sábado, 29 de diciembre de 2007

Cuidado que va a explotar

Durante poco más de dieciséis años, casi todos mis sábados –y algunos viernes- estuvieron destinados al oficio de disc jockey. Esta rutina laboral nació en junio de mil novecientos noventa y uno; tuvo una interrupción desde fines del noventa y dos hasta mediados del noventa y cuatro, y no se ha detenido hasta hoy. Sin embargo, tengo la sospecha de que la música se detendrá, de manera definitiva, durante el año que se avecina.

Cuando un adolescente se inicia en su carrera de disc jockey, sólo tiene tres cosas: entusiasmo, incertidumbre y un equipo de música pequeño, feo y armado con objetos prestados de dudosa calidad. Yo comencé con el radiograbador de mi padre, un barral de madera con latas de aceite pintadas y lamparitas de colores. Grababa cassettes de la radio y, cada vez que juntaba un peso, compraba un disco o ahorraba para acercarme un poco más al sueño de un equipo profesional. Todavía no existían las computadoras; apenas, tímidamente, se estaban avecinando los compact discs. La música de moda era un bien escaso al que sólo se accedía a través de la radio. Recuerdo haberme quedado noches enteras, atento al dial, con el cassette listo para grabar algún escurridizo tema del momento: Education, de OK, Toy Soldiers, de Martika; Vision of Love, de Mariah Carey. Aunque pasaban esos temas durante el día, el locutor los pisaba con comentarios. Pero a la madrugada, la cosa se volvía más tranquila y uno podía grabarse un tema enterito, sin la intervención inoportuna de voces foráneas. Mis amigos y compañeros de escuela también grababan sus temas, pero no ponían tanto empeño como yo. Mi trabajo era obsesivo; siempre pretendí que la calidad de la grabación debía ser lo más perfecta posible.

Por alguna razón, las parejas que se iban a casar y las chicas que cumplían quince tenían interés en que yo –un amateur obsesivo al mando de un radiograbador- les pusiera música en sus fiestas. De alguna forma, me fui haciendo tempranamente conocido en ese rubro y, con los pesitos que me iba ganando, pude ir haciendo notables mutaciones en ese patético equipo primigenio.

Al poco tiempo, y con la ayuda de mi viejo, pude incorporar las bandejas para pasar discos y un par de hermosos bafles. Luego incorporé una etapa de potencia para los bafles, una mezcladora y un secuenciador para las luces. Sin embargo, todo lo que me podía comprar era de baja calidad y corría el riesgo de que, en medio de una fiesta, el equipo se paralizara por algún motivo desconocido y hubiera que suspender la música. En particular, la etapa de potencia –el alma del equipo, que sirve para amplificar el sonido – se calentaba mucho con el uso y un técnico electrónico me profetizó que, algún día, iba a hacer cortocircuito e incluso incendiarse o explotar violentamente, en medio de una reunión. Esa inquietante predicción hizo que me volviera aun más neurótico: había que vigilar a la etapa de potencia como a un subversivo; ponerle un ventilador para que no subiera mucho la temperatura, apagarla cada tanto; abrirle la tapa superior; mirarla de vez en cuando por si algún componente interno se incendiaba; prestar atención a los olores, porque a veces se quema una resistencia o un capacitor y larga olor a goma quemada antes de arder por completo. Mi imaginación y mi ansiedad siempre se adelantaron a los peores acontecimientos: ¿qué pasaría si, porque sí, sin motivo alguno, explotara de repente? ¿Qué pasaría si eso ocurre, justo, justo, en el momento crucial de la fiesta: cuando entran los novios, cuando bailan el vals…?

Ahora, que han pasado muchos años y que mis equipos distan mucho de ser esas potenciales bombas incendiarias, todavía arrastro ese temor reptilesco, esa absurda (quizás no tanto) sospecha de que todo va a explotar.

Sin embargo, como suele ocurrir cuando se teme, una noche ocurrió casi todo lo que temí.

Fue el diecisiete de septiembre de mil novecientos noventa y cuatro, en un cumpleaños de quince.

Esa noche tuve una fiesta en el salón de la Asociación de Empleados de Comercio. Lugar famoso porque la encargada del salón, una vieja nerviosa, irritable y gritona, maltrataba gratuitamente a los invitados, a los mozos, a los fotógrafos y –sus predilectos- a los disc jockeys.

Para entrar al salón hubo que hacer un suplicio: por alguna razón, la vieja gritona no quería abrir la puerta principal, así que tuve que arrastrar los equipos dando un largo rodeo por un pasillo miserable al costado. Después de eso, traté de instalarme sobre el escenario, pero la vieja –siempre a los gritos- me echó de allí y me sugirió que fuera “a cualquier lugar, menos al escenario, porque después me lo dejan lleno de cinta aisladora, pedacitos de cable y colillas de cigarrillo, y después la pelotuda que lo tiene que limpiar soy yo”. Me decidí por un rincón cercano al escenario.

Armé el sonido, las pocas luces y, para mi sorpresa, descubrí que la etapa de potencia no funcionaba. Encendía, claro, como siempre. Pero no salía el sonido. Estaba muda, muerta, silenciosa. Ya era las ocho de la noche y, en una hora y media, vendrían los invitados. Conviene remarcar la situación: en medio de un inminente compromiso con casi doscientos invitados, con la absoluta dependencia de un aparato que no funciona y sin tener a quién recurrir.

Lo primero que hice fue desesperarme. Lo segundo, fue abrir la etapa de potencia y mirarla. Mirarla sin saber qué hacer: nunca supe de electrónica. Mirarla con la absurda esperanza de que, quizás, pudiera adivinar qué era lo que andaba mal. Con la aun más desquiciada ilusión de reparar lo que andaba mal.

Nada. La etapa era la misma de siempre. No tenía olor; ni siquiera se calentaba. El único problema era su silencio inapelable.

La desesperación llevó a olvidarme del resto del universo. Desenchufé el aparato; lo acerqué a la luz. Lo miré más de cerca. Toqué, moví, saqué, volví a poner. Enchufé para probar una vez más. Finalmente, le puse la tapa y la sacudí entre mis brazos con fuerza, como un termómetro o una lata de pintura en aerosol. La agité forzando los límites de mi ilusión: si acaso algo se había movido, con las sacudidas quizás se acomodara. Después de haberle hecho pasar unos desatinados espasmos, la dejé allí, en silencio, sola, debajo de la mesa y me fui a cambiar. Cuando regresé, sólo apreté el botón de “on” y arrancó a la perfección.

Esa noche tuve un ejemplo de alguna increíble hipótesis sobre las leyes del caos. No tuve tiempo de elaborar nada: casi simultáneamente, llegaron los invitados.

La fiesta fue caótica: si bien el amplificador anduvo a la perfección, los bafles se rompieron. Dos de ellos literalmente explotaron. La explosión fue pequeña y sólo yo pude darme cuenta de ello. Y la quinceañera se enganchó el vestido en el ventilador que enfriaba la etapa de potencia. Y el ventilador daba corriente. Y el padre de la quinceañera me dijo a los gritos y sin presentarse: “bajá el volumen o te tiro los equipos por la cabeza”. Y a las cuatro en punto de la mañana, la vieja histérica que regenteaba el salón cortó la luz para que nos fuéramos a nuestras casas. Y después de eso, sólo después de todo eso, sentí un inconfundible olor a goma quemada. La etapa de potencia había muerto en el momento más oportuno, como un soldado que resiste hasta que su capitán cumple con una misión imposible y sólo después se da el lujo del descanso eterno.

9 comentarios:

The Bug dijo...

Esa sensación... la conozco.
A mi me pasa sin excepción a la hora de encender el auto para ir a alguna cita impostergable y definitoria.
Mientras abro la puerta del patio para sacarlo a la calle: ¿y si no arranca?, ¿y si alguna rueda está baja?, ¿y si la alarma no se desconecta?, ¿y si veo una mancha de aceite debajo del auto?, ¿y si algún chorito me lo abrió de noche?, ¿y si...

Lale dijo...

Uy...

...el final de su relato me dejó ese amargo sabor de boca que sólo dejan los cuentos tristes de Oscar Wilde...

...pobre etapa de potencia...

J Cruz dijo...

es cierto eso de que dejará el trabajo de disc jockey?

Laura Berra dijo...

No sé si dejará el trabajo de dj pero supongo debe tener muchas más anécdotas para contar, resultan muy entretenidas.

Aprovecho para desearle un EXCELENTE 2008!!! junto a sus seres queridos, y que sus deseos se conviertan en realidad.
Muchos saludos,

Mantis dijo...

¡Feliz año, Mux! ¡Saludos a la familia!

exiliadoenelropero.blogspot dijo...

El tema es la sensibilidad de las máquinas, a diferencia de los animales que responden a estímulos apropiados, ellas lo hacen a estímulos de tipo negativo. A ver si se entiende, no soy ferriero en absoluto. Tuve un 3cv (que todavía extraño) que se había aprendido el camino desde el club hasta mi casa y me dejaba en ella cuando yo no sabía nio donde estaba el norte o el sur o siquiera la punta de mi nariz. Ahora tengo un R12 que tiene la deferencia de romperse en mi casa evitandome el garrón de llamar una grúa o empujarlo para descongestionar el tránsito de alguna avenida. Todo eso porque no entiendo nada de fierros ni les profeso la mas mínima atención a diferencia de los "tuercas", "Tunning" y otras tribus por el estilo. Abrazo. Fitto

gabrielaa. dijo...

segundo renglón del último párrafo: largué la carcajada

bien Mux

CresceNet dijo...

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«—x—« dijo...

La obsesión y el temor a las explosiones pueden ser contagiosos. Ahora que leo el relato, me parece recordar una fiesta en que, por ayudar al autor, me pasé buena parte de la noche vigilando la ventilación de esa maldita etapa de potencia... Un cordialísimo abrazo, Sr. Mux.