miércoles, 2 de agosto de 2006

Jamás confíes en dos gallegos si hay tormenta.


Hace ocho días me quedé sin gas en casa. Hubo una pérdida en el departamento del fondo y la compañía de gas nos cortó el servicio a todos los que, por compartir un pasillo, recibimos gas del mismo caño maestro. Nos dicen que hay que cambiar la instalación de gas completa.

Enseguida se hizo una reunión improvisada en la casa de Julio, mi vecino más cercano. Se decidió pedir varios presupuestos para saber cuánto va a costar este trabajo. Parece que es exageradamente caro y que va a llevar un largo tiempo. Algunos de los que estaban en esa reunión están peleados entre sí por viejas diferencias absurdas. A Julio le molesta que Llanos deje crecer un árbol de palta que da justo a su patio, porque, según Julio “ese árbol de mierda jamás dio una sola palta y vieras el ruido que hacen las hojas cuando hay viento: no te dejan vivir”.

Hace una semana que nos quedamos sin gas y hoy, en el día octavo, no tenemos avances en eso. Hemos visto varios presupuestos. No se ponen de acuerdo entre vecinos y algunos quieren escuchar otras campanas. Mientras tanto el invierno es crudo y arrasador. Ahora mismo me estoy calentando con la garrafa que me prestó Graciela. La historia de esa garrafa me interesa más que esta pequeña desgracia doméstica.

Cuando Graciela se enteró de esta situación, me dijo que fuera a buscar la garrafa a su casa. Ella vive en una zona alejada, con calles de tierra, mal iluminada y catalogada como ‘área suburbana peligrosa’. “Gracias, me arreglo con la estufa de cuarzo y con la garrafita para camping”, le dije. “Y con el microondas me caliento el café con leche”. Mi vida estaba resuelta.

El domingo me levanto a las cinco de la tarde y la estufa de cuarzo hace un chispazo y deja de andar. No tengo ya medios con qué calentarme y afuera está lloviendo. De todos mis amigos, Diego es el único que tiene auto así que lo llamo para que me lleve a buscar la garrafa. “Claro, no hay problema”, me dice.

Para cuando Diego llega a mi casa con su Citroen marrón, ya es de noche y la lluvia cae envuelta en paños de viento negro y furioso. Yo tengo los pies y las manos helados. Le convido un café con leche pero él tiene apuro. “Vamos, que me esperan en casa para preparar un pollo al disco”, me dice. Son las siete y media de la tarde.


Ingresamos al barrio por la calle Pedro Pico. Yo estoy convencido de que Graciela vive en la calle Pueyrredón al 2400, pero cuando llegamos a esa esquina a medias urbanizada, descubro que el paisaje no me es familiar y su casa no está allí. Y yo sé cómo es su casa. Seguimos andando. Estamos dando vueltas entre las calles Espeche y 25 de mayo para ver si el cuadro conformado por cielo negro, lluvia, casas y baldíos me suena conocido. Nada. En la esquina de Espeche y 14 de julio se revienta una cubierta. Diego se ríe. “Ahora sí estamos listos”, dice. Nos quedamos unos minutos adentro del coche, en silencio, mirando la lluvia y esperando a tomar una decisión. Se me ocurre que la casa de Graciela no puede estar muy lejos, así que le propongo a Diego que él se quede en el auto y yo voy a buscar ayuda. Acepta.

La lluvia es tan torrencial que, en una trayectoria de apenas diez metros a partir del lugar donde estamos varados, ya estoy completamente empapado. Eso y las manos y pies fríos. Camino por las veredas de barro a lo largo de cinco cuadras, en zigzag y sin una estrategia definida. Estoy esperando que, por milagro, aparezca ante mis ojos la casa que estoy buscando. El milagro se hace realidad. No era Pueyrredón al 2400, era Luiggi 2670. Desde adentro alguien abre la puerta antes de que toque timbre.

“¡Mirá cómo estás!”, me dice Germán, el marido de Graciela. “¡Te vas a morir de una pulmonía!”. Graciela me ofrece una toalla y Germán me presta su pantalón de gimnasia, medias, unas zapatillas, una camiseta y varios pulóveres. Después de un té bien caliente, les cuento que mi amigo está a algunas cuadras de allí, varado, en medio de la lluvia. “Vamos a buscarlo”, dice Germán.

Lo guié a través del diluvio helado –esta vez nos empapamos los dos, a pesar de un paraguas que de antemano se veía bastante inútil- y llegamos hasta 25 de mayo y 14 de julio. El citroen estaba allí, pero mi amigo Diego no. “Este boludo no habrá salido a buscar ayuda por su cuenta”, dije. El auto estaba cerrado con llave (prueba inequívoca de que se había ido por propia voluntad) y la situación no daba para esperar mojándonos a que llegara. Volvimos a la casa de Germán y Graciela. A pesar de que estábamos totalmente mojados, ya no alcanzaba para que me prestaran ropa una vez más. Me saqué la ropa nuevamente empapada y me puse la que originalmente había traído. Graciela la había puesto sobre el calefactor: seguía mojada pero al menos calentita. Me invitaron a cenar y a dormir en el sofá. Mis opciones no eran demasiadas. Acepté.

Aun llovía a la mañana siguiente.
Graciela no tenía teléfono, así que no podía comunicarme con Diego mientras estuviera en su casa. La lluvia era, ahora, una fina y fría garúa. Podía arriesgarme a salir una vez más; al menos hasta un quiosco para pedir un taxi. Eso fue lo que hice y volví a mi departamento con la garrafa en el baúl del coche. El taxista me cobró catorce pesos con ochenta, cifra que no estaba en mis cálculos iniciales y que me pareció escandalosa.

Ese mismo día lo llamo a Diego. “¿Adónde fuiste anoche? No estabas en el auto.” Se rió. “Pensé que te ibas a perder como un boludo,- me dijo - así que salí yo también. Golpeé la puerta de la casa más cercana. No me vas a creer”- seguía riéndose, pero su risa era nerviosa.

“Toqué en una casita mal hecha en la que vi luz. Les pedí el teléfono. Me atendieron dos tipos que hablaban en gallego y me invitaron a pasar. 'En la sala de estar está el teléfono', me dijo uno de ellos. Me condujeron por un pasillo sin revoque y en medio de pilas de diarios viejos. Se veía una mugre impresionante, y los tipos eran desagradables y gritones. Yo les decía que vos habías ido a buscar una garrafa y ellos me corregían: ‘¡Una bombona!, ¡Una bombona! ¡Menudo borracho!’. Mis palabras les causaban una gracia enorme. Uno de ellos me dijo: ‘Tengo una rueda de Citroën, si te hace falta, tío’. Le dije que sí, que así arreglaba el coche y me iba. ‘Pero nada es gratis, ¿eh?’.

“En la sala de estar (si es que eso era una sala de estar) había una cámara como de las que usan en los canales de televisión y una computadora apoyada sobre una mesa casi destruida. Y no había ningún teléfono. ‘Si quieres salir de acá con el culo sano, tienes que hacernos un trabajito’.

“Lo resumo: la cámara era una webcam de altísima calidad y yo tenía que hacer stripteases cada quince o veinte minutos para (según lo que decían ellos) un servicio de sexo en vivo que se difundía principalmente en España. Me obligaron a masturbarme varias veces, sentado sobre un colchón frente a la cámara y gimiendo ante cada prenda que me quitaba. Ponían de fondo la música de ‘Bombón Asesino’. Eso me divertía mucho. Yo no veía lo que pasaba en la computadora (el monitor estaba de espaldas a la cámara hacia la cual yo tenía que actuar); bien podía estar apagada y bien pudiera ser que yo estaba dando ese patético espectáculo sólo frente a los dos gallegos y nadie más. En realidad, decir que me obligaron es una mentira; yo sabía que me podía ir cuando quisiera pero es que afuera no se podía estar y adentro estaba calentito. Y no te olvides de que estaba medio desnudo. A eso de las dos de la mañana me dieron la rueda lista para el coche, ropa limpia y nueva, y me pagaron cincuenta pesos. Cuando me iba, me invitaron a tomar unos vinos. ‘Tengo aquí una garrafa llena, chaval, quédate con nosotros’. Se reían mucho y no entendía por qué. Igual me fui sin aceptarles el vino”







4 comentarios:

Dié dijo...

Lo único que es mentira es que me pagaron 50 pesos, ojalá, fueron solo 33 y algunas monedas que perdí bajo la lluvia.

J dijo...

14 de Julio por esas zonas... mmm

Luciano S. dijo...

Jorge, en este momento son las 6:40 de la mañana. Si a esta altura de la noche puse interés en leer tu blog fue porque sencillamente me encantaron todos y cada uno de sus posts.

Admiro a quienes pueden convertir una situación insulsa como una reunión de viejos en un club en una fiesta en donde realmente habían muchos sentimientos e historias involucradas. Creo que ahí está la esencia de varios de estos cuentos: si bien todos pudieron haber ocurrido en alguna parte de tu vida (cosa que parece muy probable), aportás un elemento nuevo al "juego de hechos" que por momentos parece burlarse de los acontecimientos, pero también a veces enaltece ciertos sabores "mágicos" que parecés rescatar. En tus palabras: tirás un láser en un tablero de ajedrez y lo haces rebotar por distintos espejos.

Saludos. Me gustó la idea del ajedrez con lásers. Se podría hacer algo con eso.

madrileño dijo...

mmm... qué coño tienen con los gallegos?