miércoles, 27 de septiembre de 2006

Hendija


Hace unos cuantos años, una tía que ahora falleció había enloquecido. Sus hijos, es decir, mis primos, contaban detalles de su peculiar estado mental y un poco nos reíamos porque las acciones que dicta la locura son hilarantes, absurdas y conmovedoras. Una vez contó uno de mis primos: “Hoy, cuando nos levantamos para ir a la escuela, mamá estaba tirada en el piso, con los pies descalzos, retorcida sobre sí misma, sumamente concentrada tratando de morderse el dedo gordo del pie. Le pedíamos el desayuno, pero sólo gruñía un ‘estoy ocupada, esperen un cachito’. Estuvo así tal vez dos o tres horas, con la mirada desencajada fija en su dedo gordo, sin lograr morderse siquiera la uña, hasta que se durmió, hecha una bola, tirada en el piso. Paula no fue a la escuela para quedarse con ella.”

Aparentemente, mi tía alternaba estados de una cruel incoherencia con otros de lucidez abrumadora. En esos estados de lucidez recordaba todo lo que había hecho, dicho y pensado en su otro estado. Yo amaba esos momentos en los que se podía hablar con consistencia y fluidez, porque ella se reía de todo lo que le pasaba. “Estoy cada día más loca y eso es muy divertido”. Ella misma definía a su locura como “un estado de placer, alegría y desenfado”. Gracias a ella aprendí a no temerle a la demencia: incluso llegué a desearla, a envidiar su felicidad plena, a creer que cualquier estado de alegría era un indicio de que yo también había heredado su manía. A veces, ella terminaba de reírse de sí misma y la sola euforia la conducía una vez más a las tierras de la enajenación.

Pero la locura y la lucidez de Sara estaban alternadas con la clarividencia.

Cada vez que un vendedor o cualquier otro desconocido tocaba timbre, Sara lo atendía y decía: “anoche soñé con usted”. Apoyaba esta afirmación dando detalles de la vida del desconocido que ni su propia madre podía conocer. El desconocido, fuera un vendedor o un cobrador, se mostraba tan sorprendido que casi siempre pedía más precisiones. Mis primos lo invitaban a pasar, le convidaban un café y le advertían sobre la locura de Sara. Ella se reía y, claro, no lo negaba. “Estoy loca, pero sueño con la vida de las personas, todo el tiempo”. A veces el vendedor se quedaba a almorzar y se hacía amigo de la familia. Otras veces, espantado por lo que oía sobre su propia vida, escapaba y no volvía a aparecer. “Algunas vidas no parecen tan terribles hasta que las ponemos en palabras”, decía mi tía. “Una cosa es que seas hombre y te guste el novio de tu hermana. Otra cosa es que lo pongas en palabras; que lo pienses en un idioma determinado. Mientras sea sólo un deseo, sólo una sensación molesta, sólo el palpitar de tu corazón, no parece terrible. Pero, si lo ponés en palabras, cobra una dimensión que antes no tenía: ahora se puede comunicar; todo lo que antes era amorfo e indefinido se convierte en un concepto preciso con significaciones espantosas”.

Cada vez que salía a la calle y veía a cualquier persona anónima, Sara se detenía como sorprendida por un recuerdo y decía: “yo soñé con este tipo”, seguido de datos precisos sobre su pasado y presente. Lo mismo pasaba con los personajes que aparecían en televisión. A veces los sueños le mostraba el costado perverso de las personas: “este tipo tiene la afición de violar gallinas”. Otras veces sus sueños eran proféticos: “este hombre está siendo engañado por su mujer y pronto va a darse cuenta” o, con mayor precisión: “Este hombre se llama
Alberto Alimenti y va a morir de cáncer en el año 2008”. Otras veces, los detalles que daba sobre las personas eran tan inverosímiles que no era posible saber si había entrado una vez más en la demencia, o si en verdad estaba percibiendo vidas ajenas: “Este hombre, Esteban Gorrer, viene del año 2087”

Aun cuando ella decía que las clarividencias y profecías le llegaban a través de sueños, seguramente no eran ensoñaciones comunes. Sara confesaba que no tenía recuerdos de esos sueños; como si se activara algo en la memoria cada vez que veía a alguien desconocido. “Yo les llamo ‘sueños’, pero no sé qué son. Cuando veo a alguien, inmediatamente recuerdo toda su vida y a veces veo su futuro. Como no sé de dónde me vienen esas imágenes, creo que han sido tomadas de un sueño. ”

En el año 1991 esta mezcla de locura, lucidez y clarividencia se convirtió en un cóctel prodigioso. Una tarde, después de haber preparado una torta, Sara se quedó sentada frente a la cocina por más de una hora, en silencio, mirando a la torta enfriarse. A sus hijos (que ya estaban acostumbrados a estos momentos de profunda introspección), no les pareció un episodio curioso. Cuando volvió en sí, Sara anunció: “acabo de escribir, completa, la próxima obra del escritor Pedro Danzi. La tengo toda, letra por letra, en la cabeza”.

El anuncio tuvo consecuencias desconcertantes y contradictorias. Mis primos le pidieron que recitara algo de la obra y, por lo que cuentan, lo que recitó bien podía haber pertenecido a Pedro Danzi. Algo que estaba a medio camino de las fantásticas y ya clásicas producciones de Las Muchedumbres de Fuego y Los Siete Sabios. ¿Es necesario aclarar que Sara jamás había leído a Pedro Danzi? Sin embargo, ninguno de ellos tuvo el cuidado de anotar lo que Sara recitaba. Y quizás no hacía falta: un par de semanas después, Pedro Danzi moría en Toulouse y, por lo tanto, ya no iba a escribir una próxima obra.

Desde el mismo momento en que Danzi murió, Sara dejó de hablar o, en todo caso, se perdió en un mar de incoherencias, de sonidos inarticulados y de autismo casi total. Paula, mi prima, le escuchó decir un par de veces: “todavía estoy de este lado de la cerca” y “la noche es infinita”. En el año 1994, Sara murió en silencio, lentamente y sin angustia, encerrada en su habitación y atendida por su hija menor.

Hace tres años aparecieron los escritos póstumos de Pedro Danzi, entre los cuales figura una breve historia autobiográfica de ciento cuarenta páginas titulada Dos Desconocidos. No pude evitar el sobresalto al leer esta página que es parte del prólogo:

Durante mucho tiempo traté de abandonar mi cuerpo; esta carne es un instrumento enfermizo que se corroe muy rápido y se queja demasiado. El agua caliente con sal ya tarda mucho en hacer efecto sobre las llagas. Hoy, cuando esperaba el alivio con los pies sobre la palangana, encontré una imagen que no pertenecía a mi mente. Era como una orden; una necesidad imperativa de escribir precisamente estas palabras. Esta obra, que ya lleva varias semanas, me fue dictada en silencio por una musa que vive lejos, habla otro idioma y sabe de mí más que yo mismo. Por unos minutos, por el lapso interminable de una hora, escuché su voz que cada tanto se repite. La voz, inaudible e inaudita me señaló, con fluidez, cuáles son las palabras que necesariamente voy a escribir. Esta página me fue dictada por ella; lo que hago no es plagio; según ella misma me lo ha indicado, las palabras que salen de su boca (o de su mente) son las formas que ella ve en mi propia mente. Ella sólo me dictó lo que yo hubiera visto en mí. Aunque sus palabras duraron sólo una hora, yo he tardado algunas semanas en descifrarlas y transcribirlas: una hora de su tiempo equivalen a cuatro semanas del mío.
Durante esa hora, la musa me dejó ver a través de sus ojos. Una cocina humilde, una torta, el olor dulce y cálido del horno todavía caliente, la certeza de nuestra apurada muerte
. ”

Pedro Danzi había hecho una hendija mental. Una hendija que, como un túnel, tenía una salida por otro lado. La salida era a través de la mente de mi tía Sara. Sara, mientras recibía a la mente de Danzi, tuvo acceso a todos sus recuerdos y, gracias a la clarividencia que solía tener con los desconocidos, leyó la novela de Danzi: una novela que ni el mismo Danzi sabía que iba a escribir. En esa novela vio la página del prólogo que transcribí más arriba: vio la página en la cual se hablaba acerca de eso mismo que estaba pasando. Vio la página en la que se hablaba de la torta que ahora mismo estaba mirando y que, como un bucle, la incluía. Se vio a sí misma incluida en el bucle; se vio a sí misma siendo Pedro Danzi mientras espiaba a través de su mente; se vio a sí misma muchas veces, muchas veces vista a sí misma. Probablemente los últimos y silenciosos años de la vida de Sara fueron una caída en espiral dentro de ese laberinto.

7 comentarios:

Karmelo Restelli dijo...

Bueno, no es fácil encontrar por dónde empezar. Lo primero entonces es que el texto me pareció maravilloso e invita a que uno quiera escribir mejor.
Segundo, creo que siempre las artes prodigiosas comienzan con aroma a torta y tarde plácida, como si en verdad fuera ése el detonante del prodigio. La llave que abre esas puertas que dios escondió detrás de las recetas de tortas de las abuelas.

Lucas J. dijo...

"Lo primero entonces es que el texto me pareció maravilloso e invita a que uno quiera escribir mejor." No necesito decir que adhiero a la idea de Karmelo.
Pero agrego que muchas veces dejé volar mi imaginación viendo en el espejo el reflejo de mis ojos y esa espiral que se produce... Claro que siempre me encuentro a mí mismo y nunca a ningún escritor fallecido.

Ana dijo...

Me encanta, tiene una arquitectura muy buena.

Alberto Giménez Arnau dijo...

El texto es excelente y la palabra "hendija" es insustituible.

La experiencia que describe Sara no me es desconocida.

Quisiera agregar que a la única locura a la que le tengo miedo es a estar cuerdo todo el tiempo.

Jorge Mux dijo...

Alberto: pierda cuidado, esa locura no es permanente. A menos que su locura consista precisamente en eso: una alucinación que consiste en alucinar la realidad.

eli dijo...

Bravo por el cuento.
La frase "algunas vidas no parecen tan terribles..." vale por sí misma.

Ana dijo...

Che; tu nuevo Blogger Beta no me permite dejarte mensajes en los posts más recientes. Te decía que Geópolis ya me tenía escamada, pero con el Gastrócolo me da gusto saber que voy a morir en este siglo. Je,je.

Un gran abrazo.