domingo, 1 de abril de 2007

Carnero de Brasil

Mamá era una mujer enérgica y trabajadora que cada tanto se derrumbaba. Pasaba meses limpiando, cocinando, lavando, planchando y cuidándonos sin quejas y sin descanso. Pero, cada tanto, caía en cama con una depresión profunda y misteriosa. Estaba así dos o tres días, casi sin moverse y sin siquiera hablar. Luego salía de la habitación y ya era la misma de siempre. Alegre, eficiente, precisa como un martillo eléctrico, y trabajadora como una hormiga.
Alguna vez, cuando yo era muy chico, durante una de esas depresiones recuerdo haberme acurrucado en sus brazos en la completa oscuridad de la habitación. No hablamos durante horas; estábamos despiertos, ella con su momentáneo y fulminante desgano por la vida, y yo con mi infantil necesidad de abrazo materno.

Ya desde ese entonces se escuchaban los ruidos en el placard.

La habitación de mamá era como un bastión inaccesible y cargado de misterios. Había dos roperos de roble, un placard empotrado en la pared, dos mesitas de luz, cómodas, ajuares y espejos. Mi hermano y yo, mientras fuimos muy pequeños, tuvimos un pasatiempo delicioso: entrábamos a la habitación cuando mamá se iba a hacer las compras, y revisábamos los cajones de la cómoda, o nos escondíamos en el ropero para disfrutar del milenario aroma a madera con naftalina. O patinábamos en el piso de pinotea lustrada cuyos tirantes crujían bajo nuestros pies. En verdad, los tirantes crujían incluso cuando nadie los pisaba.

Esa habitación tenía un detalle que la convertía en un recinto casi místico: estaba en el fondo de la casa y no tenía ventanas. Le otorgaba luz un par de veladores tenues sobre las cómodas. Siempre había olor a cera mezclada con otro aroma al que ahora identifico como de magnolia.
Cuando yo tenía once años, un día mamá se levantó de su depresión periódica y ya no fue la misma. O, mejor dicho, era la misma pero con una diferencia pequeña pero escandalosa.
Lo primero que hizo, después de levantarse, fue comunicarnos algo que me asustó muchísimo:
- La virgen María habló hace un rato conmigo y me dio fuerzas. Me dijo que la casa está sucia, que ustedes –que son un amor- necesitan de mi cariño y que la tarde es perfecta para hacer tortas fritas. Así que acá estoy de vuelta.
Mamá no era religiosa. De hecho, se enorgullecía de su ateísmo. Por eso, esa declaración constituía un quiebre o una grieta enorme en su temblorosa psiquis.

A partir de esa declaración, mamá empezó a tener cada vez más seguido la visita de la Virgen. Siempre era en la habitación y, para aumentar la sensación de misterio y ligero horror que nos causaba su dormitorio, ella decía que la virgen hablaba desde el placard. Yo recuerdo haber tenido crueles sueños en los que una tropilla de ángeles sucios y escuálidos, con los rostros llenos de desolación y las alas raquíticas, salía espantado del ropero como polillas que revolotean. Esos sueños me impidieron volver a entrar al aposento de mi madre. Mi hermano tampoco se atrevía a entrar.
A veces uno sabe que algo no anda bien. Uno intuye y enseguida –si pudiera expresarlo en palabras- se daría cuenta de las crueles y terribles verdades con las que convivió durante muchos años. Pero la niñez es una edad en la que lo mágico todavía es posible. Por eso, aunque le temíamos, aceptábamos que la Virgen estuviera habitando un placard de nuestra casa. Y aceptábamos, también, que la Virgen hacía esos extraños ruidos, guturales, matizados, precisos, como si una pequeña sierra eléctrica estuviera desbastando la habitación. Como si esa misma sierra pudiera articular palabras tenues y trabajosas.
Pero hubo cosas que no pudimos aceptar. Todavía hoy me siento como en un pozo sin fondo cuando, a mis catorce años, mamá nos dijo:
- Chicos, la Virgen me pide que me vaya muy lejos, muy lejos. Ustedes van a estar bien.
Salió de casa con el changuito para hacer las compras y nunca más volvió. Quizás, por haberla visto con el changuito –en esa imagen tan familiar de “salir al supermercado”, en una mañana cualquiera de abril-, pensamos que volvería. No lo hizo. No llevó dinero ni fue al supermercado. Simplemente, dejó el changuito a unas cuadras y se arrojó al río. Hallaron el cuerpo a las pocas horas.

Lo que nos tocó vivir después de la muerte de mamá puede resumirse como una serie de peripecias enloquecidas, de idas y vueltas en casas de parientes que no nos querían, de cambios de escuela, de enfermedades repentinas y recuerdos macabros y dolorosos. Así pasamos cuatro o cinco meses, mientras el resto de la familia decidía qué iba a hacer con la casa; si iban a seguir pagando el alquiler para que siguiéramos viviendo allí, o si nos iba a adoptar algún tío o pariente en su propia casa. Alguien decidió que nos teníamos que ir.
Cuando hubo que hacer la mudanza, había que vaciar la habitación del fondo. Allí estaba todo el olor de mamá (olor que aun persiste como una inminencia en mi nariz) y, mientras estudiábamos cómo desempotrar el placard de la pared, descubrimos algo horrible.

Adentro había una colonia de arañas.

Arañas enormes, de hasta seis centímetros de largo, que tenían un color entre negro y rojizo. Las arañas comían la madera del placard, y se habían mudado abajo del oscuro y tétrico piso de tirantes. Desde ahí –supimos unos minutos después- carcomían todo. En el fondo del placard, detrás de cajas de revistas que mi padre había coleccionado muchos años antes de morirse, había un bastión de octópodos queratinosos.
Supimos, después de una breve investigación, que las arañas eran de la especie carnero. La arácnea carnero, una variedad que no se encuentra en la Argentina y que suele vivir en cierta zona selvática de Brasil.

¿Cómo habían ido a parar allí esas arañas?

Mi tío Eduardo, quien no parecía impresionarse por los bichos, corrió algunas revistas polvorientas y descubrió que, en el piso del placard, había una especie de puertita. La puertita no era parte del placard; era como un rincón secreto dentro de la pared donde estaba empotrado.
La abrió.

Después de un pequeño desparramo de arañas, encontró una caja de madera. Adentro de la caja había una virgen. Una virgen fea, de yeso ajado, con expresión de tristeza infinita. La caja decía, del lado de adentro, “Made in Brazil”, y estaba carcomida como si le hubieran dado miles de pequeñas dentelladas.

Mi hermano y yo estuvimos desolados mucho tiempo después de la mudanza. Los muebles, previamente fumigados, fueron a parar a una compraventa y la virgen quedó recluida entre los santos, en la casa de uno de los tíos, hasta que a alguien se le cayó al piso. El misterio de los ruidos en la habitación había sido resuelto. Ahora tenía explicación el hecho de que, cada tanto, encontráramos cuatro o cinco arañas coloradas paseándose por la casa. Sólo quedaba el misterio de la voz virginal hablándole a nuestra madre, y la curiosa coincidencia de una estatuilla en el placard. Estatuilla de la cual –suponemos- mi madre no tenía noticia.

Con el tiempo hice muchas conjeturas. Quizás mi padre había conseguido esa estatuilla por contrabando. Él, que se declaraba ateo, igual que mi madre, quizás en el fondo tenía una fe que no se atrevía a blanquear. Quizás era devoto de María. Por eso la adoraba en un improvisado culto frente al placard, mediado por una puertita y una caja que decía Made in Brazil. Quizás mi mamá lo escuchó, alguna vez, rezar arrodillado, con la puerta del placard abierta, mirando hacia el oscuro fondo, hablándole a una invisible divinidad de los roperos y quizás su locura fue producto del recuerdo de esa imagen.

Quizás ocurrió todo esto, o realmente la Virgen –a través de esa estatua- se comunicó con mi madre. Lo cierto es que había un pequeño detalle estremecedor en la estatuilla: las comisuras debajo de sus ojos estaban erosionadas por restos de lo que parecía ser sangre seca.


Ahora, cuando pienso en esas dulces tardes que pasaba yo junto a mi madre en la cama, agrego un elemento de horror a ese recuerdo; imagino a las arañas corriendo frenéticas y silenciosas por encima y por debajo de los tirantes, y a la virgen dando instrucciones precisas y rabiosas a mi madre. Imagino al mundo, luminoso y colorido, siguiendo su curso afuera de la habitación. Y en medio de mi madre y yo, el silencioso abrazo que nos unía como el refugio más real de la confluencia entre todos esos mundos.

8 comentarios:

J dijo...

Esto me hizo recordar que alguna vez me contaste que de chico tenías miedo al infierno. Pero no era el miedo del católico, sino del ateo que duda por un momento de que Dios realmente no exista.

Ana dijo...

Jorgito querido: después de una ausencia de algunos días, regreso y leo tu historia de hoy domingo. ME parece extraordinaria. Vas avanzando a grandes pasos.

Enduve fuera de circulaciòn por unos problemas con los ojos, que me operaron esta semana. Y hoy puse un nuevo post en Crónicas, que había dejado desantendidas or la mala salud visual.

Te dejo mi abrazo y mi admiración,

Diego Perdomo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Diego Perdomo dijo...

Me gustó muchísimo el relato. La descripción de los Ángeles es una muestra de la efectividad del cuento.
Un abrazo!

sibila dijo...

musgos y hortalizas: soy franca. es tarde, mañana madrugo y el post merece una lectura dedicada.
no quería dejar de visitarlo, ni de agradecer su paso por mi blog.
tendrá el comentario que corresponde. soy una araña frenética.

yerbanohay dijo...

junta mis peores pesadillas, virgenes , sangre y arañas, no voy a poder dormir esta noche. Encima, acá los pisos crujen sin que nadie los toque.

sibila dijo...

quizá la virgen era 'todas las voces' de nuestro fondo oscuro. la metamorfosis, no siempre es posible.

chicosoquete dijo...

bueno, muy bueno.
NO voy a hablar de formas literarias porque no se. pero es de corte profesional