miércoles, 10 de septiembre de 2008

Váyase de aquí

En mi vida hay una única historia: la sucesión de domicilios a los que me vi arrastrado por culpa de los precios de alquileres.

Un inquilino es un nómade urbano cuyos sueños de techo, paredes y tibieza nunca pueden proyectarse por más de dos años. No existe otra cosa –ni siquiera la propia madre- que sea tan básica, esencial y definitiva como la casa propia. El inquilino tiene la certeza de que ese cuadro que ha colgado; esas cortinas que ha comprado con medidas justas para la ventana, y esa alacena que tan bien quedó en un rincón de la cocina, sólo tienen un lugar provisorio. Sin embargo, los arreglos domésticos le dan una tierna sensación de solidez y calor hogareño (aunque el hogar sea de otro). Desde el primer momento en que el inquilino se sienta a descansar, haciendo a un lado sus pesados bártulos de nómade, sabe que un día será arrancado de ese acogedor pedazo de cemento con techo. Sabe que su arrendamiento puede terminar con la sola voluntad del propietario, aun si no se ha cumplido el contrato. Su identidad se disuelve y se desmiembra después de cada mudanza: ya no estoy en mi barrio; esta no es mi verdulería; esos no son los ruidos que aprendí a escuchar. Tras cada mudanza, el inquilino debe hacerse de nuevo; deberá forjar las cotidianas rutinas hasta que, nuevamente, la voz del propietario dicte la sentencia inapelable.

Mis padres fueron siempre inquilinos. También mis tíos, mis abuelos, mis tíos abuelos, mis primos, las novias de mis primos... Todos en mi ancha familia aprendimos y reaprendimos direcciones y geografías que se renovaban cada algunos años al son de las mudanzas. Siempre se iban (o nos íbamos) más lejos. Las mudanzas eran como un aburrido y previsible juego de la oca: si aumentaba la inflación, retrocedíamos unos cuantos casilleros y nos mudábamos a una casa más pequeña, menos segura, más húmeda. Si mi tío perdía el trabajo, mis primos se iban a vivir lejos, lejos, en un barrio de calles de tierra y casitas raleadas. Por el contrario, si aumentaba el sueldo o si alguien conseguía un trabajo extra, era posible mantener la misma casa por mucho tiempo o mudarse a un barrio mejor. Los vaivenes del azar económico siempre pusieron en peligro el techo que nos cobijaba en forma provisoria.

Los dueños de las casas que habité tuvieron muchos rostros. Algunas veces fueron abstracciones cuya única carnadura era un administrador o gestor inmobiliario. Otras veces eran presencias continuas y acechantes que vigilaban la vida de mi familia y cuyo humor siempre voluble era la variable –la otra variable, además de la económica- que decidía si nos quedábamos o nos íbamos. Si por casualidad a los dueños no les gustaba que yo volviera a casa de noche o que mi padre hiciera teatro, o que ninguno en mi familia fuera a misa, entonces se sentían con derecho a irrumpir en nuestra (su) casa para pedirnos que cambiáramos de vida o, de lo contrario, debíamos abandonarla de inmediato.

Hace apenas diez años mi mujer –Irma- alquilaba un departamentito interno en el fondo de un interminable pasillo atiborrado de construcciones mal hechas y con mínimas comodidades. Los dueños de esa mala imitación de vecindario habitaban una modesta casita a mitad del pasillo. Eran una pareja de españoles muy ancianos que vivían con su hija solterona. Los tres eran ultra católicos. Católicos fanáticos. Católicos de ir todos los días a misa y de vestir santos. Siempre les tuve un poco de miedo, y ellos me tenían algo de resquemor. Por aquella época, yo usaba el pelo largo y eso, para ellos, era un inequívoco signo de irresponsabilidad ante la vida. Siempre les dijimos los gallegos.

Los gallegos estaban día y noche en su casa, vigilando quién entraba y quién salía por el pasillo. Más de una vez descubrimos, mi mujer y yo, que alguno de los ancianos nos espiaba a través de un ventanuco. Ellos, con la ayuda de su hija solterona, comandaban nuestras vidas y la de todos los que alquilaban allí. Sabían quién entraba, quién salía, a qué hora y por qué motivo. Una mañana nos tocaron timbre porque la noche anterior habían escuchado “una risa como de mujer loca”.

Un día mi novia –quizás para tener un tema de conversación- les dijo que ella era devota de María. Desde ese entonces, los ancianos le enviaron un muñeco de la virgen María dentro de una vitrina enorme, del tamaño de un televisor de veinticinco pulgadas. Se suponía que Irma debía cuidar de ese muñeco durante una semana; debía rezarle, ponerle flores y –por sobre todas las cosas- abstenerse de tener sexo mientras La Virgen estuviera presente. Por supuesto, los gallegos podían corroborar quién había tenido sexo: desde su departamento estratégicamente ubicado en la mitad del pasillo, escuchaban cada sonido que salía de nuestras habitaciones. A la semana siguiente le pasarían el muñeco a otro inquilino. Cuando la ronda terminaba – diez o doce semanas después-, le tocaba de nuevo a la primera huésped.

Alguna vez mi novia no pudo pagar el alquiler; se fue atrasando mes a mes hasta acumular una cantidad considerable. Los gallegos, entonces, encontraron en Irma a una víctima de su amor cristiano. Le condonaron parte de su deuda, a cambio de una tortura psicológica sistemática y continua. La vieja tocaba timbre todos los días tratando de convencer a Irma de que se casara por iglesia (conmigo o con otra persona, daba lo mismo); le leía pasajes de la Biblia o la invitaba a las procesiones interminables. Irma accedía por temor a que le cobraran todos los alquileres atrasados.

Sin embargo la deuda siguió creciendo. Sospecho que aun los más piadosos encuentran mecanismos para cometer sacrilegios y no sentirse culpables. Un buen día el gallego entró a la casa de Irma por algún motivo trivial. Entró y vio las paredes, la cocina y unas sillas que él mismo nos había prestado. Y encontró la excusa perfecta y ridícula para echarla de allí. “Me destruiste el departamento, querida”, fue una de las frases que recuerdo ahora.

Una de las paredes tenía una rajadura y se había despintado. La cocina siempre había tenido una mesada de mármol rota y una estufa destartalada. Sin embargo, el viejo encontró –quiso encontrar- que todo eso era culpa nuestra. “Mirá cómo me dejaste las sillas”, dijo la vieja. Es el día de hoy que no sé a qué se refería: las sillas siempre habían estado desvencijadas. “Sí”, se defendió con acento español, “pero no estaban tan destruidas cuando yo te las di”.

Iniciamos una discusión prolongada y absurda. Ellos alegaron que yo había hecho un cableado para robar luz. Eso no era cierto, pero no querían creerme. Yo repliqué que no me parecía correcto que espiaran a todos los que venían por el pasillo. Pero nada fue más nefasto que las palabras con las que la vieja cerró la discusión. Nunca escuché una demostración de poder tan vulgar y soberbia: “Nosotros les perdonamos la deuda y los dejamos seguir viviendo aquí. De modo que podemos vigilar lo que hacen y decidir cómo tienen que vivir”

Después de esa demostración de insania no pudimos hacer otra cosa: Irma recogió sus cosas y se fue a lo de una amiga por un tiempo. Sospecho que, poseídos de esa divina piedad cristiana, los gallegos habrán rezado por nosotros después de fabricar ese teatro para echarnos a patadas.

Este relato es una pequeña muestra de la gran historia de mi vida.

Sin embargo esa gran historia se terminó para siempre el quince de agosto de dos mil ocho a las once treinta de la mañana.

En ese instante Irma y yo firmamos un boleto de compraventa que nos convierte en propietarios. Entregamos los ahorros de nuestras vidas, más un dinero prestado, más el regalo de una abuela inesperadamente platuda, y ya tenemos dónde vivir y criar a la hija que nacerá en dos meses. Hoy, casi un mes después, todavía no podemos creer. Aun conservamos algunos tics de inquilinos que poco a poco, como en un exorcismo, nos vamos quitando: no queremos hacer muchos agujeros en las paredes; no nos atrevemos a modificar el color de las ventanas o del cielo raso o, incluso, esperamos que llegue alguien a decirnos “Se tienen que ir de acá” o “hubo un error en el boleto de compraventa”. A veces miramos los azulejos del baño y nos decimos: “¿Viste esos azulejos? Bueno, son nuestros”. Parecemos dos enamorados estúpidos que se preguntan: “¿De quién son esas manitos?” “Tuyas, mi amor”; “¿De quién es esa naricita…?”

En estos días he vivido la que tal vez sea mi última mudanza. Me di el lujo de decirle a mi propietario de turno (ese que me dijo un precio y luego quiso hacer contrato por otro; ese que nunca vino a ver cómo su propia casa se nos caía a pedazos; ese que un día llamó confundido y nos pidió de mala manera que le pagáramos porque ya era día once, siendo que ya le habíamos pagado; ese que creía que nos tenía enganchados con las dudosas comodidades de su casa oscura; ese que especulaba con que su goterosa tapera era para nosotros una mansión): “Me voy a mi propia casa”.

Estoy en mi casa. Ahora todo es más real y menos incierto.

Ahora mis pesadillas están pobladas por una menor cantidad de monstruos.

12 comentarios:

The Bug dijo...

No voy a reiterarte por acá todo lo que te dije personalmente, pero no puedo dejar de volver a felicitarte, amigo.

Juani dijo...

Jorge, felicitaciones por la compra. En poco tiempo iré a Bahía y espero conocer tu casa, como así también saludarte antes de que seas padre porque no sé cuando volveré a ir para allá.

A mí me paso algo extraño con el tema de las viviendas. Pase de vivir en casa, a vivir en la casa de un amigo, con una amiga de él y luego también con su novia. Luego me mudé abajo, a un departamento igual que el de el. Pero sólo.

En ningún momento me cayó la ficha del cambio, de ninguno de ellos. Tampoco me cayó la ficha de que ya no vivo allá. Incluyo, cuando fui a Tucumán tampoco me sentía en un lugar extraño. Pero sí sentí que volvía a casa al volver a La Plata.

Por suerte mi propietario y la gente de la inmobiliaria me tratan bien y no he tenido ningún problema con ellos. Espero no tenerlo tampoco.

Bueno eso es todo por ahora, te mando un abrazo y nos vemos pronto.

Cassandra Cross dijo...

Felicitaciones y felicidades de todo corazón, don Mux.
Por esta nueva vida, por su hija inminente y por esta maravillosa prosa suya que me emociona de la mejor manera posible.
Lo descubrí tarde en Monstruos y Berenjenas, pero espero seguirlo leyendo mucho tiempo más, por los medios que sean,

Saludos desde una cajita de zapatos, donde hoy estoy un poco más tranquila aunque sea como inquilina.

igor dijo...

“una risa como de mujer loca”. Juju já ju já ju! ¿Era algo así? O sea que al bajar la cantidad de monstruos, ahora esto podría pasar a ser ¿Conejitos y Berenjenas?
Creo que tiene un filón en esta nueva temática "inquilinitud" o algo así. Me sumo a las felicitaciones del resto de sus fans y le mando un abrazo. Usted se merece esto y mucho más.

AEZ dijo...

Bueno, casualidad o qué, qué importa: siempre fui inquilino y me pasó casi todo lo que contás y justo hace un par de semanitas firmé el boleto de compraventa, también.

Iba a agregar que por lo tanto sé lo que se siente. Pero no sé lo que se siente, todavía.

Felicitaciones.

Y, ah: ¿te quedaste por el barrio?

Ivy dijo...

Felicitaciones!

Aunque yo me quedé pensando si era sólo una historia... igual por los coments supongo q no

En buena hora tons!!!

Vachi dijo...

Muchas felicidades señor Mux. Luego de pagar mucho derecho de piso, al fin tiene su piso, qué alegría. Grandes saludos y mucha suerte en este nuevo viaje.

Pasajera en trance dijo...

Bueno, creo que llegué en el mejor momento, entonces.

Mis FELICITACIONES para la pareja que pronto se agrandará en casa propia, che!

Felicidades =)

Leibi Ng dijo...

He visitado hoy tus tres blogs y me han gustado mucho. Das la clave para seguir tragando: mucho humor. Te felicito desde la República Dominicana.

Inquilino dijo...

Genial, primera vez que paso por estos lados y me emociono un poco su historia, más que nada porque es la historia de muchos que todavia somos nomadas...

Amperio dijo...

Enhorabuena, compañero..!
Yo justito estoy necesitando una garantía de propietario para un crédito para agrandar la Unidad Básica...

UAP, campión. No se olvide que lo quiero.

Victoria dijo...

inquilina de toda la vida, deseo llegar algún día a saborear ese dulce momento.