiara de guardia. Eran las dos de la mañana y a las seis venía otro médico. Aferrándonos a una esperanza mínima y absurda, decidimos que el doctor de la guardia siguiente debía ver los resultados.

No tengo recuerdos precisos de esas cuatro horas. Sé que conté chistes para reconfortarnos, que volvió a llover, que las paredes vidriadas de la sala de espera se crispaban con la violencia del temporal, que al fondo del pasillo dormía un indigente y que una mujer gimoteaba y se agarraba la cabeza. Nos acompañaba la monotonía de los moribundos con olor a alcohol. Pudimos dormir un poco, hasta que nos llamó la voz del nuevo doctor de la guardia.

El médico era muy joven y amable. Cuando nos vio y le contamos que la otra doctora nos había atendido muy mal, él dijo con toda naturalidad: “no me extraña de ella”. En un segundo, nada más que en un segundo, miró la ecografía y dictaminó sin vacilar:

- Chicos, respiren tranquilos. No está embarazada. El dolor de abdomen se debe a… estreñimiento.

Bastaron esas palabras para que, minutos después, ella tuviera la menstruación que se había venido retrasando.

***

Hoy, quince años después de este suceso, me entero de que voy a ser padre. Mi mujer sigue siendo la misma novia de esa época: Irma. Hoy tengo un buen trabajo, obra social, he terminado una carrera, tengo intenciones de comprarme una casa y por fin viene en camino nuestro hijo. En aquel entonces su existencia anunciaba el peor de los problemas, y hoy es un suceso esperado con alegría, entusiasmo y ansiedad. A veces creo que fue decisión de él no haber venido en ese momento y esperar a que las condiciones se dieran a su favor.

Pero también creo que esos dos meses de nerviosa espera del año mil novecientos noventa y tres, y esa noche de tormenta en el hospital, me mostraron algo curioso sobre mi persona: yo no era capaz de abandonar a una mujer. No pertenecía a la raza de quienes huyen despavoridos ante la sola posibilidad de la peor de las noticias. No me fui del lado de Irma; incluso me sentí en la obligación –en esas breves cuatro horas de espera nocturna en las que nuestro mundo se había acabado para siempre- de levantarle el ánimo a esa mujer que seis meses antes era una desconocida, y de mirar para adelante.

Ni siquiera me escapé, en verdad, cuando entré a la sala de videojuegos. Allí fui en busca de una respuesta. Una respuesta crucial en un oráculo modesto.

Cuando levanté el arma, decía “FLAME”, lo que –según mi pregunta- significaba “Irma está embarazada”. Pero Irma no estuvo embarazada en ese momento, sino ahora, quince años después.

En aquel momento, cuando hice la pregunta, yo estaba atravesando el nivel quince del juego.

Los oráculos jamás se equivocan; somos los hombres quienes leemos erróneamente sus sentencias.

martes, 15 de abril de 2008

Un número en la aritmética divina, segunda parte.

[Este texto sólo tiene sentido si se lee la primera parte]


Apenas dichas estas palabras, irrumpieron en mi cabaña los guardianes acompañados por dos de los patriarcas. Venían a hacer cumplir la próxima decisión del Consejo. Los patriarcas se disculparon ante mí y expusieron sus razones: “Heinrich, es usted un hombre honorable” dijeron. “Tenga a bien permitirnos ejecutar la decisión del Consejo: San Juan Segundo permanecerá encadenado y obrará milagros sólo bajo nuestras órdenes”. Entonces, sin esperar mi respuesta, los guardianes fueron a la habitación y maniataron al Milagroso, quien no opuso resistencia. “Si logras que durante esta noche y durante el día siguiente no haya nubes en el cielo, te concederemos la libertad. Si no lo logras, morirás mañana al mediodía”, le comunicó uno de los guardianes. “Honorables Señores, yo no decido el milagro, ni el cuándo ni el cómo. Apenas soy un ejecutor de ciertas precarias combinaciones. El milagro nace sin que yo lo prepare”. Desde el este comenzó a aullar un viento de voces desesperadas y de carne quemada; un coro fétido de gritos abollados por la angustia, las alturas, las distancias y la bruma helada de las montañas. Los muertos de la peste, apilados para la pira, en las no muy lejanas regiones del este y del sur, seguían quejándose por el dolor en sus bubones. El Milagroso aceptó estar encadenado y dijo “tened a bien que este hombre honorable ejecute el milagro”, mientras me señalaba con su rostro. Los dos patriarcas me miraron y discutieron durante algunos segundos. “Dejadme a solas con el benemérito Heinrich”, dijo. Los guardias salieron de mi casa, pero los dos patriarcas no hicieron caso. “Los milagros son el juego de las artes combinatorias. Si unes un caballo y una gallina, ¿qué creéis que saldrá de esa unión? ¿Podéis predecirlo? La naturaleza no realiza por sí sola esa maravilla, pero ¿qué sucede si forzamos esa combinación? Podríamos estar combinando leyes cuyos resultados se transmitan a los cielos y a las grandes distancias.” El Milagroso hablaba sin mirarnos a los ojos, como si ya no estuviésemos allí. “Y si luego combinas el vino con el aceite y la leche, y lo arrojas todo al fuego, ¿no creéis que, combinado con la cruza entre el caballo y la gallina, sería un desafío muy grande para las leyes del mundo? Siempre he sospechado que Dios creó unas leyes toscas y simples que guían el curso de las cosas naturales. Pero esas leyes no prevén la acción de los hombres: el mundo cederá si no respetamos la Divina Legalidad. De lo que haya de razón, puede surgir otra cosa de razón. Pero de lo absurdo, mi querido Heinrich, puedes esperar cualquier cosa. Incluso la razón.”

En ese momento, El Milagroso me dio instrucciones precisas, las cuales debía ejecutar “en el momento exacto”

Las nubes habían hecho su aldea en el cielo y ahora definitivamente la suerte de San Juan Segundo parecía estar sellada. “Si me atáis las manos, ejecutad, por amor de Dios, lo que os digo. Traed una enorme marmita. Llenadla de sal, de agua, de vino, de aceite. Vaciad en ella los alimentos de todo el pueblo. Calentad todo a fuego de brasa. Vaciad en ella perfumes, licores, jabones. Colocad alrededor de la marmita una corona de flores. Todo lo que para vosotros tenga algún valor debe estar dentro de la marmita, y esta deberá arder al menos por cuatro horas con fuego vivo.”

Los patriarcas hicieron caso a sus pedidos. Libros, enseres, joyas y ropas formaron parte del extraño brebaje. Algunos se deshicieron de todas sus pertenencias y quedaron desnudos frente al helado clima. Después de una hora vimos vapores verdes que subían por los aires y se escapaban en dirección al oeste, llevados por los vientos. Las nubes comenzaron a agrietarse, como si una mano invisible las corriera y dejara espacios entre ellas. Por la tarde los huecos azules eran más grandes que las nubes y la intensidad del viento había disminuido. El milagro había sido ejecutado.

Los patriarcas, todavía cautelosos, fueron a ver al Milagroso y a consultarle por esta nueva maravilla. Pero con horror descubrieron que San Juan Segundo, atado en el fondo del calabozo, no podía hablar. Su lengua, su rostro y sus manos se habían vuelto moradas. Con un oportuno presentimiento, fueron a la caballeriza y vieron a sus dos canes retorciéndose en el piso, con la boca abierta y con sus lenguas negras chorreando una saliva sanguinolenta. “Ha traído la peste negra”, declararon. Dos sacerdotes encendieron una pira alrededor de los canes y los quemaron aun antes de que murieran. Los animales gruñían como niños agonizantes mientras sus carnes desaparecían entre las llamas. A San Juan Segundo lo dejaron en el calabozo sin que hubieran decidido aun qué hacer con él. Nosotros, desesperados, nos derrumbamos frente al templo para pedir por nuestros hijos. Lloramos de horror ante la terrible noche que se avecinaba, pues seguramente El Milagroso ya nos había transmitido la enfermedad.

Durante la inhóspita madrugada fui al calabozo. San Juan Segundo respiraba con dificultad y ya conocíamos que no iba a ver el amanecer. Su cuerpo estaba hinchado y morado; los ojos abiertos se disipaban en la techumbre y no veían. Con todo, quería decirme algo. Acerqué el oído a su boca infectada y me dijo: “la peste es parte del milagro, mi señor Heinrich”

Al día siguiente todos comenzaron a morir. Sus cuerpos palidecían; la fiebre los acababa y en pocas horas se volvían morados. Vi a mi propia familia convertirse en un ejército de ángeles negros. Uno a uno fueron muriendo todos en el pueblo. Hombres, mujeres, niños, ovejas, gallinas y aves. Incluso los somormujos rezagados que pasaban volando por nuestro pueblo caían muertos. Sólo hubo un sobreviviente.

He esperado cuatro días. He dejado a los cuerpos pudrirse en sus camas, en el suelo, en el campo. El viento del este ya no trae el grito de los moribundos. He tenido que comer de los animales infectados para sobrevivir, pero ya falta poco para no necesitar de la comida. Este es el momento en que debo ejecutar la segunda parte del hechizo.

Recosté en sus camas a cada uno de mis conciudadanos muertos y dejé para el último momento el cuerpo del Milagroso, al cual puse en el sucio suelo de la plaza. El frío ha crecido y se acercan nubes de ventisca interminable. Los naipes con el arcano de la muerte están diseminados por toda la aldea como una huella divina de la terrible enfermedad. Los aros atravesados, miles de palomas negras, monedas de oro y un manto negro gigante. Pienso exasperar las leyes de Dios para que se obre el milagro completo, según las instrucciones del emérito San Juan Segundo. Por eso, después de diseminar pétalos de lavanda por toda la extensión del manto negro que cubre a las palomas, los naipes, los aros y las monedas; levanté el manto y El Milagroso se movió, con los miembros fríos, blancos y endurecidos. Sus ojos parecían no mirar, y de su boca sólo salían gruñidos largos y babeantes. Estuvo así un largo tiempo, hasta que su garganta dejó de roncar. Con la noche absoluta, oscura de tormentas, dijo las primeras palabras:

- Ahora, Heinrich. Dios se ha confundido.

Eso era: el milagro de la resurrección se había operado. Pero Dios no lo había previsto; lo habíamos engañado y ahora, mientras Su Divina Voluntad desenredaba los hilos de ese truco, debíamos aprovechar su confusión.

Después de una pausa, me dijo:

- No temas a la ira divina. Desafiamos sus cálculos y ahora quedamos al margen de ellos. Nos hemos convertido en tránsfugas de la vida y la muerte; ya no somos más un número de la aritmética universal. Dios no se fijará más en ti, ni en mí, ni en el ejército de rígidos y pálidos no-muertos que vamos a levantar y que van a ser nuestros esclavos por la eternidad. Ellos, a diferencia de ti y de mi, no podrán hablar, serán torpes para moverse, casi ciegos y no recordarán lo que han sido en vida. A veces desobedecerán nuestras órdenes para llorar o gritar de desesperación, como si una brizna de nostalgia se despertara en ellos. Pero no más, pues serán leales por siempre.


Debajo del enorme manto negro que cubría a los cuerpos en la plaza, comenzaron a escucharse los primeros roncos gritos.

miércoles, 9 de abril de 2008

Un número en la aritmética divina, primera parte.

[Esta historia será presentada en dos partes]

El día de gracia del veintisiete de febrero de mil trescientos cuarenta y ocho, cuando el sol se derrumbaba a través de las montañas heladas y el humo de las chimeneas hacía juegos con los reflejos del sol en el hielo de las cumbres, llegó a nuestra aldea el milagroso San Juan Segundo. Teníamos el temor de la peste negra que, desde dos años atrás, venía asolando la región este y sur de Europa. Diezmados, los habitantes de los grandes y legendarios pueblos de Oriente huían con la mirada perdida y las ropas andrajosas, hasta llegar a las tierras de Prusia donde morían y propagaban el mal. Nuestro pequeño pueblo, afincado al pie de los montes interminables, todavía no tenía noticias cercanas del violento castigo del Dios, excepto por un leve temblor en la tierra y por el mensaje del viento. San Juan Segundo llegaba a los pueblos y obraba milagros, y teníamos la esperanza de que su presencia alejara la Peste de nuestro pueblo. El Milagroso tenía una barba larga, con hebras rojizas y blancas. Sus ojos solían perderse en la distancia, en el fondo pardo y celeste de las montañas. En los pies apenas calzados con sandalias de cuero se veían las torturas de la gota. Venía caminando lento, con sus dos canes de custodia y de única compañía. El día era propicio para los milagros: llevábamos casi un mes sin ver el sol y éste había sido el primer atardecer radiante. Además, hoy se habían detenido los fuertes vientos del Este, que hacían silbar a las montañas y que traían las voces de los moribundos.

Lo primero que hizo el Milagroso fue pedir una pequeña marmita con agua caliente y sal, para remojar sus pies hinchados. Luego pidió comida para sus canes y agua fresca para él. Yo le concedí que se aposentara en mi casa, con mi familia y él lo aceptó de buen grado. Esa noche cenamos frugalmente y nos acostamos temprano. Casi no tuvimos conversaciones durante la comida. Después acomodó sus bolsos al pie de la cama, se acostó quitándose las sandalias pero no la ropa y se durmió de inmediato.

La Divinidad envía señales cada vez que está a punto de actuar: el día siguiente no sólo fue el más luminoso que recordáramos; también hubo una brisa del oeste que traía aromas a incienso y a frutas. Casi todos los vecinos se acercaron a nuestra finca al amanecer, para recibir las maravillas de San Juan Segundo. El Milagroso, sin embargo, durmió hasta muy entrada la mañana. Se despertó después de un bostezo y permaneció en la cama, en silencio, por unos minutos. Yo podía verlo a través de la mirilla de la ventana. Con poca decisión se puso de pie, se calzó, salió de la habitación y les comunicó a los visitantes una noticia que habría de defraudarlos: él no tenía ningún poder sobre los milagros que ejecutaba. Sin embargo prometió que sus próximas maravillas iban a manifestar el poder de Dios en el hombre. Pidió que le alcanzaran sus bolsos y se dirigió hacia la plaza. Una vez allí se paró sobre una enorme piedra y nos mostró lo que sin dudas era una señal divina: comenzó a ondear un pañuelo, lo estrujó varias veces con sus dos manos y de pronto apareció una paloma negra, como si hasta ese momento hubiera estado oculta en el aire. La paloma tomó vuelo y se perdió en dirección al oeste. Después de manifestar nuestro asombro, el Milagroso sacó de su bolso un naipe hecho con cortezas de pino. En el naipe se veía la carta sin nombre: el arcano número trece, la muerte. Luego rompió en pedazos el naipe y arrojó los fragmentos en una bolsa de cuero que traía uno de los presentes. Entonces pidió a una persona cualquiera que sacara los fragmentos, y he ahí que dentro de la bolsa los fragmentos se habían unido: vi con mis propios ojos que el naipe estaba nuevamente íntegro.

Cuando se acercaba el mediodía, nuevas nubes muy oscuras comenzaron a disputarse el cielo. Algunos de nosotros, influidos quizás por esa señal y por otro leve temblor de la tierra, quisimos sospechar del Milagroso: ¿cómo no confundirlo con un brujo? ¿Por qué Dios había querido unir el naipe mudo y macabro que representa a la muerte, y no quizás el naipe de la Templanza o el Papa? ¿Por qué Dios había hecho aparecer una paloma negra? Yo me entristecí por el destino de mi familia, porque la presencia de un brujo en el pueblo habría de ser un hecho tan nefasto como la peste misma.

Uno de los presentes le pidió al Milagroso (si es que de verdad era el Milagroso) que no se valiera de la oscuridad para ejecutar los milagros. Si de verdad era Dios quien actuaba por intermedio de sus manos, ¿qué necesidad tenía de utilizar bolsas y pañuelos para ocultar el preciso instante en que la Divinidad obraba su creación? San Juan Segundo dijo, entonces: “Los milagros no están sujetos a mi capricho. Si no se hacen así, no ocurren. Yo no entiendo ni interrogo las obras de Dios, sólo las ejecuto”. Entonces, para quitar nuestros temores, continuó con otra maravilla. Dio un pequeño salto y se mantuvo en el aire por unos segundos, a cinco o seis pies del suelo. Cayó con lentitud, como si lo sostuviera una mano invisible. Luego, sacó de su bolso cinco aros de un metal reluciente y los atravesó con pequeños golpes, de modo que quedaban unidos como en una cadena. Finalmente, con otros leves golpes deshacía la unión y no era posible encontrar la abertura por la cual habían sido unidos.

Ya el cielo estaba otra vez cubierto y muchos de nosotros fluctuábamos entre el desconcierto y el asombro. El desconcierto, porque había algo en los milagros que lo volvía muy sospechoso. Un joven del pueblo le alcanzó a San Juan una cadena de hierro y el Milagroso no fue capaz de deshacer los eslabones. “Yo no decido cuándo ni cómo va a ocurrir el milagro”, se defendía. Le pedimos más milagros y él sólo dijo que estaba cansado, que quizás más tarde. Se bajó de la piedra, se abrió paso entre la multitud y entró en mi cabaña para recostarse.

El desconcierto fue ganando espacio y los patriarcas, sin duda influidos por el temor a los temblores y a los nuevos anuncios del cielo, decidieron desterrar al Milagroso. En una improvisada reunión alrededor de la piedra de la plaza, dictaminaron que San Juan Segundo debía marcharse a la mañana siguiente, con sus bolsos y sus canes, aun cuando una repentina nieve o los vientos le dificultaran el paso. Es verdad que no podíamos arriesgarnos. Acechados por la peste y por el invierno, no parecía sensato agregar además la acción de un posible hechicero.

Esa misma tarde los patriarcas fueron sorprendidos por una extraña noticia. Un joven hacendado, a quien desde el verano anterior le crecían enormes bubones en el cuerpo, llegó corriendo al pueblo para decir que estaba curado: los bubones habían desaparecido de un día para el otro. El joven había perdido la barba, y según decía, tampoco podía tener más hijos. Los patriarcas entendieron que se había obrado el milagro de volver el tiempo atrás: Dios le había quitado la enfermedad a este joven, pero también la barba y el semen. Era otra vez niño.

Unos minutos después me marché del Consejo. Los patriarcas seguramente iban a revisar el fallo y discutirían quizás el resto de la tarde. Yo regresé a mi cabaña. En la habitación, el Milagroso estaba recostado, con los ojos abiertos. “Heinrich, mi hospitalario señor”, me dijo. Me acerqué al pie del catre. “Ahora está cayendo la tarde, y ese es un milagro que se repite de manera tan cotidiana que no podemos apreciarlo”. Le pregunté si se sentía bien, si deseaba beber o comer algo. Él se levantó de pronto y se sentó en el catre con los pies sobre el suelo. Tomó una de las alforjas que habían quedado a un costado y sacó un pañuelo. Era el mismo pañuelo con el que había obrado el milagro de la paloma. “Algunas veces ha fallado, y yo no me lo explico. Siempre estoy pendiente de que el Señor me abandone, y sin embargo, aunque la fe no esté en mí, el milagro vuelve”. Agitó el pañuelo varias veces y desde adentro de la alforja vi salir la paloma. “La traigo siempre conmigo. Sale volando y vuelve a la alforja. Puedo hacer que aparezca una paloma con agitar un pañuelo, pero para eso necesito que Dios me haya dispensado de una paloma y de un pañuelo. En eso consiste el milagro, en la correcta conjunción de los dos elementos”. Mientras San Juan Segundo hablaba, yo había perdido mi mirada en el horizonte, luminoso y horrífico, por donde se colaba una hilacha del crepúsculo tormentoso. “Puedo realizar el milagro de la levitación, gracias a una disciplina de gimnasia espartana que me ayuda a asirme del aire”. Pensé: la Peste no vendrá con el frío ni con los vientos. No vendrá con lluvias ni con señales nefastas. La peste llegará silenciosa, un día cualquiera. “También puedo hacer que dos aros se atraviesen... Sólo si ya fueron atravesados una vez. Entonces opero el milagro de reunirlos”. San Juan Segundo me dirigió la vista, y con sus ojos reclamaba una atención especial. “Todo lo que hago es operar con las leyes que Dios nos dejó en el mundo. A veces ejecuto acciones que responden a leyes que desconozco, y a veces esas leyes desconocidas me dictan cómo debo manipularlas”. Guardó el pañuelo y comenzó a hablar con una voz cavernosa, como de oráculo. “Un milagro es la transgresión de las leyes del mundo. ¡Pero decir esto es absurdo, porque nadie conoce las leyes que operan en el mundo! ¿Cómo entonces saber si las estamos transgrediendo o no? Si los muertos resucitan, ¿es esto una transgresión, o es parte de una ley que todavía no hemos aprendido?”. Sacó de una alforja un juego de naipes: en todos ellos estaba representada la Muerte. “Yo prefiero creer que todo es un milagro. El sol que se está poniendo en el horizonte sigue una ley: va de este a oeste. Es parte de la obra de Dios, y por eso es un milagro”. Rompió un naipe, y escondió otro en una pequeña bolsa. “Pero a veces los milagros no son tan predecibles”. Abrió la bolsa y dejó ver el naipe de la muerte, íntegro. “A veces los hechos parecen transgredir incluso las leyes esperables y más cotidianas”. Cerró nuevamente la bolsa, con el naipe íntegro dentro, y volvió a abrirla. De su interior salió una paloma negra. “Si se combinan las combinaciones, y nuevamente las vuelves a combinar, no es posible prever el resultado”. Con la bolsa en la mano, se puso de pie y dio un pequeño salto. Se mantuvo en el aire durante unos quince segundos. En ese tiempo, agitó la bolsa varias veces, luego volvió a abrirla y de su interior cayeron cientos de enormes monedas doradas. “Y si luego vuelves a combinar todas las combinaciones ya hechas, y las nuevas combinaciones que surgieron de las anteriores, quizás Dios se vea forzado a intervenir, agregando objetos o acciones, para que el sistema de leyes del Mundo no se desequilibre”. Recogió las monedas, volvió a guardarlas en la pequeña bolsa, volvió a saltar (esta vez con la bolsa en una mano y con tres aros en la otra), abrió la bolsa y de su interior salieron docenas de palomas negras, que revolotearon desesperadas por la habitación hasta encontrar la ventana. “Ahora bien, debemos aprender cómo dirigir los milagros. ¿Por qué salieron palomas esta vez, y monedas la otra? Si Dios quisiera, ¿podría hacer que de mi bolsa salgan la dicha y la sabiduría? ¿Qué combinación deberemos realizar para que el Señor nos conceda una vida venturosa?”


[Esta historia continuará]

sábado, 8 de marzo de 2008

Diálogo entre Yo y Yo

Y - Señor Mux, se está demorando más de lo pactado... ¿Es que ya no piensa darle continuidad a este blog? ¿Acaso cree que lo hecho es suficiente?

Y - De ninguna manera. Existen excusas muy razonables por las cuales sólo podemos entregar este texto autorreferente y lavado. Una de esas excusas, si me permite, es que no puedo encontrar las palabras adecuadas. Lo cual, según tengo entendido, es una actividad que nos corresponde a ambos.

Y - Es verdad; parece que la imposibilidad de una sintaxis aceptable y la poca coordinación de un cierto cúmulo de ideas hacen que todo el intento se vea entorpecido. ¿Qué hay de esa historia de los mozos?

Y- Los mozos tendrán su historia.

Y - Cuéntemela un poco. Recuerde que nos están leyendo. Pocos, pero nos están leyendo.

Y - Bueno, la idea es más o menos así: en los años que trabajo como disc jockey, descubrí que en la mayoría de los servicios de lunch, los mozos son despreciables. Casi nunca me dan de comer, y parece que se ofendieran si les pido un vaso con agua.

Y - Si me permite, don Mux, parece una historia en la que se cuenta una experiencia sumamente biográfica y poco interesante. ¿Pensaba desarrollarla, o acaso eso era todo?

Y - Se me había ocurrido contar casos concretos y centrarme, principalmente, en las pequeñas alianzas y negociaciones que debo hacer en una fiesta para poder comer algo.

Y - Olvide ese tema, por ahora. Hay otros.

Y - Sí. El del niño pequeño que se ríe por la noche. Y el padre descubre que el niño habla con otro niño -invisible- que está en el cielo raso. Una pequeña historia de terror con un final escalofriante.

Y - Recuerde que no puede engañarme, don Mux. Yo conozco esas historias y, si algo sé, es que ninguna de las que me ha contado tiene un final. En muchos casos, sus finales van surgiendo a medida que se desarrolla la trama. Como si el tejido narrativo le diera pistas acerca de sus posibles desenlaces. Ahora bien, ¿cuáles son sus excusas por no haber publicado a tiempo? ¿No es que usted iba a publicar un texto por semana?

Y - Necesariamente, esa promesa iba a romperse algún día. La excusa es muy simple: las tramas están allí, esperando a ser desarrolladas. Pero falta cierta disposición mental para ello. Es como si en este tiempo me hubiera invadido una parálisis conceptual. Por ejemplo, no sé cómo encuadrar la historia de los mozos. ¿Comienzo contando mi trabajo como disc jockey, otra vez? ¿O simplemente hablo desde una tercera persona que observa cómo me tratan los mozos? ¿O doy una descripción más o menos detallada de cada uno de los trabajadores de una fiesta (el fotógrafo, el camarógrafo, la decoradora) hasta llegar a los más despreciables (los mozos)?


Y - Le puedo dar algunas sugerencias, señor Mux. Usted sabe cómo se arma la historia: se comienza de cualquier manera; todas las opciones que propone son válidas. Lo importante es que haya... ¿cómo lo llamaríamos?...

Y- Sí, ya sé. Usted se refiere al lubricante.

Y- Exactamente. El lubricante narrativo. Lo que hace que, después de las primeras palabras, la sucesión narrativa se desprenda necesariamente, como una catarata deductiva. Como si cada oración escrita dictara la siguiente. Pero, ¿En qué consiste ese lubricante? ¿por qué no lo tenemos ahora?

Y- Ese lubricante tiene al menos dos componentes. Uno de ellos está en el escrito mismo. A veces, hay sintaxis tan trabadas e ideas tan oscuras que no permiten el correcto funcionamiento de esa hermosa mecánica de la fluidez narrativa. Por eso, he comenzado muchas historias que luego no pude continuar.

Y- ¿Y el segundo componente?

Y - Bueno, el segundo es una mezcla de muchos ingredientes. A veces me siento frente a la computadora con un poco de hambre, de sueño o -lo más frecuente- mareos y calor. A veces tocan mucho el timbre. A veces -como me pasa ahora- estoy esperando que se consume una decisión laboral que no depende de mí, pero que me tiene en un estado de ansiosa incertidumbre. A veces tengo tantas ganas de jugar a video juegos que cualquier otra actividad queda en suspenso. Todo eso me distrae. Para poder contar una historia necesito de cierta capacidad de evadirme de mis ansiedades. Y cuando el mundo está demasiado presente, cada palabra que escribo es trabajosa y difícil.

Y- Señor Mux, todo lo que ha dicho es sumamente trillado. ¿Se da cuenta?

Y - Claro que me doy cuenta. Es que ahora estoy, justamente, en un periodo sin lubricante. Mis sensores anti- perogrullo están en baja actividad.

Y - De todos modos es extraño, porque aquí, en este diálogo, podemos darnos cuenta de que todo es trillado. ¿Verdad? Si nos damos cuenta, podríamos no decirlo. O borrarlo.

Y - No tiene sentido borrarlo. Estamos mostrando cómo funciona -de acuerdo a nuestro punto de vista- un proceso mental. Si borramos las partes que no nos gustan, estaríamos omitiendo puntos importantes. Pero usted me entiende, no me ponga en aprietos.

Y - No lo pongo en aprietos, pero ya me estoy hartando. ¿No siente el calor? ¿El mareo? ¿El deseo incontenible de dejar de ser Jorge Mux por un rato, o para siempre? ¿Por qué tenemos que estar atrapados en esta personalidad polarizada y neurótica?

Y - Odio la voz zumbona y moralista de Jorge Mux. De hecho, este texto lo hicimos porque él se sentía en falta con su blog. Mux actúa compulsivamente y movido por la culpa. Esa manera de ser ya me tiene harto.

Y - Hagamos una cosa. Dejemos de escribir y que él se las arregle. No salgamos a defenderlo. ¿Cómo va a justificar este diálogo absurdo entre dos partes de su múltiple esquizofrenia?

Y - De acuerdo. Volvamos a ser un silencioso uno.

viernes, 22 de febrero de 2008

Una visita a mis mayores

Mi árbol genealógico es un torturado laberinto de enfermedades inverosímiles. Desde hace cuatro generaciones, el material genético que corre por mis venas se ha venido enrareciendo; contaminándose con otras sangres de contenido nefasto. Una breve ojeada por las ramas de mis ascendientes me sirve para especular sobre el futuro. Sobre ese futuro que no es mío, que no he elegido, pero que está escrito en cada célula de mi cuerpo.

Veamos.

1.

Un retraído y muy enfermizo tatarabuelo paterno, muerto a los cuarenta y cinco por una imprevista crisis epiléptica. Su esposa, mi tatarabuela, muerta a los noventa y ocho. Durante los últimos setenta años de su vida soportó de parálisis invasiva en los brazos. Tuvo breves ataques de una enfermedad no diagnosticada que bien pudo ser psicosis. Por la parálisis, no pudo hacer las tareas de la casa, ni cargar a sus cinco hijos. Uno de esos hijos fue mi bisabuelo. El bisabuelo, a pesar de todo, creció sano y fuerte. Se hizo investigador de los secretos del mar y a los veinticuatro se casó con mi bisabuela. A los treinta se recluyó en un galponcito al fondo de la casa y ya no volvió a salir. Hoy diríamos que tenía esquizofrenia. Murió a los cuarenta y siete años. Sus hermanos –dos varones y dos mujeres, cuyos nombres no constan en la memoria de los últimos eslabones de esta vaga cadena- padecieron de suertes heredadas: tuvieron esquizofrenia y psicosis, respectivamente. O ambos, los cuatro. Ninguno de ellos vivió bastante, y sus breves existencias –imagino- transcurrieron entre delirios horrendos y desollados gritos en mitad de la noche.

Y, ¿qué venía sucediendo por el lado de mi madre? Veamos. No tengo registro de mis tatarabuelos, pero sí de bisabuelos: la nona padeció las secuelas de un virus que había contraído de joven: era sorda. Pero eso no me interesa, porque su sordera no era genética. A los cincuenta años, más o menos, se le cayeron todos los dientes y comenzaron a disolvérsele algunos cartílagos. Su nariz era como la de un boxeador, y sus inútiles orejas pendían como colgajos purulentos. Mi bisabuelo no perdió el tiempo: a los cincuenta y seis, después de un breve período de depresión, se suicidó tirándose de un barranco. Sus hijos –mis abuelos y tíos abuelos- padecieron toda clase de males mentales: depresión, oligofrenia, esquizofrenia y psicosis. Y muchos males físicos: piernas frágiles; problemas de coagulación en la sangre, repentina e inexplicable ceguera temporal, dolores de cabeza que se prolongaban por meses, teratomas.

Pero aun no he llegado a la parte de las enfermedades raras. Parece ser que los caminos genéticos se fueron confundiendo a medida que nos acercamos a mi generación. Parece que el entrecruzamiento de la información venenosa de los genes; su vampírica necesidad de manifestarse con una enfermedad devastadora, había sido encauzado por un lugar paradójico. Si he de creer en las historias que contaba mi padre, uno de los hermanos de mi abuelo tenía poderes mentales, y otro tenía un brazo súper desarrollado con el que hacía tareas de fuerza sobrehumana. Y tampoco ahora he contado enfermedades. Veamos por el lado de mi madre: mi abuela vivió –y vive aún- insomne. Es decir, no pega jamás –absolutamente nunca- un ojo. Mi abuelo cargó con la misma cruz de su padre y de su propio abuelo: gigantismo y demencia progresiva.

Y ahora más cerca: mi papá tiene lagrimales en las orejas; cada tanto se le forman membranas entre los dedos de los pies –como a un pato-; sus divertículos intestinales merecen aparecer en el libro Guinness y la piel se le cuartea hasta caérsele de una sola pieza, como si fuera un reptil. Los hombres anormales tienden a casarse con mujeres anómalas –de otra manera, habrían permanecido solteros-, así que mi madre lo acompaña en sus extravagancias: su cabello es verdoso –pero se lo tiñe de negro-; la última falange de sus dieciocho dedos se le cayó como un diente de leche cuando era muy chica y a veces, sin darse cuenta, construye sus frases con las letras de atrás hacia adelante, porque padece de una afección mental congénita y temporaria llamada pisolexia. Además, coqueteó con la depresión y la esquizofrenia.

Pero el cóctel más extraño y más sutil todavía no había sido preparado.

Para probar ese brebaje genético, debemos tomar por otro ramal y llegar hasta el punto culminante: mi primo Mario.

2

Mario tuvo grandes problemas desde su infancia por culpa de un exceso de imaginación. Era un niño sano, pero tenía la muy mala costumbre de inventar historias imposibles y creérselas. Quienes lo conocían por primera vez, pensaban que sus mentiras eran un juego bien elaborado. Pero con el tiempo se daban cuenta de que él vivía dentro de ese juego. Por esta razón, desde edad muy temprana mis tíos lo enviaron a un psicólogo. Siempre fue un niño pálido y enfermizo, como yo. Toda su infancia, y gran parte de la adolescencia, la pasó deambulando entre licenciados que le hacían preguntas sobre su vida. Como yo. Lo que más escandalizaba a mis tíos era la concisa respuesta de cada uno de los profesionales: el chico no tiene nada.

Hasta aquí, tenemos a un niño sano. Un niño sano que porta, padece y manifiesta la enfermedad más rara y sutil de la familia. Una enfermedad que sólo pudo descubrir una estudiante de literatura.

El chico se hizo grande. Y Mario, ya grande, con veintipico de años, fue testigo de un asesinato. No era el único testigo, así que fue citado a declarar junto con otras personas. Esa mañana fría de mayo lo acompañé al juzgado. De acuerdo a ciertos informes preliminares, no había duda de que el asesinato se había perpetrado con un cuchillo, en mitad de la calle, a causa de una riña a la salida de un local bailable. Pero Mario declaró lo que había visto: no hubo un asesinato. No recuerdo exactamente la extensa declaración de Mario, pero en esencia se decía algo como esto: la supuesta víctima jamás fue agredida: ella, en realidad, comenzó a flotar despacio, en mitad de la noche, y se fue alejando lentamente. Una nave espacial con forma de botella de Coca Cola la vino a buscar en el aire y luego, en Miami, fueron a la playa – la víctima y él, mi primo Mario- a buscar cangrejos peludos en la arena.

Los oficiales tomaron nota en silencio, pero un abogado que estaba allí presente no pudo evitar una intervención:

- Señor, ¿nos está tomando el pelo?

Mario lo miró enfurecido y se levantó, amagando como para irse. El abogado prosiguió, sorprendido:

- La declaración de los diez testigos concuerda en que el acusado le propinó dos puñaladas a la víctima. Lo que usted dice, en cambio, ni siquiera tiene sentido.

Sin mediar palabra, Mario se fue, ofendido de que no lo tomaran en serio. Por suerte para él, el incidente no pasó a mayores.

Pero Candela, la novia de Mario, pidió una copia de la declaración. Y después de un breve análisis de todo lo que Mario había dicho, concluyó:

- La historia que declaró nos da una pista interesante. Aunque un poco fantasiosa, es coherente y consistente. Excepto en un único punto: un tiempo verbal.

Como siempre me intrigaron los enigmas lingüísticos, le pedí que no me lo dijera. Leí la fotocopia con la transcripción textual y me avergoncé de no encontrar el verbo anómalo. Ella me propuso un juego:

- Si estuviste una vez en una playa, ¿cómo lo dirías?

- Bueno… “estuve en la playa”. – dije, sabiendo que era la respuesta más tonta del mundo.

- Exacto. Ahora mirá lo que dice aquí.

En la clara caligrafía de la fotocopia, la transcripción textual decía: “Y estaba en la playa”. Todavía no lo entendía.

- ¿Por qué estaba y no estuve? La respuesta es muy simple. ¿En qué circunstancias usamos el pretérito imperfecto en lugar del pretérito perfecto?

La respuesta era muy difícil de vislumbrar para mí.

- ¡Cuando se está soñando! Fijate, Jorge, ¿cómo contarías un sueño?: “Estaba en la playa, y venía una botella de cocacola, y nos llevaba a Miami…”. ¡Siempre con el pretérito imperfecto, con los verbos terminados en aba! En otras palabras, cada vez que a Mario lo acusan de tener un exceso de imaginación, en realidad está soñando. Ese solito tiempo verbal fue la pista onírica colada en medio de una declaración judicial.

Y resultó que todo lo que había especulado esta mujer –estudiante de literatura- fue cierto. Después de otros estudios médicos, confirmaron que Mario sufría de prolongadas narcolepsias: se quedaba dormido en cualquier lugar. Pero la narcolepsia se disparaba a la par con un sonambulismo perfecto. Por eso, se dormía mientras caminaba y hablaba, y seguía hablando dormido, caminando con los ojos abiertos, manteniendo un hilo en la conversación, respondiendo, mirando si pasaba un auto cuando llegaba a la esquina, saludando a los conocidos. Ni él, ni sus acompañantes, notaban que se había dormido, porque sus ojos y su estado de vigilia no se alteraban. Pero luego, cuando le preguntaban qué había estado haciendo y de qué había hablado, él no recordaba haber hablado o haber caminado: contaba lo que había estado soñando mientras dormía.

Los médicos predijeron algo muy extraño: Mario tendría ataques de narcolepsia sonámbula cada vez más frecuentes. Hasta que algún día quedaría completamente dormido y completamente ambulante. Es decir: para quienes lo rodearan – e incluso para sí mismo- nada habría cambiado. Pero él, aun siendo el mismo, ya no sería el mismo. Sería una especie de zombie de sí mismo, que, sin embargo, tendría su personalidad y viviría en su cuerpo. Pero el auténtico Mario estaría oculto bajo ese manto aparente; estaría durmiendo un sueño eterno lleno de imágenes oníricas.

3

Esta curiosa historia ha sido una buena manera de evitar hablar de mí. ¿Cómo llega hasta aquí este árbol genealógico? ¿Cuáles monstruos se esconden en mi sangre? ¿Qué nombre tiene la muerte agazapada dentro de mí, cuya voz escucho cada día latiendo en mi corazón? ¿Cuándo se desatará la enfermedad final? ¿Quién vendrá a atacarme a través de las décadas de maleza genealógica? ¿Mi bisabuelo esquizofrénico? ¿Mi abuela insomne? ¿Mi bisabuela sin orejas ni nariz? ¿O tendré la dicha de legarle a mis hijos la posibilidad de padecer una enfermedad nueva, escabrosa, indetectable e incurable?

¿Podrá algún lector perspicaz encontrar el verbo que delata la presencia de mi más absurda enfermedad?

jueves, 14 de febrero de 2008

El empleado ideal

1.

Durante el año 1994, mientras llevaba adelante la carrera de filosofía y me empecinaba en malgastar el dinero de mi padre en equipos para disc jockey, se me ocurrió buscar trabajo. “Se me ocurrió” es una manera elegante de decirlo; en verdad lo necesitaba y las bondades del menemismo me dejaban al menos dos certezas: la primera, de que con un título de profesor en filosofía nunca en la vida iba a conseguir empleo; y la segunda, de que todos los trabajos de mi vida serían mal pagos e ingratos. De modo que ya estaba preparado para lo peor.


Por aquella época, llegó a mi ciudad la gigantesca sucursal de una cadena de supermercados. Como desesperados reclutas, todos los que teníamos entre dieciocho y treinta años salimos a postularnos para cualquier humilde trabajito. Yo no fui la excepción. Envié mi curriculum y quince días después me llamaron para una entrevista. La notificación decía: “
Preséntese el lunes diez de agosto a las 08:00 hs. Sea puntual”. Un par de renglones antes de la firma del subgerente, estaba escrita la siguiente frase: “Conserve su buena presencia”.


Cuando llegué, descubrí que la noción de “puntualidad” de las grandes corporaciones es un tanto incierta. Yo no había sido el único en ser citado a esa hora esa mañana: éramos más de doscientos. Nos hicieron esperar en la calle, formando una fila doble. Después de casi dos horas de espera, comenzaron a llamarnos para la entrevista.

Las audiencias no eran personalizadas; se nos hacía pasar de a cinco o seis a una salita en la que jóvenes vestidos de traje y corbata nos comunicaban cuál era la “personalidad” de la empresa y qué se esperaba de nosotros. Entre las muchas cosas que se le exigía a un empleado, había una consigna fundamental: nunca levantar el volumen de la voz ni mostrar el más ligero atisbo de enojo o ironía. Sin que nos hicieran preguntas, nos dividieron en dos grupos y nos hicieron pasar a otro salón, a través de un pasillo metálico iluminado con fluorescentes. Tiempo después supe que esa división en dos grupos tenía un objetivo de lo más pedestre: el primer grupo (formado por veinte o treinta personas) era el de “los que servían”. El otro grueso grupo era el de “los que no tienen ninguna habilidad importante”. Yo estaba en el segundo.


El populoso salón al que nos condujeron como ganado luego del monólogo era un lugar sin ventanas, con iluminación de lamparitas y un calor insoportable. Después de dejarnos allí casi una hora sin explicaciones, llegó un hombre pequeñito, calvo, cincuentón, de traje y corbata, e improvisó un escenario parándose sobre dos cajones de gaseosas. No recuerdo su nombre, pero sí su rango: “Encargado de personal del sector Alimentos”.
El Encargado pidió silencio varias veces. Éramos muchos y su voz no podía competir con nuestro interminable murmullo. Quizás los que estaban más cerca de la tarima notaron que el hombre se estaba enfureciendo y por eso propagaron el pedido de silencio. Yo estaba bastante lejos y me costaba ver al hombrecito calvo. Oírlo, casi imposible. Pero, cuando el cuchicheo por fin se detuvo, el hombre rugió desenfrenado. “¡
Que sea la última vez que les pido silencio diez veces! ¡Diez veces! ¿Se piensan que esto es un boliche?” El grito del encargado rebotó en el cielo raso de chapa. Luego dijo, con la voz aflautada por el enojo: “Ustedes están acá porque, la verdad, no sabemos dónde coño ponerlos. Señores, van a tener que esforzarse mucho para quedarse en esta empresa".

Luego hizo una larguísima pausa.

En esa pausa, nadie se atrevía siquiera a respirar. El Encargado nos miraba, uno por uno, moviendo sus frenéticos ojitos azules llenos de odio. "
¡Acá no vienen a hacer sociales! ¡Vienen a trabajar, carajo!", dijo de pronto.

Esa especie de guerra fría entre su mirada y nuestro silencio continuó un buen rato. Quizás ocho o diez minutos. Después de eso, el hombrecito se bajó de la tarima y se retiró. El murmullo comenzó una vez más. Nos habían vuelto a dejar solos, después de un monólogo y sin posibilidad de réplica. No puedo calcular cuánto tiempo más estuvimos allí.

Recuerdo que, cuando ya comenzábamos a mostrar un hartazgo colectivo por esa situación, apareció un hombre desde atrás de una puertita corrediza. Nos llamó uno por uno, de una manera aparentemente aleatoria, invitándonos a pasar a la salita que estaba detrás de la puerta. La salita tenía piso de cemento y sus paredes estaban viboreadas por precarias instalaciones de cables. Habían improvisado una oficina. Detrás de un escritorio, una mujer joven, con anteojos negros, nos preguntaba cosas aparentemente sin importancia. Al costado, como guardaespaldas, había dos hombres con traje y corbata que hacían anotaciones en una libretita con forro de gamuza. Cada entrevista duraba apenas dos minutos. De las pocas preguntas que me hicieron, sólo recuerdo una: "
¿Cuándo se debe abrir una puerta?". Mi respuesta -a esa y a casi todas las otras- fue un tímido "no lo sé".

2.

Después de un largo periplo de entrevistas y pruebas absurdas, algún mandamínimo de la empresa decidió que mis dotes alcanzaban para ser ayudante de cocina “B” en la rotisería del supermercado. Mi sueldo era de $ 285 por mes.


Durante mis dos meses de trabajo en esa sección no tuve días franco, no tenía derecho a ir al baño y jamás, pero jamás, debía mover la boca dando la impresión de que estaba masticando algo. Mis manos debían estar siempre visibles; nada en mí debía dejar abierta la sospecha de que podría haber robado una papa o una zanahoria. No debía llevar reloj ni teléfono celular. El omnipresente sistema de cámaras era reforzado con espejos y con la continua advertencia de que había "cámaras ocultas" en rincones que no podíamos sospechar.

Un ayudante de cocina raso, como yo, sólo tenía una tarea: pelar las zanahorias y las papas, cortarlas y pasarlas a otro ayudante de cocina que las hervía para preparar la ensalada rusa. Había cerca de veinte ayudantes, todos en tareas básicas como la mía.

Cada uno de nosotros estaba relativamente aislado del resto. Yo hacía mi trabajo en una especie de cubículo con eterna luz de fluorescente, sobre una mesada de aluminio. Me llegaban las papas y las zanahorias por una cinta sinfín a la izquierda y luego las devolvía en fuentones, cortadas y peladas, por una mesa de goma a mi derecha. Unas manos enguantadas recogían los fuentones y -supongo- las ponía en agua para hervir. No tenía contacto con personas, excepto por un par de ventanas translúcidas que me dejaba ver la silueta de otros dos individuos, uno a cada lado de mi cubículo. No había relojes ni ventanas que dieran al exterior: Nunca sabíamos cuánto faltaba para irnos.

Una tarde de domingo me llamó uno de los infinitos encargados de la sección y me dijo: "deje su trabajo en cinco minutos y preséntese en la sala médica". Obedecí.

El médico fue directo al grano: a todos los empleados se les aplicaba un tratamiento semanal que, según él, se utilizaba en todo el mundo "para aumentar el rendimiento y la atención". Recalcó varias veces: "no deja secuelas". Un hombre vestido de blanco me condujo por un pasillo a una especie de camarote cerrado con una puerta reforzada.

Dentro del camarote, había un pequeño catre. Al lado del catre, un aparato y varios cables. No me hizo falta demasiado para saberlo: era una cámara de electroshock.
- El tratamiento dura apenas un segundo.- dijo el hombre de blanco- Vos te acostás, yo te ato, te doy un par de toques y salís. Seguís fresquito, haciendo tu trabajo. No pasa nada.

En ese momento no me negué. Aunque parezca increíble, sólo pensaba en volver a mi cubículo y cortar papas y zanahorias; quería continuar cuanto antes con mi actividad, así que accedí sin problemas.

El electroshock fue breve y terrible. Me dejó un pequeño temblequeo que duró unos minutos. Sin decir palabra me levanté y volví al trabajo. Estaba confundido, relajado y feliz. Como si hubiera estado nadando tranquilamente durante horas en el fondo de una fosa subterránea.

3

Después de dos meses de trabajo me cambiaron de sección. No más en la cocina; ahora trabajaría en el depósito de jabón en polvo. Los choques eléctricos se hicieron más intensos y frecuentes. Pero en ese mes se sumó una nueva "terapia": un día a la semana nos convocaban a todos los empleados nuevos; nos llevaban al salón, nos hacían quitar la ropa y nos obligaban a masturbar frente a nuestros compañeros. Aquellos de nosotros que se negaban eran conducidos individualmente hacia una de las tantas improvisadas oficinas. Allí nos esperaba un grupo de supervisores para “
hacernos entrar en razón” y “ayudar a desinhibirnos”. Las actividades para lograr estos propósitos consistían en: recitar poemas, cantar, bailar y contar chistes en público. Recuerdo que una de las supervisoras, ante mi evidente falta de talento para contar un chiste, me dijo: “flaco, no sé, te falta piripipí”. Nunca aprendí a contar chistes, pero sí pude desinhibirme. Llegué a masturbarme sin problemas frente a mis compañeros. Eso pareció suficiente para que no me despidieran.

Cuando mi padre, escandalizado por lo que yo le contaba, me obligó a renunciar, lo odié. Lo odié porque, por primera vez en mi vida, me sentía contenido, seguro y capacitado para hacer algo; para cumplir durante horas con una rutina impecable sin quejarme, sin descanso y con un sueldo. Pero lo que más me pesaba es que, si renunciaba, nunca más tendría la terapia de choques eléctricos. Sin embargo le hice caso.

Mi padre hizo una denuncia por las “terapias” recibidas. Meses después de esa denuncia –y gracias a una investigación que él hizo personalmente-, pudo sacar a la luz algunos datos interesantes:

- La empresa jamás despedía a sus empleados. No aplicaban sanciones; con variadas técnicas de sugestión e incluso con medicamentos, inducían a los empleados rebeldes a someterse a la labor asignada.

- Había una ley laboral que, de manera implícita, permitía los choques eléctricos en el trabajo. Técnicamente, eran parte de una terapia de motivación laboral, y se aplicaban en una salita médica. Además, se utilizaba un solo electrodo (TEC unilateral), lo que legalmente –de acuerdo con las leyes argentinas de ese momento- no es un electroshock, sino un estimulante.

- La masturbación colectiva no era punible; legalmente era considerada una "actividad de distensión"

- Las papas y zanahorias que yo había pelado iban a parar directamente a la basura. Jamás se hizo ensalada rusa con ellas.

- La respuesta a la pregunta “¿Cuándo se debe abrir una puerta?” era “cuando está cerrada”.

- Según un informe que mi padre pudo conseguir gracias a una labor de detective, yo estaba capacitado únicamente “para escuchar si las sandías o los melones están maduros” mediante un golpecito. A pesar del tono sentencioso del informe, se incluía una sorprendente frase textual de algún supervisor: “Para todo lo demás, le falta piripipí

miércoles, 23 de enero de 2008

Todo por quinientos pesos (segunda parte)

[Esta historia sólo tiene sentido si se lee previamente la primera parte]


A las diez y media pensó en continuar con el trabajo, pero decidió que estaba demasiado cansado. Además tenía algo que le daba vueltas en la cabeza. La rata muerta de la noche anterior estaba todavía del lado de afuera de la ventana de la cocina, y seguramente estaría allí hasta que quedaran sólo los huesos. Pensaba en los billetes. ¿Por qué sólo billetes de dos pesos? Cinco de dos pesos, pero –pensaba Benítez- puede haber alguno de veinte, cincuenta o cien pesos. Aunque, si fuera realista, ni por descuido un peón podía dejar volar algunos billetes sin preocuparse por recuperarlos. Entonces, mientras iba hacia la cabaña, se dio cuenta de un hecho curioso: hacía más de un mes que nadie había estado allí. Sin embargo, los billetes no estaban especialmente sucios, ni cubiertos de polvo, ni con marcas de lluvia: quien los hubiera perdido, los había dejado escapar en los últimos días. El solo pensar en eso hizo que le recorriera un escalofrío: ya se acercaba la noche y una idea así parecía reforzar la hipótesis de que había alguien más en la casa. Sin embargo, pensado fríamente, era absurdo porque, de hecho, no había nadie más en la casa, “cosa que puedo comprobar durante el día, a menos que pensemos en fantasmas”. Se preparó un caldo y miró televisión. A las doce de la noche decidió que era tarde y terminó acostándose.

En la cama le daban vueltas algunos pensamientos. Los billetes habían sido arrojados recientemente, por lo tanto no había duda de que alguien había estado allí y se le volaron. ¿Martínez había estado hacía un tiempo? No, él estuvo atendiendo el negocio durante todo noviembre. Así tejiendo conjeturas y sin llegar a conclusiones serias se fue durmiendo y nada lo despertó hasta las nueve de la mañana.

El jueves, el cuarto día, nuevamente se presentó con sol y mucho calor. Ya no quedaba coca cola en la heladera y el cazalis no era una bebida para empinar sin medida en medio del trabajo. No había más remedio que renegar y apilar ladrillos cubierto de sudor. Para colmo las paredes comenzaban a adquirir altura, así que ahora era necesaria una escalera, subir unos escalones, poner la mezcla, ir a buscar los ladrillos de a uno o de a dos, correr la escalera y repetir la operación. Benítez sabía que si se quedaba todo el día, haciendo un trabajo dinámico y a conciencia, tal vez podría terminar para el día siguiente. Estuvo trabajando sin parar hasta las dos de la tarde. Sin embargo fue un descuido, quizás un momento de debilidad, cuando las moscas y el sudor lo acorralaban, en que, subido al último escalón de la pequeña escalera miró hacia el campo y creyó ver un papelito. Entusiasmado, como un niño que escucha el timbre del recreo, se bajó de la escalera apurado, se tropezó y tuvo que apoyarse en los ladrillos recién puestos para no caer. Apenas se raspó un brazo, pero la hilera de ladrillos que estuvo colocando durante las últimas dos horas quedó torcida. Sin embargo no se detuvo; corrió entusiasmado hacia el arbusto donde había visto el papelito: un billete de dos pesos. Pero eso no era todo, porque a pocos metros de allí había otro papel. Se acercó y descubrió otro billete de dos pesos. Y un poco más adentro, en el campo salvaje, otro más. Parecía un juego. Caminaba entre los arbustos y descubría un billete casi sin querer. Estuvo media hora y, sumando el dinero de los días anteriores, llegó a hacer veintiocho pesos.

Cuando volvió al muro y vio torcidos los ladrillos recién puestos, cuando recordó lo que iba a cobrar por ese trabajo y cuando pensó que tal vez no llegaría a terminarlo, pensó en dejar todo y ponerse a buscar billetes en el campo. En eso pensaba sin dejar de acomodar los ladrillos. Mientras apilaba –y mientras pasaban las horas del cuarto día, el penúltimo- se preguntaba cuántos billetes habría repartidos por todo el campo. Se preguntaba también de dónde podrían haber salido, tal vez un avión que los dejó caer. Siendo así, era posible que todo el campo estuviera cubierto de billetes de dos pesos. Era solo cuestión de buscarlos. ¿Llegarían a quinientos pesos? Si era así, ¿valía la pena seguir levantando las paredes? ¿Cuánto debía recorrer para encontrar quinientos, seiscientos o mil pesos? ¿En algún lugar no muy lejano habría mayor concentración de billetes que en otro? ¿Cómo habría influido el viento del día anterior en la distribución de los billetes? Estos interrogantes tuvo Benítez mientras levantaba las paredes y, una vez más, se convencía de que cinco días no era tiempo suficiente para un albañil mediocre.

A las diez de la noche se dio cuenta de que si no recogía los billetes cuanto antes, cuando llegaran los capataces no iba a poder hacerlo. Estaría rodeado de gente que también tendría ojos para ver un dineral, y él no iba a tener tiempo durante el día para excusarse y salir a explorar. Decidió armarse de una linterna y salir en la noche. Se preparó unos bocaditos de merluza que encontró en el freezer y apenas terminó salió al campo.

Sin embargo la oscuridad, aún atenuada por una linterna, era un factor determinante para buscar billetes. También existía la posibilidad de que no hubiera más (en realidad, había sido sólo una idea eso de que el campo estuviera sembrado de billetes de dos pesos). En definitiva, no supo si había hecho el mismo recorrido que a la tarde, no encontró más que un solo billete de dos pesos y volvió a la hora y media tan cansado que casi tuvo una crisis de nervios cuando se dio cuenta de que ya no llegaba a terminar la obra.

Al día siguiente se levantó a las siete con la sensación de que había estado cometiendo una falta grave. Tomó un café casi frío, se mojó la cara y salió decidido a que no le importara la temperatura ni las moscas pegajosas. Iba a ser un día caluroso y soleado, con algo de viento. Preparó la mezcla y siguió apilando ladrillos. Sabía que ya no llegaba a terminar los muros, pero si los capataces llegaban un poco más tarde de lo previsto, cuando llegaran verían algo que se podría terminar en cuestión de unas pocas horas. Había que contar con la buena suerte, con los pocos minutos que se perdían en distracciones y con la benevolencia de los capataces.

Pero la monotonía del trabajo le llevaba a distraerse pensando en otras cosas. No podía quitarse de la cabeza los billetes. A eso de las diez de la mañana, subido a la escalera, miró a lo lejos. Tal vez, como el día anterior, divisara un papel que brillase por la luz del sol. Pero esta vez no. No vio nada. Siguió poniendo ladrillos. Al mediodía se dio cuenta de que quizás, con un poco de esfuerzo, para las cuatro de la tarde ya estaría terminando. Sin embargo tuvo otra tentación más fuerte. Con algo de suerte, los capataces llegarían a las cinco o seis de la tarde. Calculó los tiempos y las posibilidades y decidió que, si no fallaba su suerte, podía sacar un par de horas de ventaja.

Se bajó de la escalera y fue hasta el lugar más alto de la llanura: la antena de dieciocho metros. Vio que era fuerte, que podía escalarse sin dificultad. Comenzó a subir, al principio seguro de estar pisando algo firme, luego vacilante por el temor a la altura. El calor del sol se hacía más insoportable a medida que avanzaba. Parecía absurdo, pero tenía la sensación de ya haber escalado cientos de metros, y sin embargo apenas había hecho un pequeño tranco. A unos diez metros de altura –aunque era difícil calcular a qué altura se encontraba- no era posible divisar nada. También podía ser que no hubiera más billetes, pero por alguna razón le parecía absurdo que sólo hubiera treinta pesos y él los hubiera encontrado a todos. Era más lógico pensar que podía haber más. Siguió escalando con una facilidad que a él mismo le asombró. Y no pudo dejar de sorprenderse cuando vio que apenas a tres o cuatro metros arriba de su cabeza estaba la punta de la antena. En ese momento se dio vuelta y tuvo un ligero mareo. Cuando se dio vuelta Benítez vio que detrás de la casa, justo hacia el lado que no había explorado, apenas donde comenzaba la cerca, había cientos y cientos de papelitos que danzaban con el viento. Y a lo lejos, más allá de la casa, los billetes se continuaban, formaban un colorido que podía confundirse con el de las flores. Todo esto podía verse a unos quince metros de altura. Más allá, una montaña, el cielo sudoroso y remilgadas nubes. Y si solo fuera eso. Porque además divisó, cuando observó hacia abajo, que la camioneta con los capataces se acercaba a gran velocidad y el sudor, el mareo, la repentina conciencia de que estaba demasiado alto lo habían inmovilizado. Estaba congelado por el vértigo. Apenas se atrevió a girar la cabeza, vio a Martínez y al resto bajarse del vehículo, moverse por la cabaña, llegar hasta la construcción, buscar a alguien, mirar hacia todos lados, seguir buscando, mirar hacia atrás de la cerca, encontrar un billete, dos, comunicarse el hallazgo, otro billete. Y mientras recogían el dinero, seguramente se preguntaban“dónde se habrá metido Benítez”. El único sonido que se escuchaba desde lo alto de la antena, además del soplo del viento norte, eran las maldiciones de Martínez quien frente a la construcción inconclusa se preguntaba cómo Benítez podía ser tan irresponsable.


viernes, 11 de enero de 2008

Todo por quinientos pesos (primera parte)

Cuando Benítez se bajó de la camioneta aún no había comenzado la densidad bochornosa de una mañana de diciembre. Había un sol difuso, como si nubes sin forma ni textura filtraran la luz, y a lo lejos el inmenso campo parecía hecho de bruma. Bajó el bolso y antes de llegarse hasta la cabaña prefirió dar un vistazo al corralón, para asegurarse de que tenía todos los materiales. Meses de polvo volaron cuando abrió la puerta: era evidente que nadie había venido a trabajar desde hacía tiempo. “De todas maneras” pensó “parece que ahora quieren apurarse”. Miró sin detenimiento el galpón y salió. Pensó que aunque recién llegaba no estaba bien demorarse. A diez o quince metros se veía la inmensa antena, y no pudo evitar hacer una mueca ante el desafío que había aceptado. “Quinientos pesos por terminar de levantar una habitación de tres metros de alto al lado de la antena y a diez metros del molino de agua”, pensó, recordando las indicaciones de Martínez. No habría aceptado por ese dinero, si Martínez no le hubiera dado esperanzas de futuros trabajos mejor pagos. Además tenía la ventaja de estar solo en el campo disfrutando del verde y del arroyo, con una vivienda modesta con televisión y heladera, y alacenas probablemente llenas de comida. “Pero nada más por unos días”, pensó. Apenas en cinco días llegarían los capataces y para ese entonces ya debería haber terminado. Lo cual era una doble presión, porque a Benítez le gustaba tomarse su tiempo para trabajar. Ahora corría el riesgo de no terminar, de hacerlo mal y de que la noticia de sus malos trabajos se propagara y, en fin, todo por quinientos pesos.

Abrió la puerta de la vivienda y dejó el bolso sobre un sillón. La cabaña parecía cómoda y se veía que había sido usada hasta no mucho tiempo antes. Benítez comprobó que hubiera agua en el tanque, se duchó y luego de un almuerzo liviano se dispuso a trabajar.

Ahora sí el calor de la una de la tarde se hacía insoportable. En el campo las temperaturas son desesperantes: nunca hace calor o frío ordinarios; el campo parece tener una clase de frío y de calor que el habitante de la ciudad desconoce.

Con pereza, Benítez se dirigió a la antena para decidir por dónde había que empezar. Pensó que no estaba bien trabajar ya mismo, con ese calor y bajo el sol. Justo cuando empezaba a bostezar divisó un papel en el piso. No entendió qué le había llamado la atención en ese papel, pero al acercarse comprobó que era un billete. Un billete de dos pesos. Sin demasiada parsimonia, lo levantó y lo puso en su bolsillo. Cuando llegó a la antena y vio lo poco avanzada que estaba la obra comprobó que el trabajo, efectivamente, iba a demandarle cinco días o tal vez más. “Lo peor”, pensó “es que si siguen los días así, me voy a morir antes de empezar”.

Los ladrillos no estaban a mano, había que ir a buscarlos al corralón junto con el mezclador y los materiales. A Benítez no le hacía ninguna gracia cargar con todo eso. Estaba acostumbrado a tener aprendices y peones que le facilitaran las cosas. Pero ahora estaba solo y no le quedaba más remedio que cargar la camioneta y acercar los materiales. En marcha la camioneta, abrir la puerta del corralón, se traba, intentar nuevamente, abrir, sacar tal vez cien ladrillos –de a seis o siete-, sacar un mezclador, portland, cal, cucharas, una pala; detalle fundamental pero fácilmente olvidable: ¿cómo conseguir agua?. El estanque del molino está vacío. Buscar una manguera y perder minutos valiosos, conectarla a una canilla, que la canilla se trabe, que cuando se destrabe no salga agua, que cuando salga agua lo haga con poca presión. Y esos son los inconvenientes antes de empezar, porque cuando se empieza aparecen los otros. Las moscas, el sudor, las cucharas que se quiebran, los ladrillos mal alineados, la sed, ciertas partes del cuerpo comienzan a picar de manera insistente. A eso de las ocho, ocho y media de la tarde –Benítez no usaba reloj cuando trabajaba- el sol comenzó a caer y el clima se volvió más respirable. Benítez pensó en dejar por ese día –ya había hecho bastante, en realidad había trabajado más de lo que trabajaba diariamente en otras obras-, pero cuando vio lo poco que había avanzado se desesperó y continuó apilando ladrillos hasta que el cansancio y la oscuridad lo derrotaron. Entonces fue a la cabaña y sin bañarse ni cenar ni quitarse la bermuda se tiró en la cama y durmió hasta el mediodía siguiente. En algún momento durante esa noche soñó con el molino y con la antena, y en el estanque del molino se bañaban él y Martínez desnudos, porque era una playa nudista.

Se levantó maldiciendo por el calor y el dolor de cabeza. Descubrió que tenía hambre y lamentó no haber cenado la noche anterior. “martes de viento”, pensó. Afuera, hojas de lejanos eucaliptos y bolsas de nylon hacían remolinos con el viento norte. Mientras se preparaba un café visualizó qué era lo que tanto lo preocupaba: el trabajo no estaba avanzando a grandes pasos. No es que fuera especialmente difícil, pero Benítez comprobaba que no era tan buen albañil como había pensado. Sabía que otros eran capaces de levantar montañas en un día, de arrojar la mezcla con la cuchara con una delicadeza que podía calificar de artística. Sabía que otros no tenían dificultad para alinear los ladrillos. Sin embargo, a él le costaba mucho y en cuatro días más los capataces le iban a decir a él todo lo que él estaba pensando sobre sí mismo, y eso lo ponía de mal humor.

Terminó su café y de la heladera sacó algo de pollo que había quedado del mediodía anterior. Masticó un ala y salió. Era la una de una soleada tarde y el viento caluroso empeoraba las cosas. Nuevamente descargó ladrillos del corralón –hoy estaban más pesados- y se puso a dar más altura a los pequeños muritos que había comenzado ayer.

Tuvo la suerte de que a eso de las cinco el viento se convirtiera en una brisa fresca, como las de fines de marzo, y eso le dio fuerzas y también le cambió la autoestima. Ahora no tenía miedo de no terminar. “En realidad”, pensaba ahora, “si los capataces llegan y yo todavía no terminé, no pueden hacerme problema”. Era un pensamiento falaz (Martínez le había advertido, en cinco días los muros debían estar levantados) pero servía para darle ánimo. A las siete y media se detuvo un momento y fue a la cabaña a servirse un Cazalis y un poco de fiambre. Se sentía débil por no haber comido bien, pero el fresco lo ayudaba a seguir. Cuando volvió al incipiente muro descubrió que en un pequeño remolino volaba un billete de dos pesos. Lo levantó y siguió apilando ladrillos hasta las diez y media de la noche. Entonces sí, se quitó la bermuda, se duchó y sacó del freezer algo de carne que preparó con papas y ajo y perejil. Después de comer se durmió.

Cuando despertó en plena madrugada tuvo la certeza de que había alguien dentro de la cabaña. Sabía, o en el fondo intuía, que era absurdo pensar en un ladrón, a cientos de kilómetros del pueblo más cercano. También sabía que ciertos sueños inmediatos que no se pueden recordar otorgan la certeza de algunas presencias que no se pueden definir. Encendió el velador y buscó la cuarenta y cinco que había dejado en el bolso. Apenas tuvo el arma entre sus manos lo sobresaltó un ruido inconfundible: la puerta de la cocina que se golpea. Con un pánico repentino encendió una por una las luces y no vio a nadie. En realidad lo que le daba vueltas en la cabeza era un temor infantil a los fantasmas más que una presencia humana. Cuando estaba mirando el comedor, escuchó otro ruido en la cocina y vio algo que se movía. Disparó dos veces. Mientras disparaba se dio cuenta de que era una rata, que logró escaparse, herida, a través de la ventana de la cocina.

Eso había sido todo. La rata chilló durante unos instantes y cayó muerta bajo la ventana. Esto lo vio Benítez sin soltar ni un segundo el arma. Por alguna razón, la presencia de la rata como causa de los ruidos no le parecía una explicación suficiente. En verdad, temía a los fantasmas. Había algo en ese lugar que le inspiraba terror. Afuera el viento jugaba a silbar con la antena y las palas del molino que se agitaban repetían una queja. Benítez miró el reloj: apenas las dos de la mañana. Recién a las cinco amanecía. Mientras tanto estaría debatiéndose entre el temor y el cansancio. Finalmente, después de una hora el cansancio ganó la partida y el arma quedó en el piso, al lado de la cama.

A las doce y media del día se despertó nuevamente. Se levantó sobresaltado, como si llegara tarde a algún lugar, y sin desayunar descargó algunos ladrillos del corralón. “Por dios”, exclamó cuando vio lo poco que había hecho en esos dos días. “no llego ni a palos”. Lo embargó una desesperación que duró un segundo y enseguida se puso a trabajar. Pensó que, con disciplina –y si no tuviera la puta costumbre de levantarse al mediodía- podía terminar. Tal vez había que trabajar durante la noche, poniendo una lámpara. Estuvo hasta las siete y media apilando ladrillos, sin detenerse más que para tomar coca cola. Entonces decidió que ya no podía más de hambre y fue a la casa a prepararse unas hamburguesas.

Cuando iba para la cabaña divisó, a unos tres metros, un billete de dos pesos. Le pareció curioso, porque ya era el tercero que encontraba. Seguramente alguno de los peones los había perdido. Quién sabe, en una de esas, había un billete de cien. Se desvió unos pasos de la cabaña y entre algunos arbustos demasiado altos encontró otro billete de dos pesos. Era cómico, pero, si tuviera tiempo, se dedicaría a buscar los billetes. Ahora era urgente comer y seguir trabajando. Miró un poco más alrededor y, sorpresa, encontró otro billete de dos pesos. Sin embargo buscó un poco más, sin mucho detenimiento, y ya no encontró nada. En tres días había encontrado diez pesos, y eso era mucho, teniendo en cuenta que nunca en su vida había encontrado un centavo.

Cuando terminó de comer las hamburguesas ya era las ocho de la tarde y el cielo se había despejado lo suficiente como para dar color a un atardecer bucólico. Diez y media de la noche se sintió satisfecho de que ya había hecho lo que consideraba la mitad del trabajo. Los dos días restantes los dedicaría a la otra mitad. No se tenía toda la confianza que necesitaba para terminar la obra, pero no le quedaba más remedio.

(Esta historia continúa)

sábado, 29 de diciembre de 2007

Cuidado que va a explotar

Durante poco más de dieciséis años, casi todos mis sábados –y algunos viernes- estuvieron destinados al oficio de disc jockey. Esta rutina laboral nació en junio de mil novecientos noventa y uno; tuvo una interrupción desde fines del noventa y dos hasta mediados del noventa y cuatro, y no se ha detenido hasta hoy. Sin embargo, tengo la sospecha de que la música se detendrá, de manera definitiva, durante el año que se avecina.

Cuando un adolescente se inicia en su carrera de disc jockey, sólo tiene tres cosas: entusiasmo, incertidumbre y un equipo de música pequeño, feo y armado con objetos prestados de dudosa calidad. Yo comencé con el radiograbador de mi padre, un barral de madera con latas de aceite pintadas y lamparitas de colores. Grababa cassettes de la radio y, cada vez que juntaba un peso, compraba un disco o ahorraba para acercarme un poco más al sueño de un equipo profesional. Todavía no existían las computadoras; apenas, tímidamente, se estaban avecinando los compact discs. La música de moda era un bien escaso al que sólo se accedía a través de la radio. Recuerdo haberme quedado noches enteras, atento al dial, con el cassette listo para grabar algún escurridizo tema del momento: Education, de OK, Toy Soldiers, de Martika; Vision of Love, de Mariah Carey. Aunque pasaban esos temas durante el día, el locutor los pisaba con comentarios. Pero a la madrugada, la cosa se volvía más tranquila y uno podía grabarse un tema enterito, sin la intervención inoportuna de voces foráneas. Mis amigos y compañeros de escuela también grababan sus temas, pero no ponían tanto empeño como yo. Mi trabajo era obsesivo; siempre pretendí que la calidad de la grabación debía ser lo más perfecta posible.

Por alguna razón, las parejas que se iban a casar y las chicas que cumplían quince tenían interés en que yo –un amateur obsesivo al mando de un radiograbador- les pusiera música en sus fiestas. De alguna forma, me fui haciendo tempranamente conocido en ese rubro y, con los pesitos que me iba ganando, pude ir haciendo notables mutaciones en ese patético equipo primigenio.

Al poco tiempo, y con la ayuda de mi viejo, pude incorporar las bandejas para pasar discos y un par de hermosos bafles. Luego incorporé una etapa de potencia para los bafles, una mezcladora y un secuenciador para las luces. Sin embargo, todo lo que me podía comprar era de baja calidad y corría el riesgo de que, en medio de una fiesta, el equipo se paralizara por algún motivo desconocido y hubiera que suspender la música. En particular, la etapa de potencia –el alma del equipo, que sirve para amplificar el sonido – se calentaba mucho con el uso y un técnico electrónico me profetizó que, algún día, iba a hacer cortocircuito e incluso incendiarse o explotar violentamente, en medio de una reunión. Esa inquietante predicción hizo que me volviera aun más neurótico: había que vigilar a la etapa de potencia como a un subversivo; ponerle un ventilador para que no subiera mucho la temperatura, apagarla cada tanto; abrirle la tapa superior; mirarla de vez en cuando por si algún componente interno se incendiaba; prestar atención a los olores, porque a veces se quema una resistencia o un capacitor y larga olor a goma quemada antes de arder por completo. Mi imaginación y mi ansiedad siempre se adelantaron a los peores acontecimientos: ¿qué pasaría si, porque sí, sin motivo alguno, explotara de repente? ¿Qué pasaría si eso ocurre, justo, justo, en el momento crucial de la fiesta: cuando entran los novios, cuando bailan el vals…?

Ahora, que han pasado muchos años y que mis equipos distan mucho de ser esas potenciales bombas incendiarias, todavía arrastro ese temor reptilesco, esa absurda (quizás no tanto) sospecha de que todo va a explotar.

Sin embargo, como suele ocurrir cuando se teme, una noche ocurrió casi todo lo que temí.

Fue el diecisiete de septiembre de mil novecientos noventa y cuatro, en un cumpleaños de quince.

Esa noche tuve una fiesta en el salón de la Asociación de Empleados de Comercio. Lugar famoso porque la encargada del salón, una vieja nerviosa, irritable y gritona, maltrataba gratuitamente a los invitados, a los mozos, a los fotógrafos y –sus predilectos- a los disc jockeys.

Para entrar al salón hubo que hacer un suplicio: por alguna razón, la vieja gritona no quería abrir la puerta principal, así que tuve que arrastrar los equipos dando un largo rodeo por un pasillo miserable al costado. Después de eso, traté de instalarme sobre el escenario, pero la vieja –siempre a los gritos- me echó de allí y me sugirió que fuera “a cualquier lugar, menos al escenario, porque después me lo dejan lleno de cinta aisladora, pedacitos de cable y colillas de cigarrillo, y después la pelotuda que lo tiene que limpiar soy yo”. Me decidí por un rincón cercano al escenario.

Armé el sonido, las pocas luces y, para mi sorpresa, descubrí que la etapa de potencia no funcionaba. Encendía, claro, como siempre. Pero no salía el sonido. Estaba muda, muerta, silenciosa. Ya era las ocho de la noche y, en una hora y media, vendrían los invitados. Conviene remarcar la situación: en medio de un inminente compromiso con casi doscientos invitados, con la absoluta dependencia de un aparato que no funciona y sin tener a quién recurrir.

Lo primero que hice fue desesperarme. Lo segundo, fue abrir la etapa de potencia y mirarla. Mirarla sin saber qué hacer: nunca supe de electrónica. Mirarla con la absurda esperanza de que, quizás, pudiera adivinar qué era lo que andaba mal. Con la aun más desquiciada ilusión de reparar lo que andaba mal.

Nada. La etapa era la misma de siempre. No tenía olor; ni siquiera se calentaba. El único problema era su silencio inapelable.

La desesperación llevó a olvidarme del resto del universo. Desenchufé el aparato; lo acerqué a la luz. Lo miré más de cerca. Toqué, moví, saqué, volví a poner. Enchufé para probar una vez más. Finalmente, le puse la tapa y la sacudí entre mis brazos con fuerza, como un termómetro o una lata de pintura en aerosol. La agité forzando los límites de mi ilusión: si acaso algo se había movido, con las sacudidas quizás se acomodara. Después de haberle hecho pasar unos desatinados espasmos, la dejé allí, en silencio, sola, debajo de la mesa y me fui a cambiar. Cuando regresé, sólo apreté el botón de “on” y arrancó a la perfección.

Esa noche tuve un ejemplo de alguna increíble hipótesis sobre las leyes del caos. No tuve tiempo de elaborar nada: casi simultáneamente, llegaron los invitados.

La fiesta fue caótica: si bien el amplificador anduvo a la perfección, los bafles se rompieron. Dos de ellos literalmente explotaron. La explosión fue pequeña y sólo yo pude darme cuenta de ello. Y la quinceañera se enganchó el vestido en el ventilador que enfriaba la etapa de potencia. Y el ventilador daba corriente. Y el padre de la quinceañera me dijo a los gritos y sin presentarse: “bajá el volumen o te tiro los equipos por la cabeza”. Y a las cuatro en punto de la mañana, la vieja histérica que regenteaba el salón cortó la luz para que nos fuéramos a nuestras casas. Y después de eso, sólo después de todo eso, sentí un inconfundible olor a goma quemada. La etapa de potencia había muerto en el momento más oportuno, como un soldado que resiste hasta que su capitán cumple con una misión imposible y sólo después se da el lujo del descanso eterno.