viernes, 27 de junio de 2008

Cangrejo (5)

[Hoy, 27 de junio de 2008, Monstruos y Berenjenas cumple dos años. No he tenido tiempo de prepararle un festejo a este, mi blog más querido. Desde hace unas semanas dejé de prodigarle la atención que se merecía, porque otras ocupaciones importantes me tuvieron y me siguen teniendo a su merced. Por eso, como cuando se festeja un aniversario en soledad descorchando un vino añejo y caro, hoy voy a dejar una historia que siempre me gustó y que, dada su extensión, nunca hubiera tenido lugar en este blog. El cuento fue escrito hace, quizás, unos siete u ocho años. El número (5) que acompaña al título indica que se trata de la historia número cinco de una saga del cangrejo, un libro que siempre quise escribir, cuya idea está muy cerrada, y que sólo tiene, por el momento, seis o siete cuentos de los cuales rescato este y quizás otro más. El tiempo de lectura de lo que sigue puede estimarse en unos veinte minutos. Demasiado tiempo. Por eso, les agradezco a los que hayan leído hasta aquí. No me ofenderé si no me acompañan a beber el resto de la botella. Salud ]

Nos hemos preparado durante años para establecer la comunicación con el Animal. Supe que nos habíamos entendido cuando dejó de funcionar mi estómago. La comida no tenía ningún sabor; era como papel y me repugnaba. Y sin embargo el aire fresco y el olor del agua eran para mí como alimentos. No morí: el Animal había decidido sostenerme. Dejé de ser un heterótrofo gracias a él. A mi lado algunos se morían entre dolores espantosos. A veces yo les daba vino, que entre nosotros está prohibido, para que se durmieran y no vieran su propia agonía. Sus dolores aumentaban y por momentos me daba miedo de que mi Animal me abandonara. Entre ellos había una palabra que repetían. “Cangrejo”, decían en las desesperadas conversaciones que antecedían a los dolores fulminantes Todos los que tenían un cangrejo se murieron. Yo también. Pero mi Animal, que sin duda no era un cangrejo, me sustentó con su propia vida.


La única promesa de salvación que poseíamos era esa: la de envolvernos en nuestro interior hasta formar un ser único con nuestro Animal. El animal crece a expensas de nuestra sangre. Luego invade la sangre, invade los huesos y si uno no se contacta, si uno no lo ama lo suficiente, el animal crece sin comunicarse y mata.

Las causas del Cangrejo y del Animal son múltiples. Algunos dicen que estamos en un planeta radiactivo, que ello provoca que en nuestro interior crezcan Animales. Todos estamos condenados a morir por el Animal que tarde o temprano llevaremos dentro. Así pensaban los primeros colonos, los que llegaron del Sistema Primario, donde está la cuna de las razas prohumanas. Los prohumanos que llegaban de la Tierra conocían animales externos y los dividían en géneros y especies. Una vez me mostraron una foto de un animal marino que caminaba hacia los costados, poseía pinzas, vivía en cuevas en el lodo y tenía sesenta y cuatro patas. Eso es un animal para un habitante del sistema primario: un ser que vive afuera, que se mueve y que comparte con los prohumanos un tronco evolutivo. Me cuesta creer en un planeta en el cual los animales abundan y proliferan. Creer que hayan existido seres autónomos que vuelan, o animales nadadores marinos cien o doscientas veces más grandes que un prohumano han sido para la mayoría de nosotros nada más que fantasías míticas.

Hace unos cinco años éramos más de sesenta. Hoy apenas sobrevivimos seis, y no gracias a nuestros propios medios, sino a los medios del Animal que llevamos dentro. Manax es el que tiene el animal más rezagado. Todavía le funcionan todos los órganos, aunque debilitados por la radiación. Corna, Banda, Luira y Chen Yong tienen sus Animales tan crecidos que ya han perdido contacto con el mundo. Y en el medio estoy yo. Todas mis funciones corporales se han detenido. No respiro, no duermo, no pestañeo. Tiempo atrás dejé de comer para siempre, y no conozco la salivación: mi lengua es una áspera y reseca masa de carne ennegrecida. Apenas si necesito del contacto con el agua. El Animal late por mí, reemplazando al corazón que dejó de funcionar y que sin duda ya ha sido atrofiado. Sin embargo mi sistema nervioso y mi capacidad motora no fueron bloqueados. Puedo caminar, usar mis manos y mi cuerpo y pensar libremente. Y sé que pronto será la hora de establecer el contacto definitivo.

Manax sigue siendo un hombre en todo sentido. Su Animal es apenas un bultito. Un bulto demasiado pequeño. Por ahora no es más que un tumor maligno como el que hemos tenido todos en la primera fase. Lo preocupante de Manax es que un tumor maligno todavía no ha sido diferenciado. Un tumor maligno puede convertirse en un Cangrejo agresivo, que crece hasta devastar el resto del cuerpo y no permite que la mente de su anfitrión haga contacto con él. O bien, por el contrario, puede convertirse en un Animal que necesita de la fusión con el hombre para crecer y llevar una vida fructífera.

Manax es quien más sufre su condición humana. Todavía tiene necesidades, hambre, sed y sueño. En un planeta hostil como el nuestro, ser plenamente humano equivale a llevar una existencia de prolongado sufrimiento. Yo le recomiendo que no coma demasiado: ya sabemos que algunos alimentos provocan que el tumor maligno degenere en Cangrejo. Fumar o tomar alcohol también son errores. Pero la mayoría de las veces me abstengo de señalarle lo que debe hacer: él tiene una secreta envidia de todos nosotros. Sabe que Corna, Banda, Luira, Chen Yong y yo vamos a llegar a la fusión completa. El no sabe aún si va a morir antes. Y para peor cada día que pasa sus órganos se deterioran más. Si su tumor no decide alimentarlo y sostenerlo, pronto va a morir por exceso de radiación.

Corna, Banda y Luira han perdido casi toda forma humana. Han llegado a una comunicación tan completa con su Animal, con su enorme tumor, que pudieron fundirse con él. Sin embargo todavía no están en la cúspide. En un rincón de la sala de Guardia, inmóvil y helado desde hace treinta años, está nuestro General. El primero en descubrir la fusión con el tumor. Chen Yong, conocido como El Inmóvil, el Buda. Su estado es el de un perfecto nirvana. Vive en una comunión extática con su Animal, lograda después de cientos de horas de meditación y contacto puro con su profundidad tumoral.

Cuando hace doscientos años la primera colonia de nuestros antecesores llegó a este planeta, no se percató de la enorme radiación que iba a tener que soportar. En realidad sólo fue revelada muchos años después, cuando comenzaron a aparecer tumores, enormes cangrejos, dolores agudos y vómitos de sangre. Ya era demasiado tarde volver. Eran ochenta mil colonos. En los primeros años de la Colonia se moría de Cangrejo. Nadie, excepto aislados accidentes, tenía otra enfermedad que no fuera el Cangrejo. Y el promedio de vida no superaba los cuarenta años. Para la primera generación de colonos esto fue un escándalo: en el sistema Primario, los prohumanos llegaban a vivir trescientos o cuatrocientos años. Cuarenta años de vida era alarmante. Sin embargo, los pioneros no encontraron una solución y murieron. Sus hijos, y los hijos de sus hijos comenzaron a habituarse a una vida de cuarenta años y a una muerte pura y exclusivamente por Cangrejo. Nadie creía que se podía morir por otras causas: la muerte era un fenómeno bien conocido, que ocurría a los cuarenta años por el crecimiento incontrolado de una masa celular mutada.

Sin embargo desde hace ocho décadas, el promedio de vida disminuyó mucho más. En ciertas regiones, descendió a treinta años. En otras, aunque los datos eran irregulares, descendió a veinticinco y en algunos lugares, a dieciocho. En todos los casos, el Cangrejo, el tumor monstruoso que debía aparecer de manera invariable a los cuarenta años, comenzaba a aparecer mucho antes y mataba ferozmente.

Fue en esa época en la que llegó una segunda colonización desde el sistema Primario. Nadie vio nunca un hombre del Sistema Primario, pero la historia dice que los que venían a colonizar vieron en nosotros a una raza de seres tan distintos a ellos, tan poco antropomorfos, que sintieron horror y se marcharon. Otros dicen que temieron ver reducida su longevidad. De cualquier modo, esa fue la única vez después de la primera colonización, en la que tuvimos contacto con parientes de otro sistema. En medio de ese caos, entre la visita exterior y la disminución del promedio de vida, surgió la idea. El gran fundador, el Maestro Buda. Sugirió que el Cangrejo no era nuestra muerte, sino el pasaje a una nueva vida. Debíamos establecer contacto con esa divinidad que llevábamos dentro. El contacto debía ser un vínculo elemental al principio, luego una comunicación fluida y finalmente una poderosa unión, una unidad mística con el tumor. Muchos, desesperados, acogieron su idea. Sin embargo era necesario un riguroso programa de meditación. Meditar sin descanso y siempre con la misma intensidad. Y meditar tratando de establecer un contacto en cierto modo simpático con el tumor. Muchos lo siguieron, salvo pocos escépticos. Cuando aparecía el tumor, cada cual abandonaba sus tareas, se replegaba sobre sí y meditaba sin descanso. Nadie logró una comunicación certera. Casi todos morían creyendo que efectivamente habían tenido una comunicación con su tumor. Sin embargo esto no pasaba de una plena especulación, una fantasía colectiva creada por el temor de la muerte y por la tan deseable idea de que tal vez no murieran en serio, tal vez el tumor, el enorme y despiadado Cangrejo los acogiera en su lecho. Todo esto ocurría hace unos setenta años.

El promedio de vida seguía descendiendo. Era normal, ahora, que los tumores aparecieran a los veinticinco años. También había casos en los que aparecía mucho antes, a los doce o trece años. La teoría de Buda parecía funcionar a la perfección; todos conservaban el mito y la fantasía de que al morir se contactaban con su Cangrejo en una unión mística plena. Pero algunas influyentes personas escépticas creyeron que todavía no se había llegado a la comunicación con el Cangrejo. Decían que el nirvana aún no había abandonado el plano de la mera teoría. Reunieron en una enorme enciclopedia todo el saber de nuestro planeta, mas una pequeña reseña prehistórica, que habla sobre la colonización y sobre el Sistema Primario (donde está la mítica Tierra), y entregaron sus hijos a un maestro para que los adoctrinara. El maestro era el gran Chen Yong. Él fue el primero en establecer el contacto con el tumor. Su teoría era más completa que la del Buda anterior; no bastaba una comunicación mental, debía haber una unión orgánica en la base de la comunicación con el Cangrejo. Entonces, establecida la unión, el cangrejo no trataría de matar a su anfitrión y ambos crecerían y se desarrollarían en un universo íntimo de meditación. El gran Chen Yong perdió el habla muy pronto y muchos de sus alumnos no llegaron a aprender nada de él. En muy poco tiempo dejó de tener funciones orgánicas y su tumor lo invadió por completo. Se convirtió él mismo en su tumor. Durante años fue una masa inmóvil arrojada sobre la alfombra meditante de la Sala de Mando. En esos tiempos, hace aproximadamente veinte años, se detuvo el proceso reproductivo. Los seres humanos no podrían procrear, y los pocos que quedaban estábamos condenados a una muerte segura. La teoría de Chen Yong, más que un ejemplo, fue una necesidad: o la fusión completa con el tumor, o la muerte despiadada. Nadie hasta ahora, excepto nosotros cinco, ha logrado tal estado de concentración.

Fuimos siendo cada vez menos. El estado nirvánico de Chen Yong era una esperanza fortuita y demasiado improbable. No sabíamos de ningún caso como el de él. Sin embargo, en los últimos tres años, cuando ya quedábamos unos cincuenta, Banda entró en el estado de Chen Yong. Y al poco tiempo, Luira siguió su camino. Ellos dieron fuerza y entusiasmo a los últimos sobrevivientes. Pero a pesar del mayor de los esfuerzos, de la más íntima concentración y las más profundas meditaciones, no se pudo aplacar al resto de los Cangrejos. Todos -excepto nosotros- se fueron muriendo. Hace muy poco murió el último de los desgraciados. Hace muy poco dejamos de escribir la historia en nuestro planeta, una historia de la cual estoy haciendo sus últimas líneas.

Sin embargo, ¿cómo podemos saber si esa supuesta “fusión con el tumor”, ese extraño estado en el cual el hombre se une con la causa de su muerte, no es más que una alteración misma de ese tumor, una especie de mutación especial que nos va matando de alguna manera todavía desconocida?. En realidad no lo podemos saber, pero es parte de la esencia de nuestra filosofía: no importa a qué clase de vida nos vemos arrojados: nuestro ideal es Chen Yong y ese estado tan poco humano que hemos llamado anantropomorfía. Eso, o la muerte definitiva, o la larguísima agonía.

Hoy fue una tarde gris y ventosa. Estuve con Manax. Desde que los pólea han quedado abandonados, todo lo que él hace es controlar los generadores eléctricos y buscar provisiones en los almacenes generales para alimentarse. Y también, por supuesto, se pasa horas leyendo y releyendo la Prehistoria de la gran Enciclopedia. La Prehistoria es la parte más rica de la historia de nuestro planeta. Confío en que estas mismas páginas en algún momento formarán parte de una Panhistoria, una historia que forme parte de todas las bibliotecas de las razas prohumanas de cualquier sistema.

La Prehistoria nos cuenta que el prohumano antes era mamífero, es decir, precisaba de una hembra, un ser desde todo punto de vista invertido, para reproducirse. Se nos cuenta, además, que este ser satisfacía la actividad de ciertos órganos. Dice la Enciclopedia, además, que la sola visión de una hembra provocaba en el ser humano un profundo estado de alteración mental y una intrincada sucesión de reacciones fisicoquímicas. También se habla del homúnculo, el pequeño hombrecito que las hembras podían llevar dentro de sí y que era la base de la reproducción humana, antes de la aparición de los bancos. Es curioso: las hembras llevaban un hombrecito dentro, de la misma manera que nosotros llevamos un tumor.

La parte de la Enciclopedia que habla de la Prehistoria nos cuenta de un lugar en el que los prohumanos vivían ochocientos o novecientos años. Un planeta creado en solo siete días, disponiendo de tecnologías que nosotros alguna vez tuvimos y hemos perdido. Era un planeta cubierto de alfombras verdes y de seres vivos productores de alimentos. Manax y yo debatimos acerca de los tomos que hablan de la prehistoria. Entendemos por qué los gobiernos de aquí prohibieron su lectura: infundía en la población deseos de reposo y reproducción que ya no podían ser satisfechos. El tomo veintiocho de la enciclopedia, el que muestra detalladamente los pasos de la reproducción prohumana, ha sido suprimido, y en los últimos diez años nos ha sido imposible conseguirlo. Creo haber visto alguna página coloreada de ese tomo, alguna vez, si no me equivoco. Algo relacionado con muchos líquidos de distintos colores y seres en cuatro pies.

Manax continúa buscando aún el famoso tomo veintiocho. Se le ha ocurrido que en alguna de las salas de la antigua Presidencia es posible encontrar alguna pista. Pero, excepto por un incontable número de expedientes y noticiarios, no ha podido dar con ningún rastro del tomo. Hoy hemos discutido el asunto y yo he llegado a la conclusión de que ya no existe ningún tomo veintiocho. Él tiene la esperanza de que sí, de que si no desconoce la naturaleza humana, la desaparición de algo tan interesante no puede ser absoluta. La raza prohumana, dijo Manax, desde tiempo inmemorial se ha traicionado a sí misma cada vez que ha querido eliminar aquello que produce el mayor deseo. Yo le dije que cuando un gobierno se propone seriamente la destrucción de una determinada fuente de información, es muy probable que lo logre. Aduje en esos casos lo que había leído en la enciclopedia, tomo noventa y seis, con respecto a ese suceso en la Tierra, en el cual los hombres habían decidido que los animales eran perjudiciales y habían eliminado a todos de la faz del planeta. Entonces él me replicó que mi escepticismo era la prueba de que estaba perdiendo mi humanidad. Me dijo -con una ingenuidad que despertaba mi furia- que mi tumor estaba haciendo que perdiera uno de los rasgos propios del ser prohumano: la capacidad de pensar posibilidades improbables.
Siguió hablando, pero lo interrumpí con un chillido de rabia, un chillido baboso que salió de mi boca, de mi pecho y de una negra fisura en mi estómago, y luego intenté matarlo. El se retiró espantado y creo que ya no voy a verlo de nuevo. Después estuve durante varias horas afligido, pensando en sus palabras, creyendo que en realidad esta supuesta fusión con mi Animal no es más que una transformación profunda que habrá de convertirme en algo así como un monstruo cuya vida será una eterna e intolerable tortura. Por suerte, ya en soledad, el Animal me reconfortó. Me dijo que no importa cuán monstruosa se volviera la vida mientras siguiera siendo vida, y me señaló las ventajas de una existencia en la cual él es el amo y yo soy el eterno esclavo, el sometido que va siendo cada vez más pequeño, hasta desaparecer en la completa fusión.

Hoy ha venido Manax nuevamente. Dice que no puede soportar la soledad, que necesita conversar con alguien y que desde hace tiempo necesita la presencia de algún prohumano. Yo le comenté de mi disgusto por la conversación de ayer. Le dije que no quería dejar de ser prohumano. Él me dijo que mis actitudes eran muy agresivas e indiferentes, y que yo tenía un trato más profundo con mi tumor que con él. Cuando me quiso explicar esto lloró y se tapó la cara con las manos. Hacía años que no veía llorar a alguien. Entonces me sentí conmovido. Traté de llorar con él, pero no pude. Desde hace tiempo el interior de mi cuerpo está seco, y las lágrimas son un lujo que mi riguroso nuevo cuerpo no puede darse. Lo abracé un momento, diciéndole que su existencia era una joya, algo tan especial que este planeta no merecía. Él estaba de acuerdo con eso y creo que por eso lloraba, porque sabía que pronto iba a morir como habían muerto todos los hombres. Siempre supe que él tenía una gran envidia de nosotros, los que habíamos logrado la comunicación con nuestro Animal. Sin embargo, esta vez yo lo envidié a él. Él es el último verdadero prohumano sobre la faz del planeta. Nosotros, incluido el gran Chen Yong, somos títeres de nuestros implacables tumores.

Hace unos minutos nuevamente se acaba de ir Manax. Hoy ha venido con una renovada esperanza. En realidad, cada día que pasa lo noto más ojeroso y encorvado. La radiación está haciendo en él un efecto demasiado cruel. Sólo se preocupa por encontrar comida (no sé por qué le ha dado por buscar dulces y pasteles en los almacenes de la póleos) y por buscar algún ejemplar del tomo veintiocho. Sé que hay algo que me oculta, que en ese tomo él espera encontrar una secreta respuesta. Yo en vano trato de apagarle su ánimo, diciéndole que ya no tenga esperanzas, que se prepare para la gran comunicación con su tumor. Hoy me dijo, para sorpresa mía, que el tumor ha ido creciendo. Me mostró la parte de abajo de su esternón: hay un bulto significativo. Le di algunas instrucciones sobre cómo debe entablar una comunicación con él para que no se vuelva Cangrejo. Él me contestó que tiene sus propios métodos y que no me preocupara, que su tumor no va a ser un Cangrejo, sino un Animal como corresponde. Me gustó tener esa conversación entre camaradas. Por primera vez sentí que Manax era de los nuestros, que no en vano había sobrevivido al resto de los prohumanos. Sin embargo todavía subsistía mi sospecha de que me estuviera ocultando algo. Sé que no buscaba el tomo veintiocho por una simple curiosidad, sino porque había algo en ese tomo que él debía saber sin que yo me enterase. Toda esta tarde, desde que se fue Manax, me sentí perdido. Tenía una extraña necesidad de contacto con prohumanos. Traté de entablar una comunicación con mi tumor, pero él no pudo decirme las palabras que necesitaba. Me cobijó con un manto negro, como una cálida frazada, pero no pudo calmar la fría y seca tristeza que me transmitía el cielo eternamente fucsia. Entonces fue que me abracé a Luira, ahora convertido en un gran bulto negro, mi querido amigo y camarada, que estaba en un estado un poco más avanzado que yo, y así estuve en una angustiosa inmovilidad durante horas. No sé si eso fue llorar. Sé que si hubiera tenido lágrimas las hubiera vertido y que si hubiera podido gemir lo hubiera hecho. Sin embargo fue el llanto más macabro que conocí. Un llanto silencioso y sin lágrimas, frente a mi amigo Luira en estado de Nirvana y con un espejo a mis espaldas que todo el tiempo me reflejó inmóvil y ojeroso y con el rostro duro, encorvado y cada vez más oscuro.

Manax me ha dicho hoy que ya no parezco prohumano. Dice que desde la última vez que me vio, hace unas semanas, he cambiado de manera sustancial. “No has establecido la comunicación adecuada con tu tumor”, me dijo, acariciándose el suyo, cada vez más crecido. Yo le repliqué que me estaba volviendo pequeño, anantropomorfo y de piel oscura, como el gran Chen Yong. Él me dijo que Chen Yong era un fraude. Me dijo con gran seguridad que él iba a establecer la verdadera comunicación con su tumor. Mi tumor se rió por mí. Yo me reí de alegría, al saber que mi tumor reía, descreyendo de Manax. Manax dijo que la comunicación que había establecido con su tumor tenía algo de milenario, algo de profundamente sustancial y me preguntó si mi tumor podía transmitirme una sensación así. Entonces mi tumor contestó por mí. Dijo que no tenía necesidad de transmitirme más que las sensaciones necesarias. Que un tumor no debe ser demasiado complaciente con su anfitrión humano y que la complacencia es signo de debilidad. Manax dijo entonces algo muy fuerte. Mi tumor entonces se replegó y no ocupó mi lugar. Entonces yo escuché las increíbles palabras y tuve que hacerme cargo de la respuesta. “Encontré el tomo veintiocho”, fueron las palabras que mi tumor se rehusó a escuchar. Entonces le pedí explicaciones a mi tumor, a mi hermoso y paternal Animal que me guiaba en mi supervivencia. Manax repetía: “encontré el tomo veintiocho”. Yo tragué saliva por primera vez en mucho tiempo. Escuché entonces, sin poder replicar, lo que Manax tenía para decirme.

“El tomo veintiocho habla sobre la reproducción humana antes de la invención del Banco. El Banco termina con las posibilidades de supervivencia autónoma de las razas prohumanas. Antes del Banco, las razas prohumanas eran capaces de lograr una autorreproducción automática. Pero para ello necesitaban de hembras. Las hembras o, mejor dicho, la diferenciación sexual, fue eliminada mucho antes de la Primera Colonización. Los colonizadores no sabían nada de reproducción de razas. Tenían un reproductor, un Banco de prohumanos que cada tanto activaban y con él se dedicaban a la Reproducción. El banco fue destruido hace unos treinta años, más o menos en la época en la que el gran Chen Yong logró su primera comunicación.

“Antes de los bancos estaban las hembras, que pertenecían a una especie inferior a las prohumanas. En la Tierra se las llamaba mujeres, y casi no han recibido otra denominación en otros planetas del Sistema Primario. Los hombres tenían un objeto con el cual penetraban a las mujeres y les provocaban la reproducción. Entonces la mujer criaba un homúnculo y luego hacía aparecer a un hombre”.

Le pedí que me mostrara el tomo. El tuvo recelos al principio, pero finalmente me lo entregó. Entonces leí la parte en la que hablaba específicamente de la reproducción en la época prehistórica. Busqué una fotografía impresa en el tomo, la fotografía que yo había visto cuando tenía cinco o seis años. “Algo relacionado con intercambio de fluidos”, era todo lo que recordaba. Entonces encontré la foto. La foto impresa, aquella que había visto hacía unos cinco o diez años. Mi desilusión fue profunda. Eso que tenía ante mis ojos era una hembra, una hembra de las que se suponía que provocaban una alteración mental y una complicada alteración fisiocoquímica en los hombres. Sin embargo por primera vez le creí a Manax aquello de que mi tumor me estaba haciendo perder la humanidad: no sentí por esa hembra más que asco. Un asco repulsivo ante esos senos que colgaban de su pecho. Realmente, debo admitir aún ahora, después de haber meditado sobre la belleza de una hembra, dónde podía estar ese encanto del que hablaban los prohumanos prehistóricos cuando veían a uno de esos obesos seres vestidos de cuero, con cuatro o cinco estómagos, que corrían en cuatro patas y que hacían un largo e interminable “muuuu” cada vez que un hombre establecía contacto reproductivo con ellos.


Manax ha venido nuevamente esta tarde. No lo recibí con mi buen humor de costumbre. En realidad estamos de acuerdo en que yo, a pesar de que conservo mi motricidad intacta, ya estoy perdiendo todo rasgo prohumano. Un poco en broma lo amenacé con comérmelo si no dejaba de molestarme. Él me dijo que estaba dispuesto a formar una nueva raza de seres tumorales. Una raza en la cual los tumores no dejaran de ser prohumanos. Le dije que eso era imposible, siempre y cuando, desde luego, no estuviera dispuesto a que su tumor se convirtiera en Cangrejo y lo devorara. Él me dijo que el tomo veintiocho guardaba un mensaje que yo ya no podía comprender. Yo le contesté que mi comprensión iba más allá de la simple comprensión prohumana. Era mi entendimiento más el entendimiento de un tumor inteligente. Le dije que mi tumor ya me estaba absorbiendo y que el estado de Chen Yong ya era mi próximo paso. Él puso una cara de infinita compasión y se limitó a decir : “sí, claro”.

Hoy estuve cerca del santuario de Banda. Banda fue uno de los últimos en establecer su contacto con el tumor. Estuve cerca de su cuerpo ahora informe y negruzco, hecho casi una bola, desnudo sobre la sala de cocina del puerto. Sé que hace un tiempo latía, que un costado de él era como un corazón gigante que reemplazaba a su antiguo corazón humano. Sin embargo hoy descubrí que no hay nada en él que indique su supervivencia. Su cuerpo tumoral se ha convertido en un esqueleto cubierto de telarañas. Con horror lo miré, y por todos lados se nota que ha muerto. Su tumor, después de establecer contacto con él, lo abandonó. Por primera vez pensé en las palabras de Manax, aquello de que la filosofía de Chen Yong es un piadoso fraude. Entonces, con una profunda desesperación –y por primera vez, con la certeza de que era mi corazón el que latía y no el corazón de mi tumor- fui a la sala de mando, donde se encuentra el inmóvil y pétreo cuerpo de Chen Yong. Era una masa de hielo inmóvil. Quise comunicarme con él, del mismo modo que me comunico con mi tumor, pero no pude. Entonces tomé una estaca y comencé a picar el hielo que cubría su cuerpo.

La desolada verdad estaba ante mí.

Durante treinta años habíamos adorado a un muñeco de plástico.

El gran Chen Yong, el mito de salvación de los prohumanos había muerto hacía mucho tiempo, apenas unos meses después de que las ricas familias lo contrataran como tutor de las nuevas razas. Entonces alguien decidió reemplazarlo por un muñeco congelado, un símbolo mítico refugiado en la sagrada sala de mando. Entonces ese alguien decidió que Chen Yong fuera el cultor de la única esperanza, la esperanza de comunicarnos con la más agresiva de nuestras muertes. No existía la comunicación con el tumor. El Budismo, el Nirvana, eran metáforas de una existencia superior que nos estaba vedada. Chen Yong era una profunda mentira que en las postrimerías de mi muerte yo estoy destinado a descubrir.

Durante varios días traté de llorar mi desgracia y la profunda envidia que tenía de Manax, todavía completamente prohumano. Sin embargo a él también le creía el tumor. Un horrible tumor en el estómago, que le deformaba los músculos y manipulaba el morfismo de su cuerpo a su antojo. Me alegró saber que él iba a morir como humano, con su terrible Cangrejo a cuestas. Yo, sin embargo, a pesar de que Chen Yong no sea más que un fraude, he establecido un auténtico contacto con mi Animal; mi Animal me induce a que crea en él como en una tercera persona. Se lo he hecho saber a Manax y él me contestó con una sonrisa condescendiente.

Su estómago creció tanto que hace unos días me sorprendió.

De allí dentro, de su estómago tumoroso, salió otro ser prohumano.

Manax se reprodujo de manera automática, como hacían los prehistóricos. De su cuerpo salió un homúnculo, un hombre pequeño que lloraba sin consuelo. Sé que lo miré sorprendido y él hizo una adorable mueca de satisfacción antes de morir desangrado. El homúnculo lloró durante horas y yo no supe qué hacer con él. Por suerte murió antes de terminar el día. Entonces pude por fin replegarme en mi completa interioridad.

Desde que estoy compelido a esta vida de absoluta interioridad me siento cada vez más caliente, más pequeño y oscuro. Mi propio cuerpo, mi humanidad de carne débil se cuece a treinta y seis grados y medio. Es como estar cubierto por frazadas, a salvo del frío y de las ferocidades de la vida: esta es otra vida. Una vida negra.Una existencia en una noche movediza y febril que se alimenta sólo de aromas e imágenes amorfas. Soy como una verruga que se quema. Siento el calor y el olor carbonizado que desprendo con mi combustión y hay un placer casi adictivo en olerme. Ahora, con estas nuevas facultades que he adquirido, envolventes, que me protegen del afuera y de alguna funesta interioridad de mi antiguo yo, me reconozco como el Animal auténtico. El Animal es el que se mueve y el que está empezando a vivir en mí y sin mí, y yo lo dejo.

domingo, 15 de junio de 2008

Tiempo

Todo este tiempo he estado escribiendo, pero no para Monstruos y Berenjenas.
Me estoy dedicando a escribir los esbozos de lo que, con suerte, será mi tesis doctoral, y eso me lleva todo el tiempo del que pueda disponer.
Por eso, desde hace muchos días este blog no se actualiza.
Cada vez que me siento frente a la computadora a escribir, lo dedico a la tesis y, en menor medida, a Exonario y Questasbuscando.
Y sí, para no contrariar a la última historia que he publicado, también me dedico a jugar y a mentir.

Las migajas de historias que he ido anotando todavía seguirán en el papel, al costado de la mesa de luz.
Por ahora, he aquí una pálida señal de vida de este blog.
Es poco. Prometo más, pero con la condición de no tener que cumplir ahora.

miércoles, 21 de mayo de 2008

No es cierto que este título dice la verdad

He descubierto que soy un mentiroso enorme. Un gran mentiroso, un tipo que aprendió a mentir de una manera perfecta y redonda. Cada acto de mi vida es una estrategia de ocultamiento, de evasión o de camuflaje. La mentira es un hijo he traído al mundo, y que luego tuve que alimentar día tras día: cada mentira se nutre y se sostiene de otras mentiras, más básicas, más profundas y menos calculables. Miento sin necesidad y por deporte. Miento atentando contra mi integridad y contra mis deseos. Miento para romper el silencio, para escapar del tedio, para conseguir una mínima y dudosa ventaja frente al mundo. Miento para proteger un minúsculo espacio de libertad que no me pertenece y que no merezco.

Miento porque soy miserable.

Hace muchos años, después de un almuerzo familiar, mi abuelo materno me habló de su hijo. “Tu tío Eduardo”, dijo, “Es un ser indigno de vivir” Hizo una larga pausa y enumeró: “Tu tío trabaja todo el día y todos los días. Nunca se toma vacaciones. Si su familia o su patrón le exigen algo, él cumple. Agacha la cabeza, sonríe, y cumple. Parece un gran laburante y un padre ejemplar”. Luego vino otro piadoso silencio antes del espadazo final: “Pero a tu tío, lo único que le preocupa es comer, mirar televisión y dormir. Si tiene que trabajar como un burro para conseguir eso, pues trabajará como un burro. Si tiene que mantener a su familia, lo va a hacer como si fuera el mejor padre. Si su mujer le pide sexo, él le va a dar el gusto para que no siga molestando. Pero no porque él quiera: simplemente, porque es el único modo de ganar unos pocos minutos en su vida para hacer lo único que desea: tirarse en la cama, llevarse un sándwich y mirar películas de cow boys

Si hago caso a las palabras de mi abuelo, la vida de mi tío Eduardo es una mentira. Todo suceso importante es, en realidad, un barniz de mala calidad que cubre el único y verdadero objetivo de su existencia: escapar del mundo y perderse en dos o tres placeres elementales.

Pero mi abuelo se equivocó cuando hablaba sobre mi tío. Debía haberme puesto a mí como ejemplo: yo sólo he deseado una cosa en la vida: jugar a videojuegos.

Sólo eso: jugar a videojuegos.

Es cierto, también me gusta escribir. Pero escribir es ahondar en la mentira. Todo lo que garabateo –y casi todo lo que digo- es una ficción espontánea. Sea como sea, tanto para jugar a videojuegos como para escribir, se requieren dos condiciones: una, tener tiempo libre. Otra, no estar preocupado por algo. Ambas condiciones son incompatibles con la vida de adulto. Y allí está la clave de mi miseria: tengo deseos de preadolescente, pero responsabilidades de hombre maduro. Por eso, en algunos ámbitos, debo dar la apariencia de madurez para proteger mis escasos tiempos libres y despreocupados.

Toda mi vida está calculada en función de proteger mi pasaporte a la evasión del mundo. Si usted me invita a cenar a su casa un día cualquiera, yo le diré que no puedo, que tengo mucho trabajo –corregir exámenes es siempre una buena excusa-, que estoy en un proyecto muy importante, que estoy leyendo libros en otros idiomas porque quiero tener un doctorado, que voy a estar ocupado calculando mi presupuesto de los próximos meses, que mi mujer no me deja o que está enferma o que murió un pariente, o el pariente de un amigo, o que un tsunami ha pasado por mi casa y estaré ocupado colocando chapas en el techo. Lo único cierto de todo ello es: estaré en mi casa, jugando videojuegos.

Incluso este mismo texto se escribe por partes, en los perezosos fragmentos de tiempo libre que me quedan entre partido y partido. Ahora mismo, mi más hondo deseo es estar jugando. No hay un segundo de mi vida en el que repose este apetito.

Pero claro, hay amigos que conocen la peligrosa afición. Amigos a quienes no se les puede embaucar con estas mentiras. Para ellos tengo otra clase de argucias: mi cuerpo es capaz de somatizar hasta niveles insospechados. Nadie se atrevería a decir: “está fingiendo” cuando me da una repentina fiebre, un dolor de cabeza mortal o una desgarradora pataleta de hígado. Si me invitan a cenar o si quieren venir de visita, puedo convertirme por un rato en un desahuciado. Si insisten, y vienen a verme, porque no me creen, me verán pálido, ojeroso, con respiración jadeante, rogando por pañuelos descartables, un nebulizador y una cama oscura y silenciosa. Cuando se van, me recupero de forma instantánea y me siento frente a la computadora a castigar al universo mediante un jueguito con cañones, zombies y extraterrestres.

Mi asma es otra de las grandes mentiras. Desde los tres años de vida padezco ese mal que me sirve de perfecto pretexto: cuando no quiero hacer algo, aparecen las dificultades para respirar, lo que me deja en una buena posición para pedirle a otro que la haga por mí. Dar lástima respirando con estruendo ha sido una estrategia para evitar el esfuerzo. Y como un asmático no puede acostarse mientras tiene un ataque, ¿qué mejor cura puede haber, que unos partiditos videojuegos frente a la computadora?

Un deportista de la mentira como yo juega con los límites de lo calculable y lo no calculable. No siempre mis mentiras sirven al objetivo final: a veces se pasan de la raya y me perjudican. Una vez dije –por deporte- que me interesaba mucho el cine húngaro. Por eso mi interlocutor me invitó a las sesiones de cine que organizaba un modesto club de cinéfilos. Jamás en la vida había visto una película húngara, y nunca accedí a las entusiastas invitaciones de los miembros del club: les puse alguna de las excusas que enumeré más arriba, o todas ellas juntas, o una distinta ante cada invitación.

Otra vez, les dije a unos evangélicos que ya no tocaran timbre, porque estaba muy enfermo y no me resultaba fácil hacer el trayecto desde mi departamento hasta la puerta del frente, a través de un largo pasillo, para recibirlos. En realidad, el problema es que me interrumpían mientras jugaba en internet. Mi confesión –la terrible enfermedad- les pareció un buen motivo para seguir insistiendo. Luego me llamaban por teléfono tres o cuatro veces al día para saber cómo estaba, y cada tanto enviaban a una especie de trabajador social religioso para asistirme en mi solitario sufrimiento. Un día le aclaré al religioso que yo no estaba enfermo, que eso decían los demás, pero en verdad yo era Jesucristo. El hombre se puso pálido, dijo algunas palabras oraculares, se fue de mi casa y al otro día volvió con cinco hombres con traje negro y maletín. En ese momento hice el numerito del poseído, y quedé tirado en el piso, moviendo frenéticamente los brazos y los pies detrás de la puerta entreabierta, expuesto a la mirada atónita de los religiosos y de mis vecinos que pasaban por ahí. A mis vecinos les dije, luego, que yo padecía de epilepsia y que cada tanto me daban ataques. Ahora los vecinos me preguntan cómo estoy y, claro, para sostener lo de la epilepsia, cada tanto tengo que fingir un ataque frente a ellos. Una vez simulé temblores y baba en medio de la vereda y me vio un pariente. Le aclaré lo que pasaba, pues mi familia sabe que no tengo epilepsia. Cuando lo vi en un asado familiar, le dije que había tocado un cable y me estaba quedando electrocutado. El resto de mi familia preguntó cómo había ocurrido. Tuve que inventar una complicada historia según la cual un cable de luz se había desprendido de un poste, había caído con chispazos sobre mi cabeza y yo había sufrido la descarga. Claro que no tenía pensado quedar como idiota: me vi obligado a aclarar que ya había iniciado un juicio al estado y que el propio gobernador me había mandado un mail solidarizándose con mi problema. Como muchos quisieron ver el mail, tuve que crear una cuenta con el nombre del entonces gobernador y, desde esa cuenta, me envié un mail a mí mismo con un ecuánime mensaje de apoyo. Sospecho que ni los evangélicos, ni mis vecinos, ni mis parientes, creen una sola palabra de lo que les digo. De todos modos, cada tanto finjo temblequeos y vahídos, para que no se olviden de mi personaje y para sostener todo lo que he mentido durante tanto tiempo y ante tanta gente. Que ellos no me crean no es buena excusa para dejar de mentir.

Pero no todas mis mentiras desmadradas tuvieron un mal desenlace, y esa es la parte irónica: hay gente – mucha gente- que todavía sigue creyendo en mis mentiras. En las mentiras que he dicho, y en las que sigo diciendo con un sostenido –fingido- convencimiento.

Un día dije que me gustaba la filosofía y me anoté en una carrera. Para sostener otras mentiras que había dicho por ahí, la terminé. Luego dije que me gustaría estudiar tales y cuales temas. Ahora soy profesor en esos temas y hay gente que me consulta sobre ello. Podrán decir que me mando la parte, pero estoy en el lugar donde estoy –no es un mal lugar, por cierto- gracias a una complicada trama de malentendidos. Eso significa que vivo temiendo que alguien me descubra. Que alguien diga, finalmente, “no entiendo cómo este tipo está acá”. O “Al final este tipo es una cáscara vacía”. Un poema de Pessoa me describe con una exactitud aterradora:

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.

Mi antifaz dice: “Me interesa progresar día a día, soy feliz, amo mi trabajo y mi vida”.

Mi verdadero rostro murmura, silenciado por la máscara: “Videojuegos”. Sin verbo, sin adjetivos y con baba.

¿Con cuál de las dos faces he escrito este texto?

¿Quién de ustedes lo está leyendo con sus verdaderos ojos, y quién con la desalmada mirada de felpa de un antifaz carnavalesco? ¿Y quién sabe si hay ojos de verdad debajo de la máscara?
Quizás sólo somos capaces de mirar el mundo a través del antifaz. Quizás nuestro verdadero rostro sea otra de las mentiras que el antifaz ha elaborado para nosotros.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Rumplestilskin

En estas semanas he tenido mucho en qué pensar, y consecuentemente, tuve mucho para escribir.

Lo que me faltó es tiempo.

Tengo una historia a medio terminar que comienza así:

"
A la edad de ocho años, cuando aun no se habían establecido las líneas definitivas que separan a la fantasía de la realidad, Martín sospechó que podía hacer cosas que a los demás les resultaba imposibles"

Otra cuyas primeras palabras son:

"
Los sucesos que voy a contar están ocurriendo en este mismo momento. De alguna enredada manera, una mujer está muriendo en manos de un hombre, en una habitación, a oscuras, a dos kilómetros de mi casa, en silencio y sin que yo lo sepa"

Otra:

"
Por fin me descubrieron una enfermedad impredecible, compleja y de diagnóstico reservado. Por fin dejé de estar loco y de ser hiponcondríaco, y comencé a vivir el alivio de ser considerado un enfermo"

Y otra:

"
He descubierto que soy un mentiroso enorme. Un gran mentiroso, un tipo que aprendió a mentir de una manera perfecta y redonda. Soy un ser detestable que no sólo miente, sino que además elabora onerosos sistemas de relaciones entre sus mentiras para mantener la consistencia. Cada acto de mi vida es una estrategia de ocultamiento, de evasión o de camuflaje. Miento sin necesidad y por deporte. Ese sufrido deporte tiene, sin embargo, un par de objetivos muy claros. "

También he anotado una multitud de pequeñas y puntuales ideas surgidas en la madrugada insomne. La foto es una muestra de ese caos.
Como los desenlaces de estas historia no me parecen convincentes, y desde hace unas semanas no tengo tiempo para sentarme y resolverlas de un modo que no me avergüence demasiado, por ahora no las publico.

¿Cuál de esos comienzos les parece más prometedor?

miércoles, 23 de abril de 2008

Un oráculo modesto

Una noche de mayo del año mil novecientos noventa y tres se destruyó mi mundo por completo, de manera irreversible y para siempre. Demolido, apisonado, desangrado, machacado. Para siempre y sin remedio. Y al día siguiente volvió a construirse hasta en el mínimo detalle.

En ese entonces yo tenía diecinueve años, estaba en el segundo año de la carrera de filosofía, y me sentía orgulloso porque unos meses atrás había conseguido novia. Una novia de verdad, de esas que son para besar, llevar de la mano y presentar a la familia.

Con esa novia de verdad viví todas las experiencias importantes del amor: la espera interminable a la salida del Instituto donde ella estudiaba, la necesidad de escaparme de la clase para encontrarla y compartir un helado o una caminata nocturna de la mano sin rumbo por lugares peligrosos, la curiosa pasión de los celos, la risa cómplice de a dos al ver pasar un pelado con el ceño fruncido que se parecía a una persona a la que le tomábamos el pelo, proyectos de viajes, cenas en familia, tardes aburridas de chinchón y mate, la ternura infinita al asistir a una perra que tenía cría en la calle, la emoción y el alivio de saber que ella estaba, que era real, que existía. Era una de esas novias por las que un hombre renuncia –por un tiempo- a salidas con amigos y comienza pensar en un proyecto definido y menos solitario.

El lector ya podrá ir sospechando cuál es el acontecimiento irreversible del que hablé al principio. No mantengamos este falso suspenso: Irma, mi novia, había quedado embarazada.

No lo supimos por un test de embarazo, sino por múltiples y hoscos indicios corporales, uno de los cuales era el evidente retraso en la menstruación. Ella tenía periodos irregulares, pero ya llevaba casi dos meses desde su última regla. Cada día de esos dos meses fue un ahogo eterno y sordo. Ninguno de los dos podía dormir. Yo llegaba a su casa con la esperanza de que me dijera: “ya está, hoy me vino”. Pero cada vez que tocaba el timbre, sabía que esa noticia liberadora no había llegado. Mientras esperaba que Irma abriera la puerta, escuchaba sus pasos del otro lado, deducía –por la demora en abrir o por la rigidez de su caminar- que las novedades no se habían presentado.

Una pareja sensata no daría tantas vueltas y se compraría un test de embarazo. Sin embargo, nosotros teníamos terror de enfrentar la realidad y, por eso, no nos animábamos a tentar a la certeza definitiva. El cóctel de adrenalina, insomnio e inapetencia que nos generaba ese suspenso nos parecía mucho más tolerable que la concluyente prueba de embarazo: porque la duda todavía deja espacio para el no. Era como recibir un regalo y no abrirlo nunca.

Sin embargo, no fue por el embarazo que, finalmente, ella tuvo que hacerse un test. Durante esos días oscuros – literalmente oscuros: de un crudo otoño, con tormentas y viento frío- Irma comenzó a sentir un insoportable dolor abdominal. No contábamos con obra social ni dinero, así que fuimos al hospital y, gracias a las influencias de un par de amigos, le hicieron rápidamente una tomografía.

Ninguna breve descripción del hospital, ni de esa noche en la cual estuvimos esperando a que nos atendiera una doctora de guardia, puede expresar el húmedo terror que sentíamos. La sala de espera estaba casi a oscuras. A nuestro alrededor había muchas mujeres embarazadas. Mujeres pobres, que traían niños pequeños envueltos en mantas andrajosas y que estaban por dar a luz o que necesitaban hacerse un control urgente por algún problema durante el embarazo. La espera de la ginecóloga de guardia iba a durar muchas horas.

El hospital quedaba lejos de nuestras casas, y ninguno de los dos tenía dinero, ni vehículos, ni teléfono. No habíamos cenado y –se podía prever por el llanto de los niños pequeños sumado a nuestro nerviosismo- no íbamos a poder dormir. “Voy a mi casa y te traigo algo de cenar”, le dije a Irma. Aceptó. En ese momento eran las diez y media de la noche, y la lluvia había amainado bastante.

Caminé todas las cuadras de calles sin luz, solo, mal dormido y con hambre. Llegué a casa. Mi padre estaba mirando un programa de televisión. Un programa de día de semana, de rutina nocturna, de sobremesa. Su mundo continuaba igual que siempre, mientras el mío era arrebatado por una incipiente e indefensa criatura que me exigiría cuidados para toda la vida. En ese momento me di cuenta de que las cosas terribles son aun más crueles porque el resto del mundo sigue su marcha indiferente.

Le comenté a mi padre lo que había pasado. “Está embarazada, Jorge”, me dijo, sin dejar de ver el programa. “A esta edad, tener un hijo es cagarse la vida”. Fue poco lo que pude comer. Hice un paquetito con algunas porciones de tarta y emprendí el viaje caminando, de vuelta, hacia el pavoroso hospital.

Cuando está por ocurrir algo terrible, algunas personas toman decisiones tajantes y definitivas. Yo tiendo a escapar. Tiendo a perderme en un recuerdo o en alguna actividad de esas que sirven para desconectarse del mundo. En la trayectoria hacia el hospital encontré una casa de videojuegos. Tenía una única moneda de veinticinco, así que compré una ficha. La deposité en una maquinita que me gustaba.

El juego consistía en un personaje, visto desde arriba, que adquiría habilidades, herramientas y armas para avanzar de nivel. Yo ya dominaba bastante bien las técnicas para matar a los monstruos y casi nada me sorprendía. Excepto un par de cosas.

Cada cual encuentra sus oráculos donde puede, con las escasas chances de predicción que le ofrecela porción de realidad que le toca ver. Ese juego, esa noche, en ese lugar, fue mi oráculo.

Para que un oráculo funcione, hay que hacer una pregunta. La pregunta que le hice al juego fue: “¿Está embarazada Irma?”. La respuesta la iba a encontrar en uno de los pocos capítulos del juego librados al azar: la selección de armas. Cuando se mataba a un enemigo, en determinado lugar, aparecía un arma. El arma podía ser “FLAME” o “SUPERBALL”. Pero sólo podía saberse qué era el arma cuando uno la levantaba del suelo. No antes. Con esos raros elementos yo había construido mi oráculo: si el arma era “FLAME”, Irma estaba embarazada. Si el arma era “SUPERBALL”, no. La respuesta del oráculo reforzó aun más mis temores: levanté el arma del suelo y resultó ser “FLAME”. Demasiados indicios en mi destino.

El juego se terminó y volví a la calle. El cielo estaba rojizo y ahora, la lluvia había cedido su lugar al viento, que traía un tibio aroma de agua y tierra húmeda y me recordaba a la playa. Cuando llegué al hospital, la noticia –que yo ya sabía de antemano gracias a mi oráculo- estaba confirmada:

- Me vio la doctora, Jorge. Vio la ecografía. Estoy embarazada.

Así me lo dijo Irma de entrada. Luego me contó los detalles. La doctora de guardia hacía entrar de a dos o tres embarazadas; las maltrataba; a algunas les decía “no terminaste de parir uno y ya fabricaste otro”. A todas les daba el mismo diagnóstico, de mala manera y casi sin mirar la ecografía: “Queridas, si cogen sin forro, ¿qué creen que les puede pasar?”. La doctora no respondía preguntas, ni reconfortaba, ni recetaba. Estaba convencida de que la crueldad y el enojo eran los únicos medios para comunicarse con esos despojos humanos que eran las pacientes. Irma quiso preguntarle por los dolores en el abdomen, y la mujer dijo: “El embarazo es sufrimiento y dolor, querida, no es joda”. Mientras estábamos en la sala e Irma me contaba esto, la doctora salió de su consultorio y dijo con una leve sonrisa y voz pausada: “Habría que coserles la concha para que dejen de parir"

Irma se puso a llorar. Nos quedamos abrazados, los dos, en la sala de espera, con una noticia que acababa de destrozar nuestras vidas. Ninguno de los dos tenía casa ni trabajo, y ni lejanamente existía la posibilidad de conseguir cualquiera de los dos.

Después del llanto y la desazón, sin embargo, decidimos tomar una medida. Como no nos había gustado el trato de la doctora, esperamos a que cambiara de guardia. Eran las dos de la mañana y a las seis venía otro médico. Aferrándonos a una esperanza mínima y absurda, decidimos que el doctor de la guardia siguiente debía ver los resultados.

No tengo recuerdos precisos de esas cuatro horas. Sé que conté chistes para reconfortarnos, que volvió a llover, que las paredes vidriadas de la sala de espera se crispaban con la violencia del temporal, que al fondo del pasillo dormía un indigente y que una mujer gimoteaba y se agarraba la cabeza. Nos acompañaba la monotonía de los moribundos con olor a alcohol. Pudimos dormir un poco, hasta que nos llamó la voz del nuevo doctor de la guardia.

El médico era muy joven y amable. Cuando nos vio y le contamos que la otra doctora nos había atendido muy mal, él dijo con toda naturalidad: “no me extraña de ella”. En un segundo, nada más que en un segundo, miró la ecografía y dictaminó sin vacilar:

- Chicos, respiren tranquilos. No está embarazada. El dolor de abdomen se debe a… estreñimiento.

Bastaron esas palabras para que, minutos después, ella tuviera la menstruación que se había venido retrasando.

***

Hoy, quince años después de este suceso, me entero de que voy a ser padre. Mi mujer sigue siendo la misma novia de esa época: Irma. Hoy tengo un buen trabajo, obra social, he terminado una carrera, tengo intenciones de comprarme una casa y por fin viene en camino nuestro hijo. En aquel entonces su existencia anunciaba el peor de los problemas, y hoy es un suceso esperado con alegría, entusiasmo y ansiedad. A veces creo que fue decisión de él no haber venido en ese momento y esperar a que las condiciones se dieran a su favor.

Pero también creo que esos dos meses de nerviosa espera del año mil novecientos noventa y tres, y esa noche de tormenta en el hospital, me mostraron algo curioso sobre mi persona: yo no era capaz de abandonar a una mujer. No pertenecía a la raza de quienes huyen despavoridos ante la sola posibilidad de la peor de las noticias. No me fui del lado de Irma; incluso me sentí en la obligación –en esas breves cuatro horas de espera nocturna en las que nuestro mundo se había acabado para siempre- de levantarle el ánimo a esa mujer que seis meses antes era una desconocida, y de mirar para adelante.

Ni siquiera me escapé, en verdad, cuando entré a la sala de videojuegos. Allí fui en busca de una respuesta. Una respuesta crucial en un oráculo modesto.

Cuando levanté el arma, decía “FLAME”, lo que –según mi pregunta- significaba “Irma está embarazada”. Pero Irma no estuvo embarazada en ese momento, sino ahora, quince años después.

En aquel momento, cuando hice la pregunta, yo estaba atravesando el nivel quince del juego.

Los oráculos jamás se equivocan; somos los hombres quienes leemos erróneamente sus sentencias.

martes, 15 de abril de 2008

Un número en la aritmética divina, segunda parte.

[Este texto sólo tiene sentido si se lee la primera parte]


Apenas dichas estas palabras, irrumpieron en mi cabaña los guardianes acompañados por dos de los patriarcas. Venían a hacer cumplir la próxima decisión del Consejo. Los patriarcas se disculparon ante mí y expusieron sus razones: “Heinrich, es usted un hombre honorable” dijeron. “Tenga a bien permitirnos ejecutar la decisión del Consejo: San Juan Segundo permanecerá encadenado y obrará milagros sólo bajo nuestras órdenes”. Entonces, sin esperar mi respuesta, los guardianes fueron a la habitación y maniataron al Milagroso, quien no opuso resistencia. “Si logras que durante esta noche y durante el día siguiente no haya nubes en el cielo, te concederemos la libertad. Si no lo logras, morirás mañana al mediodía”, le comunicó uno de los guardianes. “Honorables Señores, yo no decido el milagro, ni el cuándo ni el cómo. Apenas soy un ejecutor de ciertas precarias combinaciones. El milagro nace sin que yo lo prepare”. Desde el este comenzó a aullar un viento de voces desesperadas y de carne quemada; un coro fétido de gritos abollados por la angustia, las alturas, las distancias y la bruma helada de las montañas. Los muertos de la peste, apilados para la pira, en las no muy lejanas regiones del este y del sur, seguían quejándose por el dolor en sus bubones. El Milagroso aceptó estar encadenado y dijo “tened a bien que este hombre honorable ejecute el milagro”, mientras me señalaba con su rostro. Los dos patriarcas me miraron y discutieron durante algunos segundos. “Dejadme a solas con el benemérito Heinrich”, dijo. Los guardias salieron de mi casa, pero los dos patriarcas no hicieron caso. “Los milagros son el juego de las artes combinatorias. Si unes un caballo y una gallina, ¿qué creéis que saldrá de esa unión? ¿Podéis predecirlo? La naturaleza no realiza por sí sola esa maravilla, pero ¿qué sucede si forzamos esa combinación? Podríamos estar combinando leyes cuyos resultados se transmitan a los cielos y a las grandes distancias.” El Milagroso hablaba sin mirarnos a los ojos, como si ya no estuviésemos allí. “Y si luego combinas el vino con el aceite y la leche, y lo arrojas todo al fuego, ¿no creéis que, combinado con la cruza entre el caballo y la gallina, sería un desafío muy grande para las leyes del mundo? Siempre he sospechado que Dios creó unas leyes toscas y simples que guían el curso de las cosas naturales. Pero esas leyes no prevén la acción de los hombres: el mundo cederá si no respetamos la Divina Legalidad. De lo que haya de razón, puede surgir otra cosa de razón. Pero de lo absurdo, mi querido Heinrich, puedes esperar cualquier cosa. Incluso la razón.”

En ese momento, El Milagroso me dio instrucciones precisas, las cuales debía ejecutar “en el momento exacto”

Las nubes habían hecho su aldea en el cielo y ahora definitivamente la suerte de San Juan Segundo parecía estar sellada. “Si me atáis las manos, ejecutad, por amor de Dios, lo que os digo. Traed una enorme marmita. Llenadla de sal, de agua, de vino, de aceite. Vaciad en ella los alimentos de todo el pueblo. Calentad todo a fuego de brasa. Vaciad en ella perfumes, licores, jabones. Colocad alrededor de la marmita una corona de flores. Todo lo que para vosotros tenga algún valor debe estar dentro de la marmita, y esta deberá arder al menos por cuatro horas con fuego vivo.”

Los patriarcas hicieron caso a sus pedidos. Libros, enseres, joyas y ropas formaron parte del extraño brebaje. Algunos se deshicieron de todas sus pertenencias y quedaron desnudos frente al helado clima. Después de una hora vimos vapores verdes que subían por los aires y se escapaban en dirección al oeste, llevados por los vientos. Las nubes comenzaron a agrietarse, como si una mano invisible las corriera y dejara espacios entre ellas. Por la tarde los huecos azules eran más grandes que las nubes y la intensidad del viento había disminuido. El milagro había sido ejecutado.

Los patriarcas, todavía cautelosos, fueron a ver al Milagroso y a consultarle por esta nueva maravilla. Pero con horror descubrieron que San Juan Segundo, atado en el fondo del calabozo, no podía hablar. Su lengua, su rostro y sus manos se habían vuelto moradas. Con un oportuno presentimiento, fueron a la caballeriza y vieron a sus dos canes retorciéndose en el piso, con la boca abierta y con sus lenguas negras chorreando una saliva sanguinolenta. “Ha traído la peste negra”, declararon. Dos sacerdotes encendieron una pira alrededor de los canes y los quemaron aun antes de que murieran. Los animales gruñían como niños agonizantes mientras sus carnes desaparecían entre las llamas. A San Juan Segundo lo dejaron en el calabozo sin que hubieran decidido aun qué hacer con él. Nosotros, desesperados, nos derrumbamos frente al templo para pedir por nuestros hijos. Lloramos de horror ante la terrible noche que se avecinaba, pues seguramente El Milagroso ya nos había transmitido la enfermedad.

Durante la inhóspita madrugada fui al calabozo. San Juan Segundo respiraba con dificultad y ya conocíamos que no iba a ver el amanecer. Su cuerpo estaba hinchado y morado; los ojos abiertos se disipaban en la techumbre y no veían. Con todo, quería decirme algo. Acerqué el oído a su boca infectada y me dijo: “la peste es parte del milagro, mi señor Heinrich”

Al día siguiente todos comenzaron a morir. Sus cuerpos palidecían; la fiebre los acababa y en pocas horas se volvían morados. Vi a mi propia familia convertirse en un ejército de ángeles negros. Uno a uno fueron muriendo todos en el pueblo. Hombres, mujeres, niños, ovejas, gallinas y aves. Incluso los somormujos rezagados que pasaban volando por nuestro pueblo caían muertos. Sólo hubo un sobreviviente.

He esperado cuatro días. He dejado a los cuerpos pudrirse en sus camas, en el suelo, en el campo. El viento del este ya no trae el grito de los moribundos. He tenido que comer de los animales infectados para sobrevivir, pero ya falta poco para no necesitar de la comida. Este es el momento en que debo ejecutar la segunda parte del hechizo.

Recosté en sus camas a cada uno de mis conciudadanos muertos y dejé para el último momento el cuerpo del Milagroso, al cual puse en el sucio suelo de la plaza. El frío ha crecido y se acercan nubes de ventisca interminable. Los naipes con el arcano de la muerte están diseminados por toda la aldea como una huella divina de la terrible enfermedad. Los aros atravesados, miles de palomas negras, monedas de oro y un manto negro gigante. Pienso exasperar las leyes de Dios para que se obre el milagro completo, según las instrucciones del emérito San Juan Segundo. Por eso, después de diseminar pétalos de lavanda por toda la extensión del manto negro que cubre a las palomas, los naipes, los aros y las monedas; levanté el manto y El Milagroso se movió, con los miembros fríos, blancos y endurecidos. Sus ojos parecían no mirar, y de su boca sólo salían gruñidos largos y babeantes. Estuvo así un largo tiempo, hasta que su garganta dejó de roncar. Con la noche absoluta, oscura de tormentas, dijo las primeras palabras:

- Ahora, Heinrich. Dios se ha confundido.

Eso era: el milagro de la resurrección se había operado. Pero Dios no lo había previsto; lo habíamos engañado y ahora, mientras Su Divina Voluntad desenredaba los hilos de ese truco, debíamos aprovechar su confusión.

Después de una pausa, me dijo:

- No temas a la ira divina. Desafiamos sus cálculos y ahora quedamos al margen de ellos. Nos hemos convertido en tránsfugas de la vida y la muerte; ya no somos más un número de la aritmética universal. Dios no se fijará más en ti, ni en mí, ni en el ejército de rígidos y pálidos no-muertos que vamos a levantar y que van a ser nuestros esclavos por la eternidad. Ellos, a diferencia de ti y de mi, no podrán hablar, serán torpes para moverse, casi ciegos y no recordarán lo que han sido en vida. A veces desobedecerán nuestras órdenes para llorar o gritar de desesperación, como si una brizna de nostalgia se despertara en ellos. Pero no más, pues serán leales por siempre.


Debajo del enorme manto negro que cubría a los cuerpos en la plaza, comenzaron a escucharse los primeros roncos gritos.

miércoles, 9 de abril de 2008

Un número en la aritmética divina, primera parte.

[Esta historia será presentada en dos partes]

El día de gracia del veintisiete de febrero de mil trescientos cuarenta y ocho, cuando el sol se derrumbaba a través de las montañas heladas y el humo de las chimeneas hacía juegos con los reflejos del sol en el hielo de las cumbres, llegó a nuestra aldea el milagroso San Juan Segundo. Teníamos el temor de la peste negra que, desde dos años atrás, venía asolando la región este y sur de Europa. Diezmados, los habitantes de los grandes y legendarios pueblos de Oriente huían con la mirada perdida y las ropas andrajosas, hasta llegar a las tierras de Prusia donde morían y propagaban el mal. Nuestro pequeño pueblo, afincado al pie de los montes interminables, todavía no tenía noticias cercanas del violento castigo del Dios, excepto por un leve temblor en la tierra y por el mensaje del viento. San Juan Segundo llegaba a los pueblos y obraba milagros, y teníamos la esperanza de que su presencia alejara la Peste de nuestro pueblo. El Milagroso tenía una barba larga, con hebras rojizas y blancas. Sus ojos solían perderse en la distancia, en el fondo pardo y celeste de las montañas. En los pies apenas calzados con sandalias de cuero se veían las torturas de la gota. Venía caminando lento, con sus dos canes de custodia y de única compañía. El día era propicio para los milagros: llevábamos casi un mes sin ver el sol y éste había sido el primer atardecer radiante. Además, hoy se habían detenido los fuertes vientos del Este, que hacían silbar a las montañas y que traían las voces de los moribundos.

Lo primero que hizo el Milagroso fue pedir una pequeña marmita con agua caliente y sal, para remojar sus pies hinchados. Luego pidió comida para sus canes y agua fresca para él. Yo le concedí que se aposentara en mi casa, con mi familia y él lo aceptó de buen grado. Esa noche cenamos frugalmente y nos acostamos temprano. Casi no tuvimos conversaciones durante la comida. Después acomodó sus bolsos al pie de la cama, se acostó quitándose las sandalias pero no la ropa y se durmió de inmediato.

La Divinidad envía señales cada vez que está a punto de actuar: el día siguiente no sólo fue el más luminoso que recordáramos; también hubo una brisa del oeste que traía aromas a incienso y a frutas. Casi todos los vecinos se acercaron a nuestra finca al amanecer, para recibir las maravillas de San Juan Segundo. El Milagroso, sin embargo, durmió hasta muy entrada la mañana. Se despertó después de un bostezo y permaneció en la cama, en silencio, por unos minutos. Yo podía verlo a través de la mirilla de la ventana. Con poca decisión se puso de pie, se calzó, salió de la habitación y les comunicó a los visitantes una noticia que habría de defraudarlos: él no tenía ningún poder sobre los milagros que ejecutaba. Sin embargo prometió que sus próximas maravillas iban a manifestar el poder de Dios en el hombre. Pidió que le alcanzaran sus bolsos y se dirigió hacia la plaza. Una vez allí se paró sobre una enorme piedra y nos mostró lo que sin dudas era una señal divina: comenzó a ondear un pañuelo, lo estrujó varias veces con sus dos manos y de pronto apareció una paloma negra, como si hasta ese momento hubiera estado oculta en el aire. La paloma tomó vuelo y se perdió en dirección al oeste. Después de manifestar nuestro asombro, el Milagroso sacó de su bolso un naipe hecho con cortezas de pino. En el naipe se veía la carta sin nombre: el arcano número trece, la muerte. Luego rompió en pedazos el naipe y arrojó los fragmentos en una bolsa de cuero que traía uno de los presentes. Entonces pidió a una persona cualquiera que sacara los fragmentos, y he ahí que dentro de la bolsa los fragmentos se habían unido: vi con mis propios ojos que el naipe estaba nuevamente íntegro.

Cuando se acercaba el mediodía, nuevas nubes muy oscuras comenzaron a disputarse el cielo. Algunos de nosotros, influidos quizás por esa señal y por otro leve temblor de la tierra, quisimos sospechar del Milagroso: ¿cómo no confundirlo con un brujo? ¿Por qué Dios había querido unir el naipe mudo y macabro que representa a la muerte, y no quizás el naipe de la Templanza o el Papa? ¿Por qué Dios había hecho aparecer una paloma negra? Yo me entristecí por el destino de mi familia, porque la presencia de un brujo en el pueblo habría de ser un hecho tan nefasto como la peste misma.

Uno de los presentes le pidió al Milagroso (si es que de verdad era el Milagroso) que no se valiera de la oscuridad para ejecutar los milagros. Si de verdad era Dios quien actuaba por intermedio de sus manos, ¿qué necesidad tenía de utilizar bolsas y pañuelos para ocultar el preciso instante en que la Divinidad obraba su creación? San Juan Segundo dijo, entonces: “Los milagros no están sujetos a mi capricho. Si no se hacen así, no ocurren. Yo no entiendo ni interrogo las obras de Dios, sólo las ejecuto”. Entonces, para quitar nuestros temores, continuó con otra maravilla. Dio un pequeño salto y se mantuvo en el aire por unos segundos, a cinco o seis pies del suelo. Cayó con lentitud, como si lo sostuviera una mano invisible. Luego, sacó de su bolso cinco aros de un metal reluciente y los atravesó con pequeños golpes, de modo que quedaban unidos como en una cadena. Finalmente, con otros leves golpes deshacía la unión y no era posible encontrar la abertura por la cual habían sido unidos.

Ya el cielo estaba otra vez cubierto y muchos de nosotros fluctuábamos entre el desconcierto y el asombro. El desconcierto, porque había algo en los milagros que lo volvía muy sospechoso. Un joven del pueblo le alcanzó a San Juan una cadena de hierro y el Milagroso no fue capaz de deshacer los eslabones. “Yo no decido cuándo ni cómo va a ocurrir el milagro”, se defendía. Le pedimos más milagros y él sólo dijo que estaba cansado, que quizás más tarde. Se bajó de la piedra, se abrió paso entre la multitud y entró en mi cabaña para recostarse.

El desconcierto fue ganando espacio y los patriarcas, sin duda influidos por el temor a los temblores y a los nuevos anuncios del cielo, decidieron desterrar al Milagroso. En una improvisada reunión alrededor de la piedra de la plaza, dictaminaron que San Juan Segundo debía marcharse a la mañana siguiente, con sus bolsos y sus canes, aun cuando una repentina nieve o los vientos le dificultaran el paso. Es verdad que no podíamos arriesgarnos. Acechados por la peste y por el invierno, no parecía sensato agregar además la acción de un posible hechicero.

Esa misma tarde los patriarcas fueron sorprendidos por una extraña noticia. Un joven hacendado, a quien desde el verano anterior le crecían enormes bubones en el cuerpo, llegó corriendo al pueblo para decir que estaba curado: los bubones habían desaparecido de un día para el otro. El joven había perdido la barba, y según decía, tampoco podía tener más hijos. Los patriarcas entendieron que se había obrado el milagro de volver el tiempo atrás: Dios le había quitado la enfermedad a este joven, pero también la barba y el semen. Era otra vez niño.

Unos minutos después me marché del Consejo. Los patriarcas seguramente iban a revisar el fallo y discutirían quizás el resto de la tarde. Yo regresé a mi cabaña. En la habitación, el Milagroso estaba recostado, con los ojos abiertos. “Heinrich, mi hospitalario señor”, me dijo. Me acerqué al pie del catre. “Ahora está cayendo la tarde, y ese es un milagro que se repite de manera tan cotidiana que no podemos apreciarlo”. Le pregunté si se sentía bien, si deseaba beber o comer algo. Él se levantó de pronto y se sentó en el catre con los pies sobre el suelo. Tomó una de las alforjas que habían quedado a un costado y sacó un pañuelo. Era el mismo pañuelo con el que había obrado el milagro de la paloma. “Algunas veces ha fallado, y yo no me lo explico. Siempre estoy pendiente de que el Señor me abandone, y sin embargo, aunque la fe no esté en mí, el milagro vuelve”. Agitó el pañuelo varias veces y desde adentro de la alforja vi salir la paloma. “La traigo siempre conmigo. Sale volando y vuelve a la alforja. Puedo hacer que aparezca una paloma con agitar un pañuelo, pero para eso necesito que Dios me haya dispensado de una paloma y de un pañuelo. En eso consiste el milagro, en la correcta conjunción de los dos elementos”. Mientras San Juan Segundo hablaba, yo había perdido mi mirada en el horizonte, luminoso y horrífico, por donde se colaba una hilacha del crepúsculo tormentoso. “Puedo realizar el milagro de la levitación, gracias a una disciplina de gimnasia espartana que me ayuda a asirme del aire”. Pensé: la Peste no vendrá con el frío ni con los vientos. No vendrá con lluvias ni con señales nefastas. La peste llegará silenciosa, un día cualquiera. “También puedo hacer que dos aros se atraviesen... Sólo si ya fueron atravesados una vez. Entonces opero el milagro de reunirlos”. San Juan Segundo me dirigió la vista, y con sus ojos reclamaba una atención especial. “Todo lo que hago es operar con las leyes que Dios nos dejó en el mundo. A veces ejecuto acciones que responden a leyes que desconozco, y a veces esas leyes desconocidas me dictan cómo debo manipularlas”. Guardó el pañuelo y comenzó a hablar con una voz cavernosa, como de oráculo. “Un milagro es la transgresión de las leyes del mundo. ¡Pero decir esto es absurdo, porque nadie conoce las leyes que operan en el mundo! ¿Cómo entonces saber si las estamos transgrediendo o no? Si los muertos resucitan, ¿es esto una transgresión, o es parte de una ley que todavía no hemos aprendido?”. Sacó de una alforja un juego de naipes: en todos ellos estaba representada la Muerte. “Yo prefiero creer que todo es un milagro. El sol que se está poniendo en el horizonte sigue una ley: va de este a oeste. Es parte de la obra de Dios, y por eso es un milagro”. Rompió un naipe, y escondió otro en una pequeña bolsa. “Pero a veces los milagros no son tan predecibles”. Abrió la bolsa y dejó ver el naipe de la muerte, íntegro. “A veces los hechos parecen transgredir incluso las leyes esperables y más cotidianas”. Cerró nuevamente la bolsa, con el naipe íntegro dentro, y volvió a abrirla. De su interior salió una paloma negra. “Si se combinan las combinaciones, y nuevamente las vuelves a combinar, no es posible prever el resultado”. Con la bolsa en la mano, se puso de pie y dio un pequeño salto. Se mantuvo en el aire durante unos quince segundos. En ese tiempo, agitó la bolsa varias veces, luego volvió a abrirla y de su interior cayeron cientos de enormes monedas doradas. “Y si luego vuelves a combinar todas las combinaciones ya hechas, y las nuevas combinaciones que surgieron de las anteriores, quizás Dios se vea forzado a intervenir, agregando objetos o acciones, para que el sistema de leyes del Mundo no se desequilibre”. Recogió las monedas, volvió a guardarlas en la pequeña bolsa, volvió a saltar (esta vez con la bolsa en una mano y con tres aros en la otra), abrió la bolsa y de su interior salieron docenas de palomas negras, que revolotearon desesperadas por la habitación hasta encontrar la ventana. “Ahora bien, debemos aprender cómo dirigir los milagros. ¿Por qué salieron palomas esta vez, y monedas la otra? Si Dios quisiera, ¿podría hacer que de mi bolsa salgan la dicha y la sabiduría? ¿Qué combinación deberemos realizar para que el Señor nos conceda una vida venturosa?”


[Esta historia continuará]

sábado, 8 de marzo de 2008

Diálogo entre Yo y Yo

Y - Señor Mux, se está demorando más de lo pactado... ¿Es que ya no piensa darle continuidad a este blog? ¿Acaso cree que lo hecho es suficiente?

Y - De ninguna manera. Existen excusas muy razonables por las cuales sólo podemos entregar este texto autorreferente y lavado. Una de esas excusas, si me permite, es que no puedo encontrar las palabras adecuadas. Lo cual, según tengo entendido, es una actividad que nos corresponde a ambos.

Y - Es verdad; parece que la imposibilidad de una sintaxis aceptable y la poca coordinación de un cierto cúmulo de ideas hacen que todo el intento se vea entorpecido. ¿Qué hay de esa historia de los mozos?

Y- Los mozos tendrán su historia.

Y - Cuéntemela un poco. Recuerde que nos están leyendo. Pocos, pero nos están leyendo.

Y - Bueno, la idea es más o menos así: en los años que trabajo como disc jockey, descubrí que en la mayoría de los servicios de lunch, los mozos son despreciables. Casi nunca me dan de comer, y parece que se ofendieran si les pido un vaso con agua.

Y - Si me permite, don Mux, parece una historia en la que se cuenta una experiencia sumamente biográfica y poco interesante. ¿Pensaba desarrollarla, o acaso eso era todo?

Y - Se me había ocurrido contar casos concretos y centrarme, principalmente, en las pequeñas alianzas y negociaciones que debo hacer en una fiesta para poder comer algo.

Y - Olvide ese tema, por ahora. Hay otros.

Y - Sí. El del niño pequeño que se ríe por la noche. Y el padre descubre que el niño habla con otro niño -invisible- que está en el cielo raso. Una pequeña historia de terror con un final escalofriante.

Y - Recuerde que no puede engañarme, don Mux. Yo conozco esas historias y, si algo sé, es que ninguna de las que me ha contado tiene un final. En muchos casos, sus finales van surgiendo a medida que se desarrolla la trama. Como si el tejido narrativo le diera pistas acerca de sus posibles desenlaces. Ahora bien, ¿cuáles son sus excusas por no haber publicado a tiempo? ¿No es que usted iba a publicar un texto por semana?

Y - Necesariamente, esa promesa iba a romperse algún día. La excusa es muy simple: las tramas están allí, esperando a ser desarrolladas. Pero falta cierta disposición mental para ello. Es como si en este tiempo me hubiera invadido una parálisis conceptual. Por ejemplo, no sé cómo encuadrar la historia de los mozos. ¿Comienzo contando mi trabajo como disc jockey, otra vez? ¿O simplemente hablo desde una tercera persona que observa cómo me tratan los mozos? ¿O doy una descripción más o menos detallada de cada uno de los trabajadores de una fiesta (el fotógrafo, el camarógrafo, la decoradora) hasta llegar a los más despreciables (los mozos)?


Y - Le puedo dar algunas sugerencias, señor Mux. Usted sabe cómo se arma la historia: se comienza de cualquier manera; todas las opciones que propone son válidas. Lo importante es que haya... ¿cómo lo llamaríamos?...

Y- Sí, ya sé. Usted se refiere al lubricante.

Y- Exactamente. El lubricante narrativo. Lo que hace que, después de las primeras palabras, la sucesión narrativa se desprenda necesariamente, como una catarata deductiva. Como si cada oración escrita dictara la siguiente. Pero, ¿En qué consiste ese lubricante? ¿por qué no lo tenemos ahora?

Y- Ese lubricante tiene al menos dos componentes. Uno de ellos está en el escrito mismo. A veces, hay sintaxis tan trabadas e ideas tan oscuras que no permiten el correcto funcionamiento de esa hermosa mecánica de la fluidez narrativa. Por eso, he comenzado muchas historias que luego no pude continuar.

Y- ¿Y el segundo componente?

Y - Bueno, el segundo es una mezcla de muchos ingredientes. A veces me siento frente a la computadora con un poco de hambre, de sueño o -lo más frecuente- mareos y calor. A veces tocan mucho el timbre. A veces -como me pasa ahora- estoy esperando que se consume una decisión laboral que no depende de mí, pero que me tiene en un estado de ansiosa incertidumbre. A veces tengo tantas ganas de jugar a video juegos que cualquier otra actividad queda en suspenso. Todo eso me distrae. Para poder contar una historia necesito de cierta capacidad de evadirme de mis ansiedades. Y cuando el mundo está demasiado presente, cada palabra que escribo es trabajosa y difícil.

Y- Señor Mux, todo lo que ha dicho es sumamente trillado. ¿Se da cuenta?

Y - Claro que me doy cuenta. Es que ahora estoy, justamente, en un periodo sin lubricante. Mis sensores anti- perogrullo están en baja actividad.

Y - De todos modos es extraño, porque aquí, en este diálogo, podemos darnos cuenta de que todo es trillado. ¿Verdad? Si nos damos cuenta, podríamos no decirlo. O borrarlo.

Y - No tiene sentido borrarlo. Estamos mostrando cómo funciona -de acuerdo a nuestro punto de vista- un proceso mental. Si borramos las partes que no nos gustan, estaríamos omitiendo puntos importantes. Pero usted me entiende, no me ponga en aprietos.

Y - No lo pongo en aprietos, pero ya me estoy hartando. ¿No siente el calor? ¿El mareo? ¿El deseo incontenible de dejar de ser Jorge Mux por un rato, o para siempre? ¿Por qué tenemos que estar atrapados en esta personalidad polarizada y neurótica?

Y - Odio la voz zumbona y moralista de Jorge Mux. De hecho, este texto lo hicimos porque él se sentía en falta con su blog. Mux actúa compulsivamente y movido por la culpa. Esa manera de ser ya me tiene harto.

Y - Hagamos una cosa. Dejemos de escribir y que él se las arregle. No salgamos a defenderlo. ¿Cómo va a justificar este diálogo absurdo entre dos partes de su múltiple esquizofrenia?

Y - De acuerdo. Volvamos a ser un silencioso uno.

viernes, 22 de febrero de 2008

Una visita a mis mayores

Mi árbol genealógico es un torturado laberinto de enfermedades inverosímiles. Desde hace cuatro generaciones, el material genético que corre por mis venas se ha venido enrareciendo; contaminándose con otras sangres de contenido nefasto. Una breve ojeada por las ramas de mis ascendientes me sirve para especular sobre el futuro. Sobre ese futuro que no es mío, que no he elegido, pero que está escrito en cada célula de mi cuerpo.

Veamos.

1.

Un retraído y muy enfermizo tatarabuelo paterno, muerto a los cuarenta y cinco por una imprevista crisis epiléptica. Su esposa, mi tatarabuela, muerta a los noventa y ocho. Durante los últimos setenta años de su vida soportó de parálisis invasiva en los brazos. Tuvo breves ataques de una enfermedad no diagnosticada que bien pudo ser psicosis. Por la parálisis, no pudo hacer las tareas de la casa, ni cargar a sus cinco hijos. Uno de esos hijos fue mi bisabuelo. El bisabuelo, a pesar de todo, creció sano y fuerte. Se hizo investigador de los secretos del mar y a los veinticuatro se casó con mi bisabuela. A los treinta se recluyó en un galponcito al fondo de la casa y ya no volvió a salir. Hoy diríamos que tenía esquizofrenia. Murió a los cuarenta y siete años. Sus hermanos –dos varones y dos mujeres, cuyos nombres no constan en la memoria de los últimos eslabones de esta vaga cadena- padecieron de suertes heredadas: tuvieron esquizofrenia y psicosis, respectivamente. O ambos, los cuatro. Ninguno de ellos vivió bastante, y sus breves existencias –imagino- transcurrieron entre delirios horrendos y desollados gritos en mitad de la noche.

Y, ¿qué venía sucediendo por el lado de mi madre? Veamos. No tengo registro de mis tatarabuelos, pero sí de bisabuelos: la nona padeció las secuelas de un virus que había contraído de joven: era sorda. Pero eso no me interesa, porque su sordera no era genética. A los cincuenta años, más o menos, se le cayeron todos los dientes y comenzaron a disolvérsele algunos cartílagos. Su nariz era como la de un boxeador, y sus inútiles orejas pendían como colgajos purulentos. Mi bisabuelo no perdió el tiempo: a los cincuenta y seis, después de un breve período de depresión, se suicidó tirándose de un barranco. Sus hijos –mis abuelos y tíos abuelos- padecieron toda clase de males mentales: depresión, oligofrenia, esquizofrenia y psicosis. Y muchos males físicos: piernas frágiles; problemas de coagulación en la sangre, repentina e inexplicable ceguera temporal, dolores de cabeza que se prolongaban por meses, teratomas.

Pero aun no he llegado a la parte de las enfermedades raras. Parece ser que los caminos genéticos se fueron confundiendo a medida que nos acercamos a mi generación. Parece que el entrecruzamiento de la información venenosa de los genes; su vampírica necesidad de manifestarse con una enfermedad devastadora, había sido encauzado por un lugar paradójico. Si he de creer en las historias que contaba mi padre, uno de los hermanos de mi abuelo tenía poderes mentales, y otro tenía un brazo súper desarrollado con el que hacía tareas de fuerza sobrehumana. Y tampoco ahora he contado enfermedades. Veamos por el lado de mi madre: mi abuela vivió –y vive aún- insomne. Es decir, no pega jamás –absolutamente nunca- un ojo. Mi abuelo cargó con la misma cruz de su padre y de su propio abuelo: gigantismo y demencia progresiva.

Y ahora más cerca: mi papá tiene lagrimales en las orejas; cada tanto se le forman membranas entre los dedos de los pies –como a un pato-; sus divertículos intestinales merecen aparecer en el libro Guinness y la piel se le cuartea hasta caérsele de una sola pieza, como si fuera un reptil. Los hombres anormales tienden a casarse con mujeres anómalas –de otra manera, habrían permanecido solteros-, así que mi madre lo acompaña en sus extravagancias: su cabello es verdoso –pero se lo tiñe de negro-; la última falange de sus dieciocho dedos se le cayó como un diente de leche cuando era muy chica y a veces, sin darse cuenta, construye sus frases con las letras de atrás hacia adelante, porque padece de una afección mental congénita y temporaria llamada pisolexia. Además, coqueteó con la depresión y la esquizofrenia.

Pero el cóctel más extraño y más sutil todavía no había sido preparado.

Para probar ese brebaje genético, debemos tomar por otro ramal y llegar hasta el punto culminante: mi primo Mario.

2

Mario tuvo grandes problemas desde su infancia por culpa de un exceso de imaginación. Era un niño sano, pero tenía la muy mala costumbre de inventar historias imposibles y creérselas. Quienes lo conocían por primera vez, pensaban que sus mentiras eran un juego bien elaborado. Pero con el tiempo se daban cuenta de que él vivía dentro de ese juego. Por esta razón, desde edad muy temprana mis tíos lo enviaron a un psicólogo. Siempre fue un niño pálido y enfermizo, como yo. Toda su infancia, y gran parte de la adolescencia, la pasó deambulando entre licenciados que le hacían preguntas sobre su vida. Como yo. Lo que más escandalizaba a mis tíos era la concisa respuesta de cada uno de los profesionales: el chico no tiene nada.

Hasta aquí, tenemos a un niño sano. Un niño sano que porta, padece y manifiesta la enfermedad más rara y sutil de la familia. Una enfermedad que sólo pudo descubrir una estudiante de literatura.

El chico se hizo grande. Y Mario, ya grande, con veintipico de años, fue testigo de un asesinato. No era el único testigo, así que fue citado a declarar junto con otras personas. Esa mañana fría de mayo lo acompañé al juzgado. De acuerdo a ciertos informes preliminares, no había duda de que el asesinato se había perpetrado con un cuchillo, en mitad de la calle, a causa de una riña a la salida de un local bailable. Pero Mario declaró lo que había visto: no hubo un asesinato. No recuerdo exactamente la extensa declaración de Mario, pero en esencia se decía algo como esto: la supuesta víctima jamás fue agredida: ella, en realidad, comenzó a flotar despacio, en mitad de la noche, y se fue alejando lentamente. Una nave espacial con forma de botella de Coca Cola la vino a buscar en el aire y luego, en Miami, fueron a la playa – la víctima y él, mi primo Mario- a buscar cangrejos peludos en la arena.

Los oficiales tomaron nota en silencio, pero un abogado que estaba allí presente no pudo evitar una intervención:

- Señor, ¿nos está tomando el pelo?

Mario lo miró enfurecido y se levantó, amagando como para irse. El abogado prosiguió, sorprendido:

- La declaración de los diez testigos concuerda en que el acusado le propinó dos puñaladas a la víctima. Lo que usted dice, en cambio, ni siquiera tiene sentido.

Sin mediar palabra, Mario se fue, ofendido de que no lo tomaran en serio. Por suerte para él, el incidente no pasó a mayores.

Pero Candela, la novia de Mario, pidió una copia de la declaración. Y después de un breve análisis de todo lo que Mario había dicho, concluyó:

- La historia que declaró nos da una pista interesante. Aunque un poco fantasiosa, es coherente y consistente. Excepto en un único punto: un tiempo verbal.

Como siempre me intrigaron los enigmas lingüísticos, le pedí que no me lo dijera. Leí la fotocopia con la transcripción textual y me avergoncé de no encontrar el verbo anómalo. Ella me propuso un juego:

- Si estuviste una vez en una playa, ¿cómo lo dirías?

- Bueno… “estuve en la playa”. – dije, sabiendo que era la respuesta más tonta del mundo.

- Exacto. Ahora mirá lo que dice aquí.

En la clara caligrafía de la fotocopia, la transcripción textual decía: “Y estaba en la playa”. Todavía no lo entendía.

- ¿Por qué estaba y no estuve? La respuesta es muy simple. ¿En qué circunstancias usamos el pretérito imperfecto en lugar del pretérito perfecto?

La respuesta era muy difícil de vislumbrar para mí.

- ¡Cuando se está soñando! Fijate, Jorge, ¿cómo contarías un sueño?: “Estaba en la playa, y venía una botella de cocacola, y nos llevaba a Miami…”. ¡Siempre con el pretérito imperfecto, con los verbos terminados en aba! En otras palabras, cada vez que a Mario lo acusan de tener un exceso de imaginación, en realidad está soñando. Ese solito tiempo verbal fue la pista onírica colada en medio de una declaración judicial.

Y resultó que todo lo que había especulado esta mujer –estudiante de literatura- fue cierto. Después de otros estudios médicos, confirmaron que Mario sufría de prolongadas narcolepsias: se quedaba dormido en cualquier lugar. Pero la narcolepsia se disparaba a la par con un sonambulismo perfecto. Por eso, se dormía mientras caminaba y hablaba, y seguía hablando dormido, caminando con los ojos abiertos, manteniendo un hilo en la conversación, respondiendo, mirando si pasaba un auto cuando llegaba a la esquina, saludando a los conocidos. Ni él, ni sus acompañantes, notaban que se había dormido, porque sus ojos y su estado de vigilia no se alteraban. Pero luego, cuando le preguntaban qué había estado haciendo y de qué había hablado, él no recordaba haber hablado o haber caminado: contaba lo que había estado soñando mientras dormía.

Los médicos predijeron algo muy extraño: Mario tendría ataques de narcolepsia sonámbula cada vez más frecuentes. Hasta que algún día quedaría completamente dormido y completamente ambulante. Es decir: para quienes lo rodearan – e incluso para sí mismo- nada habría cambiado. Pero él, aun siendo el mismo, ya no sería el mismo. Sería una especie de zombie de sí mismo, que, sin embargo, tendría su personalidad y viviría en su cuerpo. Pero el auténtico Mario estaría oculto bajo ese manto aparente; estaría durmiendo un sueño eterno lleno de imágenes oníricas.

3

Esta curiosa historia ha sido una buena manera de evitar hablar de mí. ¿Cómo llega hasta aquí este árbol genealógico? ¿Cuáles monstruos se esconden en mi sangre? ¿Qué nombre tiene la muerte agazapada dentro de mí, cuya voz escucho cada día latiendo en mi corazón? ¿Cuándo se desatará la enfermedad final? ¿Quién vendrá a atacarme a través de las décadas de maleza genealógica? ¿Mi bisabuelo esquizofrénico? ¿Mi abuela insomne? ¿Mi bisabuela sin orejas ni nariz? ¿O tendré la dicha de legarle a mis hijos la posibilidad de padecer una enfermedad nueva, escabrosa, indetectable e incurable?

¿Podrá algún lector perspicaz encontrar el verbo que delata la presencia de mi más absurda enfermedad?