lunes, 17 de julio de 2006

El camión bombero

De chico el barrio se dividía por quioscos. Estaba el quiosco “de acá enfrente”, el “de acá al lado”, el “de acá a la vuelta”, el del “talego” (el viejito que, en lugar de “hasta luego” pronunciaba un alargado “taleeeeeego”), y el quiosco “de al lado de la iglesia”. Las topologías se convertían en nombres propios. Si alguno de mis amigos se mudaba, pongamos por caso, al lado del quiosco “de acá a la vuelta”, de todos modos seguiría llamando a su quiosco vecino “el quiosco de acá a la vuelta”, y al resto de los quioscos de acuerdo a la topología inicialmente aprendida. Una vez establecidos los “aquí” y los “allá”, se convertían, para nosotros, en términos absolutos.

Durante los años ochenta (época en la que fui infante) cada quiosco era diferente. No se conseguía gaseosas en todos (y, si se conseguía, era Gini, nunca Pepsi o Coca); tampoco todos tenían los mismos chocolates o caramelos, y definitivamente los helados no eran para cualquiera. No era costumbre abrir los días domingo ni durante la hora de la siesta.

El quiosco “de al lado de la iglesia” cobró para mi un especial interés en el verano del 83. Mi amigo Fernando había conseguido la antorcha en un paquete de figuritas comprado precisamente allí, a fines de diciembre. La antorcha era la figurita imposible de un álbum del Cuerpo Humano. Sabíamos que ese era un acontecimiento único; los quiosqueros, –especie malentretenida y perversa- en su tiempo libre, que es mucho, abren los paquetes con vapor; sacan las figuritas importantes y luego vuelven a cerrarlos con plasticola. Era fácil imaginar al Talego calentando la pava, poniendo paquete tras paquete a la luz del vapor para robarnos la antorcha, con el propósito de regalársela a sus nietos o, peor aun, de extorsionar a alguien con su deseo de obtenerla. Sabíamos que el Talego se entregaba a esa práctica macabra porque, según decían, era chileno.

Pero el quiosquero de al lado de la iglesia no había sucumbido a esa tentación. Nuestra mente de ocho años lo imaginó emparentado con la divinidad, por su cercanía con el templo de María. Aunque, a juzgar por su apariencia, era más parecido al diablo o a alguno de sus demonios. El quiosquero de al lado de la iglesia era muy flaco, extrañamente contrahecho, petiso y su rostro hacía acordar al hombre lobo. Sus manos parecían garras, y por debajo de la manga se adivinaba que tenía mucho pelo. Como el hombre lobo. También era muy malhumorado: si le pedían un chupetín de frutilla, él decía “el que agarre”; metía la mano al azar en la batea y nos daba cualquiera. Era casado (con una mujer muy parecida a él) y tenía dos hijos, una niña y un niño, que iban a la misma escuela que Fernando y yo, aunque a grados diferentes. Toda su familia era horrible, contrahecha, con dientes muy grandes y mal vestida. A nosotros nos parecía obvio que, si un quiosquero tenía hijos, iba a hacer todo lo posible por conseguirles la antorcha. Pero este curioso hombre lobo no tenía piedad con sus hijos y le entregaba la antorcha a cualquiera, por azar, como Dios manda. Pensé que ese quiosquero era, en realidad, un hombre lobo o un emisario infernal que trataba de redimirse evitando ciertas tentaciones (como la de abrir paquetes de figuritas con vapor), porque Dios lo vigilaba muy de cerca, desde la Inmaculado Corazón de María que tenía al lado.

Durante los primeros días de enero del 83, el hombre lobo comenzó a traer barriletes de river y de boca. Su quiosco era oscuro y tenía olor a humedad, pero él marcaba la diferencia con los juguetes: era el único que traía lo que realmente nos importaba a precios que nuestros padres consideraban convenientes. En pocos días todos teníamos un barrilete de náilon con los colores de nuestro equipo. A mediados de enero, trajo los primeros yoyóes y Fernando no tardó en comprar uno. Recuerdo cómo era el primero que tuve, un par de días después que Fernando: de caño; pintado de colores psicodélicos y con un sonido espacial cuando giraba.

El treinta y uno de enero, día de mi cumpleaños, fui con mi abuela Lita a elegir mi regalo. Yo hacía mi fiesta al día siguiente, que era sábado. Mi abuela me dijo: “elegí lo que quieras, yo mañana te lo compro”. Había un espectacular camión de bomberos que costaba muchísimo porque era a fricción. El hombre lobo lo apartó para envolverlo y mi abuela dijo: “mañana lo vengo a buscar”.

A la mañana siguiente, con el corazón galopando, fui con mi abuela Lita, de la mano, a buscar el camión bombero. Cuando el hombre lobo lo había probado, con el girar de las ruedas se movían unas campanitas que le daban un espectacular sonido. Tenía escaleras que se desplegaban. La noche anterior no había podido dormir, porque cumplía nueve años, porque el sábado era mi fiestita y porque ese camión increíble iba a ser mío.

Sorpresa: el quiosco estaba cerrado. La persiana verde y picada de óxido tenía un cartelito miserable, hecho a mano, a último momento, con papel de cuaderno a rayas: “cerrado por vacaciones”. Enseguida entendí que ese hombre lobo no era divino, sino maligno y que había jugado con mi ansiedad y, lo que me parecía mucho peor, con la buena fe de Lita. “menos mal que ayer no le di un centavo”, repetía mi abuela, mientras caminábamos hacia otro quiosco donde me compraría un juguete maravilloso del que ya no me acuerdo.

Mi fiesta fue inolvidable. Vinieron mis compañeros, mis amigos y mis primos. Todos trajeron regalos, que era el derecho de admisión. Hubo coca cola, chizitos, papas fritas y unas deliciosas salchichas de copetín que sólo se comen cuando hay cumpleaños. Anduvimos en bicicleta por toda la manzana, por el jardín, y a la noche nos quedamos hasta tarde jugando a la mancha escondida. Mi papá abrió una sidra y nos dejó tomar un sorbo a mí y a mi hermano.

Los primeros días de febrero estuve esperando que el hombre lobo volviera, abriera su quiosco y mi abuela fuera, conmigo de la mano, a recriminarle su falta de ética. Yo, por un lado, temía que, si el hombre lobo era un ser infernal, le trajera alguna maldición o directamente le hincara esos colmillos espantosos que le sobresalían de la mandíbula. Y por otro lado, como no creía en las maldiciones, pensaba que el pobre quiosquero iba a sentirse tan mal que me regalaría el camión bombero.

Pasó todo febrero y el cartel de “cerrado por vacaciones” seguía allí. En marzo el cartel había desaparecido, pero las persianas siguieron bajas. Cuando empezaron las clases, los dos niños lobo, hijos del quiosquero, no aparecieron por la escuela. Para el mes de abril, las persianas del quiosco estaban cubiertas de polvo.
La abuela de Fernando sabía la verdad desde febrero. Yo me enteré una fría tarde de mayo en la que mi deseo por el camión bombero ya se había apagado. “¿No sabías?”, me dijo, “Se fueron para Mar del Plata en el falcon, el primero de febrero. A cincuenta kilómetros de acá chocaron y se mataron los cuatro”

13 comentarios:

Matrix dijo...

y que paso con el camion bombero?

Diego dijo...

Hermoso todo, el plural de yoyó, la topología inicialmente aprendida (yo conservo varios rótulos perfectos de cosas que ya no existen). Sin embargo a la ANTORCHA no le guardo ninguna sana nostalgia, ese día que regalaban el álbum en la puerta del colegio (así fueron las cosas) yo salí más tarde por algo que no recuerdo, y entonces no tuve álbum. Y después no lo compré. Todo el mundo hablaba de lo mismo y yo proponía inútilmente otros temas. Al final la Maldita Antorcha se había vuelto algo importante para la humanidad, menos para mí. Desde entonces me siento excluído.

Espero que el final sea mentira, y que solo sea un golpe bajo de efecto bien logrado de un tipo que escribe apuntando a palomas en el aire.

Jorge Mux dijo...

Me atrevo a decir que lo único que recuerdo nítidamente es el final. Y algunas imágenes escabrosas posteriores que vinieron a mi mente, pero no las agregué por pudor.

Lucas J. dijo...

Uh, hay cosas que década a década alteran la existencia de los niños.
Yo crecí en los 90's, por lo que fuí de la década de Pepsico Snacs con Coca Cola, sin preocupaciones por un montón de cosas... Con el nintendo reemplazando los yoyoes y las figuritas, pero con las clásicas topologías.
Viví varios años al lado de una plaza (que no abundan en la ciudad de Carlos Paz), por lo que era "la plaza de Lucas"...

Jorge, me hiciste recordar cosas muy lindas, gracias.

Saludos!

J dijo...

No sólo que mi abuelo tenía quiosco, sino que era "el de enfrente de la [escuela] 29". Una lástima que no vendiera figuritas... Eso sí, me leía todas las revistas que quería. Saludos y una lástima que no te gusten los Tacos.

Sal sobre la arena. dijo...

Porqué habría de haber una antorcha entre las figuritas de un album del cuerpo humano?, eh?, Dónde se supone que va?, Podrías aclararme eso?.

Lamento mucho lo de tu camioncito. Este relato me hizo repensar un tema que varias veces me he cuestionado: es el de la incomparabilidad de las angustias y preocupaciones. No pudiste tener tu juguete, eso fué terrible en ese momento, y no creo que pueda ser comparada tu angustia, con la de los habitantes de medio oriente inmersos en plena guerra, por ejemplo.
Impresionante la vivacidad del relato, no parece haber ocurrido hace años.
Saludos

Jorge Mux dijo...

Sal: había una figura del cuerpo humano en el centro del álbum; esa figura representaba a un hombre desnudo sosteniendo una antorcha olímpica.
No me interesaba tanto el juguete, si lo recuerdo fríamente. Creo que fue una ansiedad de ese treinta y uno de enero. Después lo olvidé plácidamente y sólo lo recordaba cuando tenía la cada vez más lejana esperanza de que abriera el quiosco.
Simone de Beauvoir decía que, para algunos, el universo es algo muy pequeño mientras que para otros una maceta es territorio demasiado grande. Así de diferentes son las preocupaciones de los hombres.

Anónimo dijo...

distintos autores coinciden en que:

"mi patria es mi infancia" Baudelaire

"la infancia es la patria común de todos los mortales" Miguel Delibes

"la verdadera patria del hombre es su infancia” Rainer María Rilke

"La infancia es la patria de todos” Antoine de Saint-Exupery

Me encantó la frescura y la intensidad del relato y sus recuerdos.
Se nota que has sido un ciudadano ejemplar de tu infancia, y mirá que no muchos pueden jactarse de eso!

Marco Aurelio

Zorra dijo...

Ay, no me esperaba ese final... incluso cuando lei "A cincuenta kilometros de aca chocaron" todavia no queria reconocer el obvio final. Que triste.
Peeeero, me encantaron todos los detalles y relatos de esa infancia. Lindo lindo.
¿Por que sera que los barrios siempre se dividen por los comercios o los parecidos de nuestros vecinos con el reino animal? al menos en el mio es asi.

Besos, muchos!

Gise dijo...

¡Lindo, Lindo! Muy Detallado :D

Saludos :)!

Sal sobre la arena dijo...

Queremos más cuentos con finales cuánticos!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Mar Inita dijo...

"...si le pedían un chupetín de frutilla, él decía “el que agarre”; metía la mano al azar en la batea y nos daba cualquiera...". Malditos quiosqueros mal predispuestos!. De esos los hay en todas las décadas, se me vinieron varios a la memoria.
Acabo de descubrir el blog.
Encantador.

Gerardo dijo...

Hola Jorge... por esas cosas del destino urbanístico, hemos compartido el acceso al bizarro universo del hombre lobo... era malo... mal llevado... hasta sádico dependiendo la ocasión. Tuvo la dicha de ganar el Prode (en aquellas viejas épocas, era sinónimo de bienestar eterno!)... compró un motorhome o una casilla rodante (no recuerdo bien) y salió con la familia de vacaciones, a reventar la guita... sólo pudo reventar el auto y a su propia familia... excentricidades de la gente rica...vio? gracias por el recuerdo!