martes, 19 de septiembre de 2006

El informe de Siemmet


Entre enero de 1634 y febrero de ese mismo año, al duque de Mecklemburgo, General Albrecht Von Wallenstein lo van a asesinar porque su miembro viril es pequeño e inútil.


En enero lo destituye el propio rey, Fernando de Habsburgo, porque desconfía de sus ambiciones. El general Wallenstein ha asolado Dinamarca y Suecia con un ejército indómito que sólo deja una sangrienta consternación a su paso.

Fernando, hasta ese fatídico año, no sabe bien por qué va a asesinar al general. Por ahora, todo lo que sabe es que Wallenstein es impredecible y sus actos no se condicen con su linaje y con las pretensiones de un General. Desde 1628, Wallenstein posee su propio ducado y sin embargo sale con su selecto ejército a arrasar pueblitos sin importancia en las fronteras del norte, allí donde los límites son difusos y donde, dicen, empieza el mar de los Wyrms, el oscuro y helado Báltico. Fernando teme a lo que no comprende. Un general exitoso debería atacar las grandes ciudades; debería asediar las fábricas de armas y aniquilar los ejércitos. Un verdadero general le disputaría las tierras al mismísimo emperador. Pero Wallenstein, el mejor hombre con el que cuenta, tiene una motivación especial por los pueblitos anónimos sin ejército y sin importancia estratégica. Como si su general encontrase algo muy valioso en esos pueblos; algo tan valioso que no puede comunicárselo al emperador y mismísimo Rey. Fernando teme que Wallenstein haya sido víctima de un maleficio. En los pueblitos de ese norte brumoso hay brujas y Nidhoggs, y las tierras siguen siendo salvajes, pues la Palabra de Dios no ha llegado aun con toda su fuerza. Por eso, porque el comportamiento del general es un poco extravagante, decide enviar un espía. “Haz todo lo que Wallenstein te ordene, para que no sospeche nunca”, le dijo el rey a su espía de confianza, el sagaz Samuel Siemmet.

Siemmet se infiltra en los ejércitos de Wallenstein justo cuando el general se dispone a atacar una ciudadela sin nombre ni pasado. Lo que sigue es un resumen del informe de Samuel Siemmet, anotado en un cuaderno que ahora forma parte del museo histórico de Viena.

Día 1. El general parte con quince soldados. Me he ganado su confianza lo suficiente como para que yo mismo sea parte de su comitiva. Iremos al norte a pocas leguas de aquí, y atacaremos la población de Smutt. Los soldados apenas llevan armas. El general Wallenstein no se comporta como un jefe; parece un camarada y permite que cualquiera de nosotros tome la palabra y las decisiones. Es un hombre que ríe mucho y sabe escucharnos.

Día 2. Llegamos a Mutt. En esta tierra se hablan lenguas bárbaras y los hombres son malolientes. Los ajusticiamos de inmediato. El general Wallenstein no quiere dejar hombres, niños ni ancianas. Pide que sólo dejen con vida a las doncellas. A todas ellas les da de comer y les proporciona un baño caliente y ropas.

Día 3.
Esta mañana el general se ha despertado con muy buen humor. Las doncellas lloran por la muerte de sus familias, pero Wallenstein las consuela con palabras dulces. Hasta él mismo toca un instrumento musical traído de Oriente cuyas notas parecen aliviar las penas de las doncellas.
Las jóvenes de esta fría región son hermosas; tienen el cabello color trigo y sus ojos reflejan el cielo o la pureza del océano. Y sus cuerpos podrían ser la envidia de Afrodita.

Día 4. El general ha estado muy taciturno esta mañana. Ha cambiado su buena disposición para con las doncellas y ahora les grita y da órdenes duras. Con nosotros, sin embargo, sigue siendo un camarada, pero veo que el resto de los soldados está inquieto.
De pronto el general se ha levantado, ha cogido una espada y de un golpe preciso le corta la cabeza a una doncella. Las demás observan con horror y el general sonríe y bebe de la sangre que, como un manantial, brota caliente de su garganta. Uno de sus soldados toma con fuerza a una de las jóvenes, le quita la ropa y comienza a fornicar ruidosamente, a la vista de todos. La joven se retuerce de inquietud y de deseo, y sus gemidos van en aumento. Pero cuando la doncella está por dar su gemido más profundo, el general se acerca y le corta la cabeza. Me sorprende escuchar que aun la cabeza separada sigue gimiendo y en su rostro se dibuja una comisura de satisfacción. Incluso el resto del cuerpo, ya descabezado, sigue moviéndose rítmicamente unos minutos, como si todavía pudiera paladear el placer o como si la carne tuviera memoria del inmediato goce.

Luego escoge otra doncella y otro soldado. Esta vez, la doncella tiene los ojos vendados y, sabiendo de su destino, comienza a sollozar. Los soldados de Wallenstein son expertos en el arte erótico; eso queda evidenciado cuando las muchachas, habiendo sido vírgenes hasta ese instante, enseguida dejan ver una infinita satisfacción en el rostro. Wallenstein y el resto de los soldados observan la escena con regocijo. Ahora, cuando la niña está en lo más profundo de su éxtasis, Wallenstein clava su espada en el pecho de la joven y ésta comienza a morir desangrada. Aun cuando el pecho de la joven está cubierto de sangre y ella comienza a ahogarse por la hemorragia, todavía en ese instante su rostro y sus gemidos son de satisfacción y no revelan dolor.

Uno tras otro, los soldados fornican con todas las jóvenes para luego asesinarlas. Entiendo que el objetivo del General es encontrar el límite entre el placer y la muerte: él me confiesa que su regocijo está en ver a la cabeza de las doncellas, ya fuera de su cuerpo, todavía retorciéndose y emitiendo un leve gemido de satisfacción, como si no se hubiese enterado de que estaba muerta. Como si el goce del sexo estuviera más allá de la muerte.

Para el final, cuando sólo quedan dos jóvenes, los soldados juntan todos los cuerpos y la sangre de las doncellas; fornican una vez más pero esta vez frotándose contra los cuerpos todavía calientes y sangrientos de sus compañeras recién muertas.

A estas dos últimas doncellas, Wallenstein les reserva un destino mucho más cruel. Ha mandado a arrancarle el brazo izquierdo a una de ellas, y el brazo derecho a la otra. Luego, manda a desollar toda la piel de la pierna y el torso izquierdo a una de ellas, y todo la piel de la pierna y torso derecho a la otra. Luego pide que, con aguja e hilo, cosan un cuerpo a otro, para convertir a dos mujeres en una, como esos engendros que de vez en cuando suelen parir las madres. Wallenstein me confiesa que con el paso de los días, los cuerpos desollados y cosidos se unen y las carnes de ambas se fusionan en una sola. Eso, la unión de dos cuerpos de doncella, le produce un macabro placer.

Finalmente, llenan de agua la enorme marmita donde están los cuerpos y la sangre de las doncellas muertas, calientan el agua hasta hervir y luego comen la carne de las jóvenes junto con su sangre.

El informe de Siemmet llegó a manos del rey, pero hay que desconfiar de algunos detalles de su relato. Es probable que Wallenstein y su ejército tuvieran violentas relaciones carnales con las jóvenes que encontraban a su paso, pero tal vez la imaginación del relator hizo una gran parte. El rey Fernando saca sus propias conclusiones: es evidente que Wallenstein y su ejército han sido capturados por el demonio, y el general ya no es confiable. Pero ese no es el mayor problema. El mayor problema, lo sospecha Fernando, es que Wallenstein tiene un miembro viril inútil y minúsculo.

En todos los relatos del informe de Siemmet, Wallenstein jamás participa de las orgías. Él sólo observa e imparte órdenes. Fernando sabe que allí se esconde algo que no se puede confesar: un hombre sin potencia sexual. Eso es lo que más teme; más que a las brujas y a los Nidhoggs, más que al helado viento del báltico. Un hombre hecho a medias, un corpulento y valiente general cuyas ambiciones no son perfectamente masculinas (es decir: no son perfectamente racionales) porque su potencia, su capacidad de obtener placer y satisfacción son las mismas que las de un niño pervertido.

En febrero de 1634 el rey manda a asesinar a Wallenstein. Luego pide que le entreguen el cuerpo desnudo. Cuando llega el cuerpo a la morgue real, el rey debe deshacerse de todas sus hipótesis y rascarse la barba con una profunda expresión de duda. No puede dejar de asombrarse al descubrir que el general Wallenstein, ya muerto y despojado de sus ropas, es en realidad una horrible mujer.

9 comentarios:

Karmelo Restelli dijo...

Tremendo relato, felicitaciones en nombre de todos los que seguimos gozando luego del punto final en el texto, sin enterarnos que ha terminado para siempre.

J dijo...

No terminó de agradarme el desenlace, no porque no haga justicia a la grandeza del resto del relato, sino porque siempre creí, que el origen de toda metafísica, la más racional de las artes, según vos, yacía en la sobreabundancia de semen en el cuerpo.

Jorge Mux dijo...

Karmelo: gracias

J: Estoy de acuerdo, desde un punto de vista hilarante el semen es el origen de la metafísica. Pero, ¿qué tiene que ver la metafísica aquí?

Zorra dijo...

He desarrollado una técnica para leer lo que escribís. ¿Puedo tutearte? ya ni me acuerdo como te/lo trate en mi ultimo cometario. Por las dudas no lo tuteo... Decía que desarrolle una técnica: empezar por el final.
Este, personalmente me ha impresionado. Pero al subir por los párrafos los detalles escabrosos han dejado un poco desplazado el final. Siempre agradezco un detallado relato, pero este más que gustarme me ha provocado cierto dolor y pestañeo lento para no querer leer. No se.
Ahora... en un principio seria asesinado por su "escasa generosidad" pero ¿No seria por no participar en las orgías? me confunde demasiado.
Nada mas...

Jorge Mux dijo...

Zorra: podés tutearme.
Estuve buscando alguna frase que hablara de la "escasa generosidad", pero no la encontré (al menos en una relectura rápida) Yo creo que habría que dividir en dos partes la actitud del rey: cuando todavía no sabe lo que sucede en esos pueblitos, y después del informe de Siemmet. Las conclusiones antes y después varían bastante: la primera vez, lo matará porque no es confiable, aunque no sabe por qué. La segunda, lo matará porque no es confiable y porque no es del todo un hombre. Hay un tercer oscuro motivo, que no aparece ni siquiera apuntado en el texto: el rey lo mata por una secreta envidia; porque su Real figura no puede salir al mundo a desflorar jovencitas. Él debe cumplir con protocolos; no puede volverse salvaje y brutal. No puede abandonar a la reina ni a toda la corte imperial para dar rienda suelta a sus deseos.

Ana dijo...

Jorgito: mi visita ritual. Te envidio, con envidia de la buena, la facilidad para escribir. Un beso.

Gatubellita dijo...

'Siempre es una mujer, también el rey será mujer cuando muera desnudo´
Te leo y te tuteo sin permiso. Creo que deberías postear más seguidito; siempre es lindo encontrarse con textos como los tuyos.
Sin embargo... mhhhhhh! ok, nada, te lo diré la próxima.

Que prosigan los éxitos !!!

Jorge Mux dijo...

Ana, Gatubellita: gracias. Gatubellita: puedo soportar el suspenso, unos minutos.

Cesar Martinez dijo...

Que buen cuento, indudablemente da para mucha especulacion. Saludos