jueves, 6 de septiembre de 2007

Contactos difusos

Primera parte: 2063

En este instante, hora 62, hemos detenido el reactor y la nave es guiada suavemente por la fuerza gravitatoria. Entramos en órbita con Quíos. Microsat fotografía desde arriba una doble aurora que ilumina de rojo a las nubes de apariencia helada y filosa. Todavía estamos a treinta y cinco mil metros de altura, esperando los preparativos del bioscafo. El primer descenso lo harán Simmel y Lampred, a la hora 65, acompañados por una extensión de Microsat. En este momento, la estación central Microsat está generando extensiones exploradoras para adaptar el planeta a nuestra llegada.

Hora 62,34. El bioscafo está listo. La extensión exploradora de Microsat se despega de la nave; vuela hacia la superficie como un gigantesco insecto de metal y hace el primer escaneo general del planeta. A las 62,56 nos devuelve los detalles técnicos y confirma un dato curioso: hay una variedad de clorofila en la región sobre la cual haremos el descenso. Ahora, la extensión de Microsat espera en la superficie de Quíos, a treinta y cinco mil metros, preparando el terreno y colectando información. La pantalla de Microsat nos devuelve una imagen gris, amarillenta y difusa. Quíos es un desierto con tormentas de vidrio molido.

63,15. La eterna y tranquila aurora que vemos desde aquí arriba contrasta con el caos de la superficie de Quíos. Microsat despliega bombas de equilibrio térmico sobre la región. Vemos por la pantalla cómo en pocos minutos la tormenta se apacigua y la luz de los dos tenues soles se deja ver en el desierto. También vemos a la extensión exploradora de Microsat reptando por la arena de vidrio, como un reluciente monstruo de silicio mitad escorpión y mitad elefante, escudriñando cada fragmento del suelo y cada bocanada del letal aire.

63,55. Lampred sufre una repentina indisposición. Ya le fue implantado el traje autobiótico, por lo que procedemos a descomprimirlo. Durante la descompresión vomita. Microsat le quita con rapidez el implante de traje y lo recuesta sobre almohadones. Ha sufrido una descompensación por los cambios de gravedad. Hacemos un informe, llamando la atención a Microsat por no haber previsto esta contingencia. La memoria de Microsat incorpora el llamado de atención, se disculpa y reconfigura su sistema para adaptarse a las consecuencias del error. Simmel ya está listo para hacer él solo el descenso.

64,30. El bioscafo y la nave ya han sido atadas con cordones de gravedad. Simmel está de buen humor y tiene una gran ansiedad por el descenso. Espera solitario dentro del bioscafo. Microsat central le lee una historia con voz pausada y tenue. Desde nuestro audífono se escucha una música suave que me hace pensar en cosas eternas y luminosas.

64,47. Abruptamente se corta la comunicación con el explorador de Microsat. Perdemos contacto con la superficie del planeta. Microsat central trata de localizar a la extensión. No la encuentra. Decide postergar el descenso para enviar otra extensión. Simmel no se ha enterado de la noticia; por ahora está aislado en el bioscafo esperando el descenso. Lampred está recuperándose de la indisposición. Sólo Microsat y yo sabemos de esta inquietante contingencia.

65,02. Microsat envía otra extensión la cual, a los pocos minutos, también desaparece. Microsat parece desconcertado; su fabuloso cerebro de silicio pone a prueba infinitas hipótesis para entender por qué pierde contacto con sus extensiones. El silencio que se prolonga por largos minutos me da a entender que todavía no puede siquiera aventurar una respuesta. Por un instante tengo miedo. Simmel espera en el bioscafo y pregunta por qué no lo hacen descender. Su ansiedad aumenta a niveles peligrosos. Microsat, quien sabe de nuestra adrenalina, se mantiene en un preocupante silencio.

65,30. Microsat decide que el bioscafo baje a la superficie de Quíos. Mientras monitoreamos los signos vitales de Simmel, descubrimos que sus pulsaciones siguen aumentando. Por el monitor vemos, a través de la cámara externa del bioscafo, una eterna aurora de horizonte casi infinito y cielo verde rizado con nubes en forma de aguja. El descenso se hace a máxima velocidad, sin que las correas de gravedad amortigüen la caída, excepto en el abrupto cimbronazo final. Ahora Simmel parece de buen humor; está aliviado por el descenso. Abre la escotilla y sale.

65,39. Simmel da unos pasos, acompañado por una cámara flotante que escudriña el terreno. La extensión de Microsat no se divisa a simple vista. Extraños olores, dice Simmel. Microsat y yo estamos alerta: si hay aromas desconocidos, es porque el traje ha sido infiltrado. Extraños y maravillosos olores, repite Simmel. Regrese a la escotilla, vuelva al bioscafo, ordena Microsat. Simmel repite: extraños olores, maravillosos olores. No hay formas visibles; todo se ha disuelto en varios aromas que parecen confluir en uno solo. Un solo aroma, familiar, aunque todavía no puedo reconocerlo… Como una historia con varias tramas que pronto desembocarán en una sola y de la cual ya sospecho su desenlace. Microsat repite con voz pausada: vuelva al bioscafo.

66,40. Microsat ha convertido a la cámara móvil en una extensión exploradora. Recoge a Simmel, quien parece vagar sin rumbo repitiendo maravillosos aromas, y lo deposita en el bioscafo. Desde la nave recogemos los cables de gravedad que unen al bioscafo. A las 66,57 Simmel está nuevamente arriba. Cuando abrimos la escotilla del bioscafo, parece recuperar su lucidez aunque en su mirada hay algo vidrioso y tiene unas extrañas heridas en el cuerpo. Sin embargo, lo único que balbucea es:

- Necesito jugo de pomelo. Por favor, rápido, jugo de pomelo.


Segunda parte: 1963


Esta cartilla expresa de manera informal los extraños sucesos de los cuales fui testigo y que tanto escándalo han provocado a la congregación. He tratado de no dejarme llevar por mis pasiones. Mi ferviente deseo fue reproducir el testimonio con la mayor veracidad posible, aunque bien sé que toda perspectiva es precaria y sesgada.
Hace ya dos meses el hermano Ismael, como todas las mañanas, se dirigió a la despensa subterránea. Mientras estaba allí –según su testimonio- cargando el cereal y la harina, escuchó un ruido en el sótano, el cual está contiguo a la despensa y a mayor profundidad que ésta.
En el sótano están las bombas de agua y la caldera. Durante los últimos dos años hemos tenido filtraciones de agua que, gracias a Dios, pudimos solucionar hace poco. Pero en ese momento, el hermano Ismael temió que alguna rotura en los caños hubiese fisurado una pared. Según su propia descripción (usted ya sabe que tenemos un informe detalladísimo que se adjuntará en breve; por ahora permítame ser impreciso con el solo propósito de explicarle los hechos en su generalidad), el ruido “se confundía con el correr del agua, pero si se lo escucha con atención, era como una voz pausada que hablaba de manera monótona”.

Cuando el hermano Ismael inspeccionó rápidamente el sótano, no encontró la fuente del sonido. Pensó que el problema en las cañerías se estaba agravando. Por ello, le comunicó al fontanero de la abadía –el hermano Alberto- que posiblemente fuera necesaria una nueva revisión de las bombas.
El hermano Alberto llevó su equipo de fontanero y procedió a revisar las cañerías de agua. En ese momento, escuchó el sonido al que aludió el hermano Ismael. El ruido parecía provenir de las calderas, no de las cañerías de agua. Las calderas se encuentran detrás de unas portezuelas de metal y, normalmente, hacen mucho ruido por el continuo paso del gas. El hermano Alberto abrió la puerta y gritó. Unos segundos después, la caldera explotó con violencia, tal como fue informado en los periódicos. Sin embargo, usted ha recibido una información adicional, y esta misiva tiene como propósito confirmarle esa información.

Los periódicos hablan de una fuga de gas y de una explosión. Lo que no se dijo es: el hermano Alberto recibió heridas exactamente idénticas a los estigmas de Nuestro Señor Jesucristo. De hecho, no tuvo ninguna otra consecuencia excepto las manos atravesadas por algo punzante, el costado derecho profundamente lastimado, los pies rotos y la cabeza coronada por heridas como de pústulas. Usted sabe, al igual que yo, que la casualidad pudo haber jugado un rol importante y que esa heridas han sido consecuencias mas bien seculares, y que no hay ninguna intervención sobrenatural. Sin embargo, después de la explosión y los primeros auxilios, el hermano contó lo que vio y oyó.

Según sus palabras, el sonido que había escuchado el hermano Ismael era una voz ronca y sofocada aunque tranquila, que salía del interior de las calderas. La voz repetía la cadencia y el ritmo del Padrenuestro, con la diferencia de que en lugar de decir “Padre Nuestro que estás en los Cielos, Santificado sea tu nombre”, decía “Estación Microsat que estás en el aire, intento conexión a través de tu código”. Vio un ser alado, metálico, con forma de escorpión y elefante. Un instante después, vino la explosión y el ser desapareció.

No somos tan ingenuos para creer en apariciones diabólicas; preferimos agotar el espectro de las explicaciones seculares. Cuando recogimos los restos de las calderas, encontramos trozos de un metal que no nos pareció familiar. Pero esto no es concluyente. Lo único concluyente es: la caldera no explotó; en realidad hubo algo que explotó junto a la caldera y la hizo estallar. Pero si usted me permite, la hipótesis de un atentado contra nuestra abadía me parece risible.

Sé que quedan muchos detalles, pero las palabras del hermano Alberto se hicieron cada vez más ininteligibles. Los últimos tres días de su agonía, sólo repitió un pedido que tratamos de cumplir más allá de los límites de cualquier requerimiento humano.

Su pedido insaciable era el siguiente: “necesito jugo de pomelo, urgente”.

9 comentarios:

Iota dijo...

Hay como una especie de armonía o acción a distancia. Un patrón que se repite. Me gusta.

gabrielaa. dijo...

maravillosos aromas

Laura Berra dijo...

Como siempre, muy bueno lo suyo.
Saludos,

gabrielaa. dijo...

ah. me hizo acordar de The Sparrow, de Mary Doria Russell.

Mantis dijo...

Respondiendo a su pregunta, no. A mí no me gusta el jugo de pomelo.

Saludos.

yerbanohay dijo...

jugo de pomelo frio, en las venas deberas tener!

The Outsider dijo...

Muy bueno realmente. Llegué a este blog recomendado por YHVH y la verdad que no decepcionó, así que me verá seguido por acá mientras que el tiempo libre esté de mi lado.

Anónimo dijo...

Para cuándo una nueva dosis? Ya hace más de quince de la última...

Jorge Mux dijo...

¿Más de quince? Apenas llevo nueve días...