martes, 12 de septiembre de 2006

La encina en el bosque de robles


En el año 2002, en Italia, me comí a mi madre.

En la zona de Umbría existe una pequeña región semiurbana, cerca del Palazzo Bovarino, cuyo paisaje se destaca por enormes y continuos bosques de roble. En la época del año en la que yo estuve, en mayo, las copas se cubren de pequeñas flores amarillas y el viento fresco a través de las hojas se oye como la risa de un duende o de una anciana. El lugar tiene valles y laderas pintadas con una alfombra de césped suave que parece recién cortado. De las pequeñas matas de césped cada tanto sale una liebre. A lo largo de los valles pronunciados, entre los bosques de robles, hay casitas pintorescas, dispersas lo suficiente como para no conformar un pueblo, pero lo bastante cercanas entre sí para hacer una vecindad. No hay calles que separen a las casas; hay césped. Un pájaro marrón y enorme sigue a quienes se internan en el bosque y grita algo así como tekelilí. Los últimos dos "lilí" los pronuncia como un aullido, como si tuviera un dolor profundo pero a la vez ligeramente placentero.

Tuve la fortuna de visitar ese lugar una tarde, justo cuando el sol estaba por desaparecer detrás de las altas y no muy lejanas montañas. En estos lugares la oscuridad llega temprano y se va tarde. Yo estaba con un grupo de turistas que se había apartado del contingente inicial. Mientras el grueso del tour llevaba a los demás a la ciudad de Asís, cinco turistas orientales y yo tomamos otro bus y nos apartamos para ver este espectacular paisaje agreste. Como no teníamos guía, uno de los orientales, probablemente chino, nos señalaba el camino.
Ninguno de mis acompañantes parecía pertenecer al mismo país. Dos de ellos parecían chinos; otros dos eran probablemente indios y uno de ellos tal vez mongol. Puede ser que uno de los chinos fuera, en realidad, ruso. Cualquiera diría que no es fácil confundir etnias con rasgos tan marcados; yo aseguro que eso no es cierto: las personas desconocidas, a primera vista, se parecen entre sí. Lo cierto es que ninguno de nosotros hablaba italiano; sólo dos de ellos hablaban inglés (aunque lo poco que pronunciaron en ese idioma para mí era inentendible) y para hablar entre ellos ninguno tenía un idioma en común, lo cual delataba que no venían de los mismos países. Se manejaban con un lenguaje de señas que algunos parecían comprender y otros simplemente no le prestaban atención.

El chino que nos guiaba se llamaba, o le decían, "cuacuá" o "cucú", o "cacá", o "guagua". En su idioma, quizás, no hubiera mucha diferencia entre la "a", la "u", la "c" y la "g", puesto que él respondía a cualquiera de los cuatro nombres como si oyera las mismas palabras. Tampoco sé, repito, si el guía era chino y desde luego no era un guía, sino alguien a quien todos seguíamos tal vez por instinto.
Cuacuá señalaba con el índice hacia el bosque. Yo estaba absorto contemplando el horizonte, las casitas que se perdían a lo lejos, el valle cada vez más fantasmal y ensombrecido. Del césped salía una bruma densa con olor a rocío, y la bruma hacía borrosos los límites de las casitas, desde cuyas ventanas de cuento infantil se veían pequeños resplandores. El sol, ya casi apagado, nos regalaba el último aliento y bajo su dura luz pude ver los rostros de mis exóticos compañeros. Ellos miraban hacia otro lugar. En ese momento descubrí que no les interesaba el paisaje. La señal de Cuacuá con el índice era el único idioma universal. Sólo el mongol parecía no interpretarlo, porque se ponía en movimiento recién cuando ya todos nos dirigíamos hacia donde nos había señalado.
Entramos en el bosque de robles. El pájaro Tekelilí nos advertía de algo pero, como ocurre con este tipo de advertencias, uno está condenado a no escucharlas. Caminamos por el bosque en la plena oscuridad, fugazmente contrarrestada por el haz de la linterna del indio. No voy a entender por qué, pero sólo prendía la linterna durante dos o tres segundos; luego seguíamos andando a oscuras cinco o seis minutos más, hasta que el haz volvía a aparecer por un instante. Tampoco sé por qué los seguí; la caminata era un juego de silencio y oscuridad. Caminamos durante más de una hora.
Cuacuá dijo algo y nos detuvimos. El mongol, que venía detrás de mí, no interpretó la señal, siguió de largo y desapareció para siempre en el bosque oscuro. El pájaro Tekelilí lo siguió y se fue con él. Yo le grité al mongol pero no me hizo caso: parecía no entender que los gritos o las voces tuvieran significado. Los demás no parecieron darse cuenta. Cuacuá siguió hablando en la oscuridad como hablan los chinos, marcando los fonemas con furia. El indio prendió la linterna, sacó una pala plegable y comenzó a cavar. Cuacuá, y el resto de los orientales gritaban o tal vez hacían un ritual.

Estábamos al pie de un árbol gigante. Después supe que ese árbol no era un roble común; era una encina real. La encina es un árbol sagrado; se considera que es el punto de contacto entre los tres mundos: las raíces se afincan en el infierno y la copa llega hasta el cielo. Desde la Tierra los hombres podemos comunicarnos con Dios o con el Diablo a través de ella.

El indio cavó unos treinta centímetros, luego despejó la tierra con las manos y extrajo unas bolitas negras. Para mí, esas bolitas eran simples pedruscos formados con tierra. Pero ellos comenzaron a comerlos. Recién entonces entendí que esa extraña expedición había tenido un propósito muy diferente del que yo había pensado.
A los pies de la encina real, bajo tierra, crece la trufa realis. La trufa realis es un hongo muy difícil de conseguir. Si ya la trufa morada es sumamente rara, la trufa real lo es mucho más. Pero aun más raros son sus efectos.
Siguieron cavando y sacaron diez o quince trufas. Uno de los chinos sostenía la linterna, pero enfocaba el haz para cualquier lugar, como si para excavar y reconocer los hongos la luz estuviera de más. Me ofrecieron una trufa pequeña.

Cuando uno prueba algo radicalmente distinto debe estar preparado no sólo para los sabores nuevos, sino también para texturas diferentes. Yo esperaba el sabor y la textura de un hongo, de un champignon. Pero el hongo que me dieron tenía el sabor y la textura del color rojo.
Entendí que ese hongo provocaba una profunda alteración de los sentidos. La mente parecía interpretar visualmente el sabor del hongo, como si los canales sensoriales se confundieran. Experimenté un rojo intenso que se fue apagando a medida que tragaba.

Luego me dieron otra trufa, pequeña, que activó un recuerdo de mi infancia. El hongo no tenía sabor; tenía la textura de un recuerdo. Yo tengo ocho años, mi abuela me está por regalar un
camión bombero porque pronto voy a cumplir nueve. Eso fue todo. El recuerdo se desvaneció cuando tragué.

Una tercera trufa pequeña tenía sabor a
Rey Midas. Cuando la como, me convierto en oro por unos instantes. Todo lo que Midas toca se troca en mí.

Me dieron otra trufa, más grande y ligeramente deforme. Me preparé para sentir sabores agradables pero me esperaba una sorpresa.
Este hongo tenía el sabor de mi madre.
Literalmente, en esa bolita negra me estaba comiendo a mi madre. Sentí el crujir de sus huesos, la sangre que huía hacia mi garganta, el calor de su carne, el olor de su perfume, sus gritos de dolor, el silencio de su agonía final. Quedé profundamente asqueado y salí corriendo por la oscuridad del bosque. Otro pájaro Tekelilí me hizo de escolta. Mientras corría iba escupiendo los restos de mi madre, dejando migajas de su cuerpo esparcidos por el bosque tenebroso.

Pasé la noche en el bosque, en compañía del pájaro Tekelilí. Hacía frío. Al amanecer los chinos me encontraron (no puedo entender cómo habrán hecho para coordinar una búsqueda) y estaba con ellos el mongol. Algunos de ellos parecían felices; otros habían pasado una mala noche como yo.

Cuando volvimos al hotel llamé a mi madre para saber cómo estaba (sin contarle, por supuesto, mi experiencia) y me dijo que estaba bien y que se alegraba mucho de mi llamado. "Qué hermoso que estés en Italia. Cuidate, no tomes frío, dormí bien, divertite – me recomendó- y comé cosas ricas"


Apéndice:
la trufa que comió Cua Cua

Cua Cua come una trufa que tiene sabor a un chino llamado Cua Cua que está como turista en una región agreste de Italia.

4 comentarios:

Lucas J. dijo...

Jorge, impresionante como siempre. Aunque he sostenido por mucho tiempo que DE VERDAD puedo percibir el aroma de los colores -hecho que los incrédulos no aceptan- me sorprende ver que estos también tengan sabores.

En fin, una obra brillante la tuya. Aprovecho para meter un pequeño chivo porque el viernes vuelve La Libreta (ahora en www.lalibretadeapuntes.com.ar)

Saludos!

J dijo...

Muy lindo el cuento Jorge. Salvo un detalle: en el año 2002 vos dictabas la catedra de historia de la dialéctia del medio oriente, con extensión al seminario de Introduccion al estudio del labio leporino, sin mencionar que eras DJ y militabas en el partido antiantiperonista.
¿Qué onda chabaun?

Anónimo dijo...

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