martes, 15 de abril de 2008

Un número en la aritmética divina, segunda parte.

[Este texto sólo tiene sentido si se lee la primera parte]


Apenas dichas estas palabras, irrumpieron en mi cabaña los guardianes acompañados por dos de los patriarcas. Venían a hacer cumplir la próxima decisión del Consejo. Los patriarcas se disculparon ante mí y expusieron sus razones: “Heinrich, es usted un hombre honorable” dijeron. “Tenga a bien permitirnos ejecutar la decisión del Consejo: San Juan Segundo permanecerá encadenado y obrará milagros sólo bajo nuestras órdenes”. Entonces, sin esperar mi respuesta, los guardianes fueron a la habitación y maniataron al Milagroso, quien no opuso resistencia. “Si logras que durante esta noche y durante el día siguiente no haya nubes en el cielo, te concederemos la libertad. Si no lo logras, morirás mañana al mediodía”, le comunicó uno de los guardianes. “Honorables Señores, yo no decido el milagro, ni el cuándo ni el cómo. Apenas soy un ejecutor de ciertas precarias combinaciones. El milagro nace sin que yo lo prepare”. Desde el este comenzó a aullar un viento de voces desesperadas y de carne quemada; un coro fétido de gritos abollados por la angustia, las alturas, las distancias y la bruma helada de las montañas. Los muertos de la peste, apilados para la pira, en las no muy lejanas regiones del este y del sur, seguían quejándose por el dolor en sus bubones. El Milagroso aceptó estar encadenado y dijo “tened a bien que este hombre honorable ejecute el milagro”, mientras me señalaba con su rostro. Los dos patriarcas me miraron y discutieron durante algunos segundos. “Dejadme a solas con el benemérito Heinrich”, dijo. Los guardias salieron de mi casa, pero los dos patriarcas no hicieron caso. “Los milagros son el juego de las artes combinatorias. Si unes un caballo y una gallina, ¿qué creéis que saldrá de esa unión? ¿Podéis predecirlo? La naturaleza no realiza por sí sola esa maravilla, pero ¿qué sucede si forzamos esa combinación? Podríamos estar combinando leyes cuyos resultados se transmitan a los cielos y a las grandes distancias.” El Milagroso hablaba sin mirarnos a los ojos, como si ya no estuviésemos allí. “Y si luego combinas el vino con el aceite y la leche, y lo arrojas todo al fuego, ¿no creéis que, combinado con la cruza entre el caballo y la gallina, sería un desafío muy grande para las leyes del mundo? Siempre he sospechado que Dios creó unas leyes toscas y simples que guían el curso de las cosas naturales. Pero esas leyes no prevén la acción de los hombres: el mundo cederá si no respetamos la Divina Legalidad. De lo que haya de razón, puede surgir otra cosa de razón. Pero de lo absurdo, mi querido Heinrich, puedes esperar cualquier cosa. Incluso la razón.”

En ese momento, El Milagroso me dio instrucciones precisas, las cuales debía ejecutar “en el momento exacto”

Las nubes habían hecho su aldea en el cielo y ahora definitivamente la suerte de San Juan Segundo parecía estar sellada. “Si me atáis las manos, ejecutad, por amor de Dios, lo que os digo. Traed una enorme marmita. Llenadla de sal, de agua, de vino, de aceite. Vaciad en ella los alimentos de todo el pueblo. Calentad todo a fuego de brasa. Vaciad en ella perfumes, licores, jabones. Colocad alrededor de la marmita una corona de flores. Todo lo que para vosotros tenga algún valor debe estar dentro de la marmita, y esta deberá arder al menos por cuatro horas con fuego vivo.”

Los patriarcas hicieron caso a sus pedidos. Libros, enseres, joyas y ropas formaron parte del extraño brebaje. Algunos se deshicieron de todas sus pertenencias y quedaron desnudos frente al helado clima. Después de una hora vimos vapores verdes que subían por los aires y se escapaban en dirección al oeste, llevados por los vientos. Las nubes comenzaron a agrietarse, como si una mano invisible las corriera y dejara espacios entre ellas. Por la tarde los huecos azules eran más grandes que las nubes y la intensidad del viento había disminuido. El milagro había sido ejecutado.

Los patriarcas, todavía cautelosos, fueron a ver al Milagroso y a consultarle por esta nueva maravilla. Pero con horror descubrieron que San Juan Segundo, atado en el fondo del calabozo, no podía hablar. Su lengua, su rostro y sus manos se habían vuelto moradas. Con un oportuno presentimiento, fueron a la caballeriza y vieron a sus dos canes retorciéndose en el piso, con la boca abierta y con sus lenguas negras chorreando una saliva sanguinolenta. “Ha traído la peste negra”, declararon. Dos sacerdotes encendieron una pira alrededor de los canes y los quemaron aun antes de que murieran. Los animales gruñían como niños agonizantes mientras sus carnes desaparecían entre las llamas. A San Juan Segundo lo dejaron en el calabozo sin que hubieran decidido aun qué hacer con él. Nosotros, desesperados, nos derrumbamos frente al templo para pedir por nuestros hijos. Lloramos de horror ante la terrible noche que se avecinaba, pues seguramente El Milagroso ya nos había transmitido la enfermedad.

Durante la inhóspita madrugada fui al calabozo. San Juan Segundo respiraba con dificultad y ya conocíamos que no iba a ver el amanecer. Su cuerpo estaba hinchado y morado; los ojos abiertos se disipaban en la techumbre y no veían. Con todo, quería decirme algo. Acerqué el oído a su boca infectada y me dijo: “la peste es parte del milagro, mi señor Heinrich”

Al día siguiente todos comenzaron a morir. Sus cuerpos palidecían; la fiebre los acababa y en pocas horas se volvían morados. Vi a mi propia familia convertirse en un ejército de ángeles negros. Uno a uno fueron muriendo todos en el pueblo. Hombres, mujeres, niños, ovejas, gallinas y aves. Incluso los somormujos rezagados que pasaban volando por nuestro pueblo caían muertos. Sólo hubo un sobreviviente.

He esperado cuatro días. He dejado a los cuerpos pudrirse en sus camas, en el suelo, en el campo. El viento del este ya no trae el grito de los moribundos. He tenido que comer de los animales infectados para sobrevivir, pero ya falta poco para no necesitar de la comida. Este es el momento en que debo ejecutar la segunda parte del hechizo.

Recosté en sus camas a cada uno de mis conciudadanos muertos y dejé para el último momento el cuerpo del Milagroso, al cual puse en el sucio suelo de la plaza. El frío ha crecido y se acercan nubes de ventisca interminable. Los naipes con el arcano de la muerte están diseminados por toda la aldea como una huella divina de la terrible enfermedad. Los aros atravesados, miles de palomas negras, monedas de oro y un manto negro gigante. Pienso exasperar las leyes de Dios para que se obre el milagro completo, según las instrucciones del emérito San Juan Segundo. Por eso, después de diseminar pétalos de lavanda por toda la extensión del manto negro que cubre a las palomas, los naipes, los aros y las monedas; levanté el manto y El Milagroso se movió, con los miembros fríos, blancos y endurecidos. Sus ojos parecían no mirar, y de su boca sólo salían gruñidos largos y babeantes. Estuvo así un largo tiempo, hasta que su garganta dejó de roncar. Con la noche absoluta, oscura de tormentas, dijo las primeras palabras:

- Ahora, Heinrich. Dios se ha confundido.

Eso era: el milagro de la resurrección se había operado. Pero Dios no lo había previsto; lo habíamos engañado y ahora, mientras Su Divina Voluntad desenredaba los hilos de ese truco, debíamos aprovechar su confusión.

Después de una pausa, me dijo:

- No temas a la ira divina. Desafiamos sus cálculos y ahora quedamos al margen de ellos. Nos hemos convertido en tránsfugas de la vida y la muerte; ya no somos más un número de la aritmética universal. Dios no se fijará más en ti, ni en mí, ni en el ejército de rígidos y pálidos no-muertos que vamos a levantar y que van a ser nuestros esclavos por la eternidad. Ellos, a diferencia de ti y de mi, no podrán hablar, serán torpes para moverse, casi ciegos y no recordarán lo que han sido en vida. A veces desobedecerán nuestras órdenes para llorar o gritar de desesperación, como si una brizna de nostalgia se despertara en ellos. Pero no más, pues serán leales por siempre.


Debajo del enorme manto negro que cubría a los cuerpos en la plaza, comenzaron a escucharse los primeros roncos gritos.

6 comentarios:

Iota dijo...

De la teoría del caos a la nigromancia?

El Gordo Merquero dijo...

Hola triste, lei lo que escribiste de mí en otro blog. Soy el "Gordo Merquero" como me bautizó tu "jefe". Porque antes de desinformar hablando boludeces no lees bien? No tenés vida propia que tenés que defender a podeti, no podés expresar una idea propia o explicar un concepto tuyo? Si leés bien, el dia de los nazis yo fui el que hizo reaccionar a la gente ante los chistes "alegremente nazis" sobre los judíos y el jabón que hacian en el blog del tarado de podestri y él los dejaba pasar. Me censuró y me insultó para alegría de sus mediocres marionetas. Un consejo, aunque yo consejos no doy: Para escribir bien primero hay que saber leer, pero claro, escribir boludamente lo hace cualquiera.
leoesteb77@hotmail.com

El Gordo Merquero dijo...

Hola triste, lei lo que escribiste de mí en otro blog. Soy el "Gordo Merquero" como me bautizó tu "jefe". Porque antes de desinformar hablando boludeces no lees bien? No tenés vida propia que tenés que defender a podeti, no podés expresar una idea propia o explicar un concepto tuyo? Si leés bien, el dia de los nazis yo fui el que hizo reaccionar a la gente ante los chistes "alegremente nazis" sobre los judíos y el jabón que hacian en el blog del tarado de podestri y él los dejaba pasar. Me censuró y me insultó para alegría de sus mediocres marionetas. Un consejo, aunque yo consejos no doy: Para escribir bien primero hay que saber leer, pero claro, escribir boludamente lo hace cualquiera.
leoesteb77@hotmail.com

Don Tunicia dijo...

"...pero de lo absurdo, mi querido Heinrich, puedes esperar cualquier cosa. Incluso la razón."

Impresionaaaante!

Jorge Mux dijo...

gordo merquero: ya te contesté en elsubmundodelespectaculo@blogspot.com. Yo leo lo que escribís, pero no sos claro y -por lo que veo- sos enfermo y obsesivo por haber malinterpretado una estupidez. Lee mis blogs para saber si no puedo expresar un "concepto mío". Ah, y si querés que te tomen en serio cuando cuando hablás -seas quien seas-, dejá de referirte a todos con epítetos insultantes.

Don Tunicia: esa es la aplicación de un principio de lógica clásica llamado "ex contradictione quodlibet", y que se enuncia "de lo falso puede deducirse cualquier cosa. Incluso lo verdadero"

The Bug dijo...

Don Mux, valió la pena la espera para poder leer la segunda parte.
Gracias por este oscuro relato.