sábado, 23 de junio de 2007

Los muertos van deprisa

(Carta de la condesa Dolingen de Gratz, fallecida en el año 1801 y convertida en hematófaga; vista durante las noches frías y despejadas de invierno en la región de Bukovina, Rumania)

Llevo tres semanas sin comer y mis fuerzas aun no han disminuido. No hay hombres ni animales por aquí, a esta altura del año. La noche es una neblina de viento blanco, de nieves delirantes, de helados pies descalzos, de aullidos enloquecedores que excitan mis oxidados sentidos. Los Cárpatos son el único benevolente refugio para esta seca, prolongada e impaciente espera. Las cuevas de puntiagudas rocas, donde permanecemos silenciosos y ansiosos, nos protegen de la luz diurna y de las eternas tormentas.

Sigo esperando sangre viva. A veces busco el cuello lívido y hediondo de alguno de mis amantes con la esperanza, siempre frustrada, de encontrar el olor de la sangre fresca. Aunque todo en él es pútrido, igual lo muerdo; le succiono y le vacío sus venas resecas; sus arterias que tienen tres semanas de indigencia. No se resisten. Se dejan morder y morir miles de veces en mis brazos y aúllan enloquecidos hasta que todas las fuerzas se escapan de sus cuerpos corrompidos.

Algunos podemos leer la mente de las incrédulas e ingenuas víctimas que a veces merodean por las montañas. Incluso somos capaces de inducirles deseos y pensamientos. Otros, pueden adivinar el futuro. Los más poderosos son capaces de convertirse en murciélagos, serpientes y lobos. Los que ocupan el sitial en la jerarquía, adquieren la forma de seres demoníacos y mitológicos de poder incalculable. Pero nuestra fuerza está supeditada al continuo y carnal contacto con la sangre, y a la jerarquía de hematófagos.

Yo fui mordida por Drakul en 1801, un hematófago poderoso, bello e inteligente que conocía el arte del zoomorfismo y el dominio de las mareas. Por eso también soy fuerte, porque heredé parte de la fuerza de mi victimario. Aunque no puedo cambiar mi forma humanoide, sí puedo nublar la vista de los hombres e infundirles un deseo viril y poderoso. Soy un monstruo de sensualidad que aparece en las noches, llamándolos por su nombre e invitándolos a la fiesta más exquisita de todas: la majestuosa gala en la que se convertirán en uno más de mis eternos amantes. La gala elegante de volverse inmortal bailando conmigo en la oscuridad de la luna.

Pero mis amantes, hematófagos, convertidos en inmortales gracias a mi sed, no heredan mi fuerza. Son más débiles; incapaces de volar, de oler a grandes distancias o de escudriñar pensamientos. Y si ellos, débiles, convierten en hematófagos a otros hombres, estos últimos serán mucho más débiles y menos inteligentes. Esta cadena de debilidad, imbecilidad y hambre no se detendría nunca, de no ser porque los más débiles son simples zombies, que deambulan sin propósito y sin destino; no buscan sangre, no buscan perdurar: viven una muerte animada ciega y errante. A estos hay que sacrificarlos. Por suerte los humanos se encargan rápido de ellos, quienes ni siquiera se enteran de que han vuelto a morir.

A veces hay efectos paradójicos en las mordidas: a veces no matan, pero hacen perder la memoria a la víctima, o le generan un ferviente deseo de convertirse a una religión, o se ven fuertemente inducidos al lesbianismo.

En circunstancias normales, si un hematófago muerde tres veces a una persona, la convierte en hematófago. Para las miserables y desesperadas vidas de las sociedades humanas, el mordido ha muerto. Ha muerto y es peligroso, porque vendrá en las noches (nunca de día, nunca cuando llueve, nunca si no hay luna, nunca si hay ajo recién cortado) a morderlos e infectarlos. La infección sólo se cura con la muerte. Y la muerte sólo se produce por el contacto con la plata y con el oro. Un hematófago que no come, que no se alimenta de sangre fresca puede permanecer quieto y en suspenso por toda la eternidad. Su letargo es en realidad una acumulación de fuerzas, de odio y de sueños helados y hermosos. La noche en que huele la pisada de un animal o de un campesino, o escucha sus pensamientos, se despierta y ataca. A veces su desesperación es tan grande que va a buscar su presa a un pueblo. Pero los pueblos siempre son peligrosos.

Los hematófagos no podemos organizarnos. Perdemos gran parte de nuestra inteligencia al morir. Lo que queda, lo que somos, es fruto de la sangre que robamos. Un muerto no escucha a otro muerto; sólo escucha su deseo, su odio y su dolor. Por eso no salimos en grupo a tomar el mundo. Por eso no nos alejamos de esta hermosa región de los Cárpatos, de estas montañas abruptas, áridas y alucinantes a cuyas cumbres rara vez llega el brillo del sol o la fuerza de algún aventurero. Por eso no buscamos a cualquiera para alimentarnos: preferimos científicos y artistas; preferimos nobles, hombres y mujeres de alta alcurnia, porque por momentos adquirimos su inteligencia, su forma exquisita de ver el mundo y el entusiasmo por organizarnos, por hacer política entre hematófagos. Pero abundan los campesinos y los gitanos, que sólo son sangre de entretenimiento. Sangre para calmar a los lobos, para saciar la sed, para no estallar de odio y voracidad.

Cualquier objeto de plata o de oro nos vuelve vulnerables, sea una cruz, una medalla o una moneda. Pero una cruz de hierro o de madera son totalmente impotentes. Mucho me hacen reír –y me enfurecen- los cándidos catoliquitos que se acercan envalentonados, blandiendo con ingenua fe una mínima crucecita de cristal o de carey, creyendo que el poder de Dios está de su lado. A esos no sólo les quito la sangre; también les devoro las piernas y los brazos para que, cuando despierten de la muerte ya siendo vampiros, no puedan jamás moverse.

Hace tres semanas mordí al doctor Van Helsing, el famoso médico, vampirólogo y escritor. Por eso ahora tengo esta repentina necesidad de escribir y de analizar cada pequeño suceso de mi muerte: soy Van Helsing. En parte soy el matador de Drakul. En parte soy quien estudió toda su vida la conexión entre la locura y el vampirismo. Por eso ahora puedo aprovecharme de su fuerza y de la inteligencia que corría por sus venas: he pensado un sistema para raptar niños, criarlos en nuestras cuevas sin morderlos, aparearlos en la edad reproductiva, hacerlos tener hijos y bebernos la sangre de sus hijos. Un criadero humano. También diseñé una modificación genética para hacer hombres – sangre: humanos sin huesos, con una proporción de glóbulos rojos tres veces mayor. Pensé en alguna técnica para que las mujeres tengan de a quince o veinte hijos a la vez: así hay más para repartirnos. Pensé en una manera de racionalizar las mordidas: nunca, o casi nunca, morder tres veces a la misma persona, porque la estaríamos convirtiendo en uno de los nuestros. Y, una vez que es hematófago y pertenece a nuestro bando, es competencia. No queremos aumentar nuestro número sino nuestro poder.

Pero estos pensamientos lúcidos, escritos a la luz de una vela en la cueva, se desvanecerán en unos días, cuando el Efecto Van Helsing desaparezca de mí. Entonces seré, una vez más, la sensual e insaciable Condesa cuyo único e infalible poder consiste en saber tu nombre sin que me lo digas.

7 comentarios:

The Bug dijo...

Este es sin duda un relato enorme.
Y además, de yapa, una hermosa parábola sobre la clase política argentina.

Anónimo dijo...

Señor Mux, su relato es simplemente extraodinario. Acabo de regresar de Rumania y sus líneas tienen exactamente el sabor de los Cárpatos, el frío del viento de las montañas. Muchas grcias!!
Gabriela

yerbanohay dijo...

Me encantó. Me parece que es una parábola no solo sobre la clase política sino tambien sobre los intelectuales y los artistas en general.
Por isso é bom nao se aproximar muito perto dos meus olhos.. diría Caetano.
Creo que es una alegoría a la seduccion en sí: yo tengo un secreto, vos queres saberlo, pero vos sabes que es peligroso para vos, para mí. Muy interesante y terriblemente sexy.

Mantis dijo...

Mi comentario iba a ser muy berreta en comparación con el de Gabriela, que se vuelve de los Cárpatos. Anoche la vi a China Zorrilla haciendo Camino a la Meca, pero no había vampiros ni nada.

¡Ah! En esta semana me tengo que hacer un análisis de sangre. Si.

PD. Me encantó el texto.

Laura Berra dijo...

Excelente!. Me quedo con una frase que da para pensar mucho: "No queremos aumentar nuestro número sino nuestro poder". Produce escalofríos.
Muchos saludos,

Carolina dijo...

Maravilloso relato!!!
Voy a ver si me pongo al día con los otros post.
Besosss!!

gabrielaa. dijo...

bello texto